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Portal Socialista > Contenido > Cultura > Literatura > Cuentos e Historias para el Verano / Soledad Sanhueza / Segundo
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Cuentos e Historias para el Verano / Soledad Sanhueza / Segundo

23 enero 2026
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37 Min de Lectura
Man wearing hat with suitcase walking away through wheat field. Backview of male in white shirt carring old suitcase over blue sky outdoors background
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Se lavó la cara, el cuello, y se mojó el pelo con el agua que había juntado en la palangana. Se paró frente al espejo descascarado y oxidado que estaba al lado de la puerta de entrada, se partió en el lado izquierdo el poco pelo que le quedaba en la mollera y lo acomodó con la peineta café. “Desde la izquierda se peinan los hombres”, le habían enseñado de niño y él replicaba lo mismo cada día. Repasó el peinado con sus manos, de tal forma que ninguna hebra saliera de su lugar. El pelo negro y escaso había quedado compacto. Se acomodó el bigote y ajustó el cuello de la camisa. Guardó la peineta café en el bolsillo de la camisa junto a un pequeño pañuelo porque no fuera a despeinarse en el camino o que la gente lo fuera a ver con los zapatos sucios y quedara frente a todos como huaso o perejiliento; se puso la chaqueta, el sombrero y agarró el bolso negro que había dejado armado la noche anterior. Estaba listo para iniciar el viaje al pueblo.

El viaje fue lento, silencioso y polvoroso. Don José iba conduciendo la carreta con una vara que tenía un pincho metálico en la punta. Cada cierto rato picaneaba a los bueyes con el pincho para recordarles seguir el camino. Él iba sentado a su lado en silencio. De tanto en tanto, le ofrecía vino a desde una chuica que le llevó para agradecerle la empujadita al pueblo y don José extendía la mano, la aceptaba en silencio y se la devolvía.

“Ya llegamos”, le dijo don José y detuvo la carreta. Tomó la vara, sacó el pincho de la punta y se bajó a esconderlo bajo una piedra al lado de un gran álamo. “Usted ya sabe que no se puede entrar con esto al pueblo. A la vuelta lo recojo”, le dijo. Subió de nuevo a la carreta y volvieron a avanzar. Los árboles se disiparon y comenzaron a verse las casas cada vez más juntas. La calle por la que iban estaba pavimentada y al fondo, a lo lejos, se podía ver un grupo de gente caminando medio acelerada. Ahí mismito quedaba la estación.

Don José lo dejó a una cuadra de la estación. “Vuelvo el jueves”, le dijo mientras se bajaba. “Ya”, fue la respuesta de don José, quien siguió la marcha rumbo a la plaza de Hualqui. Ahí, frente a la iglesia, iba a vender los digüeñes que había recogido la tarde anterior. Los domingos, a la salida de la misa, era el mejor momento para venderlos.

Al llegar a la estación se sacudió la ropa con energía. Se palmoteó las piernas y los brazos. Repasó con ambas manos la parte delantera de la chaqueta y las mangas. Estaba cubierto de polvo. Sacó el pañuelo del bolsillo de la camisa mientras se agachaba y se limpió los zapatos. Avanzó hasta la puerta de la estación, se sacó el sombrero, lo guardó en el bolso, frente al vidrio repasó su pelo con la peineta café, siempre desde la izquierda, y entró. “Un pasaje a Concepción”.

No le quedó otra que irse de pie, aunque tuvo la suerte de alcanzar a ubicarse dentro del carro. Era domingo y el tren venía lleno desde San Rosendo. El viaje solo duraba una hora, así que se hizo espacio en el tumulto, en medio de sacos de manzanas, canastos con huevos y tinetas llenas de queso fresco. Culebreando buscó un espacio disponible y se afirmó de la parrilla que está sobre los asientos, esa donde se ponen los bolsos.

Cuando sintió el tirón de los carros, ese que avisa que el tren inicia la marcha, se le humedecieron las manos y la frente. Sacó el pañuelo con el que se había limpiado los zapatos y se secó con torpeza. Sintió el corazón galopar.

No sabía muy bien qué iba a decir. Sabía que iba a pedir disculpas, pero no sabía cómo. Solo Lo único que sabía era que no le había gustado estar solo. El campo era más difícil de trabajar así. Si se moría nadie se iba a enterar. Ahora no había quien lo fuera nadie lo iba a recoger al pueblo cuando se perdía borracho algunos días. Hasta la cuenta del tiempo había perdido. ¿Hace cuánto que no los veía? ¿Cinco o seis años? ¿Habrá pasado más tiempo?

Al último que vio y con el que habló fue con el Rosalino. Un día… no recuerda bien qué día, llegó a la casa y le dijo que la Jova se iba con él a San Vicente. “Mi mamá llegó con una palta en cada ojo a la casa. A penas podía ver”. “Mi mami se va conmigo a San Vicente. Nos vamos con el Pancho, el José, el Jaime y la Inés. Ya tenemos todo listo allá”. “La Camencho se va al campo de la Laura, el Carlos hace rato se fue de la casa y a usted no lo quiere ni ver… Usted se va a quedar solo, por malo”. La visita del Rosalino lo había sorprendido. No la esperaba. Aunque hace días que no veía a la Paty. Suponía que estaba en la casa de la Laura, en el campo de al lado, donde tenía que ir a buscarla cada vez que la cagaba, pa’ decirle que volviera a la casa. Lo hacía siempre, aunque esta vez se había demorado unos días más. ¿Cuánto había pasado? ¿Una semana? No tenía ganas de ir a buscarla. Prefería que volviera sola… con los cabros.

No sintió pena ese día. Sintió asombro. Quizá un poco de vergüenza. Vergüenza le daba que el Rosalino hubiera ido hasta su casa a contarle que lo habían dejado. Cuando el Rosalino dejó el campo era un cabro escuálido y paliducho. No era pa’ la vida del campo. Ahora que volvía a darle este aviso, lo veía tan grandote y aniñao. Le había crecido el bigote, donde antes solo había una mancha que parecía piñén. Ya no le tenía miedo y eso le daba vergüenza.

A la Paty, la última vez que la vio fue cuando a lo lejos la divisó pasando por el camino en la carreta del Peyo, unos cuantos días después de la visita del Rosalino. Se imaginó que iba para la estación. No la quiso ir a ver para pedirle perdón o pedirle que se quedara. Que se fuera y lo dejara solo no más… No le iba a rogar a nadie. En la carreta del Peyo también iban los niños. El Pancho y el José iban con la misma camisa a cuadros: roja con blanco. Esas camisas antes habían sido un vestido de la Paty. Él se lo había visto varias veces puesto. Quizá ella no quería que los niños parecieran huasos al llegar a Concepción, así que les hizo ropa nueva. La Inés lo vio ese día en el camino, lo quedó mirando desde la carreta hasta que desaparecieron. No hizo ningún gesto, ningún movimiento, solo lo miró. Esa fue la última vez que los vio. No los vio más. La Inés, que era la mayor, tenía quince y el Pancho tenía tres.

La última vez que estuvo con ellos estaba un poco borrosa en su cabeza. Había ido a vender digüeñes al pueblo. Había pasado a la bodega por unas cañas de vino. Había vuelto a la casa en la carreta, de noche. La carbonada estaba muy caliente… El Pancho chillaba mucho. La pata de la mesa estaba coja y hacía que se chorreara la sopa. El trago lo pone así a uno. A uno lo huevea el patrón, lo huevea la gente del pueblo pidiendo rebaja por los digüeñes. Y en la casa los cabros lloran y la sopa lo quema. El Pancho siempre fue un puro cacho. Llorón de guagua. Desde que la Paty lo parió no hizo más que llorar. Le dije que lo fuera a dejar a la iglesia, pero ella fue a la iglesia a bautizarlo y lo trajo de vuelta. Por más que traté de que alguien se lo llevara o que se perdiera en el camino del pueblo a la casa, la Paty siempre encontraba la forma de traerlo de vuelta. Era tan porfiá… Siempre era porfiá. Por eso me enojaba con ella. Y con trago uno no se controla.

Esa noche estaba curao. Y yo veía como los cabros chicos se me cruzaban y me hacían zancadillas pa que me cayera… El Pancho me quería pegar. Imagínese, un cabro chico que no sabía ni limpiarse los mocos y que andaba todo el día con la boca abierta, me quería pegar… La verdad no me acuerdo por qué me enojé. Solo que al otro día me desperté botao, afuera de la casa, todo embarrao, con las rodillas y la pera pelás. El hacha estaba al lado mío. La casa estaba daa vuelta. La mesa rota y los pedazos de loza tirados por todas partes. La olla estaba en el piso y la carbonada también. Hasta los vidrios de la cocina estaban rotos. Yo estaba solo. La Paty y los cabros chicos se habían ido. Donde la Laura tenían que estar, siempre se iban pa allá.

Hace poco le había ido a preguntar a la Laura donde vivía la Patito. “¿Acaso le entró el arrepentimiento? Usted se portó mal, papá”. “Sí, pero uno no quiere morirse solo y menos acá”. “Ya no están con el Rosalino en San Vicente, esa era una toma de terreno. Ahora les dieron casa en Hualpencillo. Los chiquillos están grandes. La Inés se casó y tiene su casa cerquita de la casa de mi mami. ¿Acaso quiere ir pa allá?”.

Llegó a Concepción antes de las diez y a unas dos cuadras de la estación de trenes tomó la micro para ir a Hualpencillo. Le preguntó al chofer si sabía dónde quedaba la Villa Hermosa, y le pidió que le avisara cuando llegaran ahí, que él no era de la ciudad y que no se ubicaba, le dijo. La micro iba casi vacía, así que se pudo sentar. Le dolía la guata. Sintió miedo y, nuevamente, vergüenza. Hace un rato largo que ya no tomaba. Quizá por eso la vergüenza lo andaba asolando tan a menudo. Se vio en el reflejo de la ventana de la micro y volvió a repasar su pelo con la peineta. Se miró los zapatos y los limpió de nuevo, por si acaso. Se arregló el cuello de la camisa. No supo qué más hacer para matar el tiempo.

Cuando bajó de la micro se encontró de frente con un montón de casas juntas, con suerte había dos metros entre cada una de ellas. Ahí no había árboles ni nada verde. Había viento fuerte y frío y olor a mar. Caminó buscando la calle El Sauce, tímidamente, casi como si no quisiera encontrarla. Y al encontrar la numeración golpeó la puerta. Las manos se le empaparon y la frente también. Le abrió la puerta una chiquilla a la que él no conocía, tendría unos ocho o diez años de edad. “Hola, ¿a quién busca?”. “A la Paty”. “Mi mamá anda trabajando”. Quien le abría la puerta era su hija menor, la que tenía un año cuando la Patricia se fue del campo. La Paty no la llevó con ella a la ciudad, sino hasta dos años después, cuando ya pudo armar una mejor casa. Durante ese tiempo la niña estuvo con la Laura, su hermana. “¿Camencho?… Soy tu papá”. La niña no reaccionó frente a esas palabras. Era como si no supiera lo que significaban. Solo se quedó parada ahí, mirándolo tras la puerta entreabierta, sin ninguna expresión en la cara. “¿Quién es, Camenchito?”. En la abertura de la puerta, atrás de la Carmen, apareció un joven alto y macizo, moreno, con un intento de bigote. Andaba con una polera roja media roñosa. Era el Jaime. Ya estaba hecho todo un hombre. Él lo recordaba como un catrutrito que con suerte le llegaba al ombligo. Era tan chico que ni la carretilla con manzanas se podía y siempre la Paty le terminaba dando un varillazo, porque las iba botando en el camino. Después de todo un día de trabajo recogiendo manzanas, cuando ya estaba oscuro y tenían que llevarlas a la casa, el catrutrito este no se podía la carretilla chica que le habían armado. Avanzaba un tranco y las manzanas rodaban. Cuando ya estaba cansado y veía que faltaba mucho pa llegar a la casa, botaba las manzanas a propósito. Ahí era cuando la Paty se enojaba y le daba el varillazo en las piernas. Cuando ya se le pasaba un poco el llanto, ella se le acercaba y le decía “Ya, déjalas ahí no más. Yo las vengo a buscar después”.

“¿Qué anda haciendo acá? ¿Cómo dio con la casa?”. “La Laura me dijo dónde estaban. Así que me vine en tren a Conce y de la estación me vine preguntando no más. Así pude llegar. Tan re lejos que se vinieron a vivir, oiga”. “¿Y a qué viene?”. “Es que me porté mal yo con ustedes”. Agachó levemente la cabeza y se dio cuenta de que la niña lo continuaba mirando atentamente con la misma cara: sin ningún gesto. “Ya, pase, papá”. Jaime abrió la puerta completamente e hizo un gesto con la mano que lo invitó a entrar. “Patito, anda a buscarte a la Inés… Pero apúrate, a ver si la alcanzamos antes que vaya a la feria… ¿Quiere un vaso de agua? ¿Cómo estuvo el viaje?”. “Ya. Venía harta gente en el tren”. “Siéntese. No se va a quedar parado ahí todo el día”.

Él miraba todo a su alrededor. La casa estaba pintada de verde y frente a la puerta de entrada había un marco bien grande, casi del porte del muro, en el que se veía un paisaje: arbolitos y un río. También había varias plantas. Parece que la Patito quería tener un pedacito del campo aquí en su casa. Aunque fuera solo en foto. La casa olía a comino, a cebolla frita y a los vapores de las papas cocidas. Se notaba que habían tomado desayuno hace no mucho porque la mesa aún estaba puesta y se podían ver los platos sucios. Tenía hambre, pero no se atrevió a decir nada. Allá en el campo cuando uno llega de visita le ofrecen comida al tiro: uno anda kilómetros en carreta, un plato de comida caliente es lo que uno espera después de esos viajes, pero en la ciudad las costumbres quizá son distintas. Quizá estos cabros ya se olvidaron del campo y se pusieron mal educados no más. De todos modos, no quiso reclamar nada. Se sentó en un sillón rojo, bien en la orilla, sin ninguna intención de ponerse cómodo. “Aquí tiene agua”. Jaime se sentó frente a él, en otro sillón rojo. Tampoco se puso cómodo. Afirmó los codos en las rodillas y se quedó mirando el vaso con agua en silencio. Y el silencio se tomó la casa por varios minutos.

De repente sonó fuerte el portón metálico. Y vieron entrar por la puerta a otros dos jovencitos cargados con una pilgüa en cada mano, donde rebosaban las acelgas. Eran más bajos que Jaime y se notaban más jóvenes también. El más chico era blancucho, una verdadera pancutra, pero de pelo bien negro. Andaba con todos los pantalones remendados. El otro era más alto y tenía la misma mirada de la Paty. Eran el Pancho y el José. El Pancho lo quedó mirando pasmado desde la entrada de puerta. No se movió durante algunos minutos ni atinó a dejar las pilgüas en el suelo. Lo miró tieso, con las palmas sudorosas y le aparecieron esas manchitas a cada lado del cuello que lo delataban cuando se ponía nervioso. La última vez que lo había visto así de frente, tenía tres años. Vio como él se abalanzaba sobre su mamá, al mismo tiempo que daba vueltas el plato de comida recién servido, rompía la loza que estaba puesta pegándole manotazos y daba vuelta la mesa del comedor. Lo único que se le ocurrió hacer fue ponerse delante de su mamá. Con el perol que agarró en su avance furioso lo golpeó tan fuerte, que salió disparado y terminó botado en el piso de donde no se pudo parar solo. “El niño tiene cuatro costillas rotas. Déjelo descansar un par de días, hágale friegas suavecitas con alcohol y dele harto machitún de manzanilla”, le había dicho un componedor de huesos que habían tenido que llamar al día siguiente a la casa de la Laura, cuando el niño no se podía parar de la cama y le costaba respirar. Pancho lo recordaba tal como estaba ahí. Quizá menos peinado y le faltaba ese olor a escabeche con que lo dejaba ese vino hediondo que le vendían en la bodega del pueblo. Pancho ya tenía once años y hubiese querido que él nunca se apareciera de nuevo. Dijo un simple “Hola” y pasó a dejar las bolsas con verduras a la cocina. “Voy a empezar a cocinar, antes de que llegue mi mami”. José no tenía recuerdos mucho mejores, pero supo iniciar una conversación. Dejó las bolsas en el suelo, apoyadas en el muro y se sentó en el tercer sillón rojo de ese living. “¿Qué anda haciendo por acá? Hace como ocho años que no sabíamos nada de usted”. “Hace ocho años que me dejaron solo”. El silencio volvió a la casa durante un rato y solo se escuchaba el choque de ollas y el golpe del cuchillo en la cocina. “Vamos a hacer porotos con cochayuyo hoy día”, dijo José para romper el silencio incómodo. Luego de eso no se le ocurrió nada más qué decir y ahora eran tres hombres sentados en silencio con la cabeza baja.

Pasaron unos minutos y sonó la reja de nuevo. Ahí entró la Carmen acelerada y unos cuántos pasos tras ella, entró la Inés, quien se movía lento pues tenía una abultada panza. Que se había casado le habían contado a él, pero que vivía cerquita. “Hola papá. Hartos años que no lo veíamos. ¿Qué lo trae ahora por acá? Le aviso al tiro que plata no tenemos, así es que, si vino por eso, le cuento que le va a ir mal”. La Inés era una jovencita cuando habían tenido que dejar el campo. Fue ella quien se quedó escondida a la entrada de la casa, con la espalda pegadita a la pared escuchando los gritos y golpes que había dentro, y cuando su papá salió de la casa persiguiendo a su mamá con un hacha en la mano, le hizo una zancadilla que lo dejó tirado en el piso hasta la mañana siguiente, cuando se despertó sucio, magullado y solo. La Inés ya no le tenía miedo y tampoco lo quería cerca, así que entre antes dijera lo que quería, mejor.

“Tengo que hablar con todos ustedes. Siéntese Inés, por favor”. “A ver, espere. ¡Pancho, vente pa acá a conversar un rato!”. Pancho llegó y se sentó al lado de Jaime, que era el hermano más corpulento.

“Yo sé que no me porté bien con ustedes ni con su mamá. Fui malo…”. “Bien malo fue, pos…”. “No tendría que haberles pegado tanto. Ustedes no tenían la culpa. Es que el trago lo pone loco a uno. Como que a uno le entra el diablo y no se controla. A mí me hicieron un mal. Fui donde una meica y me dijo que me habían hecho un mal, porque el campo se trabajaba bien y nos iba bien con las ventas en el pueblo. La envidia que le tienen a uno de repente. Por eso es que me puse bueno pal trago. Querían que me fuera al hoyo. Pero hace rato ya que no estoy tomando. La Laura sabe que ya casi no tomo. Si la paso a ver casi todos los días. Ahí nos ponemos a tomar mate. Tomo de repente no más, cuando con don José compartimos una chuica, pero bien a lo lejos. No puedo dejar a don José con la mano estirada… Quería pedirles que me perdonen. Ya estoy viejo ya, uno viejo y solo se pone a pensar en las cuestiones malas que ha hecho y le baja la culpa. De repente pienso que me voy a morir y nadie me va a echar de menos. Ni se van a enterar que me morí. Ya ni hermanos me quedan”. Sacó el pañuelo que tenía en el bolsillo de la camisa y se secó con brusquedad las lágrimas de los ojos y se sonó la nariz muy fuerte. Ninguno de sus hijos presentes atinó a decir nada. Todos permanecían cabizbajos, excepto la Inés que lo miraba a la cara, altiva; y él no podía mantenerle la mirada. “Por eso vine hasta acá, a pedirles que me perdonen. Y a pedirles que hablen con su mamá y le pidan que me perdone ella también…”. “No nos meta en huevás a nosotros, papá”. Cabra atrevía, pensó, pero no tuvo la valentía de decirlo en voz alta. “Acá usted tiene que arreglar sus asuntos con mi mami. Nosotros no tenemos nada que hablar con ella. Así que vaya viendo lo que le dice. Bien tarde le bajó la culpa. Estuvimos ocho años esperando que al menos un saco de papas nos mandara pa’ tener algo mejorcito pa’ comer, pero nada. No supimos nada de usted hasta ahora que le entró el miedo a morirse solo”. “Es que me habían hecho un mal, mijita. La gente es tan envidiosa cuando a uno le va bien…”. “Ya, ya papá. A nosotros nos ha costado harto la vida por acá. Pero hemos estado mejor que con usted. A ver… séquese las lágrimas. Pancho, anda a terminar el almuerzo que mi mami va a llegar en un rato y siempre viene cagá de hambre porque no come nada desde el desayuno. Papá, usted véngase a mi casa a arreglarse un poco, mire que si quiere hablar con mi mami va a tener que lavarse esa cara y sacudirse el polvo que trae encima. No lo ve hace años y ahora lo va a ver todo empolvao. Véngase pa mi casa, se baña y después se viene a hablar con mi mamá. Ella va a llegar como a la una y media. El turno lo termina a la una”. No tenía ninguna gana de llevarlo a su casa, pero no se le ocurrió una mejor forma de parar el rezo aquel. Segurito le voy a creer que le habían hecho un mal. Siempre había sido curao. La tía Rosa le dijo a mi mami que no se casara con él. Que le iba a salir malo, pero es más porfiá mi mami. Y, ahí, aguantó como dieciocho años las pateaduras de este viejo de mierda. Muy papá mío será, pero es un viejo de mierda, al fin y al cabo.

“Ya, apúrese. ¿Trajo ropa pa cambiarse? Venga conmigo que yo vivo acá a la vuelta no más. El Benito, mi marido no está en la casa. Anda trabajando. Tiene un puesto en la feria de canastos y pilgüas… Ya, ahí está el baño, pase no más. Deje el bolso ahí adentro y se viste ahí mismo. Voy a terminar de barrer la entrada por mientras usted sale”.

Inés tomó la escoba nerviosa y se tocó la panza. La tenía dura. Tenían que ser los nervios. Mire que justo ahora que está a punto de parir, aparece su papá. Barrió la entrada con fuerza y con el ceño fruncido, siempre atenta a si la Camenchito la venía a buscar de nuevo pa decirle que había llegado su mamá. “¿Y si no quiere hablarle? Se va a tener que devolver por el mismo camino que vino no más. Se lo tendría bien merecido en todo caso”. Terminó de barrer y entró a la casa. Aún se escuchaba la ducha corriendo, así que aprovechó el tiempo y fue a sacar la ropa que estaba colgada. Entre el viento y el sol de la mañana se había secado rápido. Sacó la ropa con movimientos lentos, la panza no la dejaba moverse como antes. Entró, dobló y guardó la ropa y las sábanas. “Pa qué planchar antes, si en la cómoda la ropa se arruga igual”. Se acercó a la puerta del baño y pegó la oreja. El agua de la ducha continuaba corriendo. Golpeó la puerta del baño con el puño. “Papá, acá la cosa no es como en el campo. Acá el agua se paga”. Esperó un rato, pero no escuchó ningún tipo de respuesta a su reclamo. Golpeó más fuerte aún. “¡Papá, salga de la ducha! ¡Se está demorando mucho!”. Golpeó fuerte y por un tiempo más largo. “¿¡Papá, está bien!?”. Solo se continuaba escuchando el ruido del agua de la ducha corriendo. Salió de la casa lo más rápido que el cuerpo se lo permitió y fue a la casa de su mamá. “¡Jaime! ¡Jaime! Mi papá no me contesta. Lleva más de una hora en la ducha y le golpeo la puerta y no me contesta”. Jaime y José corrieron adelantándola. “¿Papá, está bien? Ábranos la puerta”. “Papá, vamos a entrar. Vamos a echar la puerta abajo”.

Segundo estaba en el piso de la ducha, inconsciente. El costado de su cabeza, a la altura de la oreja, estaba apoyado justo en el canto que delimitaba la ducha, y el agua que escurría hacia el desagüe llevaba un hilo rojo. La cortina de baño estaba rota y el fierro que la sostenía se había caído encima del WC. La cerámica era resbalosa.

Jaime corrió al negocio de la esquina a conseguir un teléfono para llamar a una ambulancia. La ambulancia llegó en un poco más de media hora y se llevaron a Segundo al Hospital Higueras, aún inconsciente. “¿Alguien lo va a acompañar en la ambulancia?”. “No, nosotros después llamamos pa saber cómo está”. Una vez que la ambulancia partió, los tres hermanos caminaron a su casa y a lo lejos la divisaron caminando. Recién venía llegando del turno. Ya eran más de las dos. Jaime se apuró para alcanzarla y contarle todo. “Curao andaría”, fue su respuesta, y entró a la casa. Ese día almorzaron en silencio.

Al día siguiente José fue a preguntar por su papá al hospital. “Se está recuperando. Ya está consciente. ¿Lo quiere pasar a ver?”. “No, quería saber cómo estaba no más. Mañana vuelvo”. Llegó primero a la casa de la Inés a contarle la novedad. Ella recibió la noticia con alivio. “Le había deseado tanto mal al caballero ese, que siento que por mi culpa se cayó… ¡Y justito tenía que venir a caerse en mi baño, por la chucha!”. Luego llegó a su casa a contarle a su mamá y a sus demás hermanos. Todos lo escucharon, pero nadie respondió. Al día siguiente a José se le pasó de largo el horario de visitas, así que tuvo que esperar al miércoles para volver a ir al hospital. “¿Qué es usted del paciente?”. “Su hijo”. “El paciente falleció anoche. Tiene que venir con alguien mayor de edad a retirar el cuerpo”. José se sorprendió. “Pero anteayer me dijeron que estaba despierto”. “Estas cosas son así. De repente se complican. Vuelva con alguien mayor de edad para que pueda retirar el cuerpo”. José, un poco desorientado, se dirigió hacia el frigorífico donde trabajaba su mamá y le contó que tenía que ir alguien adulto a retirar el cuerpo. “Ándate a la casa no más. Yo y el Jaime vemos lo que hacemos. A la noche, cuando la Paty volvió a la casa, llevaba con ella seis cintas negras que amarró en la parte superior del brazo de cada uno de sus hijos. “Esto se llama luto y lo vamos a llevar en el brazo por su papá”. Al funeral de Segundo solo asistieron ellos, el Rosalino y la Laura que vino desde Hualqui a despedir a su papá. Ella era la única que lloraba en el funeral y miraba con cierto desprecio a la Inés, quien estaba de pie apoyada en su marido, con una mano sobre la panza y siempre con la mirada altiva. A Carlos le avisaron, pero no quiso ir. No tenía nada bueno que decir ni ningún motivo para despedirlo. En el retorno a la casa, a la bajada de la micro, el Pancho y la Carmen se pusieron a correr, echando una carrera para ver quien llegaba primero a la casa. En la calle El sauce, donde ellos vivían, pasaron por afuera de una reja donde se asomaban las ligustrinas hacia la calle. Justo ahí, se enganchó la cintita negra que llevaba Pancho en el brazo. No se dio cuenta si no hasta ya entrada la tarde que la cintita no estaba.

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