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Portal Socialista > Contenido > Política > Cambiar el mundo > Javier Ahumada / ¡Indígnate!… ¿y luego?
Cambiar el mundoDestacadosPolítica

Javier Ahumada / ¡Indígnate!… ¿y luego?

27 febrero 2026
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8 Min de Lectura
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“Indígnate” fue el título del breve libro que Stéphane Hessel publicó en 2010. Ex diplomático francés, combatiente de la resistencia contra el nazismo y uno de los redactores de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, Hessel apelaba especialmente a las generaciones jóvenes para que no permanecieran indiferentes frente a las injusticias del mundo contemporáneo. Desde una mirada biográfica, recordaba la experiencia de una generación que, tras derrotar al fascismo, creyó posible reconstruir un mundo más justo luego de la devastación de la Segunda Guerra Mundial.

El llamado no era ingenuo ni meramente moral. Hessel advertía sobre una juventud que percibía crecientemente desconectada de los grandes desafíos estructurales del sistema occidental: la desigualdad, la crisis climática, las migraciones forzadas, el hambre. Pero su interpelación también tenía otro sentido: defender y actualizar los avances civilizatorios que habían inspirado la Declaración de Derechos Humanos, hoy amenazados por nuevas formas de dominación y exclusión.

Vale la pena recordar ese libro y su contexto. A comienzos de la década pasada, en distintas partes del mundo, se acumulaba un malestar social que pronto se transformaría en movilización. El 15M en España, Occupy Wall Street en Estados Unidos, Black Lives Matter, Ni Una Menos en América Latina, el movimiento Me Too y Fridays for Future. Chile no fue la excepción: la movilización estudiantil de 2011, No+AFP, Patagonia Sin Represas, las luchas socioambientales en Petorca o Quintero-Puchuncaví. Movimientos diversos, pero con rasgos comunes: horizontalidad, desconfianza hacia los liderazgos tradicionales, organización por fuera de la institucionalidad y, en muchos casos, proyección transnacional.

Fue una década en la que la indignación se transformó en acción colectiva. Una indignación que cuestionaba un orden globalizado y unipolar, sostenido sobre la desigualdad, la devastación ambiental y múltiples violencias estructurales.

Pero recordar Indígnate no tiene hoy un sentido nostálgico. Su sentido radica en que, en las últimas semanas, hemos vuelto a presenciar en Occidente un desborde de indignación. La reciente liberación masiva de archivos vinculados a la investigación sobre Jeffrey Epstein —ordenada por el Departamento de Justicia de Estados Unidos en el marco de una nueva ley de transparencia— actuó como detonante. Más allá de la dificultad para distinguir hechos probados, testimonios, correos o simples indicios, el impacto fue inmediato: volvió a instalarse la sospecha de redes de abuso sexual, tráfico de influencias, poder financiero y protección política en las élites globales.

La reacción fue transversal. Artículos, podcasts, columnas, publicaciones en redes sociales, memes, sátiras. Se habló —con razón— de decadencia moral, de impunidad estructural, de un sistema que protege a los más poderosos mientras violenta a los más vulnerables. La indignación fue real, compartida, masiva. ¿Y luego?

Mientras esa indignación circulaba, se volvió tendencia en Instagram pedirle a ChatGPT que generara caricaturas felices y productivas de los propios usuarios. Lo viral desplazó rápidamente lo insoportable. Algo similar había ocurrido semanas antes con las denuncias contra el ICE: detenciones irregulares, operativos violentos, muertes de personas inocentes. Hubo indignación, denuncias, visibilidad. Luego vinieron los Globos de Oro, el Super Bowl, los discursos de artistas llamando al amor y la unidad. El contenido se viralizó. ¿Y luego?

Todo esto a la vez pasó en la semana en que el acuerdo que regulaba la actividad nuclear y ponía límites a la producción de bombas atómicas entre Rusia y EE. UU. se terminaba, al no tener, por parte de EE. UU., la aprobación para su renovación. En la misma semana en que continúan otras crisis que indignaron previamente: el genocidio en Gaza, la guerra en Ucrania, el bloqueo y la consecuente crisis humanitaria en Cuba, el desfinanciamiento de la OMS por parte de EE. UU., la injerencia estadounidense en países latinoamericanos, y podemos seguir.

No se trata de cuestionar la indignación en sí misma. La indignación es un afecto político legítimo. El problema es su funcionamiento en la dinámica de las redes sociales. Estas no solo permiten expresar la indignación: la integran, la canalizan y la convierten en contenido. La indignación genera tráfico, interacción, permanencia. Es funcional al algoritmo. Produce descarga emocional y, al mismo tiempo, una ilusión de realización.

Compartir un post, comentarlo, reaccionar, genera una sensación de comunidad y de verdad compartida. A veces incluso informa sobre la indignación de otros. Pero esa satisfacción simbólica rara vez se traduce en acción. La imaginación política que activa la indignación no alcanza a volverse práctica transformadora: se transforma en producto viralizable. Luego viene otra crisis, otra barbaridad, otra indignación. Y así nos habituamos a estar permanentemente indignados, pero políticamente impotentes.

Nada de esto es moralmente recriminable. Vivimos ritmos agotadores, precariedad material, cansancio crónico. Para muchos, las redes sociales son la única ventana de expresión, de pertenencia o de realización imaginaria disponible. El problema aparece cuando esa dinámica se cruza con deseos reales de transformación. Porque la indignación, para ser políticamente eficaz, necesita algo más que su expresión: necesita viabilizarse.

Indignarse frente al caso Epstein exige investigación rigurosa, verdad judicial, sanción efectiva, desmantelamiento de redes de poder y abuso. Indignarse frente al accionar del ICE exige control democrático, rendición de cuentas y, en última instancia, su desfinanciamiento o abolición. Lo mismo ocurre con la desigualdad, la injusticia social, la crisis climática, la violencia y la discriminación. Sin organización, la indignación se agota en sí misma.

En este punto aparece un dilema central de nuestro tiempo. La manipulación de afectos y creencias a través de plataformas digitales ha alcanzado un nivel de sofisticación inédito. En contextos de posverdad, prácticamente cualquier cosa puede producir indignación, en uno u otro bando. Aquello que nos indigna no necesariamente expresa una mayoría social, sino los límites de nuestra propia “granja de datos”. La orientación de la indignación, aquello mismo que nos indigna, es también parte de una disputa cultural en curso, donde valores y sentidos se enfrentan abiertamente.

La viralización puede ser útil en esa disputa. El problema no es la circulación, sino la consistencia. La transformación cultural no ocurre como un acto aislado, por muy potente que sea simbólicamente, ni como una suma de impulsos dispersos. Requiere coherencia, continuidad, mediaciones organizativas y múltiples expresiones sincronizadas en la sociedad. En otras palabras: cuando un valor se transforma en acción concreta, colectiva y expansiva. Eso no ocurre de manera espontánea ni intuitiva.

Por eso, al final, conviene recordar un detalle. Hessel no solo escribió Indígnate. Años después publicó otro libro, menos citado, pero igual de importante. Su título era simple y contundente: Organízate.

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