Kast se inscribe en la nueva realidad política y cultural de movimientos y gobiernos de extrema derecha que amenazan la democracia y cuestionan la gobernanza global. Defiende el neoliberalismo, que instaló su hermano Miguel, pero no cuestiona el agresivo proteccionismo arancelario que promueve Donald Trump.
El camino es peligroso, y hay que estar atentos, porque la extrema derecha en EE. UU., Europa y América Latina está utilizando la vía electoral para destruir la democracia, desde su interior. No respetan la separación de poderes y realizan esfuerzos de captura de las instituciones judiciales y electorales, junto con el control de los medios de comunicación hegemónicos. Casos destacados en América Latina son Ecuador y El Salvador. Y, cuando el camino electoral no da resultados intentan golpes de Estado, como lo hizo Bolsonaro en Brasil y Trump en Estados Unidos.
También es preocupante la ofensiva de la extrema derecha y su beligerancia contra la igualdad de género, los derechos LGBTI+, el odio a los migrantes y el negacionismo medioambiental. Se trata, en realidad, de un atentado contra los avances civilizatorios de la humanidad.
Las feministas y el activismo LGBTI+ se han convertido en enemigos principales de la extrema derecha. Al mismo tiempo, han instalado un irresponsable cuestionamiento sobre la crisis climática, junto a una cruel hostilidad ante cualquier intento de tratar el tema migratorio como algo distinto de la seguridad fronteriza.
Es lo que explica que líderes de extrema derecha como Donald Trump, Orbán, Milei, Bolsonaro, Abascal, Le Pen, Netanyahu y otros, cuestionen a los organismos internacionales multilaterales y descalifiquen (o ilegalicen) a las organizaciones no gubernamentales que defienden derechos humanos fundamentales.
Así las cosas, ha pasado a un segundo plano la agenda 2030 de Naciones Unidas, mientras pierde vigencia su rol multilateral sobre el control de las armas, normas de desarme, y mecanismos de resolución de conflictos. La ofensiva mundial de la extrema derecha bajo la dirección de Donald Trump ha hecho crecer el unilateralismo, poniendo en peligro la paz mundial.
Por otra parte, en el ámbito económico, la globalización se resquebrajó con la crisis financiera de 2007-2008, la ruptura de las cadenas logísticas internacionales con el COVID en 2020, la invasión de Rusia a Ucrania en 2022 y, lo más importante, la sólida emergencia económica y tecnológica de China.
Esa sucesión de situaciones hizo dudar a sectores de la clase dominante sobre los beneficios de la globalización. Y fue precisamente Donald Trump, quien ha encabezado el proteccionismo con el propósito de recuperar la industria nacional estadounidense y enfrentar el desafío económico y tecnológico chino. Y ello, con el más profundo desprecio al resto de la comunidad internacional.
El paradigma del nuevo proyecto ide la extrema derecha es efectivamente Donald Trump, quien en lo político instala “Hagamos a América grande otra vez”; en lo cultural rechaza la agenda de género y la protección medioambiental, junto al desprecio de los inmigrantes. Y, en el plano económico, se presenta como “empresario exitoso” y promotor de la libre empresa, aunque al mismo tiempo desata una ofensiva arancelaria.
Desde que asumió la presidencia en 2017, Trump inició una serie de políticas alineadas con principios neoliberales, favorables al gran empresariado como la desregulación y la reducción de impuestos, las que incluso radicalizó en su actual mandato, que, según él, limitaban el potencial del sector privado. Todo ello en la creencia de hacer crecer la actividad económica.
Pero, por otra parte, las políticas de Trump han desafiado el pensamiento neoliberal al imponer aranceles a las importaciones, en el intento de recuperar la industria manufacturera estadounidense, debilitada por la competencia china.
Esto parece contradictorio, porque la lógica del capital, en su sed de ganancias, busca conquistar todos los mercados.
Se trata, sin embargo, de una contradicción aparente, porque, a diferencia del siglo XVII, este nuevo mercantilismo no persigue la acumulación de metales preciosos, sino que intenta una recuperación industrial y tecnológica. Se busca proteger industrias estratégicas, incentivar la innovación y reducir la dependencia del exterior. Es que la arrolladora competencia china obliga al capital a replegarse transitoriamente en su espacio nacional para retomar fuerzas.
Pero, como se destaca en la Estrategia de Seguridad 2025, Trump también despliega un accionar internacional radical para capturar y monopolizar minerales y tierras raras de todo el mundo y, muy especialmente de América Latina; se trata de materiales fundamentales para el desarrollo de las tecnologías de última generación.
En este contexto político, cultural y económico, es que destacan las reuniones de Kast con políticos de la extrema derecha internacional como Milei, Bukele, los hijos de Bolsonaro, Abascal y la primera ministra italiana Georgia Meloni. Y, en su discurso en la VII Cumbre Transatlántica, asamblea de conservadores radicales, fue explícito en su rechazo al feminismo, la protección medioambiental y a las reivindicaciones indigenistas (04.02.2026).
El presidente Kast no tiene dudas. Su alineamiento con la extrema derecha mundial se hace evidente en sus decisiones en los primeros días de gobierno. Ha retirado de la Contraloría los decretos medioambientales que había enviado el presidente Boric y dio por terminadas las becas de posgrado en el extranjero y el financiamiento a los mayores de 30 años que deseen estudiar en establecimientos de educación superior.
A ello se agrega la minimización del Estado, mediante la reducción del 3% del presupuesto público, mientras se apoya a las grandes empresas con el corte impositivo del 27% al 23%. Y, en política exterior, Kast decidió no continuar con la candidatura de la expresidenta Bachelet a la secretaría general de Naciones Unidas, para segura satisfacción del presidente Trump. Entretanto, se preparan las acciones para la expulsión de inmigrantes.
El peligroso alineamiento de Kast con la extrema derecha mundial obligará al pueblo chileno a ser firme en la defensa de los derechos humanos, sociales y culturales conquistados en las últimas décadas. También deberá asegurar la protección de nuestra soberanía nacional, exigiendo una política internacional independiente; y, en particular, junto a otros países de América Latina, habrá que hacer esfuerzos para frenar el proyecto de Trump que busca controlar monopólicamente los recursos naturales de la región.
*Roberto Pizarro H., exdecano de la Facultad de Economía Política de la Universidad de Chile, es economista.