Hace algún tiempo escribí una columna sobre el tema de la Renta Básica Universal Incondicional (RBU) y algunos de sus rasgos propios. Haré aquí algunas otras consideraciones que se hacen de manera crítica sobre ella. Pero antes, pensando en aquellos que no se han informado sobre esta propuesta, es pertinente partir por algunas precisiones conceptuales al respecto.
En general se sostiene que la RBU es un ingreso pagado por el Estado a cada miembro de pleno derecho de la sociedad, incluso si no quiere o no puede trabajar de forma remunerada, sin tomar en consideración si es rico o pobre, o si tiene o no otras eventuales fuentes de renta y sin importar con quien conviva. Su fundamento normativo es el derecho a una existencia digna para el conjunto de miembros de una sociedad dada. Es pertinente, al mismo tiempo, no confundir la RBU con los subsidios condicionados, de distinto tipo, que se otorgan desde políticas públicas y sociales determinadas. Su objetivo principal, frente al cuadro actual de desigualdades, es contribuir a garantizar condiciones materiales de vida digna y una libertad real para todos.
Como bien sostienen Raventós y Cassasas, “sin independencia socioeconómica no hay libertad. Las grandes desigualdades generan inmensas desproporciones de poder. Las grandes asimetrías de poder dan lugar a un problema de falta de libertad real para una buena parte de la población”. Ahora bien, es preciso tener en cuenta que, para sus seguidores, la RBU no es la solución para todos los problemas sociales. La RBU representa una medida de política socioeconómica, pero no el conjunto de medidas que conforman toda una política económica. Es decir –algo que es obvio–, no está para resolver problemas más allá de su órbita de acción.
Al mimo tiempo, las justificaciones y/o motivaciones a favor o en contra de una RBU pueden ser muy diversas. Aquí rescatamos la mirada político-normativa de ella, a diferencia de las opciones meramente instrumentales y/o técnicas. Por ejemplo, hoy es cada vez más habitual escuchar a líderes de las corporaciones de IA y de la robotización que, previendo las consecuencias de su aplicación, especialmente al mundo laboral, proponen la RBU como un medio para prevenir eventuales reclamos y levantamientos de la población que hagan peligrar el orden establecido. También, desde sectores conservadores o liberales, se la propone, a veces, como medio para reemplazar los actuales subsidios públicos en distintos ámbitos.
Como hemos reseñado, sobre la RBU hay cada vez más debates a favor y en contra. Veamos de manera esquemática algunos de los argumentos más comunes contrarios a su implementación.
Uno de los más socorridos es que una RBU haría que la gente dejara de trabajar. Algunas experiencias mostrarían, sin embargo, que las personas no dejan de trabajar y que, al contrario, el recibir la RBU le permite a quien trabaja ganar un poder mayor de negociación. Para la mayoría, con todo, el trabajo sigue siendo una parte importante de su sentido vital cotidiano. Por cierto, no todos los trabajos son iguales. Y no todos realizan a las personas de la misma manera. Pero esas situaciones no se pueden atribuir a una RBU, sino al sistema socioeconómico prevaleciente.
Por lo demás, para el ciudadano de a pie, la inmensa mayoría, no hay alternativa realista en esto. Hoy por hoy, para que alguno de nosotros pueda optar por dejar de trabajar o buscar trabajo, tendría que tener herencias, propiedades o un capital que se lo permitiese. Y ya sabemos o podemos intuir quiénes son aquellos que pueden permitirse el “lujo” de esa opcionalidad. Por lo demás, la RBU abre un espacio para el debate sobre el sentido del trabajo y los tipos de acciones que se consideran trabajo hoy en día (por ejemplo, el ámbito referido a los cuidados atendido mayormente por mujeres).
Una segunda critica alude al tema de la forma de financiar una RBU. Muchos consideran que esta alternativa no es viable porque supondría una parte importante del PIB o, también, sostienen que sería algo viable solo en los países ricos. Por cierto, una RBU en Chile, por ejemplo, no sería de la misma cantidad que en Suecia o Canadá. Sin embargo, ella puede ser útil desde ya en aquellas zonas geográficas donde prima pobreza, dominación o miseria (por ejemplo, el programa Hambre Cero, implementado en el Brasil de Lula).
Al mismo tiempo, la forma de ser financiada es también debatida y, muchas veces, mal entendida. No se trata de hacerlo, dicen sus cultores, a través de recortes en las conquistas de derechos sociales, como salud o educación, por ejemplo, como quizá podrían desearlo conservadores y liberales. De tres posibilidades de financiación de una RBU –creación de masa monetaria, desmantelar las políticas sociales o una reforma fiscal que redistribuya parcialmente la riqueza de los más ricos al resto de la población– los defensores de la RBU optan por esta tercera vía.
Un tercer cuestionamiento, ahora del lado de los trabajadores mismos, es el que algunos hacen a la RBU porque podría desincentivar las luchas sociales a favor de mejores condiciones de vida. Pero, responden sus defensores, una RBU podría contribuir a una mayor libertad de las personas para acciones conjuntas y/o eventuales reclamaciones sobre las condiciones de trabajo en el mercado laboral. Otros, radicales antisistema, la cuestionan porque supondría la tendencia a naturalizar el capitalismo reinante y no la de ir hacia su superación. En resumen, se la cuestiona por su viabilidad, por el incentivo al trabajo, por el desincentivo de las luchas de los trabajadores, por su coste económico y financiación, porque no es suficientemente anticapitalista.
Como se ve, no las tiene fácil una propuesta republicanista y democrática de la RBU y, por tanto, invita a un debate de ciudadanía, abierto e informado sobre sus alcances y posibilidades. Para sus defensores –como hemos subrayado- se trata de una política radical que dignifica las condiciones materiales de vida posibilitando y ampliando el ejercicio de una libertad real para todos. Las grandes desigualdades sociales, sostienen, representan una de las causas de la falta de libertad. El que no tiene una existencia material asegurada debe pedir permiso a otro para poder vivir. Como afirmó Nelson Mandela: “La pobreza es obra del hombre y puede ser superada y erradicada por la acción de los seres humanos. Superar la pobreza no es un gesto de caridad. Es un acto de justicia. Es la protección de un derecho fundamental del ser humano, el derecho a la dignidad y a una vida decente. Mientras haya pobreza no habrá verdadera libertad”.
*Pablo Salvat B. es doctor en Filosofía Política (U. Católica de Lovaina) y profesor en la Universidad Alberto Hurtado y la Universidad Academia de Humanismo Cristiano en Santiago de Chile.