Para Juan José Boncompte, Inés y la fundamental Javiera.
Javiera lo sabe todo y no sabe nada.
Cuando rompieron la puerta de la casa en Valdivia ella miraba agazapada en el vientre de Inés. Todo estaba tranquilo, la vida fluía esperando la hora cuando pasan los cometas anunciando la llegada de las nuevas golondrinas.
Juan José había cantado la noche anterior para los tres y contó una historia de asuntos fundamentales, esos donde la vida se hace hilachas esperando dar la batalla final para estar cerca de la victoria.
Cruzó medio planeta junto a otros tantos que se negaron consecuentemente a ser ciegos; no puedo andar a tientas por la vida dejó escrito. Todos valerosos y amarrados a los compromisos como si del hermano mayor se tratara y que no está. Justo es reivindicar esa tozuda voluntad de querer arroparte para que puedas caminar suspirando menos mientras las hormigas ciegas olvidaron dejar marcas en el camino.
La semana anterior fue dejando a nuestros muertos en las calles de Concepción y en el mercado en Santiago. Se desató una jauría de perros para una cacería que nos duele todos los días y será hasta por siempre.
Y sonaron los disparos buscando la carne, cae mirando hacia la cocina y se encuentra con los ojos de Inés que sabe que ya no estará para el desayuno del día siguiente. Lo dejaron quieto con su chaleca blanca con rayas color café, su mechón rebelde desconociendo eternamente a la peineta.
Todo se vuelve un volcán enojado y Javiera se apura para ver a su padre, necesita decirle que lo acompañará para que busque en los pueblos a sus amigos de siempre. Necesita salir y todo se abre como para despedir una mariposa nueva y alocada para que pueda dar los saltos en la cama las tardes de domingo.
El aire no está y ella lo busca, todo pasó en tan breve.
Entonces los dioses no existen ni desde antes tampoco.
Inés abrazó a Javiera y se puso a contar las respiraciones en aquella enorme sala de altos muros blancos que nunca llegarán al cielo. Los delantales hicieron todo lo imposible pero la vida tomaría un camino diferente. Inés se apegó al oído y comenzó a contar un cuento donde cada lágrima era sencillamente un pesado balde con historias inconclusas. Faltaba el desgarrado, el más doloroso para despedirse de Juan José que yacía en una camilla de metal fría en la morgue de Valdivia.
No hubo tiempo para despedirse de la casa sencilla con esos cuantos muebles destruidos, la cocina profanada, con su tarro de café hasta la mitad, así fueron esos tiempos, así fue aquel día. No encontraron ninguna carta de amor entre Inés y Juan José, esas las guardamos como si fuera la primera palabra escrita en el cuaderno de la escuela primaria.
Tanto tiempo de espera dejaron a Javiera sin voz ni oído, inmóvil para siempre.
Mira eternamente el techo de su casa buscando que algún duende risueño venga nuevamente a contarle los cuentos que todos quisiéramos pintarle, y se la lleve en brazos alguna nube que pasó por Valdivia cargada de agua. Allí veríamos a Javiera colocando el color de sus ojos y riendo fuerte para que las cortinas se miren de reojo cuando llega el último día de clases tan cercano al tiempo de las cerezas.
A Juan José se lo llevó la dictadura. Inés apura sus pasos en los nuevos tiempos de nieve y Javiera sonríe cuando siente que corren la cortina del hospital para una nueva mañana que no comprende.
Su mirada de niña eterna está llena de cantos, sirenas y barquitos de papel apurados buscando algún puerto, y posiblemente Juan José vestido con alguna gorra de marinero griego levante sus brazos dando saltos como si de un duende alocado se tratara.
Javiera sabe que tiene un novio con un sombrero que canta y que la espera en alguna estación de trenes en Malmo o donde pase alguna locomotora para llevarla al país de todos los sueños, de la tozuda memoria que nos compele a estar siempre con ella.
Juan José Boncompte no está.
Esos días de odio y plomo sin perdón llegaron a buscarlo.
Un triste y miserable escritorio fiscal es testigo de la carta maldita marcada que tenía su hora. Sus asesinos beben un café como perros en la puerta de su covacha hasta que los llamen una vez más. Le dispararon sin conocerlo, sin preguntarle por los ríos alocados donde los peces no duermen jamás.
Te quedamos debiendo todo lo soñado.
Guardamos tus cuadernos con sus versículos escritos en la escuela de tu pueblo con sus naranjos de amarillo intenso, eso contaremos. El resto son asuntos fundamentales entre nosotros y de los que queden para hacer sonar la campana de tu liceo a la hora señalada cuando el reloj de la oficina del director marque las diez.
Nos han contado que Javiera duerme ahora con un lucero que abandonó su viaje para nombrar todas las horas con canciones mientras ella sonríe como intentando buscar alguna foto. Inés entonces la toma de la mano y juntas recorren los mercados de todos los pueblos para estar siempre buscando castañas hervidas en ese primer invierno cuando volvió al sur.
La sueña en un balancín intentando alcanzar alguna nube baja sin agua de lluvia mientras palomas, zorzales y loicas giran alocadas batiendo sus alas en una especie de aplauso que luego se aleja a buscar algún rincón en un volcán somnoliento.
Todo duele, nos cruje la vida, nos duelen las manos y los libros.
Valdivia vive sus horas de provincia con su mercado, sus lobos escondidos.
Pero algunas calles en La Habana le recuerdan y lo ven pasar con paso firme rumbo a lo certero de aquello indispensable, por lo cual siempre valdrá dar la vida sin esperar que una esquina lleve un nombre. Se hace todo para que la sacristía tampoco diga lo que diga, se hace para que los sencillos, esos casi nadie cuando lleguen algunos no menores se repartan la tarde con el viento en esa urgente necesidad de hacer crecer los árboles para que lleguen a tocar las nubes.
Nos encontraremos en el ramal de trenes en Antilhue para ir a comer pejerreyes fritos en esos boliches de casas bajas que están siempre esperando como si de un largo tiempo con cantos intentan emprender el vuelo.
Gracias compañero, disculpa lo poco.
*Pablo Varas es profesor de Historia y Geografía, y escritor. Vive en Melipilla.
