En la literatura chilena, los trabajos y las palabras no avanzan por separado. Lo que se hace —en la mina, en el campo, en la casa, en la escuela— encuentra su forma en lo que se dice y en cómo se dice. Desde temprano, nuestros autores han inscrito el trabajo en la escritura no solo como tema, sino como experiencia que moldea cuerpos, vínculos y lenguajes. Así, cada oficio deja una huella en la palabra, y cada palabra devuelve, transformada, la vida del trabajo.
A comienzos del siglo XX, esa inscripción es directa y material. En Subterra y Subsole, Baldomero Lillo sitúa a sus personajes en el corazón de la mina y del mundo industrial, en los que el trabajo lo absorbe todo: el tiempo, el cuerpo, la vida misma. Esa misma densidad reaparece, desde otro registro, en La sangre y la esperanza de Nicomedes Guzmán, novela en la que los barrios obreros configuran una experiencia colectiva en la que el trabajo organiza la existencia, aun bajo condiciones precarias.
Sin embargo, muy pronto la literatura chilena complejiza esa imagen. En El roto, Joaquín Edwards Bello desplaza la mirada hacia la ciudad y sus márgenes: el trabajo aparece allí como inestabilidad, como ocupación ocasional, como sobrevivencia más que como identidad. Algo similar ocurre en Manuel Rojas, cuyo Hijo de ladrón presenta personajes que transitan entre oficios, sin arraigo ni continuidad. El trabajo ya no define plenamente al individuo; lo fragmenta.
En paralelo, otras escrituras introducen dimensiones menos visibles. En Gabriela Mistral, el trabajo aparece ligado al cuidado y a la enseñanza: una forma de entrega sostenida que atraviesa su obra y que en Desolación se traduce en una voz marcada por el deber y el desgaste. En el mundo rural de Marta Brunet, especialmente en Montaña adentro, el trabajo cotidiano —doméstico y campesino— se presenta como repetición silenciosa, como esfuerzo constante sin reconocimiento. Allí, la vida entera parece organizada por labores que rara vez se nombran.
A la vez, la literatura también explora el trabajo desde su ausencia. En La amortajada, María Luisa Bombal construye personajes excluidos del mundo productivo, confinados a una pasividad que también define su lugar en la sociedad. No trabajar, en ese contexto, no libera: encierra.
Más adelante, el trabajo adquiere una dimensión épica en la poesía de Pablo Neruda. En el Canto General, los trabajadores del continente —mineros, campesinos, obreros— encarnan una historia colectiva en la que el trabajo es sufrimiento, pero también fuerza creadora y memoria.
En otras zonas del país, como en los relatos de Francisco Coloane, el trabajo se enfrenta directamente con la naturaleza. En El último grumete de la Baquedano, la vida en el mar revela un trabajo físico, extremo, donde la supervivencia depende tanto del esfuerzo humano como de las condiciones del entorno.
Ya en la literatura contemporánea, el trabajo aparece atravesado por nuevas formas de precariedad y control. En Mano de obra, Diamela Eltit representa espacios laborales marcados por la vigilancia, la repetición y el desgaste físico y mental. Y en Qué vergüenza, Paulina Flores sitúa el trabajo en el centro de la vida cotidiana contemporánea: empleos inestables, frustración acumulada y vínculos afectivos tensionados por la precariedad. Incluso en registros más introspectivos, como en Formas de volver a casa de Alejandro Zambra, el trabajo —intelectual, intermitente— aparece marcado por la duda y la inestabilidad.
A lo largo de estas obras, el trabajo se despliega en múltiples formas: explotación, rutina, cuidado, exclusión, riesgo, precariedad. No hay una sola imagen, sino una constelación de experiencias que acompañan las transformaciones del país. Pero en todas ellas persiste una intuición: trabajar no es solo producir, sino habitar una posición en el mundo, con todo lo que eso implica.
Quizás por eso esta literatura insiste en volver sobre esos mundos: porque en ellos se juega algo más que la subsistencia. En cada faena, en cada rutina, en cada gesto repetido, se cifra una forma de estar en el mundo. Y la escritura, al recoger esas experiencias, no solo las representa: las transforma en memoria, en pregunta, en posibilidad.
Al final, trabajos y palabras terminan por encontrarse ahí donde siempre han estado: en la vida misma. En lo que hacemos y en lo que decimos sobre lo que hacemos. Y en ese cruce —persistente, a veces incómodo— la literatura chilena sigue buscando una manera de nombrarnos.
*Ro Carrasco es Profesora de Castellano, PUC; Politóloga, PUC; Magíster en Gestión y Desarrollo Regional y Local, Universidad de Chile.