Es tanto lo que cambian el mundo y las palabras que Crátilo, un filósofo griego antiguo, concluyó que la comunicación era imposible y se quedó callado para siempre, y cuando quería señalar algo se limitaba, como guagua, a apuntar con su dedo índice.
Es cierto, las palabras nunca son del todo precisas para decir lo que queremos decir, pero lo intentan y, aunque fallen, en ese camino al fracaso han ensayado descubrir la realidad, nos han regalado chispazos que alguna orientación nos dan en medio de la noche; además, incluso en la escritura y la lectura, dos ejercicios que podrían parecer autorreferidos, solipsistas, siempre en el lenguaje hay otros —otras personas y otras palabras—, todos con sus imprecisiones, intentando decir, responder, comunicar, darnos un mundo común, de avenencias y desavenencias, y común también en lo dudoso que, por lo demás, es la razón para hablar, para querer decir algo, para intentar descubrir un mundo.
¿Qué ocurre, entonces, cuando un gobierno y un presidente de la República (o sea, de la cosa pública, de los asuntos comunes) abusan de la imprecisión y flexibilidad del lenguaje para no decir lo que piensan, para hacer como que no hacen lo que sí hacen, para incomunicarse, para simular que hablan?; ¿qué pasa cuando quiebra no es quiebra sino déficit?; ¿qué pasa cuando se llama reconstrucción a una reforma tributaria?; ¿qué pasa cuando descontinuar un programa social no es descontinuarlo, cómo se nos puede ocurrir eso, sino evaluarlo e incluso mejorarlo?; ¿qué ocurre cuando una falsa promesa —expulsar ahora ya a todos los migrantes indocumentados— es, obvio, cómo no nos dimos cuenta, una metáfora, perdón, una hipérbole?; ¿qué ocurre cuando los derechos sociales que no iban a recortar sí se recortan, pero, en realidad, no porque lo que se está recortando o descontinuando o evaluando, quién sabe, son programas, no derechos?
José Antonio Kast y su gobierno han abusado de las palabras, tal como lo hacían él y los suyos cuando eran candidatura: dicen algo, cierto o falso, da igual, y, luego, cuando se les pide explicación, afirman que no lo dijeron o que en realidad quisieron decir otra cosa o que estamos inventando.
Si estamos en esta situación, si así se relacionan el presidente y su gente con las palabras, y si hay un entramado digital, casi siempre en línea con la ultraderecha, que abona en Chile y el mundo hasta la intoxicación ese trato o maltrato del lenguaje, quizás sea el momento de preguntarnos si podemos seguir confiando en las palabras. ¿Podemos? ¿Debemos?
Supongamos que no, entonces la pregunta pasa a ser cuál es la alternativa. ¿Quedarnos en silencio y a lo más limitarnos, como ese filósofo antiguo, a apuntar con el índice lo que queremos decir?
El problema es que eso no solo no tiene sentido, además es imposible, irrealizable, porque hablar, porque las palabras, porque el lenguaje no es opción, no es algo que podamos elegir tener o no, hacer o no, usar o no, sino que es algo dado, ahí está y en él estamos, desde siempre y, hemos de suponer, para siempre.
Entonces no hay más que seguir creyendo en él, jugando como siempre lo hemos hecho, en principio, debido y no a pesar de su imprecisión, y, en este caso, a pesar del, y puede que también debido al, abuso, a pesar de y debido a la lesión de esa confianza que, incluso en el desacuerdo, o especialmente en el desacuerdo, tenemos en que unos y otros estamos queriendo decir algo con sentido, así como unos y otros estamos dispuestos a suponer que puede haber sentido en lo que nos dicen.
No es que haya que otorgarle el beneficio de la duda a quien asegura que cuando afirma X no está afirmando X, eso sería candidez, es que ese atropello no puede silenciarnos, al contrario, le suma a la necesidad de hablar la obligación, ¿y la libertad?, de seguir buscando y ganando las palabras para decir el mundo, para afirmarlo y no dejar que nos lo nieguen y que hagan de esa negación lo dado, lo que hay, lo que nos gobierna.
Hablar para comunicarnos, para hacer algo común, para comprendernos es una necesidad lógica y factual, eso es, en realidad, lo dado y, entonces, siempre es y será posible una alternativa a la incomunicación. O eso quiero creer.
¿Qué hacer? ¿Cómo salir de la trampa? Digo, qué hacer y cómo salir en concreto. ¿O solo queda esperar a que las mentiras, el hackeo de la palabra, elevado a política, a cosa pública, a asunto común, caiga por su propio peso? No lo sé.
¿Hay que dejar de hablar con los que hablan para no hablar? No creo que sea posible, menos si nos gobiernan.
Quizás, y esto es igual de vago que el llamado a seguir hablando, quizás debemos dejar de hablar en sus términos, o dejar de pelear con sus términos, no solo porque sean los suyos y nos dejen fuera de juego, sino, fundamentalmente, porque son términos o palabras vacías, una nada, algo imposible de asir, discutir, refutar, dialogar, y que, para peor, cuando queremos hacerlo porque, como acto reflejo, eso es lo que se hace con las palabras —intentar agarrarlas, comprenderlas—, solo somos arrastrados hacia esa nada y quedamos, cómo no, anonadados.
Entonces, pienso, hay que ponerse a hablar de lo que queremos hablar, sea lo que sea, con tal de que sea algo y no nada. Puede que eso ya nos haga volver a ganar un mundo, o al menos empezar a ganarlo, a descubrirlo, a crearlo, a afirmarlo, a discutirlo. ¿Qué mundo? Tampoco lo sé, pero podríamos conversarlo.
*Juan Rodríguez Medina es periodista y ensayista.