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Portal Socialista > Contenido > Política > Pensar la actualidad > Greidys Chacón Herdé / ¿Cómo suenan nuestras voces ahora? Identidad, migración y la urgencia de una política que sostenga la vida
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Greidys Chacón Herdé / ¿Cómo suenan nuestras voces ahora? Identidad, migración y la urgencia de una política que sostenga la vida

27 marzo 2026
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11 Min de Lectura
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Se inicia una nueva etapa política en Chile y, con ella, se aglomeran las preguntas que no siempre encuentran espacio en los balances técnicos de las coaliciones partidistas. Como mujer, migrante, racializada, de cabellos ondulados y risa estridente, habito un cuerpo que no suele encajar en los estereotipos de la «norma» política tradicional. Para mi fortuna (o tal vez para mi desgracia, si se mira desde los ideales de conservadores que han avanzado este tiempo) me interesa la política.

Dicho aquello, es imposible no recordar a Julieta Kirkwood (1986), quien decía que para las mujeres, el acceso a lo político siempre ha sido una irrupción forzada en un espacio que nos negaba. Kirkwood planteaba que «no hay democracia sin feminismo». Hoy, esa frase cobra una urgencia renovada: ser política hoy, siendo mujer y migrante, es reclamar el derecho a participar en la construcción de una nación que históricamente ha intentado dejarnos en la periferia de los partidos y de las decisiones.

Me niego a aceptar que sea una «desgracia» el interés por la política; el término tiene su raíz etimológica griega en politiké, que nos remite a la pólis, al bien común y a la transformación social. Sin embargo, en el escenario actual, ejercer esa vocación desde la diferencia se siente, a ratos, como un acto de resistencia absoluta.

Me pregunto: ¿cómo suenan las voces de quienes hemos tenido que construir un hogar en un país ajeno hasta sentirlo propio? ¿Cómo suenan las voces de las mujeres que, tímidamente, descubren la injusticia y deciden defenderse? A veces, el movilizarnos por lo que le ocurre a la «otredad» es nuestra forma de procesar nuestras propias vulnerabilidades.

He pasado tiempo evitando pensar en lo diferente que soy, sin embargo recuerdo las primeras reuniones de amistades chilenas donde surgía una broma sobre la televisión chilena de los 90 o 2000, donde un chiste construye una identidad colectiva de la cual no fui parte, pero buscaba en silencio para entender, evitando la brecha de mi propia historia. Hoy se vuelve imperativo alzar la voz, ya que mi existencia y la de tantas otras empieza a ser leída como una «amenaza» no solo en Chile, sino en un continente americano que gira hacia retóricas de exclusión.

En Chile, la identidad se mira bajo un microscopio de clase y raza, donde quienes tenemos la piel más oscura seguimos siendo «los ruidosos”, “los fiesteros», “los caribeños”, pero sobre todo los “prescindibles”. Bajo un gobierno progresista que se declaró feminista y que abrazó todo el espectro de la diversidad (discapacidades, migraciones, diversidades y disidencias sexogenéricas), he construido una vida en la que me he sentido segura. A pesar de la narrativa de «emergencia artificial» impulsada por medios y sectores interesados en dividir a través del discurso de odio, los reportes oficiales de Carabineros y de la PDI han demostrado que, en diversos territorios, los índices de delitos violentos como los homicidios han logrado contenerse o disminuir bajo una gestión responsable.

La gestión del presidente Gabriel Boric permitió que muchos jóvenes, que hoy estamos terminando nuestras enseñanzas universitarias, aprendiéramos a vivir la vida adulta desde un espacio donde el respeto se fortalecía basado en el principio básico de que todas las personas son iguales en dignidad y derechos. Con el cambio de gobierno, esa igualdad se tambalea; como ya lo advertía Rosa Luxemburgo, “quien no se mueve, no siente sus cadenas. La libertad de las mujeres es el termómetro de la libertad general en una sociedad, y en tiempos de reacción, las primeras cadenas que se aprietan son las nuestras”.

Esa advertencia se extiende a la población migrante y racializada, Esther Pineda (2019) (filósofa afrovenezolana), en su análisis sobre el racismo estético y la endofobia, explica cómo las estructuras coloniales siguen operando para invisibilizar los cuerpos que no responden al canon blanqueado. Lo vimos simbólicamente en el cambio de mando de carteras estratégicas: donde antes había color y diversidad, hoy retorna el traje negro con corbata de la política tradicional. No es un capricho estético; es la señal de un repliegue de la representación y una vuelta a la hegemonía del sujeto universal masculino y blanco.

A su vez, Rita Segato (2018) nos ha planteado que existe una «pedagogía de la crueldad» que transmuta lo sensible en cosa, eliminando la empatía hacia el diferente. Esta hostilidad ha permeado la sociedad y se percibe día a día. Cuando personas en mi trabajo me preguntan por mi origen, antes de iniciar cualquier trámite, como si mi acento fuera un dato esencial para mi competencia profesional, me pregunto: ¿estarán ejerciendo ese reconocimiento del otro como diferente para menospreciarlo o para admirarlo? Cuando la primera opción es la que predomina, estamos ante el síntoma de una sociedad que empieza a cerrar sus puertas afectivas hacia una otredad a la que se le asigna menor valor y se le deshumaniza.

El legado del presidente más joven de la historia de Chile en materia de leyes (como la Ley Integral contra la Violencia hacia las Mujeres) y políticas públicas como el avance en el Sistema Nacional de Cuidados es innegable. Pero surge la pregunta incómoda: ¿es Chile solamente para los chilenos y chilenas? ¿O es también para quienes, por fortuna o destino, hemos hecho de este país nuestro hogar? Como bien lo dijo el diputado Gonzalo Winter, durante las elecciones primarias, creer en Chile y amar a Chile implica también creer en su capacidad de transformar la realidad de las personas a través de proyectos colectivos. Estoy profundamente agradecida de este país por mostrarme que la política, cuando sostiene la vida cotidiana, funciona.

No obstante, las cifras oficiales nos obligan a mirar la realidad, atendiendo a su complejidad. Según estimaciones del Censo 2024 del Instituto Nacional de Estadística (INE), en Chile residen más de 1,6 millones de personas extranjeras. Según  el Servicio Nacional de Migraciones (SERMIG), el grupo más numeroso es la comunidad venezolana (41,7%%). Si bien el gobierno actual logró robustecer la seguridad fronteriza, siendo este un paso necesario para avanzar y mejorar, la narrativa política se ha desplazado peligrosamente y casi exclusivamente hacia la criminalización del migrante, sobre todo de la comunidad venezolana.

Desde una perspectiva feminista y decolonial, debemos entender la migración no como un problema de «seguridad nacional», sino como un proceso humano que requiere una ética del cuidado. Como señala Silvia Federici (2010), «nuestros cuerpos son los últimos acercamientos de la era colonial. Cada crisis del capital es una ofensiva contra nuestra autonomía; por eso, lo que hoy llamamos ‘progreso’ puede ser mañana el escenario de nuestra nueva exclusión». La frontera no es solo una línea geográfica, sino también una «herida colonial» que separa a quienes tienen derecho a tener derechos de quienes no.

Ser migrante entre países hermanos produce voces que suenan estridentes. Que suelen ser necesarias para romper el silencio de la exclusión intrínseca que a veces nos separa como latinoamericanos y para denunciar la desigualdad impuesta por el Norte Global. Suenan fuertes porque llevan consigo el peso de un continente que aún no termina de descolonizarse. No puede haber una «transformación social» que deje fuera a la mujer que cuida, a la trabajadora que migra, al cuerpo racializado que sostiene gran parte de la economía de servicios de este país.

El gobierno entrante ha prometido una seguridad basada en “invitar a salir” a las personas en situación irregular. Pero la «letra chica» y la experiencia de sus referentes apuntan hacia aquellos migrantes pobres que el sistema etiqueta como «inservibles»; aquellos que realizan los trabajos precarizados que el mercado demanda pero la sociedad desprecia. Construir y entender la multiculturalidad en el territorio nacional no debe ser un ejercicio de segmentación por utilidad económica.

Reconozco que es difícil hablar hoy con las comunidades de migrantes bajo el asedio del estigma, pero la hoja de ruta debe ser clara: el respeto, la dignidad y la tolerancia por sobre todo. Los derechos humanos no deben depender del gobierno de turno, sino ser verdades mínimas civilizatorias.

Porque Chile ya es mi país, y mi voz, con toda su estricta y necesaria estridencia, también es parte de su sonido.

Referencias

Federici, S. (2010). Calibán y la bruja: Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Traficantes de Sueños.

Instituto Nacional de Estadística [INE] (2024). Síntesis de resultados Censo 2024.

Kirkwood, J. (1986). Ser política en Chile: Las feministas y los partidos. Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO).

Luxemburgo, R. (1912). El voto femenino y la lucha de clases.

Pineda, E. (2019). Racismo, estigma y vida cotidiana: Ser afrodescendiente en América Latina. Editorial Acercándonos.

Segato, R. (2018). Contra-pedagogías de la crueldad. Prometeo Libros.

Servicio Nacional de Migraciones [SERMIG] (n.d.). Estimaciones de extranjeros | SERMIG. Migraciones Chile. https://serviciomigraciones.cl/estudios-migratorios/estimaciones-de-extranjeros/

*Greidys Chacón Herdé es estudiante de Psicología, feminista y militante del Frente Estudiantil del Frente Amplio de la Región de Coquimbo.

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