Durante doce años, José Antonio Kast ha hecho de la presidencia de Chile su obsesión declarada. Doce años de campaña permanente, de discursos encendidos, de promesas afiladas como bisturí y de una narrativa construida ladrillo a ladrillo sobre la idea de que él —y solo él— sabía cómo gobernar este país. El problema es que, como dice el dicho, otra cosa con guitarra.
Uno esperaría que, tras más de una década de preparación, el proceso de transición hacia La Moneda fuera un ejercicio de precisión quirúrgica: un plan estratégico blindado, nombramientos impecables, una hoja de ruta sin fisuras. La realidad, sin embargo, ha sido bastante más parecida a la improvisación que al plan maestro. Las señales de alarma comenzaron antes incluso de asumir el cargo.
El capítulo de los nombramientos habla por sí solo. Kast optó por privilegiar la confianza personal por sobre el peso político y la idoneidad técnica, lo que generó fricciones inmediatas con sus propios aliados de Chile Vamos, quienes reclamaron —sin éxito— mayor incidencia en cargos estratégicos.
El resultado es un gabinete donde abundan los independientes de su círculo íntimo, pero escasea el músculo político necesario para negociar en un Congreso donde el oficialismo no tiene mayoría. Para ministro de Justicia, cartera medular, dada la crisis del Poder Judicial, designó a Fernando Rabat, abogado civilista que integró el equipo de defensa de Augusto Pinochet, una elección que levantó de inmediato las cejas de propios y extraños. En el caso del futuro subsecretario del Interior, Máximo Pavez, el propio oficialismo saliente advirtió que el designado había representado judicialmente a personas condenadas por narcotráfico y porte ilegal de armas. Y el ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, ha sido vinculado a casos de colusión en la industria farmacéutica y avícola, además de registrar una condena por manejo en estado de ebriedad. Para gobernar con autoridad moral, hay que empezar con el ejemplo.
La política exterior no corre mejor suerte. Chile tiene una historia diplomática que le ha dado estatura en el concierto de las naciones: país impulsor del multilateralismo, defensor del derecho internacional, voz latinoamericana con peso propio. Esa tradición no se construyó de la noche a la mañana. Sin embargo, el gobierno entrante ya enfrenta su primera prueba internacional —la tensión con Estados Unidos por las sanciones a funcionarios del gobierno saliente y las acusaciones de hackeo vinculadas al cable submarino chino— con una respuesta de cautela institucional que suena más a parálisis que a liderazgo. El futuro canciller, Francisco Pérez Mackenna, un hombre del mundo empresarial sin carrera diplomática, evitó pronunciarse con claridad, dejando en evidencia que la política exterior de Kast navega entre el alineamiento incondicional con Washington y la ausencia de una doctrina propia que esté a la altura de lo que Chile ha sido en el mundo.
Todo esto configura un cuadro que va más allá de los tropiezos normales de cualquier transición. Lo que vemos es una incapacidad estructural para transformar el discurso en gestión. Kast prometió ser el candidato de las soluciones concretas, el antídoto al populismo y la improvisación. Pero doce años de campaña no reemplazan lo que realmente falta: la capacidad de gobernar Chile.
Los próximos cuatro años serán el espejo donde esa incapacidad quedará reflejada. Y en ese espejo, la izquierda y el progresismo tiene una oportunidad que no pueden volver a desaprovechar. No se trata de esperar que el adversario fracase —esa sería una apuesta mezquina y además peligrosa para el país—, sino de usar este tiempo para hacer la tarea: reconocer los errores del gobierno de Boric con honestidad, construir un proyecto renovado con rostros y propuestas creíbles, y demostrar que se aprendió la lección. Porque en política, como en la música, no basta con saber la letra. Hay que saber tocar.
*Maximiliano Andrade es militante del Frente Amplio (Frente Estudiantil).