Hay algo que irrita —y no por casualidad— en Franco Parisi. No es solo lo que dice. Es lo que desarma. Su sola existencia deja en evidencia una verdad incómoda: gran parte de la política chilena sigue actuando como si la representación todavía importara.
No importa. O al menos, ya no como antes.
Mientras los partidos discuten programas, pactos y relatos de largo plazo, Parisi hace algo mucho más simple y mucho más eficaz: sintoniza el malestar y lo devuelve amplificado. Sin mediaciones, sin densidad, sin culpa.
Y funciona.
Esa es la parte que cuesta aceptar. Porque obliga a abandonar una ilusión confortable: que la ciudadanía vota en función de ideas, proyectos o coherencia. La evidencia es otra. Una parte significativa del electorado no busca ser representada; busca ser reconocida en su irritación.
Parisi entendió eso antes que el resto.
Por eso no necesita partido sólido, ni cuadros técnicos visibles, ni siquiera presencia física constante. Le basta con una cámara, una plataforma y un flujo continuo de mensajes que hacen algo muy preciso: nombrar culpables y prometer atajos.
¿Simplificación? Sí. ¿Eficacia? También.
Aquí es donde la teoría deja de ser un lujo académico. Gilles Deleuze hablaba de una política hecha de flujos, conexiones y ensamblajes más que de estructuras estables. Bien: Parisi es eso, pero sin romanticismo. No es el rizoma emancipador que algunos imaginaron. Es su versión funcional: una red que captura malestar y lo convierte en rendimiento electoral.
No organiza. Agrega.
No convence. Activa.
No construye. Circula.
Y en ese movimiento, desplaza a toda la política tradicional a una posición incómoda: la vuelve lenta, pesada, fuera de ritmo.
La reacción habitual frente a esto ha sido el desprecio. “Populismo”, “voto ignorante”, “fenómeno pasajero”. Es la forma elegante de no entender nada. Porque Parisi no aparece en el vacío.
Aparece donde la política dejó de llegar. En regiones que se sienten tratadas como periferia, en clases medias que perciben que el esfuerzo ya no garantiza nada, en ciudadanos que dejaron de creer que alguien los está escuchando.
Ahí entra. Y ahí crece.
Pero aquí viene la parte menos cómoda —y menos discutida—: esto no es una rebelión contra el sistema. Es una adaptación perfecta a él.
El ecosistema digital premia lo que genera reacción, no lo que genera verdad. Premia la intensidad, no la consistencia. Premia la circulación, no la profundidad. Parisi no rompe esa lógica.
La encarna.
Por eso su política es liviana: porque necesita moverse rápido. Por eso es simple: porque necesita ser repetida. Por eso es emocional: porque ahí está el combustible.
Y por eso mismo tiene un límite.
Porque una cosa es capturar malestar, y otra muy distinta es transformarlo. Una cosa es amplificar la rabia, y otra es organizarla en algo que dure más que un ciclo electoral. Hasta ahora, el “parisismo” ha demostrado ser extraordinariamente eficaz en lo primero y notablemente débil en lo segundo.
Pero cuidado: ese límite no lo hace irrelevante. Lo vuelve peligroso.
No porque vaya a “tomarse el poder” —esa es una fantasía útil para sus adversarios—, sino porque empuja a toda la política hacia su terreno: más simple, más reactivo, más emocional. Más corto.
Y ahí la pregunta ya no es sobre Parisi. Es sobre el resto.
¿Van a seguir hablando como si gobernaran un país que ya no existe?
¿Van a seguir ofreciendo programas densos a un electorado que consume política como scroll?
¿Van a seguir confundiendo complejidad con desconexión?
Parisi no necesita ganar para cambiar las reglas. Ya lo está haciendo.
Y lo más incómodo de todo es esto: no lo hace a pesar de la democracia actual, sino gracias a ella tal como funciona hoy.
Por eso irrita tanto. Porque no es una anomalía.
Es un aviso.
*Salvador Ondarza es politólogo.