Ante la derrota electoral en la segunda vuelta de la elección presidencial en Chile, se han instalado con fuerza las preguntas sobre errores y responsabilidades, activando la tentación de revisar convicciones en lugar de estrategias. En ese ejercicio, el feminismo suele aparecer rápidamente como culpable. Este texto sostiene lo contrario: el feminismo no es el problema de la izquierda chilena, sino una de sus principales fortalezas, y los estudios disponibles respaldan esa afirmación.
Esta elección, la primera presidencial con voto obligatorio, incorporó a millones de personas previamente abstencionistas, menos ideologizadas y con vínculos más débiles con las organizaciones políticas. El nuevo escenario nos recuerda una regla básica de la política democrática: toda mayoría es circunstancial y ninguna coalición puede dar por asegurada su continuidad. Reconocer el carácter transitorio de las mayorías electorales implica defender y persistir en nuestras banderas, aunque el contexto político sea complejo.
Ante este carácter circunstancial, debemos evitar dos riesgos: por una parte, si nos refugiamos en conceptos reduccionistas como «el péndulo», y asumimos que toda reelección está perdida, perdemos la posibilidad de proyección de largo plazo; por otra, si sobreinterpretamos la transitoriedad y dejamos de defender nuestras convicciones, nos vaciamos ideológicamente.
Investigaciones recientes ofrecen antecedentes para esta discusión. Reyes-Housholder, Rovira y Salas-Lewin (2025) en Chile, y el estudio comparado Actitudes antifeministas en América Latina de FES (2025), con robustos marcos metodológicos, coinciden en que la población no es mayoritariamente antifeminista.
En Chile y en la región, las posiciones abiertamente antifeministas se concentran en una minoría ideológicamente coherente, que representa aproximadamente un cuarto y un tercio del electorado. La mayoría de la ciudadanía expresa actitudes favorables o moderadamente favorables a la igualdad de género, aun cuando existan ambivalencias o prioridades diversas. A su vez, se demuestra que el antifeminismo no se explica por edad, nivel educativo o condición socioeconómica, sino por disposiciones ideológicas, como el autoritarismo y el conservadurismo moral.
En ese grupo minoritario, estrategas de ultraderecha internacionalmente convirtieron el antifeminismo en un clivaje político a través de cámaras de eco. Y es importante insistir en que hablamos de reacción porque surge de una respuesta organizada ante el evidente avance del feminismo en la esfera pública, un avance que remueve y desestabiliza jerarquías. No es agenda woke, es una disputa concreta y material por el poder. El propio hecho de que exista una reacción demuestra su profundidad, la reacción conservadora existe, cuenta con recursos y está políticamente organizada, pero no representa el sentido común mayoritario de la sociedad. Hasta ahora.
En paralelo, Caruncho (2025) muestra que líderes como Trump, Bolsonaro y Milei articulan relatos desde la nostalgia y el miedo, y prometen restaurar un orden supuestamente perdido. Estas narrativas ofrecen sensación de certidumbre en contextos de cambio acelerado y adquieren especial resonancia entre quienes se sienten desplazados. En Chile, Johannes Kaiser encarna esta lógica con claridad, combinando antifeminismo explícito, antagonismo institucional y una retórica restauracionista que sitúa al feminismo como causa del declive moral y político.
La evidencia regional refuerza esta lectura. El estudio de Rovira, Kaltwasser, Arriaza y Tanscheit (2025) muestra que el antifeminismo se articula con una visión jerárquica del orden social y con masculinidades que perciben la igualdad como amenaza. A la izquierda en su conjunto, y no solo a las militantes feministas, este escenario nos obliga a una reflexión compleja pero necesaria: no se trata de volver a poner a los hombres en el centro de la política ni de retroceder en igualdad, sino de no regalar el terreno de las masculinidades a la ultraderecha, especialmente para varones jóvenes.
Aquí surge una discusión estratégica fundamental. Desde este punto de vista, el problema no ha sido impulsar una agenda feminista ambiciosa, sino que la izquierda y el progresismo no ejecutaron una estrategia exitosa a tiempo. Retrocedimos mediáticamente en nuestro relato luego de la derrota del 4 de septiembre de 2022 y no construimos una narrativa fuerte y capaz de calar en la población sobre la derrota de la derecha el 17 de diciembre de 2023.
La ultraderecha ejecutó una reacción conservadora, mediante la activación y amplificación de marcos simples, emocionales y reiterativos. Frente a eso, la respuesta no puede ser el repliegue ni el silencio. Mucho menos “guardar” el feminismo para momentos más favorables. Renunciar a esa agenda no solo sería injustificado desde el punto de vista normativo, sino políticamente ineficaz, porque dejaría intacto el terreno simbólico donde la derecha ya opera con ventaja.
El desafío es insistir y planificar estratégicamente, con nuevas tácticas y con mayor conexión con las experiencias cotidianas de la población. Un ejemplo claro es el Sistema Nacional de Cuidados. Esta política cuenta con altos niveles de adhesión transversal, especialmente entre mujeres, personas mayores y familias trabajadoras, porque traduce la igualdad de género en una promesa concreta de bienestar, tiempo, seguridad y corresponsabilidad social. Allí donde el feminismo se presenta como política pública tangible, y no solo como principio abstracto, su legitimidad social se fortalece.
Debemos mejorar la manera en que explicamos nuestras propuestas, vincularlas más claramente con las preocupaciones materiales (porque efectivamente nuestras demandas afectan a la población materialmente) y emocionales de la ciudadanía, y disputar con mayor decisión la economía de la atención. Debemos evitar una renuncia ideológica implícita, expresada en el desplazamiento del feminismo de la agenda, su subordinación a otras prioridades circunstanciales o su deslegitimación dentro del propio campo progresista.
Los datos son claros: la sociedad no se volvió antifeminista. Lo que ocurrió es que una minoría organizada logró imponer un marco de conflicto, mientras el progresismo no respondió con la misma claridad estratégica. El desafío que se abre ahora es insistir, disputar y profundizar. Defender el feminismo es una apuesta política racional, respaldada por evidencia y alineada con las demandas de bienestar del Chile contemporáneo.
El escenario sigue abierto. La tarea no es buscar culpables, sino reafirmar convicciones, corregir tácticas y comprender a los nuevos votantes. El feminismo debe seguir siendo parte central de nuestra agenda, debemos afirmar nuestras banderas para reconstruir un proyecto de izquierda que dé certezas a la población y un futuro esperanzador.
Referencias
Cabezas Fernández, M., Pichel-Vázquez, A., & Enguix Grau, B. (2023). El marco “antigénero” y la (ultra)derecha española. Grupos de discusión con votantes de Vox y del Partido Popular. Revista de Estudios Sociales, 85(85), 97-114. https://doi.org/10.7440/res85.2023.06
Caruncho, L. (2025). La ultraderecha continental: un análisis de los discursos de Donald Trump, Jair Bolsonaro y Javier Milei. Colombia Internacional, 123, 133-162. https://doi.org/10.7440/colombiaint123.2025.06
Reyes-Housholder, C., Rovira Kaltwasser, C., & Salas-Lewin, R. (2025). Antifeminism and backlash politics. European Journal of Politics and Gender, 1–26. https://doi.org/10.1332/25151088Y2025D000000114
Rovira Kaltwasser, C., Arriaza Moreno, T., & Tanscheit, T. (2025). Actitudes antifeministas en América Latina. Fundación Friedrich Ebert en Chile. https://library.fes.de/pdf-files/bueros/chile/21989.pdf
*Beatriz Roque López milita en el Frente Feminista del Frente Amplio.