Lo que pasó en ese grupo de Facebook, en el que miles de hombres compartían fotos íntimas de sus parejas sin que ellas lo supieran, no es un simple “exceso de internet” ni una anécdota aislada. Es violencia. Violencia digital, violencia machista, violencia que cruza pantallas y atraviesa cuerpos reales. Porque detrás de cada imagen publicada hay una mujer de carne y hueso, con una vida, una historia y una dignidad que fueron tomadas como objeto de consumo.
En el grupo “Mia Moglie”, (“Mi esposa”), creado en Italia, había más de 30.000 hombres comentando, compartiendo y hasta riéndose de esas imágenes. Algunas eran fotos robadas, otras obtenidas sin permiso y otras incluso creadas con inteligencia artificial. En todas ellas se repetía lo mismo: la idea de que el cuerpo de una mujer pertenece al dominio público, que se puede exhibir sin preguntar, que su intimidad no vale nada frente a la complicidad masculina del chat.
No se trata de morbo, se trata de poder. Cuando alguien difunde una foto sin consentimiento, lo que está diciendo en realidad es: “Tu cuerpo no es tuyo, es mío para mostrarlo y opinar sobre él”. Y ese gesto no se queda en la pantalla: produce miedo, ansiedad, vergüenza, silencio. Muchas de las mujeres afectadas lo describen como una forma de violación simbólica. Y tienen razón: la violencia digital es también violencia sexual.
Lo más indignante es la naturalización. Esos hombres no se escondían demasiado, eran miles, reunidos en una plataforma pública, actuando como si compartir a “sus mujeres” fuera una forma de entretenimiento. Esa expresión, “mis mujeres”, revela la raíz del problema: la idea de posesión. El machismo sigue convencido de que puede decir “mi esposa”, “mi mina”, “mi señora”, como si hablaran de un objeto personal. Y cuando esa mentalidad se cruza con la lógica de las redes, lo que aparece es esta pornografía del consentimiento robado.
Facebook cerró el grupo, sí. Pero sabemos que no basta con bajar una página. Lo mismo se replica en Telegram, en foros, en páginas anónimas. La violencia digital tiene mil vidas porque se alimenta de la misma cultura que nos enseña a desconfiar de las mujeres y a exaltar la complicidad masculina. Cerrar un grupo es como tapar un hoyo en una represa rota: lo que hay que cambiar es el caudal que lo produce.
Aquí no basta con hablar de leyes, aunque son urgentes. Italia tiene normas que castigan el sexpreading con cárcel; en México existe la Ley Olimpia; en Chile hemos empezado a reconocer la violencia digital como delito. Pero lo que necesitamos con la misma fuerza es educación emocional, educación en consentimiento, educación en respeto. Necesitamos que se entienda de una vez que el consentimiento no es un detalle: es la base de cualquier relación humana digna.
Y también necesitamos comunidad. Porque una mujer que descubre que su foto circula sin permiso no debería enfrentarse sola a la vergüenza ni al miedo. Debería encontrar a su alrededor un eco de apoyo, de denuncia, de solidaridad. Una sociedad feminista no se mide solo por sus leyes, sino por su capacidad de ponerse del lado de las víctimas, de abrazarlas y de señalar a los agresores.
A veces se dice que estas son cosas “de internet”, como si lo digital fuera un mundo paralelo. Pero no: lo digital es real. Los cuerpos en esas fotos son reales, los comentarios hirientes son reales, la humillación es real. Y lo más importante: las mujeres que sufren esta violencia son reales. No podemos minimizarlo como si fueran solo bytes en una pantalla.
Es cierto que no podemos controlar cada rincón de la web. Pero sí podemos elegir de qué lado estamos. Compartir nunca es inocente. Reír nunca es neutral. Callar nunca es gratuito. Cada gesto cuenta: denunciar, no difundir, no normalizar, no hacer chistes, acompañar a quienes lo viven.
El feminismo tiene la tarea de recordarnos algo que debería ser obvio: ninguna mujer es propiedad de nadie, su cuerpo no es material de consumo, su intimidad no se negocia. En un mundo que todavía celebra la complicidad masculina, aunque sea a costa de la dignidad femenina, necesitamos insistir una y otra vez: no hay consentimiento, no hay excusa.
Lo que pasó en ese grupo es horrendo, sí. Pero también es un espejo. Nos muestra cuánto queda por hacer, cuán frágiles siguen siendo nuestras vidas en lo digital y cuán fuerte es todavía la cultura patriarcal que trivializa esta violencia. Y, por eso mismo, nos obliga a actuar. Porque cada foto compartida sin permiso no es solo un archivo: es una mujer despojada de su intimidad. Y eso, simplemente, no puede ser aceptado nunca más.
Marybel Fuentemavida Vásquez, presidenta de la Fundación Paritas, es Administradora Pública y estudiante del programa de Magíster en Metodologías Críticas para la Investigación Social de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano (Chile).