Si todavía no ha leído a David Uclés, hágase un favor: no empiece por preguntarse si lo que cuenta es posible. Pregúntese por qué necesita contarlo así.
Porque en La península de las casas vacías (1) hay muertos que parecen no haberse ido, sombras que adquieren cuerpo, personajes atravesados literalmente por la guerra, paisajes que cargan con la memoria y casas que, aunque han quedado vacías, continúan habitadas por aquello que ocurrió dentro de ellas.
Y, sin embargo, nada de eso parece fuera de lugar.
Esa es una de las primeras sorpresas que produce Uclés: lo imposible termina pareciendo natural y la realidad histórica, en cambio, adquiere algo de pesadilla.
Publicada en 2024, la novela nos devuelve a la guerra civil española desde un territorio narrativo poco habitual. No es solamente la España de las fechas, los frentes, los generales y las batallas. Es también la de las familias, los pueblos, los campos de olivos, las cocinas, los dormitorios y las casas que, de pronto, quedan sin quienes las habitaban.
Uclés construye una Iberia imaginaria para contar una historia perfectamente real.
Y ahí aparece el realismo mágico.
No como adorno ni como extravagancia; tampoco como una manera de hacer más amable el horror. Al contrario: Uclés utiliza la imaginación para acercarse a aquello que el relato histórico, por sí solo, no siempre consigue expresar.
Una guerra, después de todo, es una alteración radical de la realidad. El vecino puede convertirse en enemigo. Una casa puede transformarse en refugio o en prisión. Un paisaje conocido puede quedar irreconocible. Una familia puede desaparecer en cuestión de días. Los muertos empiezan a formar parte de la vida cotidiana.
Entonces, ¿habría que contar todo eso solamente desde el realismo? Uclés parece responder que no; que hay experiencias históricas tan desmesuradas que necesitan una forma igualmente desmesurada para ser narradas.
Por eso, en sus páginas, lo fantástico convive con lo cotidiano sin pedir explicaciones. Lo extraordinario ocurre y los personajes lo aceptan como parte de su mundo. La frontera entre vivos y muertos, entre memoria y presente, entre realidad y sueño, se vuelve deliberadamente frágil.
Y ahí está, quizá, la gran virtud de su propuesta: Uclés no utiliza la fantasía para escapar de la Historia, sino para entrar más profundamente en ella.
El miedo puede convertirse en paisaje. El trauma puede convertirse en cuerpo. La ausencia puede convertirse en presencia. La memoria puede convertirse en fantasma.
Y eso importa especialmente cuando se escribe sobre la Guerra Civil. Porque una guerra puede reducirse fácilmente a cifras, fechas y nombres. Puede convertirse en un capítulo de un libro de historia. Pero detrás de cada cifra hubo una persona; detrás de cada exilio, una casa; detrás de cada muerte, una familia.
La imaginación de Uclés devuelve esas vidas al centro.
La historia de la familia de olivareros de Jándula se convierte así en una puerta de entrada a una historia mucho mayor. Los personajes históricos reconocibles aparecen, pero la novela se interesa especialmente por quienes no suelen ocupar las páginas de los manuales: los campesinos, los niños, las mujeres, los soldados anónimos, quienes simplemente intentaban sobrevivir mientras el país se desmoronaba.
Es una operación profundamente literaria: hacer visible lo invisible.
Y quizás por eso el título de la novela sea tan significativo: La península de las casas vacías.
Las casas están vacías porque la guerra ha expulsado, separado o matado a sus habitantes. Pero también están llenas. Llenas de recuerdos, de objetos, de silencios. Llenas de quienes ya no están.
La ausencia, en Uclés, no significa desaparición. Significa otra forma de presencia.
Ahí el realismo mágico encuentra una de sus mayores posibilidades: hacer que podamos ver aquello que no podemos tocar.
Una casa puede recordar. Un paisaje puede guardar una herida. Un objeto puede sobrevivir a varias generaciones. Un muerto puede continuar formando parte de una familia.
No porque la novela quiera convencernos de que los fantasmas existen, sino porque sabe que hay muertos que nunca dejan de existir del todo en la memoria de los vivos.
En ese sentido, Uclés dialoga inevitablemente con una tradición que tiene en Gabriel García Márquez y Juan Rulfo algunos de sus grandes nombres. Pero no se trata de copiar una fórmula. El autor toma esa libertad de la imaginación y la coloca frente a una historia española concreta: la Guerra Civil y sus consecuencias, pero también la memoria familiar que se transmite de generación en generación.
Y aquí está lo más interesante: lo mágico no disminuye el horror; lo hace más visible.
Una imagen fantástica puede decir más sobre un trauma que una descripción realista de cientos de páginas. Una casa vacía puede explicar un exilio. Una sombra puede contar una muerte. Un objeto puede contener una vida entera.
Quizá por eso, para leer a Uclés, convenga abandonar una pregunta demasiado racional: “¿Esto ocurrió realmente?”. La pregunta debería ser otra: ¿Qué verdad intenta contar mediante aquello que nunca pudo suceder?
Porque la literatura no siempre está para reproducir la realidad. A veces está para mostrarnos lo que la realidad dejó oculto.
Y ese parece ser uno de los grandes gestos de La península de las casas vacías: tomar una de las heridas más profundas de la historia española y entrar en ella por la puerta de la imaginación.
La Historia nos dice que una guerra ocurrió.
Uclés se pregunta qué hizo esa guerra con las personas.
Y para responder, deja que los muertos hablen, que las casas recuerden, que los paisajes guarden secretos y que lo imposible se vuelva cotidiano.
Quizás esa sea la paradoja de su literatura: cuanto más se aleja del realismo, más cerca parece estar de ciertas verdades de la realidad.
Por eso, si todavía no ha leído a David Uclés, empiece por La península de las casas vacías.
Pero no busque solamente la Historia que conoce. Busque lo que quedó de ella cuando todos se fueron. Busque las casas. Y escuche.
Porque, en Uclés, una casa vacía nunca está realmente vacía.
Nota
(1) David Uclés, La península de las casas vacías (Siruela Nuevos tiempos, 2024).
*Ro Carrasco es profesora de Castellano, PUC; politóloga, PUC; magíster en Gestión y Desarrollo Regional y Local, Universidad de Chile.
