Miro la foto amarillenta: al fondo, la pizarra ancha de un liceo pobre, pero con vista al mar. Se distingue un dibujo a tiza hecho por la mano experta de una maestra: el barco de tres palos, flamea una bandera. “Jamás ha sido arriada”.
Estoy de pie, me veo grande, grandota, más grandota de lo que era; ya entonces un poco gorda, apretada en tenida azul marino con botones dorados. Todas vestíamos uniformes, pero mi traje era de verdad, de marinero auténtico. Había permanecido por años guardado por una de mis tías en espera de su dueño. “El tal por cual no volverá nunca”, decía ella. “Besan y se van”, le respondía mi madre. Entonces, un sacrificio por la sobrina, un gesto de patriotismo, una decisión importante. “Gracias, tía linda”. Alfileres, tijeras, la máquina Singer. “Te quedará precioso”.
Las otras están en el suelo a mi alrededor. Gorras blancas, de oficial, gorras blancas de grumete. La Sargento tiene ojos de niña buena y disfraz de su grado. Ambas lucimos barba y bigotes postizos, invención del peluquero del cerro: pelos pegados en género, con puro engrudo. “Mucho mejor que usar los carboncillos del brasero”. Tengo la mano izquierda sobre el corazón, en la derecha la espada: es un palo de escoba recortado. “Crucémosle una tablita con un clavito”. Mis niñas se burlan siempre que se fijan en la foto de mi velador. “Capitán, ¿se está poniendo chocha?”. “Era bonita la Sargento, ¿no?”. “¿Cuántas veces la ha clavado con la espada, Capitán?”.
Me tiro sobre la cama, los pies duelen. Estuve tanto rato de pie en la calle. “La contienda es desigual”. Último año. ¡Qué pena!
Afuera, en el patio de baldosas lleno de puchos y manchones de vino tinto, corre el agua de la llave y su sonido se mezcla con risas. “Hoy juega el Wanderers”. Las chiquillas recién se levantan. Trabajan hasta la madrugada, tienen derecho. Yo también, pero no podía perderme el desfile. De vuelta, me cansé harto al subir. “Si yo muero mis oficiales sabrán cumplir con su deber”.
Enfrentábamos fuerzas superiores. “Dos humos al Norte”. En tierra tocaban campanas de bienvenida a nuestros enemigos. Luego lloverían las balas de cañón y las descargas de fusilería. ¡El espolonazo! “¡Al abordaje, muchachos!”. Ya no tengo las mismas piernas. Ensayamos cien veces el salto, desde el tablado de la sala grande al barco enemigo, una armazón construida por el papá carpintero de la Sargento.
¡Cómo nos aplaudieron!
Nadie podía creerlo cuando apareció la foto en el diario. Primera página, izquierda arriba: “Escuela de niñas efectuó homenaje a héroes”.
El cielo se ha puesto plomo sobre la bahía y los cerros. Llovizna. Por una rendija de la ventana que da al patio del caserón pego un grito:
—¿Almorzó la gente?
Oigo risas. Me meto a la cama con las patas heladas.
Alguien se asoma por la puerta de mi pieza y asiente con la cabeza. Entonces le digo:
—Sargento, arrímate que me muero de frío.
*Relato publicado en Uñas Doradas y otros cuentos, Editorial Catalonia, Santiago, Chile, 2011.