Mariana Enriquez venera al vampiro, es su monstruo favorito, la seduce histórica, simbólica y estéticamente más que cualquier otro y se indigna cuando lo malinterpretan o rebajan. Lo dice en Archipiélago, un ensayo recién publicado por la editorial argentina Ampersand, en el que la autora de Nuestra parte de la noche repasa los libros y autores que la formaron como lectora y escritora. Apenas leí sobre su veneración recordé que Marx usó al vampiro como imagen para describir al capitalismo: «El capital es trabajo muerto que, al modo de los vampiros, vive solamente chupando trabajo vivo, y vive más cuanto más trabajo chupa», dice en El capital. Es un vampiro que no «suelta presa», agrega, mientras a esta le quede algo de músculo, nervio y sangre que explotar.
La presa, claro, es el trabajador, usted y yo, que creía, y supongo que aún cree, haber vendido con libertad su trabajo, hasta que se da cuenta que no puede salir de ahí, porque el capital lo tiene agarrado, como en un pacto con el Diablo: «La prolongación de la jornada de trabajo hasta la noche, más allá de los límites de la jornada natural, solo tiene un efecto paliativo, no sacia más que aproximadamente su sed vampírica de trabajo vivo. De ahí que la pulsión inmanente de la producción capitalista consista en apropiarse del trabajo durante cada una de las 24 horas del día».
Al vampiro como monstruo que repele y atrae, chupasangre seductor, liberador y carcelero, lo inventó un amigo de Byron, cuenta Enriquez: una noche, un grupo de amigos escritores, entre ellos Byron, se propuso escribir una historia de terror; entre ellos estaba John William Polidori, el médico del poeta, quien, luego, inspirado en algo que contó su paciente esa noche, escribió un relato corto titulado «El vampiro». Fue, según Enriquez, el primer cuento de muertos vivos publicado en inglés: «Hasta entonces, los vampiros le pertenecían al folklore, a las supersticiones de Europa del Este: eran repelentes, verdaderas sanguijuelas de dos patas que se hinchaban con la sangre de la víctima y olían a cadáver. Eran muy distintos a los humanos, para nada atractivos y solo inspiraban miedo. Polidori inventó un vampiro diferente. El protagonista de su cuento, Lord Ruthven, es un noble de ojos grises que aparece de la nada en los salones más elegantes de Londres, durante un invierno cruel. Nunca se ríe, tiene una belleza turbia, y las mujeres quedan aturdidas ante su mirada intensa».
Es «brutal pero seductor», un «aristócrata cruel pero atractivo», o sea, la imagen que tenemos hasta hoy de los vampiros, la que retrata el cine y la literatura y que, confiesa Enriquez, la obsesiona. Es Drácula. El capital-vampiro, entonces, esa figura, que Marx la haya escrito, tiene sentido para representar la explotación y la atracción. Y probablemente hoy más que ayer, cuando estamos veinticuatro horas al día, los siete días de la semana, felices y enganchados a nuestras pantallas (esas cuyas materias primas vienen de infiernos mineros en el Congo, por ejemplo), incluso si las dejamos en el velador, produciendo datos que se apropian los gigantes digitales. No digo que lo queramos, pero supongamos que alguien quisiera renunciar a las pantallas, al campo o factoría digital, a ese trabajo, ¿sería posible (sin tener que renunciar a la sociedad y optar por ser un ermitaño)?
Tal vez, a estas alturas de la modernidad y de la modernización, deberíamos reconocer que el capital, o mejor, el Capital, con mayúscula, como Dios, es el gran Otro, la gran Ficción, invisible como entidad, pero omnipresente, centro móvil de nuestros deseos y malestares, ventrílocuo de nuestra voz interior, al que incluso ahora, que también es digital, podemos hacerles preguntas que, a diferencia del otro Dios, e incluso del Lenguaje, responderá siempre y sin lugar a duda.
Según Francis Wheen, uno de los biógrafos de Marx y autor de una monografía sobre El capital, dicho trabajo hay que leerlo menos como un tratado de economía o una hipótesis científica que como una obra de arte, una representación del capital, de lo que le hace a las personas y a la sociedad; es una sátira del capitalismo, llena de analogías maliciosas y divertidas, «un melodrama victoriano, o una inmensa novela gótica cuyos héroes están esclavizados y consumidos por el monstruo que han creado». Marx, afirma Wheen, expone las diferencias entre «la apariencia heroica y la ignominiosa realidad» de la sociedad capitalista del siglo XIX. De hecho, el autor advierte a sus lectores que entran a un mundo ilusorio donde nada es lo que parece: «A primera vista, una mercancía parece una cosa obvia, trivial. Su análisis indica que es una cosa complicadamente quisquillosa, llena de sofística metafísica y de humoradas teológicas».
O sea que hablamos de literatura, y hasta de una historia —capital y quizás entonces universal— de la literatura: «El vampiro» es de 1810; Drácula, la novela de Bram Stoker, de 1897. Cronológicamente, dice Enriquez, son las dos primeras grandes historias de sangre. O quizás la primera y la tercera, porque entre medio, en 1867, se publicó El capital. Y tal vez podríamos agregar a Frankenstein, de Mary Shelley, publicada en 1818, no como historia de vampiros, pero sí como la de un monstruo creado por nosotros que se nos escapa de las manos. Sobre Drácula, la escritora argentina dice que, «aunque la historia es conocida y popular, la lectura de la novela de Stoker no es de las más agradables. Es victoriana, epistolar, y sufre de la falta de voz del Conde, a quien necesitamos escuchar con verdadera desesperación. Cierto: el propósito de la novela es que sea Otro, que represente con ambigüedad el exotismo y la libertad (sexual, especialmente), y al mismo tiempo el sometimiento y la explotación capitalista; la gracia es que Drácula no esté y pueda ser imaginado, que sus intenciones permanezcan en las sombras». Aunque igual podrían esconderse a plena luz del día.
Después de leer sobre la veneración de Enriquez por el vampiro, además de pensar en Marx y el capital, se me ocurrió que podría preguntarle a ella qué le parece la metáfora marxiana. ¿Le molesta o le gusta? ¿Le hace sentido o no? «Me gusta», contestó, «me gusta». «Creo que el capitalismo venció hasta que haya una forma de organizarnos humanamente diferente, lo cual parece cada vez más complejo, en todo caso aparecen derivaciones: el postcapitalismo, el capitalismo financiero, el capitalismo digital, pero todo termina siendo lo mismo. No, no me molesta [la metáfora], porque creo que tiene la connotación de poderío y de atracción. Quiero decir, la mayoría de los que consideramos que el capitalismo trae muchos padecimientos, nunca vivimos en un sistema diferente y aprendimos a disfrutar de él. Con todo lo que implica esa contradicción. Entonces, sí, me gusta, me parece precisa. El capitalismo es algo que se resiste a morir y que es tan dañino como atractivo».
*Juan Rodríguez Medina es periodista y ensayista.