Aland Castro / Gobernar no basta: la izquierda necesita volver a construir pueblo organizado
Hay una discusión que no podemos postergar: la relación entre gobierno, organización popular y capacidad real de transformación. ¿Qué tipo de fuerza política necesita la izquierda para volver a transformar la sociedad y no limitarse a administrar las condiciones heredadas?
La experiencia reciente dejó una conclusión incómoda. Se puede ganar una elección, llegar al gobierno y ampliar derechos y, aun así, no disponer de la fuerza suficiente para modificar las estructuras que organizan la vida cotidiana. No se trata solamente de errores de gestión, falta de audacia o una correlación parlamentaria adversa. El problema es más profundo: una izquierda que llega al Estado sin un pueblo organizado, autónomo y movilizado detrás termina gobernando dentro de límites fijados por otros.
Durante demasiado tiempo, una parte del progresismo entendió la construcción política como una combinación de programa, comunicación electoral y gestión institucional. Todo eso es necesario, pero no reemplaza la organización social. Un partido puede tener buenos equipos técnicos, parlamentarios capaces y presencia mediática; si carece de raíces vivas en los territorios, en los lugares de trabajo y en las organizaciones populares, su capacidad transformadora es frágil. La política corre entonces el riesgo de convertirse en una conversación entre dirigentes, especialistas y audiencias, mientras la vida de las mayorías continúa organizada por el mercado, la deuda, el arriendo, la inseguridad y la falta de tiempo.
La ciudad muestra este límite con especial claridad. Un gobierno puede mejorar salarios o pensiones, pero una parte de esos avances vuelve rápidamente al capital mediante arriendos abusivos, créditos hipotecarios, largos desplazamientos y servicios básicos convertidos en negocio. La desigualdad no se produce solo en el ingreso. También se fabrica en el suelo, en la localización de la vivienda, en las horas perdidas en el transporte y en la distancia entre la casa, el trabajo y los cuidados. Por eso la cuestión urbana no es un asunto sectorial reservado a especialistas: es uno de los principales terrenos de la lucha política contemporánea.
Mi experiencia en Ukamau y en la construcción del Barrio Maestranza me ha permitido ver este problema desde otro lugar. Cientos de familias no esperaron pasivamente una solución habitacional definida por el mercado o por una burocracia. Se organizaron, disputaron suelo bien localizado, participaron en el diseño de su barrio, administraron recursos públicos y sostuvieron durante años una lucha colectiva. El resultado no fue únicamente un conjunto de viviendas. En el proceso se formaron dirigentas, se aprendió a deliberar, negociar, movilizarse, administrar y tomar decisiones comunes. Se produjo barrio, pero también se produjo sujeto político.
Esa experiencia me dejó una convicción: la organización popular no puede ser tratada como acompañamiento social del partido ni como reserva electoral que se activa durante las campañas. Es una fuente de poder propio. Allí donde una comunidad aprende a decidir sobre las condiciones materiales de su vida, aparece una capacidad que no depende completamente del Estado ni del mercado. Esa capacidad
puede exigir políticas públicas, usar recursos institucionales y disputar gobiernos, pero no delega en ellos toda su iniciativa.
Esto obliga a superar una falsa disyuntiva. No se trata de elegir entre el territorio y el Estado, entre los movimientos sociales y los partidos, o entre la autogestión y la política nacional. Una estrategia transformadora necesita ambas dimensiones. Sin disputa estatal, las reglas generales del suelo, la banca, la vivienda y la inversión permanecen intactas. Pero sin organización popular autónoma, cualquier victoria institucional queda aislada, expuesta a la presión de los poderes económicos y a la reversión electoral.
A mi juicio, el desafío de la izquierda no es simplemente declararse cercana a los territorios. Es revisar de manera concreta cómo se relaciona con ellos. Se debe dejar de mirar a las organizaciones sociales como espacios de despliegue, consulta o reclutamiento. Hay que reconocerlas como sujetos con saber, iniciativa y poder propios. Eso supone, para los partidos, apoyar procesos de organización que no controlan, formar militantes capaces de trabajar durante años sin recompensa inmediata y construir vínculos que no desaparezcan cuando termina una elección.
También exige revisar qué entendemos por militancia. La militancia no puede quedar reducida a reuniones orgánicas, debates internos, campañas digitales o competencias por cargos. Militante es también quien sostiene una asamblea de vivienda, organiza un sindicato, recupera un espacio comunitario, levanta una cooperativa o construye redes de cuidado en un barrio. Es en esas prácticas donde las personas comprueban que la acción colectiva puede cambiar algo concreto y donde una idea política deja de ser discurso para convertirse en experiencia.
La ultraderecha ha logrado hablar sobre los miedos y frustraciones de la vida cotidiana, aunque lo haga ofreciendo culpables falsos y soluciones autoritarias. La izquierda no responderá solamente con mejores explicaciones. Necesita demostrar que organizarse sirve, que la comunidad puede recuperar control sobre su vida y que la política puede producir resultados visibles. La esperanza no se reconstruye mediante consignas optimistas. Se reconstruye cuando las personas participan en una experiencia colectiva que modifica materialmente su realidad.
¿Qué estrategia permitirá que en cuatro años exista más organización popular que hoy? No basta con preguntar cuántos votos podemos obtener, cuántos cargos podemos elegir o cuánta presencia tendremos en los medios. También hay que medir cuántas comunidades organizadas, cooperativas, sindicatos, comités, centros culturales y redes territoriales fueron fortalecidas con autonomía y capacidad de decisión.
Gobernar sigue siendo necesario. Renunciar al Estado significaría abandonar decisiones que afectan a millones de personas. Pero gobernar no basta. La transformación requiere una fuerza social capaz de empujar, sostener y defender los cambios, incluso cuando la izquierda pierde una elección. Esa fuerza no aparece espontáneamente ni se fabrica durante una campaña. Se construye desde antes, en el territorio, alrededor de necesidades reales y mediante experiencias concretas de poder colectivo.
El futuro de la izquierda dependerá menos de su capacidad para prometer un país distinto que de su capacidad para ayudar a construirlo desde ahora. La experiencia pobladora deja una enseñanza sencilla: cuando el pueblo organizado produce barrio, comunidad y decisión democrática, no está esperando que llegue el futuro. Está acumulando la fuerza necesaria para disputarlo.
*Aland Castro es coordinador político nacional de Ukamau.
**Esta columna expresa una opinión personal del autor y no representa una posición institucional del Movimiento de Pobladores Ukamau.