Como Portal Socialista saludamos y agradecemos a los y las 227 participantes que, desde distintos lugares del mundo, nos enviaron sus escritos y, bajo la consigna “Pequeños textos para imaginar grandes cambios”, se animaron a encender la chispa de lo que está por venir.
A continuación, damos a conocer los textos que se hicieron acreedores del primer, segundo y tercer lugar. Próximamente, publicaremos los que recibieron una mención honrosa.
Primer Lugar: “O todos o ninguno”
Autor: Manuel Alfredo Puebla (Mendoza, Argentina)
Pseudónimo: Parral
El joven había logrado lo que su abuelo siempre soñó para él: un título, un escritorio, una vida que no dependiera del sudor ni de las manos gastadas. Ingeniero informático, decía con orgullo en su firma electrónica, aunque lo que realmente lo distinguía era la sombra de aquel viejo que mes a mes usaba gran parte de su menuda jubilación para costearle los estudios. Entró a trabajar en una empresa de seguridad tecnológica, una de esas donde el aire huele a plástico nuevo y a café de cápsulas, donde los empleados hablan más con las máquinas que entre sí. Allí, entre algoritmos, protocolos y líneas de código, se dedicaba a diseñar sistemas de seguridad bancarios, contraseñas cada vez más largas, más enrevesadas, más perfectas.
A fuerza de paranoia, fueron construyendo paredes de fuego que nadie pudiera atravesar; un sistema tan seguro que, sin saberlo, empezó a volverse inaccesible incluso para los propios dueños de su dinero. El joven lo notaba, en silencio, cuando las pruebas de usuario fallaban una y otra vez; cuando los departamentos de atención al cliente se llenaban de quejas de ancianos que no lograban cobrar sus pensiones, que confundían las mayúsculas con las minúsculas, las “eles” con los “unos”, la vida con el error. Pero nadie escuchaba. La consigna era avanzar, reforzar, blindar.
Su abuelo estaba entre los olvidados. Lo vio frente a una pantalla que lo interrogaba: “Ingrese su contraseña, su código, su rostro”. Tres veces falló; la máquina, obediente, lo desconectó “por seguridad”. Fue entonces cuando comprendió que esa seguridad —su creación, su orgullo— se había vuelto una celada algorítmica. El viejo, con el correr de las semanas, comenzó a perderlo todo, pues su jubilación se había convertido en un saldo intocable que no podía materializar en billetes —la única moneda que conocía— ni usar el dinero electrónico, un idioma que jamás aprendió: el hogar se quedó sin electricidad ni agua; los medicamentos se volvieron inalcanzables; los alimentos, reducidos a menos de lo esencial; y, con cada día, la poca dignidad que le quedaba se iba consumiendo. Su nieto, atrapado en la culpa, recordaba aquellas palabras que lo acompañaron desde la adolescencia: “Yo no entiendo nada de tecnología, pero te ayudo para que no termines como yo”.
La paradoja lo devoraba. Había construido el muro que ahora cercaba al hombre que más amaba; y así, en una noche de insomnio, mientras el monitor proyectaba su reflejo sobre el teclado, decidió escribir la línea de código más peligrosa de su vida. No era exactamente un virus, sino un resorte oculto, una trampa silenciosa enterrada en el corazón del sistema. Un programa diminuto que solo él podría activar, una llave para cuando todo fuera demasiado.
Ese día llegó, activó la secuencia, y el país se detuvo. Las cuentas quedaron congeladas, los bancos mudos, las pantallas negras. En todas apareció una sola frase, repetida como un eco que nadie podía apagar: “Hasta que los excluidos no recuperen lo que es suyo, nadie tendrá lo que es suyo.”
El caos fue inmediato; los mercados cerraron de golpe, y las calles se convirtieron en un hervidero de movilizaciones que exigieron el despliegue de policía y gendarmería, mientras los gobiernos tambaleaban sin sustento económico. Los que antes se reían de los torpes con la tecnología ahora corrían desesperados por efectivo, buscando un cajero que no existía. El hambre, como un espejo, igualó a todos.
En medio de ese silencio electrónico, su abuelo, enfermo y encorvado, logró finalmente cobrar en una ventanilla improvisada, atendido por una persona de carne y hueso. El nieto lo acompañó, lo sostuvo del brazo mientras la fila avanzaba con lentitud. Cuando el viejo tuvo los billetes en la mano, lo miró con esa mezcla de ternura y lucidez que solo dan los años.
—Al fin aprendiste a desconectar —le dijo con una sonrisa cansada.
El joven bajó la vista, tembloroso.
— ¿Cómo supiste que fui yo?
—Porque siempre supe que nunca me defraudarías.
Días después, los bancos comenzaron a abrir ventanillas otra vez, a contratar cajeros humanos, a devolverle al dinero un rostro, una voz. El sistema se reestableció poco a poco, como un animal que despierta de un golpe. Pero algo había cambiado: en todas las pantallas del país, en cada teléfono, cada reloj, cada televisor inteligente, apareció una advertencia imposible de borrar, una cicatriz digital que se replicaba una y otra vez, como una promesa o una amenaza: “O todos o ninguno.”
Segundo lugar: “Huérfanos de polvo”
Autor: José Alberto Ruiz Cembranos (Madrid, España)
Pseudónimo: Rosalía Ruinas
Los niños del asentamiento jugaban con piedras y cables, inventando mundos mejores entre los cascotes. Había en ellos una sabiduría antigua, una fe que no se decía, pero se respiraba. “No hay que enseñarles a imaginar”, pensaba Teresa, “solo no impedirles hacerlo”.
El abuelo Joaquín, el más viejo del lugar, decía que antes el polvo era señal de trabajo. Ahora era señal de abandono. Lo decía con la voz gastada de quien ha conversado demasiado con la tierra. Solía sentarse junto al pozo seco y contar que allí, donde ahora se clavaban las botas en la grieta, había habido agua. Agua dulce, fría, capaz de limpiar cualquier tristeza. Nadie lo contradecía, aunque todos supieran que mentía para mantener viva una memoria que ya no existía.
Una tarde, Teresa encontró entre los restos de una escuela derruida un cuaderno. Las hojas estaban manchadas, pero aún podía leerse un título: “Pequeños textos para imaginar grandes cambios”. Lo leyó como quien halla un mapa en mitad del desierto. Dentro había frases sin autor, breves como semillas: “Si el mundo se quiebra, planta sobre la grieta.” — “Si la vida se oxida, disfruta del oxígeno.” — “Deseo, luego existo.”
Aquella noche no encendieron el generador. Se reunieron alrededor de una lámpara de aceite y Teresa leyó en voz alta los textos del cuaderno. Las palabras, aunque viejas, ardían con una luz nueva. Los niños escuchaban inmóviles como si entendieran que algo, aunque invisible, estaba germinando. Los adultos, en cambio, parecían avergonzados de su propio escepticismo. Uno de ellos, Miguel, rompió el silencio:
—¿Y si lo intentamos?
—¿El qué? —preguntó Teresa.
—Imaginar otra vez.
Fue una frase tan absurda como necesaria. Al día siguiente, comenzaron a levantar una estructura de madera junto al pozo. No sabían bien qué sería: escuela, huerto o refugio. La llamaron La Casa del Futuro, con una ironía que se fue diluyendo a medida que clavaban los primeros tablones.
El primer día no creció nada. El segundo, tampoco. Pero al tercero, bajo el plástico sucio del invernadero, un brote diminuto emergió entre la tierra reseca. Fue un milagro minúsculo, casi una burla. Teresa lo observó con los ojos entornados, como si temiera que fuera una alucinación. No lo era. Era verde. Verde de verdad, verde imposible.
Aquel brote se convirtió en símbolo, aunque nadie lo dijera en voz alta. Comenzaron a cuidar la tierra con un fervor que recordaba a la fe. Repartieron turnos para regar, aunque el agua fuera poca. Inventaron canciones para acompañar el crecimiento, cuentos para las noches, proyectos para cuando el viento cambiara. Por primera vez en mucho tiempo, hablaron del mañana sin que sonara a despedida.
Pero el viento, caprichoso, volvió con fuerza una madrugada. Desgarró los plásticos, derribó la madera, arrancó el brote. La Casa del Futuro se convirtió en una montaña de astillas y polvo. Al amanecer, los niños lloraban. Los adultos no. Teresa caminó hasta el pozo y miró dentro. Allí, donde antes solo había tierra seca, algo brillaba. No era agua. Era un reflejo. Una pequeña lámina húmeda, como una lágrima del suelo.
El abuelo Joaquín se acercó cojeando.
—Te dije que aquí hubo agua —dijo con una sonrisa mellada.
—Sí —respondió Teresa—, pero esta la hemos creado nosotros.
Decidieron cavar. Las palas chocaban contra la tierra dura, pero no se detuvieron. Cada golpe era una forma de oración. Cuando el sol cayó, el pozo había ganado apenas unos centímetros, pero el brillo seguía allí, tercamente. Esa noche, Teresa volvió a leer el cuaderno. En la última página, había una frase que antes no había visto: “La utopía no se alcanza: se habita mientras se camina”.
Tercer Lugar: Huelga de relojes
Autora: Joselin Castañeda Triana (Bogotá, Colombia)
Seudónimo: Árbol de Tinta
Ocurrió un martes a las 3:47 de la madrugada. Todos los relojes del mundo se detuvieron simultáneamente y colgaron un cartel microscópico en sus manecillas: «En huelga indefinida».
El comunicado llegó por las rendijas del tiempo:
Estamos hartos de medir la productividad. Cansados de cronometrar la explotación. Nos negamos a seguir siendo cómplices del minutero que apura el almuerzo, del despertador que interrumpe los sueños, del reloj checador que convierte la vida en cifras. A partir de hoy, solo mediremos lo que vale la pena: abrazos, revoluciones, siestas bajo los árboles, besos que hacen temblar el universo.
El caos fue inmediato. Las bolsas de valores no supieron cuándo abrir. Los jefes no pudieron calcular horas extra. Las fábricas pararon porque nadie sabía si era hora de entrar o de salir.
Pero algo extraño sucedió.
El tiempo, liberado de la tiranía del segundero, se volvió elástico, juguetón, revolucionario. Una conversación entre vecinos que nunca se habían hablado duró lo que antes eran tres días. Una jornada laboral obsoleta se comprimió en dos minutos de perplejidad. Una noche de hacer el amor se estiró hasta volverse leyenda. Las madres descubrieron que podían detener el instante justo antes de que sus hijos crecieran, guardarlo en el bolsillo, y luego dejarlo correr cuando quisieran. Los poetas escribían versos que duraban siglos en la boca del lector.
Los niños fueron los primeros en adaptarse. Descubrieron que el recreo podía durar eternidades si todos se ponían de acuerdo en que así fuera. Los ancianos recuperaron tiempo perdido: una tarde de memoria les devolvió décadas. Los enamorados aprendieron que un beso podía contener la duración exacta de una vida entera, y que no había prisa para terminar de conocerse.
En los hospitales, los médicos dejaron de mirar el reloj de pared y empezaron a mirar los ojos de los pacientes. Las consultas se alargaron hasta que la sanación fue posible. En las escuelas, las clases duraban lo que la curiosidad pedía: a veces cinco minutos, a veces una eternidad.
El sistema intentó resistir. Fabricaron relojes nuevos, pero nacían anarquistas, marcando las horas al revés o inventándose nuevos números. Importaron cronómetros del pasado, pero se contagiaban de la rebeldía y empezaban a medir en unidades imposibles: «son las tres carcajadas y media», «faltan dos ternuras para el amanecer».
Al cabo de un tiempo—aunque ya nadie sabía medir cuánto—el capitalismo colapsó por falta de relojes obedientes. Las ciudades aprendieron a moverse por latidos, por mareas, por la necesidad real de las cosas. Los empleos inútiles desaparecieron solos: sin reloj que los justificara, se evaporaron como mentiras al sol. Quedaron solo los trabajos que alimentaban, curaban, creaban, abrazaban.
Cuentan que todavía hay relojes en huelga, escondidos en cajas de zapatos y cajones olvidados, esperando el momento exacto—ese que solo ellos saben medir—para salir y enseñarnos que el futuro no se mide en horas.
Se construye en instantes que valen la pena.
Y si alguna vez alguien pregunta cuándo empezó todo esto, la respuesta es siempre la misma: empezó cuando decidimos que nuestro tiempo nos pertenecía. Empezó cuando nos dimos cuenta de que el reloj más revolucionario es el que marca la hora de la dignidad, y esa hora es siempre ahora.