“Quien lucha puede perder. Quien no lucha ya ha perdido”.
—Bertolt Brecht, Poemas y canciones (1934)
He hablado de esto antes. No es una intuición reciente ni una preocupación improvisada. Pero a medida que el 11 de marzo se acerca, insistir deja de ser una opción y se vuelve una responsabilidad política. Porque no se puede definir la estrategia de la futura oposición después de que asuma un gobierno de extrema derecha. No se puede empezar a reaccionar cuando el escenario ya cambió. Las señales, si van a existir, tienen que darse ahora.
Y, sin embargo, lo que se impone es una sensación difícil de eludir: el tiempo avanza y nada se mueve con la urgencia que el momento exige. El debate progresista sigue concentrado en agendas secundarias, en disputas de nombres, en lógicas personalistas que parecen incapaces de leer la dimensión del desafío que se viene. Como si todavía hubiera margen para la distracción. Como si el reloj no estuviera corriendo.
El sentimiento que predomina no es solo preocupación. Es agotamiento, abrumo. La fatiga de repetir diagnósticos evidentes mientras la realidad se acomoda sin resistencia visible. La incomodidad de ver cómo se habla de futuro en abstracto, cuando la fecha es concreta y el riesgo es inmediato.
Las primeras señales del próximo gobierno ya están sobre la mesa. Lo ocurrido con el futuro ministro Undurraga y su definición respecto del pase cultural no puede leerse como un error aislado ni como una simple torpeza comunicacional. La controversia surge a partir de una denuncia realizada por un medio de prensa, frente a la cual ya se activaron las acciones correspondientes ante los organismos competentes. Eso dista mucho —muchísimo— de justificar la “cancelación” de una política pública. Sin embargo, la reacción elegida fue precisamente esa, o su anuncio simbólico. Y en esa elección se vuelve visible algo más profundo: una lógica que concibe los derechos como beneficios prescindibles, las políticas de acceso como gastos innecesarios y lo público como un privilegio que debe ser administrado con sospecha.
No se trata solo de cultura. Se trata de una mirada de mundo. De quién merece y quién no. De qué se considera derecho y qué se redefine como privilegio. Como todo ensayo general, no resuelve la obra, pero anticipa el tono, el ritmo y la orientación de lo que vendrá. Pensar que estas señales son anecdóticas es, en el mejor de los casos, ingenuidad. En el peor, una forma de negación.
La extrema derecha no llega sola ni por accidente. Llega también empujada por nuestras propias debilidades: la fragmentación persistente, la comodidad de la rosca, la incapacidad de actuar con sentido de urgencia cuando la urgencia es evidente. No por falta de diagnósticos ni de discurso, sino por falta de decisión colectiva para moverse a tiempo.
Conviene decirlo con claridad: no hay una receta para lo que se viene. No existe un manual infalible para enfrentar un escenario que combina retrocesos institucionales, legitimación del odio y precarización de la vida. Pero la ausencia de recetas no puede convertirse en excusa para la parálisis.
Por ahora, aplicar algo tan básico como el sentido común político parece un buen inicio. Y el sentido común indica que es momento de vincularse en unidad, aunque sea desde ciertos bordes. No desde la homogeneidad forzada ni desde acuerdos vacíos, sino desde mínimos compartidos: la defensa de los derechos, el rechazo a la violencia institucional, el cuidado de quienes quedarán más expuestos cuando el Estado se retire o se vuelva hostil.
Empezar por ahí no resuelve todo. No cancela las diferencias ni borra las tensiones. Pero evita lo peor: enfrentar lo que viene dispersos, tarde y sin coordinación. Evita aceptar, de antemano, la derrota como un dato inevitable.
El 11 de marzo no es solo una fecha administrativa. Es un punto de inflexión. Y lo que estamos viendo hoy no es todavía la obra completa, pero sí su ensayo general. Mirar para otro lado, relativizar las señales o postergar definiciones no es prudencia ni realismo político. Es dejar que el escenario se arme sin nosotros.
Todavía hay tiempo para actuar.
*Rossana Carrasco Meza es profesora de Castellano, PUC; politóloga, PUC; y magíster en Gestión y Desarrollo Regional y Local, Universidad de Chile.