El Frente Amplio (FA) es un partido nuevo que proviene de organizaciones políticas que tienen su origen en la movilización social de la década pasada. Particularmente, de los movimientos estudiantil, feminista y, en menor medida, de los movimientos ecologista, de Derechos Humanos e indígena. El movimiento estudiantil, de hecho, fue la columna vertebral del movimiento social durante la década de los 2000 y 2010, con organizaciones fuertes y convocantes, así como una alta capacidad de articulación con el amplio mundo social: desde la convocatoria abierta a una Asamblea en el INBA en 2006, que reunió a más de 100 organizaciones sociales diferentes hasta el movimiento social amplio por la educación de 2011 que articuló a todo el mundo de la educación y generó las primeras relaciones con el mundo social y sindical; o la experiencia de Unidad Social, donde participamos como miembros de organizaciones políticas (los partidos del FA) y de organizaciones sociales (CONES, CONFECh, 8M, entre otras).
“Movimientistas” vs “partidistas”
Durante la emergencia política del FA, hubo una confusa discusión sobre el rol de la movilización social y la lucha política. Ocurrió que se dio en nuestras organizaciones históricas un debate sobre el rol de las organizaciones sociales en la lucha política. Los más “movimientistas” tenían una fe ciega en la forma movimiento y no se cuestionaban mayormente ni sus contenidos ni sus estrategias. Los más “partidistas” manifestaban un cierto nivel de escepticismo respecto a la movilización social en general y las organizaciones sociales en particular, ya que podrían ser plataformas de organizaciones que no logran posicionarse públicamente como una alternativa política y ocultan sus intereses políticos bajo chapas sociales. Esta desconfianza derivaba en alianzas tácticas con organizaciones sociales, manteniendo, claro, la autonomía de decisiones de organizaciones políticas respecto de las organizaciones sociales. Esta diferencia es relevante ya que marca dos polos en la relación de las organizaciones políticas de la nueva izquierda con el movimiento social.
Reivindicación de octubre de 2019 y lecciones de una derrota
Reivindico, así como la gran mayoría de la juventud popular chilena, el estallido social de octubre de 2019. No defendimos a tiempo sus banderas cuando, después de la derrota constituyente, arremetieron contra ese proceso. Reivindicar el estallido no significa, en todo caso, que sea el horizonte de la organización popular porque no fue organizado. Fue espontáneo, atomizado, con mil rabias y pesares juntos y sin salidas comunes, sin conducción real de ninguna estructura partidaria o social. Reivindicar el estallido significa reconocer la potencia de los pueblos de Chile llegada la hora de la transformación social. Lo que debemos hacer nosotros es contar con una herramienta política que esté a la altura del desafío de organizar esa potencia para cuando iniciemos nuestra transformación.
Pero también debemos entender las limitaciones reales de la potencia del estallido social. La institucionalización del proceso constituyente y la arremetida comunicacional de la derecha dejó desnuda nuestra nula capacidad orgánica de permear la sociedad. No contamos con prensa, medios, influencers ni grandes confederaciones y asociaciones de empresarios. Tenemos la convicción desordenada de la gente. La Lista del Pueblo y los movimientos sociales constituyentes son muestras claras del límite del desorden de nuestro sector. Todavía queda el desafío de reunir en una sola alternativa a todas y todos quienes se sintieron removidos hasta la médula durante el estallido social.
Sostenemos que existe una distancia sideral entre lo social y lo político en Chile. Esa distancia se fue estrechando durante la década pasada al encontrar en la movilización social a organizaciones sociales y partidos políticos. La derrota constituyente, no obstante, retrotrajo ese avance a mediados de los 90. Los partidos de izquierdas desconfían de los independientes y de las organizaciones sociales, y las organizaciones sociales ya están empezando a hablar de renuncia y traición de los partidos políticos de izquierda.
Tensión interna: priorizar la herramienta partido o la alianza político-social
La distancia entre lo social y lo político hace que el FA haya dedicado su esfuerzo originario a tratar de reducir lo más posible esa brecha. En ese sentido se entiende la relación del FA con el movimiento estudiantil, el movimiento feminista y con organizaciones como MODATIMA y NO+AFP, así como la participación en Unidad Social, plataforma de organizaciones y partidos en Chile. Lamentablemente, esa distancia entre lo social y lo político se extremó después del rechazo constituyente y se ha trasladado hasta nuestro propio partido.
Efectivamente, hemos tenido discusiones en nuestro Comité Central que han mostrado esta cuestión. Desde el Frente Estudiantil, me permito mostrar 2 ejemplos. En primer lugar, la poca confianza política y disponibilidad presupuestaria a los Frentes sectoriales del partido, que tratan de mantener la articulación con el mundo social, como educación, feminismo, ecologismo, artes y culturas, salud, entre otros. El segundo ejemplo es el caso de la fallida nominación de Gustavo Gatica como candidato a diputado del FA. Nuestro Comité Central decidió no priorizar a Gustavo, joven luchador social, quien quedó ciego por la mano de la fuerza policial en el estallido social. En una decisión legítima en su forma, pero criticada en su fondo, el Comité Central priorizó a una militante de partido por sobre un activista social. Esta decisión generó un antes y un después para nosotros, como socialistas, militantes de la máxima unidad posible, social y política. Permitió acercar conversaciones entre autónomos, socialistas y disidentes y generó, en el Frente Estudiantil, una ácida crítica.
El FA y el actual movimiento estudiantil
Y eso nos lleva a una última cuestión: la relación del Frente Estudiantil del FA con el movimiento estudiantil actual. Nuestra tarea ha sido titánica porque cuando asumimos el desafío no existía un FA Estudiantil, éramos apenas 100 personas y no teníamos presencia en muchas universidades. Hoy tenemos presencia en 8 regiones del país, más cerca de los grandes centros urbanos que de la ruralidad del país, y contamos con 500 compañeros y compañeras estudiantes. A pesar de esos números, el escenario es complejo.
El movimiento estudiantil pasa por una crisis de representación histórica, marcada por la baja participación estudiantil y organizaciones vacías, como centros de estudiantes y federaciones. Viendo esta situación, apostamos a la estrategia de politizar lo social, y hemos intentado levantar organizaciones gremiales o sociales dentro de escuelas y universidades, más que fortalecer la herramienta partido. Hemos tomado nota de la “estrategia Recabarren” y tratamos de fortalecer organización mutual, cultural y mediática estudiantil. Eso se traduce en que hemos levantado escuelas populares, preuniversitarios populares, secretarías de cultura, revistas, secretarías de trabajos voluntarios y extensión. Todo este esfuerzo está orientado a generar un colectivo de estudiantes socialmente comprometidos y políticamente disponibles. Solo faltaba su articulación.
Se pregunta la prensa hoy, frente al gobierno de Kast, por qué el movimiento estudiantil puede actuar con tanta rapidez. Eso no es magia, se debe a dos cuestiones, una coyuntural y otra más procedimental. Coyunturalmente, el movimiento estudiantil ha sido un actor opositor a la derecha social y política, en América Latina y Chile. Pero, procedimentalmente, llevamos años levantando organizaciones que oxigenan al movimiento estudiantil y permiten el desarrollo de capacidades para una actuación eficiente. No queremos ser la vanguardia joven de la protesta, sino que queremos acompañar desde la retaguardia el desborde social de la movilización.
El futuro de la relación entre lo político y lo social
Uno de los nudos de la discusión del congreso, en desarrollo, del FA es la relación con los movimientos sociales en general y con el movimiento estudiantil en particular. Nuestra posición es construir una nueva mayoría social, bajo la máxima unidad social y política de todas las fuerzas de cambio. No excluiremos a nadie y esperamos actuar como bisagra entre los mundos socialdemócratas de la centroizquierda de la ex Concertación, y el mundo más de ultraizquierda de los colectivos estudiantiles de tres letras y mucha acción directa. Para eso, vamos a construir un camino de diálogo estudiantil que permita encontrar las consignas y demandas que permitan conformar esta nueva mayoría social.
La recuperación de la FECh se enmarca en ese contexto, y también la transformación de la CONFECh para incorporar nuevas formas de organización estudiantil, como federaciones profesionales, redes de secretarías estudiantiles, entre otras. Otro desafío importante es construir un bloque frenteamplista en la educación secundaria, con compañeras y compañeros escolares que puedan dar la lucha social en un segmento etario más rebelde, más contestatario y radicalmente antiautoritario.
El FA nació del pulso de la calle, de la rabia organizada en las salas de clases, en las plazas y en las casas. Traicionar ese origen no es solo un error estratégico, es una renuncia a nuestra propia identidad. La discusión que abrimos en este primer congreso del FA no es menor ni técnica: es una discusión sobre qué tipo de fuerza política queremos ser. Creemos que la respuesta está en recuperar la vocación fundacional del partido, aquella que entendía que la herramienta partido no se contrapone a la alianza político-social, sino que la necesita para volverse más fecunda.
*Claudio Calabrán Muñoz es presidente nacional del Frente Estudiantil del Frente Amplio.