Lo sucedido a partir del 18 de Octubre de 2019 sigue huérfano de una interpretación o, más bien, persiste hasta hoy una disputa por su significado.
Esto se observa ya en las distintas formas de denominar lo ocurrido: aquí hemos optado por llamarlo “la revuelta de octubre de 2019”, y no “el estallido del 18-O”, para poner el énfasis en que se trató de una coyuntura histórica que incluye lo que sucedió aquel 18 de octubre, pero se extiende en el tiempo. Incluso mucha de su riqueza sucede después de ese sorpresivo comienzo.
Así, para referirse a esa coyuntura histórica hay que considerar ese momento de protesta espontánea que sorprende a todos por la inusitada fuerza con que emerge aquella tarde del 18-O, pero también lo que fue esa marcha de más de un millón de personas en Santiago, el 25 de octubre, y de varios millones si le sumamos las marchas en regiones. Se debe considerar también los acuerdos políticos que se adoptaron el 15 de noviembre de ese mismo año que buscaron darle una salida constitucional a la revuelta. Y aunque el final de esa coyuntura es difícil de determinar, se podría proponer como cierre los dos procesos constitucionales fallidos y reconocer como cierre definitivo el segundo plebiscito de diciembre de 2023 que rechaza la propuesta constitucional republicana.
Entre estos dos puntos, de arranque y cierre, se suceden muchos hechos y fenómenos: asambleas y cabildos barriales, grupos de autoformación sobre el tema constitucional, emergencia de un sinnúmero de agendas y reivindicaciones, debates sobre nuestra historia, expresiones culturales masivas y locales. Podríamos decir que existió a lo largo de la revuelta social una línea de reagrupación comunitaria pocas veces vistas en nuestra historia.
Un hecho exógeno a la revuelta social cambió el curso de esta: la pandemia. La reclusión masiva que se produce a mediados de marzo de 2020, a solo cinco meses de las grandes manifestaciones y de esta corriente comunitarista, impacta profundamente el estado de ánimo social y la situación económica de las familias, aumentando la precariedad y la destrucción de puestos de trabajo. Cómo habría seguido la revuelta social de no producirse la pandemia es una pregunta que quedará para siempre flotando en el aire.
También fueron parte de la revuelta expresiones de una violencia anómica y con componentes delictuales. Ello fue reduciendo la masividad de esta y generando en sectores de la sociedad una distancia respecto de la revuelta. Se sucedieron saqueos, destrucción de edificios, de fuentes de trabajo, etc. A muchos de estos actos no era posible atribuirle una finalidad política o algún tipo de objetivo que trascendiera la destrucción misma.
Es difícil realizar una anatomía de esa violencia: posiblemente allí estaban presentes disputas territoriales del narco, expresiones de sectores lumpenizados de la sociedad y también sectores que reivindicaban la violencia como forma de acción política. No faltaron acciones de “falsa bandera” para desprestigiar las movilizaciones e irlas haciendo menos masivas. A esa violencia social anómica se debe sumar la violencia policial que se tradujo en trauma ocular de más de 400 personas y otras violaciones a los derechos humanos que también son parte de la memoria de la revuelta.
Sin duda, una de las características principales de esta revuelta fue la falta de conducción política, tanto en la calle como en el proceso constitucional. O más bien la ausencia de un actor político legitimado y con la fuerza suficiente como para determinar qué tipo de protesta y de expresión social se requería a cada momento, poniendo límites a aquellas que resultaban contraproducentes. También faltó una conducción política que aclarara la agenda, que fijará prioridades y que pudiera ir logrando conquistas parciales en medio del vendaval social. El espontaneísmo fue lo predominante de principio a fin. La revuelta constituyó desde un comienzo un brioso caballo sin jinete.
¿Cuál fueron sus causas? Posiblemente convergió una crisis económica profunda en los presupuestos familiares, una mezcla de endeudamiento y bajos salarios. Una crisis en la microeconomía familiar que generó un hartazgo social por muchos años contenido. Tampoco se puede disminuir la influencia que tuvo la indolencia de las élites, y la percepción de abuso y desprecio cotidiano por parte de estas. El 18-O estuvo precedido de desafortunadas declaraciones de ministros de la administración Piñera y de dirigentes políticos sobre la condición social de las personas. En ese sentido se puede afirmar que la revuelta de 2019 tuvo un fuerte componente antioligárquico. No es un hecho menor que la palabra “dignidad” ocupara un lugar central en el lenguaje de la revuelta.
Se configura, así, la confluencia de tres factores que estuvieron en la base de la revuelta de octubre de 2019: crisis económica familiar (no macroeconómica), pulsión antioligárquica y ausencia de una fuerza política capaz de darle conducción a lo que sucedía.
¿Qué se puede concluir a siete de años de la revuelta? Lo primero es que fue una coyuntura histórica, con componentes inéditos de masividad, participación y reflexión masiva crítica en nuestra historia, y que se cerró en falso luego del fracaso de los dos ensayos constitucionales.
Lo segundo es que sus grandes causas siguen vigentes y que lo que se había logrado reconstituir como pacto social durante el gobierno del presidente Boric se ha roto de manera acelerada bajo la administración Kast. Las condiciones previas a la revuelta son más parecidas a las actuales que las que existían al finalizar el gobierno anterior.
Esta intensa coyuntura histórica dejó un saldo muy escaso de logros desde el punto de vista de las reivindicaciones sociales y económicas que la originaron. En ese sentido se puede recuperar más que por sus logros, por los procesos participativos autogestionados, comunitarios y de movilización masiva que allí tuvieron lugar. Eso hoy se intenta opacar o invisibilizar poniendo por delante solo el factor violencia.
El componente espontáneo, su desconfianza de las élites, su impulso antioligárquico y la falta de una conducción política se tradujo en que muchas de las emociones que allí se concentraron evolucionaron en una dirección ideológica difusa que podía ser captada tanto por la izquierda como por la ultraderecha. La revuelta comenzó con un horizonte de izquierda, pero fue una ideología de ultraderecha la que terminó apoderándose del malestar que allí se expresó.
¿Es posible una nueva revuelta? Eso siempre es difícil saberlo, el gobierno de Kast se empeña en crear las condiciones, pero el fracaso del primer plebiscito constitucional dejó una huella profunda de derrota en los actores sociales y políticos movilizados que no parece simple de revertir. La sensación de que todo ese gran esfuerzo y despliegue de energías sirvió de poco o nada es predominante. Quizás ese sentimiento de impotencia se cure con el tiempo, pero hay allí una frustración que tiene que ser procesada, pues se puso en entredicho la utilidad misma de la organización y de la movilización social.
Algo que distingue este séptimo aniversario de la revuelta social es que se está hablando más de ella y se reivindican sus causas y sus formas más masivas, pacíficas y comunitarias de expresión. Queda pendiente la construcción de un liderazgo político frente al descontento actual que se traduzca en menos espontaneísmo y más conducción política, y que, sin ahogar la autonomía de lo social, sea capaz de generar horizontes políticos y marcos de actuación que conduzcan a victorias y no a repetir el ciclo de la derrota.
*Ernesto Águila, analista político.
