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Portal Socialista > Contenido > Política > Cambiar el mundo > Fernando Alvear Atlagich / La compasión y la empatía son políticas
Cambiar el mundoDestacadosPolítica

Fernando Alvear Atlagich / La compasión y la empatía son políticas

17 abril 2026
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15 Min de Lectura
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Posiblemente no existe una distopía más desalmada que la de un mundo sin compasión ni empatía y, sin embargo, esa parece ser precisamente la utopía que nos ofrece la ultraderecha a nivel mundial. Un mundo donde unos merecen sufrir y donde otros tienen derecho a infligir sufrimiento.

En el podcast de Joe Rogan -el más popular de Estados Unidos- Elon Musk afirmó que “la empatía es la debilidad fundamental de la civilización occidental”, aludiendo con ello a una empatía mal dirigida hacia quienes no la “merecen”, como receptores de ayudas estatales, refugiados políticos y económicos, y países pobres y en conflicto que dependen de ayuda humanitaria. Así, uno de los primeros blancos en su cruzada por reducir el gasto fiscal fue la agencia USAID. Aunque criticada por muchos como una cubierta para los servicios de inteligencia estadounidenses, en los hechos, diversas comunidades del mundo dependían de su ayuda para alimentación y atención médica. Según estimaciones del Centro para el Desarrollo Global (1), solo en 2025 murieron entre quinientas mil y un millón de personas producto del cese del financiamiento, y a 2030, un estudio publicado en The Lancet (2) proyecta hasta 9,4 millones de muertes adicionales de no revertirse el desmantelamiento de la agencia.

En Florida, Estados Unidos, por otro lado, en medio de una de las peores crisis de acceso a la vivienda de su historia, el congreso estatal dominado por los republicanos legisló para prohibir a las personas sin casa dormir en espacios públicos, mientras que en ciudades como Fort Lauderdale fueron más allá y prohibieron establecer puntos de entrega de comida a quienes duermen en la calle. Y aunque la ley también obliga a los municipios a establecer refugios temporales, como señala el diputado republicano Chase Tramont, “El objetivo no era necesariamente resolver el problema de las personas sin hogar. El objetivo era proteger a los contribuyentes y a los residentes, para que pudieran pasear con seguridad por las propiedades financiadas con dinero público y disfrutar de la calidad de vida”, agregando que “la ayuda estatal y federal ha hecho demasiado fácil sobrevivir sin hogar” (3).

La ultraderecha mundial y la erosión de los límites de la crueldad

Pero un mundo sin compasión no se limita a la prohibición de prestar ayuda. Con entusiasmo, la ultraderecha mundial lo ha extendido a la erosión de los límites a la crueldad hacia determinadas categorías sociales. Si en el primer caso el objetivo es el desmantelamiento de los servicios de bienestar y los sistemas de ayuda humanitaria, en este caso, el objetivo es el desmantelamiento de las garantías conferidas por los derechos humanos. Así, con una intensidad inédita desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, se habla con desdén y rabia contra los derechos humanos, como si se tratasen de limitaciones ilegítimas al justo deseo de infligir dolor. Con ello, de aquella derecha, especialmente estadounidense y europea, que esgrimió el discurso de los derechos humanos para interpelar a la Unión Soviética durante la guerra fría, pareciera no quedar rastro.

De esta manera, los palestinos en Gaza y Cisjordania deben sufrir lo indecible porque así lo dictamina la clase política israelí y una parte significativa de la población judía de Israel, para quienes se levantan espectáculos de crueldad, ya sea miradores donde se observan los bombardeos a Gaza mientras se disfruta una cerveza o transmisiones televisivas donde Itamar Ben Gvir, el ministro de seguridad, se muestra sometiendo a prisioneros palestinos, orgulloso de que bajo su administración las cárceles se han convertido en centros de tormento. Otro tanto ocurre en las cárceles de El Salvador, donde ya no basta la privación de libertad de los delincuentes, pues la reclusión debe convertirse en una tortura que se ofrece como espectáculo para la prensa y delegaciones internacionales. Poco importa que miles estén allí recluidos sin proceso judicial y que miles de familias reclamen que sus hijos son inocentes y que fueron capturados simplemente por el barrio donde vivían o por sus tatuajes. Por último, el ejemplo quizás hoy más difundido ha sido el de las redadas contra inmigrantes en Estados Unidos, donde poco importa el estatus legal, sino que lo que se persigue es un determinado perfil étnico y racial. Se configura así un escenario donde las decisiones políticas operan sobre la base de la identificación y codificación de determinadas categorías sociales y con total desprecio por los derechos individuales, el debido proceso o las más mínimas consideraciones humanitarias.

De este modo, somos testigos de una aparente paradoja: desde las entrañas mismas de una era dominada por la racionalidad tecnocrática neoliberal que pregonó el imperio del individuo frente al Estado, se consolida un proyecto político de ultraderecha que ensalza el poder del Estado para construir una comunidad “pura”, cuya fuerza de cohesión depende de la fuerza con la que expulsa y excluye de la sociedad a categorías completas de individuos. Por cierto, esto no es nada nuevo en el pensamiento de derechas, ya sea liberal o conservador. Allí están el supremacismo racial y/o cultural que alimentó los imperios coloniales o el darwinismo social del siglo 19 que justificaba la pobreza en el capitalismo industrial.

Las dos fronteras de la “comunidad utópica” de la ultraderecha

El pensamiento excluyente de la derecha tiene una larga tradición, pero el momento actual presenta algo novedoso: la radicalización y convergencia de esas exclusiones en un solo proyecto político que parece hegemonizar a las demás derechas. Un proyecto político que sustenta su “comunidad utópica” sobre la base de dos fronteras:

– Una frontera etno-nacional/civilizatoria en la que el migrante, especialmente aquel que es pobre y racializado (no blanco), es un extranjero “inferior” que aparece como una amenaza para la “nación”, para la “raza” (blanca, o mestiza en el caso de los racismos latinoamericanos) o incluso para la “civilización occidental”. La comunidad se entiende constituida por los nativos, es decir, los propietarios legítimos del territorio y del Estado; mientras que su traducción política es el cierre de las fronteras, la deportación, los campos de detención y la deslegitimación del pluralismo cultural y religioso. Evidentemente, el encuadre de la amenaza y la categoría social que es vista como enemiga dependerá de cada contexto. En algunos casos será el migrante latino, en otros, el migrante musulmán y en otros, el migrante pobre que viene a “aprovecharse” de “nuestros recursos”, lo cual lleva a la segunda frontera, que no es exclusivamente “nativista”.

– Una frontera moral-productivista en la que el “improductivo” es entendido como indigno y como una carga para los ciudadanos productivos. Es una frontera construida por décadas de moralización neoliberal en que los cuerpos y las trayectorias de vida son juzgadas por su capacidad de producir y crear riqueza. Una nueva ética protestante, pero esta vez sin Dios ni salvación. Los improductivos se convierten en “no merecedores” de la solidaridad social y del bienestar provisto por el Estado. La sociedad, en este caso, se separa por merecimiento: por un lado, los “contribuyentes” y competentes, y por otro, los “parásitos”, miembros degradados y expulsables del “nosotros” moral.

Estas dos fronteras y exclusiones confluyen en la producción de una comunidad que se imagina como el pueblo trabajador-nativo, competente, productivo y superior racial y culturalmente, asediado por dos figuras: el “intruso” y el “parásito”. Frente a esos intrusos y parásitos no solo debe detenerse el flujo de ayuda, sino que deben también debilitarse los límites al sufrimiento que pueden y “deben” experimentar.

Populismo sádico

Estas dos fronteras han sido trabajadas, azuzadas por décadas, no solo desde plataformas políticas, sino desde medios de comunicación y, más recientemente, desde las redes sociales. La cosecha, para determinados grupos políticos, ha sido la rabia y la indignación que han podido articular electoralmente en una oferta programática que, siguiendo a Timothy Snyderiv, configura un populismo sádico (4).

Para Snyder, la oligarquía, incapaz de ofrecer soluciones que mejoren la vida de las personas, propone reformas que implican algún grado de sufrimiento a la población, pero que son aceptadas por medio de la agitación de las divisiones sociales y la construcción de ciertas categorías como enemigas de la sociedad: la gratificación o satisfacción obtenida del dolor ajeno pasa a ser más seductiva que cualquier propuesta racional de solución a los problemas. Así, se aceptan recortes de beneficios sociales, reformas tributarias que favorecen a los más ricos, reformas laborales que borran de un plumazo un siglo de derechos laborales, o la inversión en gigantescos complejos carcelarios y aparatos represivos. Todo ello siempre bajo la noción de que serán otros, los “intrusos” y los “parásitos”, los que sufrirán las consecuencias. Pero podemos ir un paso más allá que Snyder: la competencia electoral en el campo de las derechas pasa a ser una competencia por quién encarna mejor la capacidad de infligir dolor a aquellas categorías enemigas. Las derechas tradicionales o más moderadas radicalizan sus discursos tratando de emular, muchas veces torpemente y sin mayor éxito, la furia ultraderechista.

Acciones de resistencia

Aún no vivimos las peores derivaciones de esta distopía. Es posible imaginar futuros en que las grandes corporaciones tecnológicas —controladas por individuos alineados con estas fuerzas políticas, como Peter Thiel, Elon Musk, Jeff Bezos y Mark Zuckerberg— profundicen su uso de la inteligencia artificial y los algoritmos para manipular subjetividades y comportamientos al punto de volver nuestras democracias completamente irreconocibles. Sin embargo, no hemos llegado a ese punto. Las ultraderechas al llegar al poder enfrentan resistencias.

En Brasil, la institucionalidad democrática logró reaccionar encarcelando a Jair Bolsonaro tras su intento de golpe de Estado; en Minnesota, las comunidades se organizaron para proteger a sus vecinos migrantes, llegando incluso a enfrentamientos con tropas de la agencia federal migratoria ICE que resultaron en los asesinatos de Renée Good y Alex Pretti. Personas comunes y corrientes que arriesgaron sus vidas para proteger a otros, tal como lo hacen a diario médicos voluntarios y otros trabajadores humanitarios en Gaza, quienes son sistemáticamente objeto de ataques directos del ejército israelí. Podríamos también mencionar a los jueces del Tribunal Internacional de La Haya y a la relatora especial de la ONU, Francesca Albanese, quienes enfrentan la persecución y las sanciones de Estados Unidos por sus intenciones de sostener y defender los principios de la justicia internacional.

Se abre así un repertorio de acciones de resistencia, propias de este ciclo, que las distintas fuerzas sociales y políticas en el mundo deberán definir y procesar, pero sea cual sea el diagnóstico y los lineamientos estratégicos, la naturaleza del proyecto político de la ultraderecha y las maneras en que se articula la resistencia nos deberían llevar a una conclusión inequívoca, frecuentemente desestimada por el pensamiento político: la compasión y la empatía son políticas.

Para Theodor Adorno, la frialdad y la incapacidad de amar de los individuos contemporáneos constituyen la antesala del genocidio: “los hombres, sin excepción alguna, se sienten hoy demasiado poco amados, porque todos aman demasiado poco. La incapacidad de identificación fue sin duda la condición psicológica más importante para que pudiera suceder algo como Auschwitz entre hombres en cierta medida bien educados e inofensivos” (5).

Como hemos atestiguado tantas veces, especialmente en los últimos años, la mera codificación de los derechos humanos como tecnología jurídica no es suficiente resguardo ante la crueldad y el genocidio. Si su sustento no se encuentra en individuos en cuyas psiques se ha cultivado la compasión y la empatía, su fría formulación jurídica es inerme al vendaval del odio y la furia.

Notas

(1) Center for Global Development (2025). Update on Lives Lost from USAID Cuts. https://www.cgdev.org/blog/update-lives-lost-usaid-cuts

(2) Ferreira da Silva et al. (2026) Impact of two decades of humanitarian and development assistance and the projected mortality consequences of current defunding to 2030: retrospective evaluation and forecasting análisis. The Lancet https://www.thelancet.com/journals/langlo/article/PIIS2214-109X(26)00008-2/fulltext

(3) Hernández Caraballo, Lillian. Florida’s Camping Ban: A look at its impact 6 months later. Central Florida Public Media, 7 de julio de 2025. https://www.cfpublic.org/housing-homelessness/2025-07-07/floridas-camping-ban-a-look-at-its-impact-6-months-later

(4) Snyder, Timothy (2018). The Road to Unfreedom. NY: Tim Duggan Books.

(5) Adorno, Theodor (2009). Consignas. Amorrortu: Buenos Aires.

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