Un personaje tiene verdaderamente vida propia;
quien nace personaje puede incluso reírse de la muerte.”
—Luigi Pirandello, Seis personajes en busca de autor (1921)
Chile parece vivir en una sucesión ininterrumpida de escenas urgentes. Incendios devastadores en tres regiones del país, transmitidos casi en cadena nacional; un escenario internacional crispado por el retorno de Donald Trump y su intento de reordenar el poder global desde la imposición; y un presidente electo que, antes incluso de asumir, instala un gabinete de emergencia como señal de los tiempos que vienen. Todo ocurre al mismo tiempo, todo exige atención inmediata, todo se superpone.
La sensación no es solo de gravedad, sino de aturdimiento. Mientras una emergencia reemplaza a la anterior, otros problemas —menos espectaculares, pero persistentes— se diluyen del debate público: la delincuencia cotidiana que estructura la vida de barrios completos, la violencia normalizada, la inseguridad que no necesita cámaras para existir. También desaparece Venezuela, que ayer ocupaba titulares y hoy parece incómoda. No es que estas realidades hayan dejado de existir; es que han sido desplazadas del relato.
En este clima, abundan quienes se “ponen al frente”. Voces rápidas, presencias constantes, declaraciones oportunas. Pero ponerse al frente no es liderar. Liderar implicaría algo más exigente: ordenar el caos, jerarquizar los conflictos, proponer un horizonte que no dependa del incendio del día. Y eso es, precisamente, lo que parece faltar.
La imagen teatral se vuelve entonces inevitable. En Seis personajes en busca de autor, Pirandello hace irrumpir en un escenario a figuras que no piden aplausos ni comprensión, sino algo más incómodo: autoría. Existen, sufren, cargan un drama real, pero están condenados a repetirlo porque nadie se hace responsable de escribir su historia y conducirla hacia un desenlace.
La política contemporánea se parece inquietantemente a esa escena. Se administran las urgencias, se gestiona la contingencia, se ocupa el espacio mediático, pero se evita la tarea más difícil —y más política— de construir un proyecto que articule las crisis como parte de un mismo relato. Se actúa mucho; se escribe poco.
Pirandello es claro en un punto esencial: un personaje no desaparece porque el autor lo ignore. Tiene densidad, persistencia, destino. Lo mismo ocurre con los problemas sociales. La delincuencia cotidiana no se disuelve porque deje de ser portada. Las desigualdades no se evaporan porque otra catástrofe concentre la atención. Las crisis no mueren cuando salen de escena; quedan sin autor.
Este vacío de autoría se vuelve especialmente crítico al mirar el escenario que se abre para la futura oposición. Porque el desafío no será ponerse al frente del malestar ni disputar quién reacciona más rápido ante los errores del gobierno entrante. Eso puede dar visibilidad, pero no liderazgo. Liderar será atreverse a escribir: definir prioridades, asumir tensiones, proponer ideas que ordenen el presente y anticipen el futuro.
En ese contexto, el debate sobre si habrá una, dos o varias oposiciones resulta profundamente inadecuado. Es una discusión formal cuando lo que falta es sustancia. Como en Pirandello, no es el número de personajes lo que define la obra, sino la existencia de un autor o autora que asuma la historia. Sin proyecto, sin relato, sin una visión que conecte las distintas crisis, cualquier oposición corre el riesgo de convertirse en un elenco numeroso, pero políticamente irrelevante.
Vienen tiempos duros. Climáticos, sociales, económicos, geopolíticos. Y no alcanzamos a pensarlos porque todo ocurre a la vez, sin jerarquía ni dirección. La tentación será seguir ocupando la escena, reaccionando a cada nueva urgencia, confundiendo presencia con conducción.
Pero Chile no necesita más actores al frente del escenario. Necesita liderazgos capaces de asumir la autoría, de escribir con responsabilidad histórica la trama común, de aceptar que gobernar —y también oponerse— no es solo actuar en la emergencia, sino dar sentido a lo que somos y a lo que viene. Porque cuando nadie escribe la obra, los personajes quedan atrapados para siempre en su tragedia.
*Rossana Carrasco Meza es profesora de Castellano, PUC; Politóloga, PUC; Magíster en Gestión y Desarrollo Regional y Local, Universidad de Chile.
