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Portal Socialista > Privado: Contenido > Política > Internacional > Patricio Rivas / Ganar la guerra y perder el mundo. Sobre la política, la paz y el riesgo nuclear (Parte I)
DestacadosInternacionalPolítica

Patricio Rivas / Ganar la guerra y perder el mundo. Sobre la política, la paz y el riesgo nuclear (Parte I)

9 octubre 2026
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30 Min de Lectura
Sin título (1920 x 1080 px) - 13
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Un drama arcaico: entre Ares e Hybris

En las mitologías clásicas, las guerras, la destrucción y las crisis profundas del orden moral anuncian el caos, el dolor y la caída de reinos y gobernantes. La Ilíada constituye, en este sentido, mucho más que el relato de una guerra antigua: es también una representación de las torpezas humanas, de las exuberancias del honor y de las consecuencias que desencadenan la venganza, la soberbia y el odio cuando terminan gobernando las decisiones de los hombres.

Contenidos
  • Un drama arcaico: entre Ares e Hybris
  • De la flecha al átomo
  • Armas materiales y morales
  • La esencialidad de la política

Ares, dios del ímpetu guerrero, encarna la violencia que irrumpe en la política terrenal. Su dominio es la fuerza, la sangre y el poder sobre la vida y la muerte. Pero después de la batalla permanece Hybris: la desmesura, la soberbia que conduce a desconocer los límites y a creer que la propia voluntad puede imponerse sin consecuencias. Entre Ares e Hybris se configura un drama antiguo que, bajo formas tecnológicas radicalmente nuevas, vuelve a interpelarnos.

La humanidad se encuentra hoy ante una paradoja inquietante. Nunca había acumulado una capacidad semejante para destruirse y, al mismo tiempo, pocas veces desde el final de la Segunda Guerra Mundial había parecido tan frecuente y normal hablar de guerras mayores, escaladas entre potencias e incluso del empleo de armas nucleares. El mayor peligro no reside únicamente en la existencia de esos arsenales. Radica también en algo cultural y políticamente más profundo: la progresiva naturalización de la posibilidad de utilizarlos. Estados, políticos, gobiernos, medios de comunicación social hablan con enorme trivialidad de esta eventualidad.

Cuando aquello que durante décadas constituyó un límite extremo comienza a incorporarse al lenguaje habitual de la estrategia, de la política y de la comunicación pública, se modifica también nuestra relación con el peligro. Lo excepcional empieza a parecer posible; lo posible, calculable; y lo calculable puede terminar siendo presentado como aceptable. Precisamente allí comienza el problema que motiva estas páginas.

Este ensayo busca contribuir a la reflexión y al debate sobre los riesgos que enfrenta la paz mundial cuando la guerra, y particularmente la guerra nuclear, comienza a ser pensada como una alternativa política disponible. Ello no implica desconocer los conflictos, las rivalidades entre Estados ni las profundas transformaciones que atraviesa el sistema internacional. Los conflictos forman parte de la historia y de las relaciones de poder. La cuestión es otra: qué ocurre cuando la violencia deja de estar sometida a la política, a la proporcionalidad, al cálculo de sus consecuencias y a la posibilidad de reconstruir un orden después del enfrentamiento.

Los teóricos clásicos de la guerra comprendieron, desde perspectivas diferentes, que la fuerza nunca existe en un vacío político. La guerra responde a intereses, objetivos, relaciones de poder y decisiones. Incluso en sus formas más extremas presupone alguna relación entre fines y medios. Pero cuando el odio desplaza a la política, cuando la destrucción del adversario sustituye a cualquier objetivo alcanzable y cuando el uso de la fuerza puede eliminar simultáneamente al derrotado, al vencedor y a las condiciones materiales de la vida colectiva, esa racionalidad se quiebra. La guerra deja entonces de ser un medio, incluso brutal, de la política y comienza a aproximarse a una lógica de autodestrucción.

Esta diferencia adquiere una dimensión inédita en la era nuclear. En las guerras del pasado, por devastadoras que fueran, la victoria presuponía que algo sobreviviera: un territorio que gobernar, una población sobre la cual ejercer autoridad, una economía que reconstruir, una negociación que cerrar o un nuevo equilibrio que establecer. Una guerra nuclear generalizada altera esa gramática. Si la destrucción alcanza al vencedor y al vencido, la propia noción de victoria pierde sentido. Para que exista un ganador debe existir también un derrotado capaz de sobrevivir a su derrota. Sin esa condición elemental, la estrategia comienza a disolverse en la destrucción.

Por ello, el problema de la paz no puede reducirse a una aspiración moral ni a la esperanza de que desaparezcan los conflictos. La paz es también una construcción política. Requiere mesura, reconocimiento de límites, confianza mínima entre adversarios, diplomacia, derecho internacional, instituciones multilaterales y capacidad para alcanzar acuerdos incluso entre actores cuyos intereses son profundamente divergentes. Negociar no supone eliminar el conflicto; significa impedir que el conflicto destruya las condiciones que permiten seguir viviendo y haciendo política.

Esta reflexión adquiere especial importancia en un momento de transformación del orden internacional. La prolongada centralidad occidental es cuestionada por otros centros de poder; cambian los equilibrios económicos, tecnológicos y militares; se reconfiguran alianzas y aparecen nuevas disputas por territorios, recursos, rutas, conocimientos y capacidades estratégicas. Nada de ello determina inevitablemente una guerra general. La historia permanece abierta. Pero precisamente por esa razón es preciso resistir la idea de que la confrontación armada constituye el desenlace natural de estas transformaciones.

Pensar nuestro tiempo exige, por tanto, apartarse tanto de la complacencia como del fatalismo trágico. Ni la paz está asegurada ni la guerra es inevitable. Entre ambas existe el territorio propiamente político de las decisiones humanas. Allí se juegan la prudencia, la responsabilidad, la negociación, la capacidad de reconocer al otro y la voluntad de contener la desmesura.

El propósito no es anunciar una catástrofe inevitable. Es exactamente el contrario: interrogar las condiciones que podrían hacerla posible para contribuir a evitarla. Frente a Ares y a Hybris, la política conserva todavía su tarea más antigua y, quizá, su responsabilidad más urgente: impedir que la fuerza pierda toda medida y que la humanidad convierta su capacidad de destrucción en su destino.

De la flecha al átomo

Las batallas, los desastres, las revoluciones sociales y científicas, pero también los grandes saltos culturales de la humanidad, han sido vórtices de transformación que fraguan la historia. Cambian las instituciones y los sistemas de poder, pero también las formas de pensar, temer y representar al adversario. La guerra pertenece a esta historia. No constituye una anomalía exterior a la política, sino una de sus posibilidades extremas. Precisamente por ello, el problema comienza cuando la violencia deja de reconocerse como un instrumento limitado por objetivos políticos y adquiere una lógica propia.

El siglo XX mostró hasta dónde puede conducir esa ruptura. El ciclo de guerras, totalitarismos y exterminios de las décadas de 1914 a 1945 hizo de la violencia extrema no solamente un recurso militar, sino un mecanismo de reorganización de sociedades enteras. La destrucción del adversario dejó de limitarse al campo de batalla y penetró en la población, la economía, la cultura y la vida cotidiana. Las fronteras entre combatientes y civiles se hicieron progresivamente más porosas. Hobsbawm observó que uno de los rasgos del tránsito hacia el siglo XXI sería, precisamente, la creciente dificultad para distinguir con nitidez entre guerra y paz, conflicto interno y guerra internacional, violencia estatal y violencia ejercida por actores no estatales (Hobsbawm, 2007).

Esta observación adquiere hoy una significación mayor. La preocupación no deriva solamente de la existencia de conflictos armados, que han acompañado largamente la historia humana, sino de la creciente aceptación de formas extremas de violencia como instrumentos posibles para resolver antagonismos políticos. Cuando la imposición sustituye al reconocimiento del contradictor, se debilitan también el derecho internacional, la negociación, la cooperación entre Estados y las instituciones creadas para administrar pacíficamente los desacuerdos.

No implica suponer que alguna vez existió una política internacional libre de intereses, hegemonías o relaciones desiguales de poder. Tal mundo nunca existió. La cuestión es diferente: incluso los órdenes construidos sobre relaciones asimétricas requieren reglas, mediaciones y límites. El poder necesita alguna previsibilidad para reproducirse. Allí donde toda regla es provisional, todo acuerdo puede ser desconocido y toda diferencia tiende a convertirse en enemistad absoluta, la violencia comienza a emanciparse de la política.

Las teorías clásicas de la guerra partieron, de distintas maneras, de una intuición semejante. Las armas no poseen por sí mismas una razón. Se utilizan dentro de relaciones de poder y en función de objetivos que pueden ser interpretados, calculados y discutidos. El choque armado, por brutal que sea, mantiene una relación entre medios y fines. Existe una estrategia porque existe algo que se pretende conseguir después de la batalla.

De allí surge una cuestión elemental y, sin embargo, decisiva: para que exista un vencedor debe sobrevivir el derrotado. La victoria solo tiene significado si permanece algo sobre lo cual ejercerla: un territorio, una población, una institución, una economía, un acuerdo, una nueva relación de fuerzas. Si todos son destruidos, el discurso estratégico se desfonda en la nada. Ya no queda voluntad que imponer ni orden que construir.

Ese límite, presente de una u otra forma en la guerra convencional, se vuelve radicalmente incierto con las armas nucleares. El tránsito de la flecha al átomo no expresa únicamente un aumento extraordinario en la capacidad técnica de destrucción. Señala una mutación cualitativa: por primera vez la humanidad dispone de instrumentos capaces de llevar la lógica de la victoria hasta un punto en que la propia victoria puede perder todo sentido.

Armas materiales y morales

Antoine-Henri de Jomini, uno de los grandes sistematizadores del pensamiento estratégico del siglo XIX, buscó identificar principios relativamente estables para comprender la conducción de la guerra a partir del estudio de las campañas europeas y, especialmente, de las guerras napoleónicas (Jomini, 1865). Su obra expresa con claridad una idea fundamental: la guerra puede ser estudiada en su especificidad militar, pero no puede comprenderse únicamente como choque de fuerzas. Supone objetivos, cálculo, conducción, selección de medios y una determinada relación entre aquello que se pretende alcanzar y los recursos que se está dispuesto a emplear. La estrategia comienza cuando la fuerza deja de ser impulso y pasa a ser decisión: para qué emplearla, en qué momento, sobre qué objetivo y con qué consecuencias previsibles.

Pero esta concepción estratégica de la guerra no fue una invención de la modernidad europea. Más de dos mil años antes, hacia el siglo V a. C., El arte de la guerra, atribuido a Sun Tzu, ya formulaba con notable claridad algunos de sus principios fundamentales. La tradición sitúa a Sun Tzu en el Estado de Wu, en la fase final del período de primaveras y otoños, cuando la autoridad de la dinastía Zhou se había debilitado y distintos Estados disputaban territorios, rutas, recursos y posiciones de poder. Wu mantenía particularmente una prolongada confrontación con el poderoso Estado de Chu y desarrollaba, al mismo tiempo, una creciente rivalidad con Yue. Era, por tanto, un mundo de competencia política intensa, alianzas inestables y guerras frecuentes, en el que la supervivencia de los Estados dependía tanto de su capacidad militar y más aún de la inteligencia con que fueran capaces de utilizarla.

Es precisamente en ese contexto de guerra recurrente donde adquiere toda su relevancia El arte de la guerra. Sun Tzu no concibe la guerra como exaltación de la violencia ni identifica superioridad estratégica con mayor capacidad de destrucción. Por el contrario, la entiende como una actividad sometida al cálculo, la información, la anticipación, el conocimiento del adversario, la administración de los recursos y la elección cuidadosa del momento y las condiciones del enfrentamiento. Combatir es solo una de las posibilidades de la estrategia; incluso puede ser la menos conveniente cuando los objetivos pueden alcanzarse por otros medios. La fuerza, en consecuencia, no constituye un fin en sí misma: adquiere sentido en función de aquello que se pretende conseguir y de los costos que su empleo impone.

La importancia histórica de esta idea es considerable. Ya en el siglo V a. C. aparece una concepción según la cual la guerra requiere inteligencia, finalidad y proporción. Destruir al adversario no equivale necesariamente a vencer, del mismo modo que disponer de una fuerza superior no garantiza por sí solo un efecto estratégico favorable. La victoria es, en última instancia, alcanzar el propósito perseguido, preservando, en la medida de lo posible, las propias capacidades y evitando una destrucción que haga inútil el resultado obtenido (Sun Tzu, 2023). Desde esta perspectiva, la estrategia comienza allí donde la violencia deja de ser un impulso autónomo o enajenado y queda sometida al juicio sobre los fines, los medios, los costos y las consecuencias. Allí reside buena parte de su vigencia. Más de dos milenios después, El arte de la guerra continúa recordando que capacidad de destrucción y capacidad estratégica no son equivalentes. Una potencia puede disponer de una fuerza militar extraordinaria y, sin embargo, fracasar políticamente si el empleo de esa fuerza destruye aquello que pretendía obtener, multiplica adversarios o desencadena consecuencias imposibles de controlar. La estrategia se urde, precisamente, cuando la fuerza deja de ser mero impulso y queda subordinada al cálculo de fines, medios, costos y consecuencias.

Esta advertencia adquiere una dimensión radical en la era nuclear. Si para Sun Tzu la inteligencia estratégica consistía en evitar que la guerra consumiera inútilmente los recursos y capacidades de los Estados, una confrontación capaz de destruir simultáneamente al adversario, al vencedor y las condiciones materiales de la vida constituye la negación extrema de esa racionalidad.

Del arco y la flecha al átomo cambian los medios; permanece, sin embargo, una pregunta elemental: ¿para qué emplear la fuerza si su utilización destruye el propio objetivo de la victoria? Esta pulsión de muerte explica la caída de grandes imperios y poderes.

Esta interrogante, presente ya en las antiguas reflexiones estratégicas, reaparece con una nueva densidad en la Europa de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, cuando la Revolución francesa y las guerras napoleónicas transformaron la escala de los ejércitos, la movilización de las sociedades y la relación entre Estado, pueblo y guerra. En ese nuevo escenario histórico, cuando la estrategia dejó de referirse únicamente a la conducción de campañas y comenzó a exigir una comprensión más profunda de las fuerzas políticas y sociales que hacían posible el conflicto, se hace fundamental la gran lógica de la política de Estado.

Será Carl von Clausewitz quien formule con mayor profundidad esta relación entre guerra y política. A partir de su experiencia en las guerras napoleónicas, concibe el fenómeno bélico como una realidad humana y política atravesada por la tensión entre pasión, azar y razón. Estas dimensiones encuentran su expresión, respectivamente, en el pueblo, las fuerzas armadas y su conducción, y el gobierno. Ninguna puede comprenderse de manera aislada, porque la guerra no constituye una esfera autónoma de la vida social: posee una gramática propia, pero su orientación última permanece vinculada a la política y a los fines que esta establece (Clausewitz, 2005).

La continuidad con las tradiciones estratégicas anteriores es evidente, pero también lo es el salto conceptual. Si Sun Tzu había mostrado que la fuerza debía administrarse con inteligencia y subordinarse al fin estratégico perseguido, Clausewitz sitúa esa relación en el corazón mismo de la política moderna: la guerra no adquiere sentido por la intensidad de la violencia que despliega, sino por su relación con un propósito político capaz de justificar, limitar y orientar el empleo de la fuerza.

Esta relación entre fuerza y finalidad es decisiva. La voluntad de combatir pone en movimiento recursos materiales y morales de muy distinta naturaleza: retaguardia social, armas, ejércitos, tecnologías, capacidades económicas, información, cohesión social, voluntad colectiva y conducción política. La estrategia conlleva articular esos recursos con un propósito políticamente imaginable. La fuerza adquiere sentido solo en la medida en que puede conducir a un objetivo que sobreviva al propio acto de combatir, de otra forma es un logro asentado en un pantano.

Pero esa relación entre medios y fines nunca es completamente controlable. La historia moderna de la guerra está atravesada por errores de cálculo, previsiones fallidas y conflictos que escaparon rápidamente a las expectativas de quienes los iniciaron. Gobiernos y estrategas han imaginado, una y otra vez, guerras breves, decisivas y manejables que terminaron adquiriendo una duración, una intensidad y unas consecuencias imprevistas. Freedman (2019) ha insistido precisamente en esta persistencia de la incertidumbre: la innovación tecnológica transforma los medios disponibles, pero no elimina el azar, la fricción ni la posibilidad de que la guerra produzca efectos políticos distintos, e incluso opuestos, a los inicialmente perseguidos.

Debería desprenderse de ello una razón adicional para la prudencia. Sin embargo, ocurre con frecuencia lo contrario. Cada nueva ventaja tecnológica alimenta la ilusión de que esta vez será posible controlar la escalada, acelerar la victoria o imponer una decisión definitiva sobre el adversario. Así, la superioridad técnica puede producir no solo mayor capacidad material, sino también una peligrosa sobreestimación de la capacidad política para gobernar las consecuencias de su uso.

Esta dificultad se vuelve todavía más visible cuando se observa la guerra más allá del campo de batalla. Los conflictos armados no son únicamente choques entre fuerzas militares; son también momentos de reorganización del poder. En torno a ellos se disputan territorios, sistemas productivos, recursos estratégicos, tecnologías, rutas comerciales, instituciones, normas y derechos. Cambian las jerarquías, emergen nuevos actores y se alteran las capacidades relativas de quienes hasta entonces ocupaban posiciones dominantes.

Por eso, reducir el presente a una sucesión de enfrentamientos militares impide comprender su dimensión histórica. Lo que está en juego no es solamente quién posee mayor capacidad de destrucción, sino qué configuración del poder internacional puede surgir de estas transformaciones. La cuestión decisiva es qué tipo de orden será capaz de organizar la convivencia entre actores que compiten intensamente sin convertir cada disputa en una lógica de eliminación del adversario.

Reaparece la pregunta política que atraviesa toda reflexión estratégica: cómo contener la fuerza dentro de límites que permitan preservar un mundo posterior al conflicto, como ganar la paz. En esa tensión se juega también el futuro del derecho internacional, de la cooperación y del multilateralismo, no como fórmulas abstractas, sino como mecanismos para impedir que la competencia entre potencias termine destruyendo las condiciones mismas de cualquier orden posible.

La esencialidad de la política

Nunca todo es guerra. Incluso en los períodos de mayor rivalidad existen mediaciones, hegemonías negociadas, intercambios económicos, pactos, instituciones, equilibrios y formas de poder que no requieren el empleo de la fuerza. La historia internacional combina competencia y cooperación, coerción y consentimiento, amenaza y negociación.

Por ello, uno de los recursos menos visibles, pero más importantes de los períodos prolongados de paz o de tregua entre grandes poderes es la confianza; no desde una visión ingenua de amistad o coincidencia ideológica. La confianza entre adversarios significa algo mucho más elemental: reconocer que existen determinadas reglas, ciertos límites y algún grado de previsibilidad en el comportamiento del otro. Significa saber que, aun dentro de diferencias radicales, subsiste un espacio en el cual las hostilidades pueden ser negociadas y los intereses contrapuestos pueden encontrar arreglos parciales.

Esta confianza hizo posibles distintos momentos históricos de integración, comercio, cooperación y competencia relativamente regulada. Nunca eliminó las relaciones de fuerza ni las desigualdades. Tampoco impidió guerras devastadoras. Pero permitió construir espacios dentro de los cuales la política podía contener temporalmente la violencia y restablecer alguna relación entre cálculo, proporción y finalidad. Como ha señalado Zemelman, los órdenes históricos no son configuraciones definitivas, sino construcciones abiertas a la acción, la contingencia y la transformación (Zemelman, 2007).

Clausewitz comprendió esta relación mediante su conocida trinidad. La guerra está sometida simultáneamente a las pasiones y enemistades que pueden impulsarla hacia los extremos; al azar y a la incertidumbre propios de la acción militar; y a la razón política que debería establecer sus finalidades (Clausewitz, 2005). El problema aparece cuando una de esas dimensiones absorbe a las otras. Si la pasión y el odio desplazan completamente a la razón política, la guerra puede adquirir una dinámica que ya no guarda proporción con aquello que originalmente pretendía alcanzar.

La experiencia de la guerra total radicalizó este problema. Las campañas napoleónicas anticiparon la movilización masiva de sociedades y recursos, pero fueron las guerras mundiales del siglo XX las que ampliaron extraordinariamente la escala. Después de la Primera Guerra Mundial, Erich Ludendorff formuló explícitamente la idea de la guerra total: ya no sería únicamente el ejército el que combatiría, sino la nación entera, movilizada material, económica y moralmente para la victoria (Ludendorff, 1935).

El giro fue profundo. Cuando toda la sociedad se convierte potencialmente en parte del esfuerzo bélico, también comienza a erosionarse la frontera que separaba el frente de la retaguardia y al combatiente del civil. La política corre entonces el riesgo de quedar subordinada a la guerra, invirtiendo la formulación clausewitziana. Ya no sería la guerra un instrumento de la política, sino la sociedad y la política instrumentos de una guerra llevada hasta sus últimas consecuencias.

Sin embargo, aun la guerra total de comienzos del siglo XX encontraba límites materiales. La capacidad científica y tecnológica para una destrucción prácticamente instantánea y de escala civilizatoria todavía no existía. Ese umbral se modifica radicalmente en 1945 con la aparición y utilización de las armas nucleares. Desde entonces, la humanidad entra en una situación históricamente distinta.

Raymond Aron examinó extensamente las consecuencias de esta transformación para el pensamiento estratégico, mientras André Glucksmann volvió sobre Clausewitz y Hegel para interrogar el estatuto de la guerra en la edad contemporánea (Aron, 1976; Glucksmann, 1969). El problema puede formularse de manera relativamente sencilla: los conceptos clásicos de conflicto, estrategia, victoria y derrota siguen siendo operativos mientras exista alguna relación inteligible entre fines y medios. Se vuelven radicalmente insuficientes cuando los medios disponibles permiten destruir aquello mismo que constituye el objeto de la disputa.

Una guerra nuclear y bacteriológica generalizada no sería solamente una guerra convencional con armas más poderosas. Introduciría una ruptura cualitativa en la racionalidad estratégica. La escalada podría saturar el cálculo, acortar los tiempos de decisión y hacer irreversible una secuencia de acciones antes de que la política pudiera recuperar su capacidad de mediación. En ese punto, la cuestión deja de ser quién vence. La interrogante pasa a ser qué queda después de una supuesta victoria.

De igual forma, Hobsbawm advirtió que el comienzo del siglo XXI estaba marcado por una creciente dificultad para establecer un orden mundial capaz de regular la violencia y por el debilitamiento de las fronteras tradicionales entre guerra y paz (Hobsbawm, 2007). Esta incertidumbre se vuelve mucho más grave cuando las grandes potencias poseen arsenales capaces de producir una destrucción que ya no puede ser comprendida con las categorías del duelo clásico entre Estados; es más, varios países de desarrollo medio pueden producir armas de destrucción masiva.

Recapitulemos. El concepto estratégico de guerra presupone actores capaces de perseguir objetivos, calcular medios, asumir costos, detenerse, negociar y eventualmente reconstruir un orden. Puede haber odio, pasión y violencia extrema, pero mientras sobreviva la política persiste alguna posibilidad de límite. El arma nuclear amenaza con modificar esta relación porque introduce la posibilidad de que el medio destruya simultáneamente el fin, al adversario y a quien lo emplea.

Allí aparece la cuestión central de estas páginas. La voluntad efectiva de utilizar armas nucleares no representa simplemente un grado superior dentro de una escala ordinaria de violencia. Señala un umbral en el cual la razón política puede ser sustituida por la desmesura. Naturalizar esa posibilidad equivale a habituarnos a pensar como estrategia aquello que podría conducir a la desaparición de las condiciones mismas que hacen posible la política.

La cuestión nuclear es, por ello, finalmente política. No basta con administrar arsenales o perfeccionar doctrinas de disuasión. Es necesario preservar espacios de reconocimiento, comunicación, negociación y confianza mínima entre poderes que compiten. El multilateralismo puede ser frágil e insuficiente, pero su debilitamiento no elimina la necesidad que le dio origen. En un mundo en el que ninguna victoria nuclear puede garantizar un orden posterior, recuperar la política significa recuperar, antes que nada, la mesura.

*Patricio Rivas H. es PhD en Filosofía de la Historia.

A partir del viernes 16 de octubre 2026 estará accesible en www.portalsocialista.cl la Parte II de este ensayo.

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