Durante el reciente paso por Chile de los Pet Shop Boys fue divertido leer en redes sociales a algunas personas, hemos de imaginar que de derecha, enrostrándole a “los comunistas” la fiesta que trajeron los británicos a los últimos días de vacaciones. Tan divertido como esos superizquierdistas que, en medio del impacto y las reacciones por el espectáculo de Bud Bunny en el Super Bowl, nos advertían que no nos confundiéramos, que eso no era la revolución, que el capitalismo no se había terminado.
Ojalá los segundos no se enteren de que ya sabíamos que lo de Benito en la final del fútbol americano no era el comunismo; y esperemos que los primeros no lean algunas letras de Neil Tennant y Chris Lowe como, por ejemplo, esta: “Dicen que la democracia es mala para los negocios”, “insisten en que la gente trabaje sin contratos en todos lados para que los márgenes de ganancia crezcan y las acciones sean fuertes”, “nunca ponen manos a la obra”, “compran equipos de fútbol con absoluta impunidad y la mayoría de los medios de comunicación para tener el poder de destruir la noción misma de comunidad”, “evaden impuestos mientras el Estado de bienestar se derrumba”, “su extravagancia y arrogancia”, “su falta de equilibrio”, “sus abogados y su actitud”, “la escala de su ingratitud”, “solo hacen caridad para tener máxima publicidad”. “Y hay una pregunta que nunca parece hacerse” y que “debe ser respondida”, dice la canción. Cuál es esa pregunta, pues la que le da título al tema: “¿Qué vamos a hacer con los ricos?”.
Dicho eso, a mí, que soy de izquierda, o eso se supone, me preocupa, entre risas, más lo seriote y grave de la izquierda que la ignorancia de la derecha. Es como si pasarlo bien no fuera digno de algo así como la conciencia social. A cierta izquierda, desde hace demasiado, la posee un espíritu jesuítico, el del niño bien que descubre la injusticia, lo embarga la culpa y entonces se prohíbe, y nos prohíbe, gozar.
Se me ocurre que ese mismo espíritu de pesadez poseía a quienes se decepcionaron y criticaron el disco Corazones de Los Prisioneros, demasiado pop, demasiado bailable al lado de Pateando piedras.
“Si no sabemos adaptarnos. Si no estamos dispuestos a avanzar arrastrándonos por el fango, entonces no somos revolucionarios, sino charlatanes”, dijo Lenin.
¿En serio esa es la alternativa a la injusticia, a la desigualdad? ¿Sufrir? ¿Arrastrarnos? ¿Eso le vamos a oponer al capitalismo que llama al goce aquí y ahora?
“Todo lo que he hecho / Todo lo que hago / Cada lugar en el que he estado / A cualquier lugar al que voy / Es un pecado”.
Eso también lo cantan y lo bailan los Pet Shop Boys.
No digo que la revolución sea la fiesta, aunque por qué no, sin embargo, vaya a saber uno qué es verdaderamente la revolución, pero, mientras esperamos, ¿por qué no podríamos pasarlo bien aquí y ahora, incluso o tal vez especialmente en medio del capitalismo? Y mejor todavía si es en medio del evento deportivo capital de la capital del capitalismo, o si lo hacemos cantando, con los Pet Shop Boys, “Desde el lago de Ginebra a la estación Finlandia” (por supuesto, el guiño es al viaje en tren que hizo Lenin desde Suiza a Rusia para alcanzar a subirse a la revolución).
Incluso si este es un valle de lágrimas, no digo que lo sea, o que sea solo eso, pero incluso si lo es, no le veo sentido a sumarle más llanto, más sufrimiento y, para peor, en nombre de un supuesto goce futuro.
Para mí, la imagen del triunfo del capitalismo sobre los socialismos reales es menos la caída del muro de Berlín, menos los alemanes y supongo que turistas picando el muro, y más ese Monster of Rock, con bandas como AC/DC y Metallica, que reunió a más de un millón de rusos, gozando, saltando, gritando, también muchos militares o tal vez policías, que seguro estaban ahí para controlar y evitar desmadres, pero que terminaron revoleando sus chaquetas y gorras.
Si Metallica derrumbó a la URSS, quizás para la izquierda el asunto sea menos Lenin y más Pet Shop Boys, y no porque tengan letras políticas, canciones de izquierda, o no solamente, sino también, y hasta diría que primero, porque nos hacen bailar, pasar un buen momento. Dicho en otras palabras, y más en chileno, siempre fue Pateando piedras y Corazones. Lo otro, la gravedad, la culpa, es pura estrechez de corazón y es suponer que solo los ricos —esos que se compran nuestros equipos de fútbol— tienen derecho a pasarlo tan bien, cuando resulta que somos todos imbéciles.
*Juan Rodríguez Medina es periodista y ensayista.