I. La guerra de las palabras (lenguaje, hegemonía y tribunal anticipado)
Las guerras no comienzan con misiles ni con cadáveres. Comienzan con palabras. Antes de la explosión está el titular; antes del bombardeo, el encuadre lingüístico. En el caso de Venezuela, la guerra empezó cuando los grandes medios decidieron llamar “captura” a lo que era, sin ambigüedades, un secuestro. En ese desplazamiento semántico se condensó una operación política completa: convertir la violencia en procedimiento, el crimen en trámite, el saqueo en legalidad.
Antonio Gramsci comprendió con precisión este mecanismo. El poder moderno no se sostiene solo por la coerción, sino por la capacidad de producir consenso, de fabricar un sentido común donde la dominación aparezca como natural, inevitable, incluso razonable. El lenguaje no describe pasivamente la realidad: la organiza, la jerarquiza, la legitima. La palabra “captura” funcionó como un dispositivo hegemónico: desactivó la percepción de violencia y preparó el terreno para lo esencial, el botín.
Venezuela no es un problema político para el imperio; es un problema geológico. Bajo su suelo descansan algunas de las mayores reservas de petróleo del planeta, junto a gas, oro y minerales estratégicos. Esa riqueza no es un accidente: es una condena histórica. Pero para acceder a ella no basta la fuerza militar; se requiere primero una victoria cultural. Gramsci llamaría a esto una batalla en la guerra de posiciones: conquistar el terreno del sentido antes de avanzar sobre el territorio material.
Cuando un presidente es presentado como “capturado”, deja de ser sujeto político y se convierte en delincuente potencial. El titular reemplaza el juicio, la sentencia precede a la prueba. El lenguaje actúa como tribunal anticipado. Así se invierte el orden jurídico: primero se condena, luego se actúa. La violencia deja de parecer violencia y se transforma en corrección, en normalización del desvío. Se allana así el camino para la intervención.
La acusación de “narco-terrorismo” cumplió una función decisiva en este proceso. Repetida con naturalidad mecánica, articuló intereses económicos con narrativa moral. Gramsci habría hablado aquí de un bloque histórico: la articulación entre una estructura material, el interés por los recursos energéticos, y una superestructura ideológica, la narrativa del crimen, la amenaza y el caos. La incoherencia era irrelevante. Mientras se acusaba a Venezuela, se indultaba a aliados condenados por narcotráfico. La lógica no era ética; era funcional. La verdadera droga no era la cocaína. Era el petróleo.
Este desplazamiento semántico no fue un exceso retórico, sino una condición de posibilidad. Nombrar de cierto modo permitió actuar de cierto modo. Decir “captura” habilitó decir “operación”. Decir “operación” habilitó decir “quirúrgica”. Cada palabra fue un peldaño en la escalera de la legitimación. Así opera la hegemonía: no impone la verdad por la fuerza, sino que construye un consenso donde esa verdad parece obvia.
II. El vampiro imperial y el bloque histórico (coerción, consenso y botín material)
Karl Marx lo expresó con brutal claridad: la violencia es la partera de toda sociedad vieja que lleva en sus entrañas otra nueva. No estamos ante una anomalía del sistema, sino ante su lógica desnuda. Sin embargo, Marx no basta para explicar cómo esa violencia se vuelve aceptable, incluso celebrada. Gramsci completa el cuadro al mostrar que la dominación duradera requiere hegemonía: dirección intelectual y moral.
El vampiro imperial no actúa solo con colmillos. Necesita intelectuales orgánicos que traduzcan su hambre en lenguaje civilizado. Analistas, expertos, columnistas, académicos que explican por qué la violencia es “necesaria”, por qué el bombardeo es “quirúrgico”, por qué el saqueo es “transición democrática”. Muchos creen sinceramente en lo que dicen. Eso no los vuelve inocentes; los vuelve eficaces. Su función social es convertir el horror en sentido común.
La “cirugía” fue el eufemismo perfecto: aséptico, técnico, sin sangre visible. Pero no hubo bisturí; hubo terrorismo de Estado ejecutado para acceder al subsuelo. Los cuerpos se volvieron estadísticas, el sufrimiento se diluyó en informes clasificados. Este equilibrio entre coerción y consenso es el corazón de la hegemonía gramsciana: bombardeos legitimados por medios, violencia explicada como racionalidad.
Sin embargo, la hegemonía imperial no opera solo desde afuera. También necesita complicidades internas. Aquí emerge una dimensión central de la tragedia venezolana: la coexistencia entre un discurso antiimperialista hacia las bases y una práctica política orientada al acomodo con el poder externo. Mientras se invocaba la soberanía en público, se exploraban acuerdos en privado. El lenguaje revolucionario funcionaba como recurso simbólico; la negociación material avanzaba en las sombras.
Gramsci llamó a este proceso transformismo: la absorción y reconfiguración de actores políticos para neutralizar cualquier amenaza al orden existente. En Venezuela, el transformismo adoptó la forma del “madurismo sin Maduro”: cambiar la figura visible del poder sin alterar las estructuras económicas y militares que lo sostienen. Una transición desde arriba, controlada, que preservara la estabilidad del bloque dominante y garantizara acceso a los recursos a cambio de inmunidad. Es la revolución pasiva en su forma más pura: cambiar algo para que nada cambie.
Las mediaciones internacionales cumplieron aquí un papel clave. Actores aparentemente neutros funcionaron como puentes entre bloques antagónicos. Gramsci habría reconocido en ellos la figura del intelectual orgánico institucional: no individuos, sino dispositivos que organizan el consenso entre clases dominantes. La contradicción entre discurso y práctica no fue un error; fue el método.
La exclusión deliberada de actores opositores que no aceptaban arreglos controlados reveló con claridad los límites del proceso. Una oposición con respaldo popular, pero sin disposición a pactar con las élites existentes resultaba intolerable. Gramsci lo habría formulado sin rodeos: la hegemonía no busca democratizar, busca estabilidad. El imperio no necesita líderes justos; necesita socios confiables.
Cuando el lenguaje ya no alcanza, la máscara cae. “Queremos el petróleo”, se dice sin rodeos. Ese momento marca una crisis de hegemonía: cuando ya no se puede convencer y se opta por imponer. La repetición obsesiva de la palabra “ilegítimo” buscó ocultar una ilegitimidad más profunda: guerras sin autorización parlamentaria, bombardeos sin mandato internacional, ejecuciones extrajudiciales. La ley fue la primera víctima. Gramsci habría reconocido aquí el tránsito hacia un dominio sin hegemonía: poder militar desnudo, legitimado apenas por retórica vacía.
III. Crisis orgánica y estaca ausente (hegemonía fallida, cesarismo y destino abierto)
Pero la tragedia venezolana no puede explicarse solo por el vampiro externo. El cuerpo estaba debilitado antes de la mordida. Un siglo de Estado rentista creó una sociedad dependiente de la renta petrolera, con escasa diversificación productiva y una cultura política clientelar. No se construyó hegemonía nacional; se administró una bonanza. Cuando los precios cayeron y la corrupción se volvió sistémica, el edificio colapsó.
El ciclo reciente profundizó esa fragilidad. Hubo movilización popular, pero no dirección cultural sostenible. Se habló de transformación, pero no se alteraron las bases materiales. Las fuerzas armadas mutaron en actor económico, la soberanía se volvió consigna, el proyecto nacional se disolvió. Gramsci llamaría a esto una crisis orgánica: una crisis de todo el sistema de relaciones sociales, donde nadie puede dirigir y nadie puede convencer.
En ese vacío emerge el cesarismo. Cuando las fuerzas sociales se equilibran catastróficamente, aparece el líder fuerte que promete resolverlo todo mediante la voluntad personal. “No juega”, se dice con gravedad impostada. No dialoga, no reconoce límites institucionales, no se somete a mediaciones. El cesarismo personaliza la dominación y oculta su carácter estructural. El saqueo parece producto del carácter de un individuo y no de la lógica del capital en crisis.
Gramsci advertía que, sin hegemonía propia, toda nación queda expuesta a la dominación externa. El vampiro siempre encuentra una vena abierta si no existe un bloque histórico nacional capaz de articular estructura económica y dirección cultural. Contra el vampiro imperial no basta el discurso heroico ni la retórica antiimperialista. Se necesita hegemonía: la capacidad de dirigir, de construir consenso, de producir sentido común propio.
La batalla, entonces, es doble. Hacia afuera, una contrahegemonía que dispute el lenguaje, que nombre el saqueo, que desmonte los eufemismos. Decir secuestro cuando dicen captura. Decir terrorismo de Estado cuando dicen cirugía. Decir saqueo cuando dicen transición. La verdad deja de ser abstracción moral y se convierte en trinchera política.
Hacia adentro, la tarea pendiente es construir hegemonía nacional real. No clientelismo rentista ni populismo discursivo, sino un proyecto histórico capaz de romper la dependencia, diversificar la economía y formar intelectuales orgánicos de la emancipación y no administradores de la renta. Esa estaca no se forjó a tiempo. Su ausencia selló el destino.
La sangre derramada no fue solo petróleo. Fue soberanía, proyecto, futuro. Nombrar esta tragedia no la revierte, pero es condición para que no se repita. Porque, como enseñó Gramsci, quien controla el sentido común controla la historia. Y cuando el lenguaje se entrega, las venas quedan abiertas.
*Humberto del Pozo es psicoanalista y cientista social.
