La irrupción de la inteligencia artificial (IA) en la experiencia religiosa nos obliga a preguntarnos si todo lo técnicamente posible es también éticamente aceptable.
Vivimos una época en que la IA avanza a una velocidad impresionante. Cada día aparecen nuevas herramientas capaces de acercarnos al conocimiento, acompañarnos en distintas tareas e incluso simular conversaciones con personajes históricos. La innovación es parte de nuestro tiempo y, bien utilizada, puede generar enormes beneficios para la sociedad.
Pero no todo lo que la tecnología permite hacer significa que deba hacerse.
La reciente iniciativa impulsada por Joaquín Lavín Infante de crear un chatbot que, mediante una suscripción mensual, permite “conversar” con santos de la Iglesia Católica abre un debate que va mucho más allá de la innovación tecnológica. Nos obliga a preguntarnos cuáles son los límites éticos cuando la tecnología entra en un espacio tan íntimo y profundo como la fe.
Porque la fe no es un producto. La espiritualidad no es un servicio premium. Y la religiosidad de las personas no debería convertirse en un modelo de negocios.
Quienes profesan una religión depositan en ella sus esperanzas, sus dolores, sus preguntas más profundas y la búsqueda de sentido para sus vidas. Ese vínculo merece un respeto absoluto. Utilizar esa necesidad espiritual como parte de una plataforma de pago puede ser legal, pero eso no significa que sea éticamente correcto.
Y entonces surge una inquietud que no deja de dar vueltas: si hoy normalizamos conversar con un santo a través de la IA, ¿hasta dónde estaremos dispuestos a llegar mañana?
¿Veremos hologramas de Dios ofreciendo respuestas personalizadas? ¿Podremos “hablar” cara a cara con la Virgen María mediante nuevas tecnologías? ¿Se transformará la experiencia religiosa en un catálogo de servicios digitales, donde mientras más se paga, mayor es la experiencia espiritual que se ofrece?
Quizás estas preguntas parezcan exageradas. Pero hace apenas unos años también parecía imposible mantener una conversación fluida con una IA que respondiera como una persona.
La tecnología avanza mucho más rápido que nuestra capacidad para discutir sus límites éticos.
Que esta iniciativa provenga de Lavín tampoco es un dato irrelevante. Se trata de una figura pública ampliamente conocida, cuya trayectoria ha estado marcada por convertir ideas llamativas en proyectos de alto impacto comunicacional. Sin embargo, precisamente por eso, resulta legítimo preguntarse si existen ámbitos que no deberían someterse a la lógica del emprendimiento. La fe no puede ser un producto más dentro del mercado. Hay valores y convicciones que merecen ser protegidos del afán de monetizarlo todo.
También me pregunto qué dice la Iglesia frente a este tipo de iniciativas. ¿Existe una reflexión institucional sobre el uso comercial de figuras tan relevantes para la fe católica? ¿Comparte que sus santos sean utilizados como parte de un servicio por suscripción? En un tema tan delicado, sería importante escuchar una voz clara que oriente a los fieles y que ayude a establecer criterios éticos frente a estos nuevos desafíos.
No se trata de rechazar la innovación. Tampoco de negar el potencial de la IA. Se trata de recordar que existen espacios que requieren prudencia, respeto y responsabilidad.
La tecnología debe estar al servicio de las personas, nunca de la explotación de sus creencias. Porque cuando la fe comienza a tener un precio, dejamos de hablar únicamente de innovación y empezamos a hablar de un mercado que encuentra oportunidades incluso en lo más sagrado.
Hay avances que merecen ser celebrados. Pero también hay límites que vale la pena defender. La fe, precisamente porque nace de la libertad, la confianza y la conciencia de cada persona, no debería convertirse en un negocio.
Porque si algún día dejamos de distinguir entre una experiencia espiritual auténtica y un producto diseñado para vender emociones, habremos perdido mucho más que una discusión tecnológica: habremos perdido el respeto por aquello que millones de personas consideran sagrado.
*Nayati Mahmoud Contreras es militante del Frente Amplio y concejala en la comuna de Las Condes (Región Metropolitana).