Como Portal Socialista saludamos y agradecemos a los y las 227 participantes que, desde distintos lugares del mundo, nos enviaron sus escritos y, bajo la consigna “Pequeños textos para imaginar grandes cambios”, se animaron a encender la chispa de lo que está por venir. A continuación, damos a conocer los dos textos que recibieron una mención honrosa.
Mención Honrosa: “Después del estallido”
Autor: César Rodrigo Muñoz Durán (Santiago, Chile)
Seudónimo: Amuleto
La ciudad amaneció con olor a plástico quemado.
Los vidrios rotos reflejaban un cielo sin metáforas.
Los perros callejeros ladraban consignas,
y los semáforos parpadeaban en rojo,
como si también hubieran sido mutilados.
No hay héroes aquí.
Solo cuerpos que corren entre gases,
muchachos que gritan con la voz prestada,
mujeres que golpean las cacerolas
como si pudieran despertar a los muertos.
Santiago, campo de batalla y oficina pública,
donde el polvo del metro sube con olor a salario mínimo,
donde la rabia se archiva en formato PDF.
Un país despierta, dicen,
mientras otros duermen con auriculares
escuchando los discursos de siempre.
Hay nombres que no caben en los noticiarios,
ojos que miran desde el fondo de un informe,
muros que hablan aunque los pinten de blanco.
La dignidad no se hace costumbre:
se recuerda a diario,
como una deuda,
como un gesto torcido de humanidad.
Y sin embargo, algo arde todavía.
En el humo del metro,
en la esquina quemada de Plaza Dignidad,
en la palabra que nadie logró borrar.
Mención Honrosa: “La Peña”
Autor: Carlos Antonio Morales Chávez (Santiago, Chile)
Seudónimo: Nahuel Calamaro
Nunca fui buena para bailar. En los cumpleaños siempre me escondía cuando empezaba la música, fingiendo que tenía que ir al baño o que estaba ocupada con el celular. Pero esa noche, sin saber cómo, terminé bailando en medio de la plaza principal, rodeada de gente que tampoco parecía saber muy bien qué hacía ahí. Sin embargo, todos parecíamos entender lo mismo.
Era viernes y yo volvía del trabajo. El metro estaba lleno, como siempre, y la gente viajaba con esa mirada de quien ya no espera nada. Afuera, la ciudad olía a humo y cansancio. Desde hacía meses, las noticias repetían lo mismo: inflación, crisis, promesas, discursos. Todo parecía trabado. Todo parecía igual.
Al salir de la estación, escuché música, no venía de un local ni de un auto: sonaba desde la plaza. Me acerqué por curiosidad. Había unas veinte personas, un parlante viejo, y un cartel pintado a mano que decía: “Esta noche resucita la Peña del Mañana”.
El nombre me sonó familiar. Mi abuela hablaba de una peña con ese nombre, un lugar donde antes se juntaban a cantar y a planear un país mejor. Pero eso había sido en otro tiempo, en otro Chile.
Una chica del grupo me vio parada en la vereda y me hizo una seña. —Ven —me dijo—. Hoy nadie mira, todos bailan.
No sé por qué, pero fui. Y cuando la primera canción empezó, lo que pasó fue algo que todavía me cuesta explicar. No era una fiesta, tampoco una marcha. Era algo en medio: una mezcla de alegría y rabia, de cansancio y esperanza. Gente de todas las edades se movía al ritmo del tambor, del charango, del bajo que alguien había conectado a una batería portátil. Al principio me sentí ridícula. Pero cuando vi a una señora de unos sesenta años girando con una niña de ocho, me di cuenta de que no se trataba de saber bailar. Se trataba de atreverse.
La música subía y subía. Alguien gritó: —¡Que tiemblen los muros! ¡Que se caiga el miedo!
Y todos aplaudieron, riendo, gritando, saltando. El suelo parecía moverse bajo nuestros pies y, por un momento, creí que era posible que todo cambiara de verdad.
No sé cuánto duró. Quizás dos horas, quizás toda la noche.
En algún momento llegaron unos carabineros, pero se quedaron mirando desde lejos. Nadie rompía nada, nadie atacaba. Solo bailábamos. Y ese baile era, de algún modo, una protesta. Una forma distinta de decir ya basta.
Cuando se acabó la música, el grupo se fue dispersando. Yo me quedé un rato sentada en una banca, mirando cómo el amanecer pintaba de rosado los edificios. En la pared del quiosco alguien había escrito con marcador: “Bailamos para imaginar lo que vendrá”.
No supe quién lo escribió, pero esa frase me quedó dando vueltas durante días. Al lunes siguiente, el metro seguía igual de lleno, las noticias igual de tristes, el trabajo igual de tedioso. Pero algo había cambiado.
Yo había cambiado.
Desde esa noche, cada vez que escucho música en la calle, me detengo unos segundos. A veces vuelvo a bailar, a veces no.
Pero siempre miro a mi alrededor y pienso que, tal vez, el futuro empiece así: cuando alguien, en medio del miedo, se atreve a moverse primero.