A los siete años, a la niña Ale le gustaba buscar mariposas que se posaban en los Dédalos de Sol que florecían toda la primavera en la línea férrea que pasaba cerca de su casa en la Población B, donde también escuchaba voces extrañas que hablaban otro idioma. La escuela de los hijos de los gringos se ubicaba al final de su calle en la entrada a Coya: el 80% de los estudiantes eran rubios y otro 20% castaño. Estaban alborotados porque Allende había ganado las elecciones, el Congreso ratificado su elección y, en forma casi unánime, todas las fuerzas políticas habían votado por la nacionalización del cobre y, en un gran acto bajo la lluvia en la Plaza de Rancagua, el presidente socialista, delante del Cardenal Silva Henríquez y los líderes sindicales, había llamado a cuidar el “sueldo de Chile”, industrializarlo y hacer de la nacionalización “la independencia económica al servicio del pueblo”.
Ale era siete veces más bella que las rubias gringas de Coya con su rostro gitano indígena y el pelo negro azabache que sorprendía a todo el campamento minero de Coya donde todo era exclusivo: allí se unía el río Coya con el Cachapoal y en lo alto estaba la central eléctrica y el campamento con su población americana perfecta; bowling, tenis, cancha de fútbol y el edificio moderno donde su padre trabajaba en Ingeniería General como topógrafo y geomensor.
En su familia, todo los hombres se llamaban Pablo y eran distintos: su abuelo Pablo de 90 años había sido pionero de El Teniente, contralor de los gringos y era bombero, masón y radical, el partido de las clases medias modernas en Chile; su padre Pablo era apolítico, callado, deportista -de la pesca al golf en el exclusivo campo de Coya creado en el 1927- y había votado por Alessandri en 1970, el abanderado de la derecha; y su hermano mayor Pablo, estudiaba en la Universidad Técnica del Estado y era el principal joven revolucionario de Coya, presidente de los jóvenes socialistas del regional Rancagua. Pablo era 17 años mayor que Ale, la “conchito” de la familia como le dicen graciosamente a hijos o hijas que nacen cuando las madres ya tienen sobre cuarenta y nadie espera seguir teniendo hijos, exceptuando a doña Fabiola, su madre, que era una mezcla de modernidad y tradición, simpatizante socialista y ferverosa católica con su velador colmado de santos y vírgenes.
En Coya estaba todo distribuido en forma segregada: en la entrada, a la derecha, camino a las Termas de Cauquenes, se ubicaba la Casa 100, una réplica de la Casa Blanca de los presidentes americanos, en la que vivía el gerente general, con amplios jardines y perros de raza. Los últimos americanos que quedaban en Coya se horrorizaron cuando la convirtieron en “Casa del Pueblo y la Cultura”, y allí alojaron al mismísimo “demonio comunista” de Fidel Castro en su larga visita a Chile.
Al frente, junto a la línea del tren Rancagua-Sewell, estaba la población B, donde vivían ingenieros como su padre, y la escuela para los americanos quedaba al fondo. Arriba, en el cerro, vivían los supervisores, ya mayoritariamente chilenos, y, al frente, cruzando el puente peatonal de madera, estaba el campamento. Hacia el norte, el pueblo: zona central mixta de comercios y hoteles, donde su hermano Pablo se juntaba con las familias de revolucionarios: Gladys Díaz, periodista del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR), y las hermanas Urzúa que eran parte de la familia del alcalde socialista de Machalí. Más allá, la población Errázuriz, en lo alto, camino a Perales, como zona de expansión y arrieros que iban y venían con sus animales, y el Jote, para familias obreras de la central eléctrica.
Ale era exótica y, como niña de 7 años, le gustaban los dos mundos: gozaba las fiestas de Hallowen con sus amigas Mery (gringa), Ana María (hija de médico) y Claudia (hija de ingeniero), recorriendo casas, amenazando con tirar huevos si no les daban dulces y chocolates, tanto como las veladas de música en inglés en el Club de Campo Coya, y las peñas revolucionarias en el casino popular del papá de las Urzúa donde bailaban cuecas y comían anticuchos de carne y pollo con su hermano Pablo.
La niña se entristeció en marzo de 1972 cuando cerraron definitivamente la escuela gringa llevándose a Mery a California y en Coya todo el mundo peleaba con todos. Un paro largo contra Allende, y su padre acosado por seguir trabajando en su independencia y sentido del orden. Su hermano Pablo casi herido a bala por el ataque a la sede del Partido Socialista en Rancagua. Enojada con su amiga Ana María que, tras discutir porque no le prestaba una muñeca, le gritó “negra upelienta”. Para Ale fue atroz; amaba a Ana María como la hermana de su edad que no tenía- sus hermanas Isabel y Paulina eran mayores-, y upeliento era el modo peyorativo de referirse a los partidarios de la Unidad Popular, la coalición de izquierdas que llevó al presidente Allende al poder. Días después, otra pelea con su amiga Claudia que quería ser azafata cuando grande y le gritó a Ale: “mi mamá dice que ya no pueden ir a tomar té a mi casa porque la UP nos tiene sin nada que comprar en los supermercados”.
Vino el golpe y en Coya los carabineros detuvieron al alcalde socialista en el retén, Pablo se escondió y apareció en la portada de los diarios locales y de la La Tercera nacional como buscado terrorista socialista. Un primo militar los encerró en la casa de Coya “para que Pablo se entregara y así poder salvar su vida”. Los padres de Ana María y Claudia salieron a celebrar, destaparon champaña y aparecieron ante los ojos de Ale los canapés y pastelillos que decían no tener.
Ale, la upelienta, sufrió a rabiar la desaparición de su hermano durante meses en que observó a su padre mudo y triste, y a su madre sollozando día y noche. Finalmente, su hermano logró entrar a la embajada de Italia en Santiago para asilarse. Su madre fue humillada por lo militares y hasta logró ir a verlo en septiembre de 1974 con su pequeña Ale que cumplía 10 años y lloró a mares al ver a su hermano, y escuchar a los upelientos asilados, hacinados en la embajada, cantando los himnos izquierdistas “no pasarán” y “venceremos”. Volvió a verlo en diciembre y su hermano se quebró cuando contó compulsivamente cómo les arrojaron al jardín, en toque de queda, el cuerpo torturado de la joven izquierdista Lumi Videla.
Ale perdió la infancia, descubrió que era parte del bando de los derrotados y estuvo huraña con sus amigas todo el verano de 1975, encerrada leyendo el diario de Ana Frank. Se sentía atrapada por los nazis y comenzó a ficcionar que un holandés de ojos verdes la liberaba. Se convirtió en una matea melancólica y semianoréxica. Ana María y Claudia le pidieran disculpas, se preocuparon de no hablar más en contra de los upelientos y la arrastraron a una velada en el Club de Campo Coya.
La upelienta se vengó de todos y todas: fue la primera del curso con todos los records y promedio 6.9 de siete, combatió a todo profesor o monja reaccionaria -bajaron de Coya a Rancagua e ingresó al Sagrado Corazón- y se dio el gusto de poner murales con las ideas feministas de Simone de Beauvoir y argumentar por qué intelectualmente era mucho más que Sartre. Combatió la dictadura desde los festivales de la Pastoral Juvenil y repartió el boletín de la Vicaría de la Solidaridad denunciando las violaciones a los derechos humanos y el exilio, incluyendo el de su hermano en París.
A inicios de enero de 1983, cuando comenzaron las protestas masivas contra Pinochet, en medio de una severa recesión económica, a diez años del golpe y tras visitar a su hermano en París, clavó la estocada final: se conocieron los resultados de la prueba de aptitud académica que nacionalmente dan los estudiantes en Chile al terminar la secundaria y obtuvo el puntaje máximo de una mujer en los quince años de instaurada dicha prueba. Las universidades le ofrecieron de todo para sacarse una foto con los rectores. Desechó de inmediato la Universidad de Chile que tenía a un paracaidista del ejército como rector, intervenida a niveles demenciales con la expulsión de sus mejores académicos. Se dio el gusto de ser la primera aceptada en la elitista escuela de medicina de la Universidad Católica y optar por sicología donde habían logrado sobrevivir algunos profesores demócratas, no obstante estaba dirigida por el almirante Swett y los ultraconservadores gremialistas que le negaron el ingreso al propio cardenal Silva Henríquez.
En psicología militó en la Izquierda Cristiana y compartió la severidad del profesor Gisi: “los de izquierda deben ser los mejores alumnos, hacer autocrítica, tener nueva conciencia, ser probos y no nos volverán a derrotar”.
Su novio fue parte de la directiva que desalojó del poder a los gremialistas y cuando estuvo preso, ella participó en la toma de la Casa Central hasta obligar a la rectoría a visitar a los estudiantes presos. El vespertino La Segunda publicó el reportaje con la única mujer que le había ganado “a los nervios” y se ubicaba entre los diez máximos puntajes históricos. El almirante Swett, que estaba pronto a dejar su cargo y presidía una comisión que autorizaba el retorno de exiliados, la invitó a tomar un desayuno para fotografiarse con la estrella femenina: “cuando se acabe la dictadura, el exilio y los rectores designados como usted”, le espetó la upelienta que estaba más bella que nunca, ganaba peso y vitalidad en las luchas y estudios, esperando además a su hija Amanda, la muy amada de una canción de Víctor Jara, el cantor asesinado en aquel septiembre de derrotas pero que pervivía en la nueva generación de “mateos” comprometidos en los peores tiempos. Se convirtió en mito viviente y tras su doctorado en Boston se dedicó a formar nuevos rojos seriotes de su estirpe.
*Teo Valenzuela, exministro de Agricultura del gobierno de Gabriel Boric, ha incursionado en la escritura literaria, en la que destaca su novela Pichilemu Blues (Los Andes, 1993).
