La palabra libertad tiene la capacidad de convocar consensos inmediatos y desacuerdos profundos. Nadie se declara enemigo de la libertad; casi todos afirman defenderla. Sin embargo, basta ir más allá de la superficie para advertir que no todos hablan de lo mismo. En el centro de esta ambigüedad se despliega una de las discusiones más persistentes del pensamiento político moderno: si la libertad consiste, ante todo, en que nadie interfiera con mis decisiones, o si implica algo más exigente y concreto: la posibilidad real de decidir sobre la propia vida.
Libertad negativa y libertad positiva
Desde sus orígenes, el socialismo ha habitado ese espacio intermedio. Obligado a dialogar con la tradición liberal, pero también a marcar sus límites, convirtió la libertad en algo más que una garantía jurídica. La transformó en una cuestión social, histórica y material. La distinción entre libertad negativa y libertad positiva, formulada de manera influyente por Isaiah Berlin, ofrece una brújula para recorrer este debate sin reducirlo a fórmulas cerradas.
Berlin definió la libertad negativa con una claridad que aún estructura el debate contemporáneo: “Soy libre en la medida en que ningún hombre o grupo de hombres interfiera en mi actividad” (Berlin, Two Concepts of Liberty). Esta idea, heredera de la tradición liberal clásica, trazó una frontera nítida entre el individuo y el poder. Proteger esa frontera fue una conquista histórica decisiva: sin libertades civiles, sin garantías jurídicas, sin pluralismo, la política se transforma rápidamente en dominación abierta.
Pero el socialismo introdujo una pregunta decisiva en ese relato. ¿Qué significa no ser interferido cuando la vida transcurre bajo condiciones de desigualdad estructural? ¿Qué valor tiene la libertad formal cuando las opciones reales están condicionadas por la pobreza, la exclusión o la dependencia económica? La libertad entendida solo como “dejar hacer” corre el riesgo de convertirse en un derecho abstracto, plenamente ejercible solo por quienes ya cuentan con recursos y poder.
De allí surge la centralidad de la libertad positiva. No se trata simplemente de que nadie interfiera, sino de poder ser efectivamente autor de la propia vida. Berlin lo formuló en términos igualmente precisos: la libertad positiva responde a la pregunta “¿quién es la fuente del control o de la interferencia que puede determinar que alguien haga o sea esto en vez de aquello?”. En esta concepción, la libertad se vincula con la autodeterminación y con la capacidad de participar en la producción de las normas que rigen la vida social.
La crítica socialista a la libertad liberal
El socialismo llevó esta reflexión al terreno de las condiciones materiales. En Marx, la crítica a la libertad liberal no apunta a su falsedad, sino a su carácter incompleto. En La cuestión judía, Marx escribió con ironía demoledora: “El derecho del hombre a la libertad no se basa en la unión del hombre con el hombre, sino en la separación del hombre respecto del hombre”. El trabajador es libre ante la ley, pero depende de vender su fuerza de trabajo para sobrevivir. No hay coerción directa, pero sí relaciones estructurales de dominación que vacían de contenido la libertad formal.
En El Capital, Marx profundiza esta idea al señalar que la llamada libertad del trabajador consiste, en realidad, en elegir a qué capitalista venderse. La emancipación no puede reducirse a la ausencia de interferencia jurídica; requiere transformar las condiciones sociales que producen subordinación y dependencia. Mientras esas condiciones persistan, la libertad seguirá siendo una promesa abstracta.
La historia del socialismo mostró también los riesgos de absolutizar esta segunda noción. Berlin advirtió que la libertad positiva podía convertirse en una justificación del autoritarismo cuando una élite burocrática afirma encarnar la “voluntad verdadera” de los individuos. “Puedo ser coaccionado en nombre de una libertad que no reconozco”, advirtió, señalando cómo la promesa de emancipación futura podía legitimar la supresión de libertades presentes.
Esa advertencia marcó un punto de inflexión. El socialismo incorporó como límite normativo la defensa irrestricta de las libertades negativas: expresión, asociación, crítica, disidencia. La igualdad dejó de pensarse como sustituto de la libertad y pasó a concebirse como su condición de posibilidad. La expansión de derechos sociales —educación, salud, seguridad social, derechos laborales— no aparece, así, como una negación de la libertad, sino como el conjunto de condiciones que permiten ejercerla de manera efectiva.
En esta tradición se inscribe con fuerza el pensamiento de Eugenio González Rojas. Intelectual chileno, rector universitario y ensayista, González entendió la libertad no como un atributo aislado del individuo, sino como una práctica cultural que se construye colectivamente. En uno de sus ensayos más citados sostuvo que “no hay libertad efectiva sin conciencia crítica, y no hay conciencia crítica sin educación”. La educación, para González, no era un complemento del proyecto socialista, sino su núcleo ético y político.
González se distanció tanto del liberalismo que absolutiza la libertad formal como de los socialismos que subordinan la libertad presente a promesas históricas futuras. En un registro marcadamente democrático, afirmó que “la libertad no es una dádiva del Estado ni una concesión del poder, sino una conquista permanente de la sociedad”. Por eso otorgó a la universidad pública un papel central: como espacio de formación intelectual, deliberación y autonomía, era una de las instituciones donde la libertad se aprende y se ejerce cotidianamente.
En las últimas décadas, este debate ha sido reformulado por teorías que buscan superar la dicotomía clásica. Por ejemplo, el llamado “enfoque de las capacidades” de Sen y Nussbaum redefine la libertad como la posibilidad real de elegir y sostener proyectos de vida valiosos; el republicanismo contemporáneo de Philip Petit introduce la noción de libertad como “no dominación”, subrayando que no basta con la ausencia de interferencia si existen relaciones estructurales de poder arbitrario. Ambas perspectivas dialogan de manera natural con el socialismo al situar la igualdad, la justicia social y la democratización del poder en el centro de la reflexión sobre la libertad.
Entre dejar hacer y poder hacer, la libertad no se resuelve en una fórmula única. Se juega, más bien, en un equilibrio siempre inestable entre autonomía individual y condiciones colectivas. El socialismo ha insistido, una y otra vez, en que sin derechos civiles la libertad se extingue, pero sin derechos sociales se vacía de contenido. Y es en esa tensión—histórica, política y siempre abierta—donde sigue ofreciendo una de las reflexiones más fecundas sobre lo que significa, realmente, ser libres.
*Álvaro Ramis es rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.