¿Qué son, qué pueden ser, qué quiere decir alguien cuando dice «ángeles sin alas» para referirse a unos niños, sus hijos, que apenas conoce, que solo ve en fotos, porque está preso? A qué apunta esa metáfora, porque supongo que es una metáfora. La usa Gramsci en una carta a su esposa. Acaba de recibir una foto de ellos, de cuerpo entero, hemos de imaginar, pues celebra el haber comprobado que tienen una cabeza y piernas; «desde hacía tres años no veía más que sus cabezas y empezaba a tener dudas de si no se habrían convertido en ángeles sin alas», escribe. No creo que quisiera decir que sus hijos podían ser unos ángeles caídos, quizás, pienso, lo angelical se refiere al mero hecho de ser niños, sus hijos, y lo de sin alas, bueno, a que temió que hubiesen muerto. Ángeles en tierra, algo así, enterrados. Y quizás sí caídos, pero no en el sentido diabólico y pecaminoso de la expresión, sino en el de perder las alas, caer y morir.
La expresión —«ángeles sin alas»— logra una extraña confluencia entre liviandad y peso, porque aún sin poder volar un ángel, o eso me provoca la palabra al leerla, conserva algo de etéreo, menos que si tuviera sus alas, por supuesto, pero quizás más fantasmal que la certeza de un triunfante y probablemente vanidoso ser alado. Un ángel pesado, cargado, sin alas que lo alivien o alivianen de sí, me parece, es más difícil de imaginar, cuadra menos con la lógica, incluso con la lógica de nuestras fantasías; de hecho, ¿cómo lo reconoceríamos sin alas?, ¿habría que creerle que es un ángel, suponiendo que lo ande declarando? La extrañeza de un ángel sin alas, y más aún de un ángel muerto, si es que en eso pensaba Gramsci, convierte a esa figura en una suerte de metáfora de nada, hace pensar a la vez que pasma. Es triste y bella. ¿Monstruosa quizás? No sé.
Gramsci fue el que dijo eso de los monstruos que asoman entre que muere lo viejo y nace lo nuevo. ¿Y qué ocurre cuando muere lo nuevo? Eso no lo dijo. ¿Es como la muerte de un niño, una niña, que es lo que quizás temía él en su celda? Supongo que el filósofo y político no conocía la chilena tradición de los angelitos, los niños muertos a los que se vestía de ángeles y se los sentaba en medio de su propio funeral, que debía ser alegre, una fiesta, pues su pureza les garantizaba ir al cielo, luego de haberse ahorrado los dolores de una vida en este mundo.
Cuando muere lo nuevo aparecen los ángeles sin alas. ¿Así se podría reformular la demasiado citada frase de Gramsci sobre los monstruos? En su versión original la idea tiene algo de optimista, de esperanzador, pues, frente al terror de hallarse entre monstruos, Gramsci parece decir aguanta, es el signo de que lo viejo acaba y lo nuevo vendrá, que es el anhelo de todo revolucionario y en realidad de cualquier persona, pues por impreciso que sea el deseo, todos queremos que la cosa mejore, o sea, que cambie o que alcance el esplendor que le suponemos; y la cosa, claro, suele ser nuestra vida.
Si la presencia de monstruos es o puede ser un llamado a la paciencia y la esperanza, ¿qué es o a qué llaman los ángeles sin alas, los niños muertos? ¿Y qué ocurre con la paciencia y la esperanza si esos niños muertos son víctimas de los monstruos? ¿Nos vamos a consolar diciendo que ya viene lo nuevo? Es más, ¿quién asegura que lo nuevo sea mejor, o incluso, que lo nuevo no sean los monstruos, que cuando estos desaparezcan lo que habrá ocurrido en realidad es que siguen ahí pero nos acostumbramos a verlos, es que nuestros ojos ya los reconocen, es que ya los naturalizamos, a ellos y a sus crímenes, a los monstruos y a sus ángeles sin alas?
Eso de justificar males, sobre todo muertes, y en particular muertes de niños, en nombre de algún progreso es horrible, incluso si debido a un crimen instauramos una ley que promete prevenir otros crímenes. Aunque también es horrible constatar que esas muertes no tienen sentido, que, por ejemplo, los miles de niños asesinados en Gaza han muerto porque sí, han muerto solo porque podían matarlos. Pero de hecho han muerto, han sido asesinados, después de la ley que, tras Auschwitz, declaró la universalidad de los derechos humanos y creó una institucionalidad para evitar que volviera a ocurrir lo que igual ha seguido ocurriendo, lo que hemos seguido haciendo: matar y matar porque sí, porque puedo.
El hijo de Víctor Frankenstein, ese monstruo, al decir de su creador, se describe a sí mismo como un ángel caído. Lo hace cuando habla por primera vez con su progenitor. Han pasado dos años desde que el científico logró crear vida de la carne muerta y desde que, en ese mismo instante, se horrorizó y abandonó al monstruo. En rigor no es un niño, pero sí es un recién nacido, y uno que fue abandonado. «Recordad que soy vuestra creación…», le dice, «yo debería ser vuestro Adán… pero, bien al contrario, soy un ángel caído, a quien privasteis de la alegría sin ninguna culpa».
Ser feliz, eso es todo lo que el abandonado le pide al abandonador para dejarlo tranquilo a él y a su familia y a la humanidad que lo niega. Ser feliz para dejar de ser malo. «Creedme, Frankenstein: yo era bueno… mi alma rebosaba de amor y humanidad; pero… ¿no estoy solo… miserablemente solo? Y vos, mi creador, me aborrecéis. ¿Qué esperanza puedo albergar respecto a vuestros semejantes, que no me deben nada? Me desprecian y me odian». «Pero en vuestra mano está recompensarme y librar a todos los demás de un mal que sólo espera a que vos lo desencadenéis, y que no os engullirá en los torbellinos de su furia sólo a vos y a vuestra familia, sino a muchísimos otros más».
Frankenstein se niega, quiere matar o ser muerto por su engendro. El científico-creador supone que esa criatura es el asesino de su pequeño hermano; también lo culpa de la muerte de Justine, una niña y joven condenada por el asesinato del niño. Se niega Frankenstein, pero el monstruo le recuerda que incluso si fuera un criminal, las leyes humanas dan al acusado el derecho a hablar antes de ser condenado, el derecho a defenderse. Escucha mi historia, le dice. «El sol aún está alto en el cielo; antes de que caiga y se oculte tras aquellas montañas e ilumine otro mundo, habréis escuchado mi historia y podréis decidir. De vos depende si he de apartarme para siempre de los lugares que ocupan los hombres y he de llevar una vida tranquila, sin hacer daño a nadie, o he de convertirme en el azote de vuestros semejantes y en la causa de vuestra ruina inmediata».
Frankenstein, que sabe que él es, en verdad, la causa de todo, se ablanda, va a escuchar la historia, a su hijo, a su niño que es y no es un niño, lo va a escuchar por curiosidad y porque, razona, un creador tiene obligaciones con su criatura: antes de quejarse por su maldad debe poder hacerlo feliz. ¿Darle alas? ¿Y advertirle que tenga cuidado, que no vuele muy alto ni muy bajo? Puede ser. ¿Y eso qué significa? Tal vez que los humanos somos esos seres que por querer ser ángeles terminamos como ángeles caídos. Pesados, muy pesados. O peor, terminamos como hacedores de ángeles caídos, de niños muertos, como asesinos de nosotros mismos.
