En la película “Matrix” (1999), se desarrolla una escena clásica y reveladora por su contenido en la cual uno de los protagonistas, Morfeo, le da a escoger entre dos píldoras (una de color rojo y otra de color azul) a Neo, “el Elegido” para consumar la rebelión contra las máquinas. La explicación de Morfeo a Neo frente a la disyuntiva es relativamente simple: si elige tomar la píldora azul, podrá continuar su existencia normal, como funcionario de una empresa de informática. No hay misterio, la vida sigue igual, en su comodidad, en su mediocridad y en el confort anodino de la sociedad en la época del capitalismo tardío. Sin embargo, si Neo decide tomar la píldora roja, el mundo se derrumba a sus pies (o sobre su cabeza): se abre de una forma siniestra e impersonal, un páramo sin vida, una tierra arrasada donde la realidad del trabajo, de su vida idiota y la sociedad de consumo como eje articulador del mundo desaparece absolutamente ante sus ojos. Neo intuye la naturaleza hostil y distópica que se le presenta como elección; finalmente, toma la tableta roja, su mundo ficticio se esfuma sin dejar rastro y queda de pie, solo, en el descampado. Morfeo se acerca y en una frase resume el síntoma y la expresión fatal de nuestros tiempos: “Bienvenido al desierto de lo real”.
Mares inconmensurables de tinta se han escrito impreso o publicado sobre el fin del socialismo real, sus causas profundas, la artrosis reumatoide del burocratismo comunista y el totalitarismo vergonzante; incluso teóricos apocalípticos y teleológicos decretaron, como si fuese posible una empresa de ese calibre, el “fin de la historia”. El triunfo ilimitado sobre el planeta del sistema capitalista en su versión integrista llamada neoliberalismo, la globalización como su expresión culmine y la libertad de comercio a escala planetaria, la interconectividad producida por internet, la comida chatarra, el consumo como única realidad posible y deseable, entre tantos otros elementos, se manifestaron como una mónada, la unidad indivisible del desierto de la realidad.
La izquierda, mortalmente herida debajo de los escombros del muro de Berlín, comenzó, a inicios de la década del 90, una desintegración lenta pero implacable, una sangría disgregante y divisiva (tan cara a su historia) que aún no termina: separada en grupúsculos y trincheras multicolores, las nociones de “lucha de clases”, “horizonte social sin clases sociales”, “igualdad”, y otras tantas, quedaron sumergidas en los textos del mar muerto de una historia lejana y carente de sentido incluso para quienes, hasta hace poco tiempo, abrazaban banderas rojinegras y marchaban por las calles de Chile y el mundo coreando el “avanzar sin transar”.
¿Cómo hacer política transformadora, desde nuestra condición de trabajadoras y trabajadores, en el desierto global de lo real? ¿Es plausible? ¿Existe una alternativa? ¿Existe siquiera la posibilidad de otro mundo a construir? ¿Cómo salir de la asfixiante realidad poscapitalista que determina nuestros deseos, modela nuestra conducta, y sirve de “sentido de realidad” a la acción política contemporánea?
El mundo del trabajo en el desierto de lo real: alcances, límites y posibilidades de transformación
La angustia adolescente ha dado sus frutos
Ahora estoy viejo y aburrido
“Serve the servants”. Nirvana (1993)
La resaca posdictatorial fue una noche larga que, muy probablemente, duró demasiado tiempo con la anuencia del pueblo de Chile y la sempiterna clase política binominal. Sentando frente a la pantalla del televisor, viendo los días viernes en la noche el programa Video Loco, animado por un bufón de la dictadura cívico-militar, transcurría el tiempo sin prisa, pero sin demora, de la gran política de los acuerdos y la época dorada del neoliberalismo de los jaguares chilenos. Después de 35 años, aún un grupo importante de la población-concertación siente nostalgia de aquellos tiempos donde el orden, los consensos y el crecimiento económico lograron “superar” con holgura el horror de la dictadura y su política de schock.
Haber sido niño y joven en el Chile de los 90 era una constante “angustia adolescente” tal como la describió el icónico Kurt Cobain, síntoma y símbolo de nuestro sino contemporáneo: un artista talentoso y desesperado, repleto de ira volcada hacia sí mismo, que en sus letras y canciones ponía la música y la banda sonora de millones de seres humanos. Expresiones musicales y artísticas, contraculturales y antisistémicas como el rock y el punk, transformadas en mercancía de consumo planetario; la rebeldía y la moda, envasada y vendida como un producto en el mercado global interconectado que repetía la monotonía de los videoclips de MTV en la televisión por cable o abierta. Lo antisistema también puede ser un bien de consumo y Cobain encarnó como nadie esa imposibilidad de escape frente a la dominación absoluta del capitalismo neoliberal, que fetichiza el arte y lo vuelve mercancía; Cobain decidió acabar con su vida disparándose con una escopeta en la cabeza, abriendo incógnitas sobre como leer ese gesto final: como un acto de protesta frente a la capitalización extrema y global de su rebeldía y su música, o el resultado del consumo crónico de heroína y sus evidentes patologías mentales a las que cantó en canciones como “Lithium” (1991), entre otras.
En este escenario global, Chile transitó de forma muy exitosa (al menos eso dicen los heraldos del sistema) la década inicial del capitalismo global. Con dos bloques políticos consolidados en derecha pinochetista y Concertación de Partidos por la Democracia, la administración del modelo económico de la dictadura militar y su sistema político contenido en la Constitución de 1980 unió, más allá de las diferencias ideológicas de ambos bloques, a la clase política de la posdictadura sin mayores fisuras por al menos dos décadas. Basado en un modelo económico exportador de carácter rentista, una economía abierta al mundo a punta de TLC y alianzas comerciales, con políticas económicas del “chorreo” y subsidiando la pobreza, la Concertación dominó sin mayores contrapesos la política nacional, y los revolucionarios de poncho y zampoñas de ayer, se enfundaron en trajes grises y corbatas rojas transformándose en los nuevos alumnos aventajados del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.
El mundo sindical, por su parte, al igual que el sistema democrático binominal de la posdictadura comenzó un lento pero inexorable desmembramiento y debilitación que lo relegó de las discusiones políticas nacionales y de la representatividad mayoritaria de los trabajadores, y neutralizó su potencia otrora revolucionaria para convertirla en una institución con ínfima relación con el mundo social y las nuevas formas de organización horizontal que se estaban creando en la sociedad: música rap y hip hop en los 90; movimiento estudiantil secundario (que incluso estalló en la revuelta del 2001, conocida como “el mochilazo”, y en 2006 con “la revolución pingüina”); el movimiento estudiantil universitario y sus manifestaciones a nivel nacional por el fin al lucro y el derecho social a la educación; movimientos defensores del medioambiente, en contra de las AFP, feministas; y finalmente el estallido social de 2019 que vino a condensar, en una suerte de “ira santa”, toda la fuerza y frustración provocada por promesas neoliberales incumplidas y sueños familiares rotos en el asfalto quemante del desierto chileno de lo real.
¿Dónde estuvo el movimiento organizado de trabajadores en estos últimos 30 años? ¿Cuáles fueron sus aportes y su impacto efectivo en la política del país en ese tiempo? ¿Por qué los trabajadores y trabajadoras organizados/as en gremios, centrales y asociaciones de funcionarios perdieron, sin duda, capacidad de incidencia y movilización dentro de la sociedad chilena? ¿Por qué los movimientos y partidos políticos desarrollados en el siglo XXI no tuvieron al trabajo como parte central de sus demandas, en un país con salarios mínimos que no alcanzan para vivir de manera digna?
El Frente Amplio y su irrupción en la política chilena: cuando la política partidaria no contempla el trabajo como actividad fundante de la sociedad
Todo lo sólido se desvanece en el aire.
Karl Marx (1848)
La caída del mundo bipolar o de guerra fría y la hegemonía sin contrapeso del capital transnacional ha determinado de forma absoluta la política, la cultura, la sociedad e incluso la subjetividad de quienes vivimos bajo la égida del totalitarismo neoliberal. En este contexto y considerando la imposibilidad real (o ficticia) de transformar radicalmente la sociedad, la política de izquierda abandona las banderas históricas de “reforma o revolución”, por las de la administración de lo existente: una burocratización vacía de contenido, cupular y con escaso arraigo social y popular.
El partido Frente Amplio establece en su declaración de principios (2024) su carácter socialista, pero lo hace en el ámbito del ideario (cita a Francisco Bilbao y Olga Poblete, por ejemplo), más que en la práctica y construcción de este socialismo. Los trabajadores y trabajadoras son mencionados en el principio “Populares”, después del feminismo, el ecologismo, las diversidades sexo/genéricas y lo interseccional. No existe, por tanto, referencias o un proyecto de acción (praxis) sobre la forma en la cual el partido actuará en el mundo social y popular, del cual el trabajo es la base material que posibilita todas las intelecciones posteriores presentes en los principios del Partido.
Ahora bien, no es posible la existencia de un partido político declaradamente socialista, sin principios basados en el trabajo como actividad humana primordial y universal. El trabajo que no solo es el sostén de la vida en comunidad, sino la actividad que otorga sentido a la acción de millones de seres humanos en el mundo entero. Politizar este sentido que otorga nuestra condición de trabajadores, actuar política, económica y culturalmente sobre aquellas condiciones, resulta imperioso toda vez que las trasformaciones radicales en el mundo laboral ya no responden al verticalismo de las centrales sindicales o de los partidos obreros que fueron sujetos políticos relevantes en Chile en prácticamente todo el siglo XX.
Con la existencia de un partido político que realiza parte de su orgánica interna a través de Frentes (educación, medio ambiente, disidencias sexo/genéricas etc.), fortalecer la orgánica de las y los trabajadores hará posible consolidar dentro del partido una realidad que muchos militantes de este frente no solo anhelan sino que también sirve de motor para hacer política partidaria con este horizonte: restituir al trabajo en su valor e importancia histórica y material en un partido político de raigambre socialista.
¿Cómo afirmar, dentro del partido Frente Amplio, la preponderancia del trabajo en su declaración de principios y su acción político-partidaria?
Esta pregunta no tiene una respuesta unívoca y debe ser construida, debatida y dialogada democráticamente por la militancia y la orgánica partidaria del Frente Amplio. Sin embargo, existen algunos elementos que debiesen estar presentes en la elaboración de esta respuesta.
1. Reconocer la centralidad del trabajo no solo en el ámbito material y laboral, sino que político, social, cultural, poniendo en valor al trabajo como actividad humana y social fundante que sienta las bases y posibilita la vida común.
2. Poner en valor el trabajo en su dimensión político-social y cultural, lo que implica, necesariamente, comprender que trabajar es mucho más que obtener el salario para vivir o sobrevivir: es un aspecto determinante de nuestra subjetividad y nuestra forma de ser y estar en el mundo.
3. Entender que la obtención del salario es un elemento y no la totalidad de los anhelos y preocupaciones de los trabajadores. Esto permite avanzar hacia la organización política, en ámbitos diversos, de quienes son los creadores de la riqueza desde la existencia del capitalismo industrial a la fecha.
4. Resituar el valor del trabajo como principio fundante dentro de la orgánica partidaria, y construir organización política, sindical y gremial no solo dentro de los sectores más avanzados de los trabajadores (Centrales de trabajadoras y trabajadores, empleados públicos, Confederaciones y Federaciones de diversos ámbitos de la producción), sino que también dentro de los trabajadores precarizados, trabajadores de aplicaciones y todos quienes experimenten la explotación económica como experiencia y violencia cotidiana.
5. Respaldar las iniciativas de compañeras y compañeros frenteamplistas que integran la CUT, la ANEF y las Confederaciones y Federaciones de trabajadores en el sector público y privado, y comprometerse a seguir avanzando y consolidando este proceso.
6. Reconocer que se han hecho esfuerzos al interior del partido para subsanar la falencia que significaba la ausencia de representación frenteamplista en el mundo organizado de las y los trabajadores, y continuar apoyando con fuerza candidaturas de elección popular que representen al mundo del trabajo, sindical, gremial y de organizaciones sociales. Para esto, incorporar a los representantes sindicales en los espacios de toma de decisiones al interior del partido, en su Comisión Política y en otros espacios que se consideren necesarios.
Consideraciones finales
La derecha neofascista y el pinochetismo revestido de “derecha democrática” están ad portas de instalar su maquinaria e ideología en el Poder Ejecutivo. Se trata de un conglomerado antiderechos que pretende retrotraer 100 años de historia de lucha política del pueblo de Chile y dibujar sobre este largo y angosto lienzo llamado Chile su agenda reaccionaria y oscurantista.
En este contexto, el próximo Congreso ideológico del Frente Amplio es un punto de inflexión o eje axial que va a determinar, no solo la eventual resistencia al gobierno de ultraderecha, sino que servirá para seguir densificando y repensando el partido que Chile necesita para creer realmente que “otro mundo es posible”.
Están los cuadros militantes para comenzar un proceso que incluya la compresión de que la administración del poder político es una arista más del ejercicio del poder mismo y que necesariamente se debe avanzar hacia la construcción de un partido socialista, popular, feminista, diverso y ecologista, sin omitir los componentes de clase que atraviesan todas y cada una de nuestras relaciones sociales.
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*Arturo Concha Fernández es profesor de Historia y Ciencias Sociales, y dirigente sindical.