La novedad de las encuestas de la última semana es que la aprobación del presidente José Antonio Kast cayó a 30% en Cadem, la principal medición en términos de generación de opinión pública, mientras en Criteria registra 28% y en Black & White 27%. Este porcentaje tiene una coincidencia simbólica al compararla con la administración anterior, donde el 30% se convirtió en la referencia permanente para expresar la sólida base de apoyo del gobierno del expresidente Gabriel Boric.
El actual gobierno llega a este resultado sin una crisis política mediante, a diferencia de lo que ocurrió en el mandato anterior, donde el desenlace del primer proceso constituyente gatilló una transformación radical de la correlación de fuerzas. La disminución en el apoyo de esta administración, en cambio, se genera en medio de un profundo deterioro de la economía, particularmente con un agravamiento del desempleo, el que registra una destrucción neta de 81.000 empleos. Estos datos configuran el inicio de este gobierno como el peor desde la recuperación de la democracia en términos de actividad económica y una gestión del empleo solo comparable a situaciones de crisis económica como la de 1997, 2009 y 2020. La economía fue, junto a la seguridad, una de las grandes promesas de campaña de Republicanos.
A la crisis económica, se suma un déficit de conducción política que ha redundado en un desorden en la gestión. La apuesta original del gabinete de Kast fue renovar la derecha y, tal como el primer gabinete del expresidente Piñera, prescindir de los partidos políticos. Con un gabinete reclutado de los diferentes mundos sociales que componen la derecha, el equipo gubernamental se nutrió de las fundaciones, los rostros mediáticos del ecosistema de redes sociales, los gremios empresariales y los distintos partidos del sector. Pero este variopinto elenco adolece de experiencia política, vasos comunicantes con los parlamentarios y liderazgo político capaz de conducirlos en unidad. El resultado ha sido un gobierno con contradicciones permanentes, sin respaldo parlamentario y con la presión constante de los partidos por una redistribución del gabinete, sumado a una imagen de improvisación en seguridad, el otro tema central de la campaña.
Así, crisis económica, desorden político e improvisación en seguridad han terminado por horadar el apoyo a Kast en las encuestas. El punto de fondo, sin embargo, es que desde septiembre de 2022 se ha ido instalando como diagnóstico político y académico que la derecha hoy representa a la mayoría de la sociedad chilena. Esta interpretación, cuyo principal exponente intelectual fue David Altman, parte de constatar que la izquierda ha obtenido en todas las elecciones subsecuentes entre el 38% y el 42% de los votos, inaugurando un supuesto clivaje entre la restauración y la refundación. Los resultados de las encuestas parecen contradecir esta suposición, mostrando que el apoyo de la derecha no tendría la estabilidad que una lectura como la de Altman y los intelectuales de Chile Vamos presuponen.
Una interpretación alternativa es leer a la sociedad chilena como dividida políticamente en tres grandes grupos. Uno de estos grupos es el simbólico 30% de respaldo al presidente Boric, identificado con una agenda redistributiva y de mayores libertades culturales. Otro de estos grupos es en torno al 30% de una derecha dura, de matriz neoliberal, predominantemente conservadora y hoy hegemonizada por un liderazgo restaurador como el de José Antonio Kast. Entre medio existe aproximadamente un 40% de la ciudadanía que vota pragmáticamente, sin alineamientos partidarios estables, en función de las coyunturas.
Por supuesto, estos grandes números ilustran una realidad porque lo más probable es que el voto de ambos sectores sea mayor al 30%. Sin embargo, el asunto de fondo es entender que hoy en la sociedad chilena persisten tendencias contradictorias. De una parte, un volumen muy importante posee una fuerte identificación con su sector político, lo que se ve agudizado por la hegemonía de la ultraderecha y su estrategia de polarización en la derecha. De otra parte, un segmento no menor -y a la postre decisivo- vota con libertad, sin ataduras partidarias, en función de las urgencias, necesidades y problemáticas de la coyuntura y del debate público. Por esta coexistencia de tendencias contradictorias, es engañoso afirmar que no hay un giro ideológico, pues las bases de apoyo de cada sector están articuladas en posiciones cada vez más duras. Pero es igualmente engañoso creer que la izquierda está condenada a la posición de minoría en un nuevo clivaje, como suponen los intelectuales de la derecha.
Finalmente, esta distribución teórica de las preferencias supone, en primer lugar, que una tarea prioritaria para las izquierdas es entender a ese votante libre, disponible a votar por alguno de los sectores. En segundo lugar, representa un serio retroceso para las fuerzas democráticas respecto de sus resultados en los últimos 36 años, pues en cualquier caso el peso electoral de la izquierda y la centroizquierda pasó de 56% a 30%. Por último, representa una advertencia para la derecha: no pueden gobernar como si una gran mayoría compartiera el credo gremialista-neoliberal. Por mucho que haya ganado la última elección, el peso de sus posiciones ideológicas es similar al de la izquierda.
*Gabriel Rojas Roa es director de la Fundación Avión Rojo.
