A las 2.00 AM del tercer día del nuevo año 2026, las fuerzas militares de elite estadounidenses, junto al FBI y la DEA, invadieron territorio venezolano, bombardearon Caracas y secuestraron al presidente Maduro, junto a su esposa. Un acto brutal que hace realidad la anunciada Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos 2025 publicada recientemente; corolario de la doctrina Monroe de “América para los Estados Unidos” y continuidad de la política del garrote que impulsó el presidente Theodore Roosevelt durante el siglo XX para imponer su poder en Centroamérica y los países del Caribe.
Previamente, el garrote de Trump había bombardeado barcazas de supuestos narcoterroristas en los mares del Caribe y el Pacífico, con argumentos de dudosa credibilidad, sin presentación de pruebas ni captura de los traficantes. Ataques que contabilizan a la fecha más de un centenar de víctimas, lo que ha sido calificado por Naciones Unidas como asesinatos extrajudiciales.
Ahora, la invasión a Venezuela, sin aprobación del Congreso estadounidense, es un acto ilegal y el secuestro de Maduro se sostiene, sin pruebas, con el argumento de ser el jefe de un denominado cartel de Los Soles.
Sin embargo, las propias declaraciones de Trump, antes y después del secuestro de Maduro, ponen de manifiesto que su objetivo real es otro: garantizar el rol de América Latina como patio trasero de EE. UU. y utilizar sus recursos naturales para recuperar su debilitada industria y tecnología frente a China, en el nuevo contexto geopolítico mundial.
En efecto, en conferencia de prensa, Trump destacó orgullosamente el éxito del secuestro y, sin vergüenza, afirmó que su Administración gobernará Venezuela por un tiempo aún no definido, agregando que recuperará el petróleo que, según él, pertenece a Estados Unidos.
Para sorpresa de muchos, agregó que no entregará el gobierno de Venezuela a la líder de la oposición Corina Machado, desconociendo el triunfo electoral que ella obtuvo, junto a Edmundo González, porque estima que “no tiene suficiente apoyo ni respeto en su país”. Extrañamente, en cambio, informó que, en reemplazo del dictador Maduro, reconoce la subrogación de Delcy Rodríguez en la presidencia de Venezuela y que siempre que “siga sus instrucciones” no habrá un nuevo accionar militar. Ello aparentemente indica algún tipo de acuerdo, entre bastidores, aún no explicado y difícil de entender.
La competencia con China por la hegemonía global
En el pasado, durante la conquista de América, el miedo ante los cañones y la presencia mágica del hombre blanco sirvieron para dominar a las sociedades de los pueblos originarios. La sangre y la esclavitud fundaron el saqueo realizado por las potencias europeas para apropiarse del oro y la plata, materias primas codiciadas en la época. Ahora, el saqueo se repite sobre otros recursos, con armas de última generación, presiones comerciales y las amenazas persistentes de Trump.
Al igual que durante la conquista de América y la devastación de África, el accionar imperial, que ahora adquiere el intento declarado de administración colonial, apunta a asaltar el petróleo venezolano y con ello sentar bases para acciones similares en otros países, con el propósito de monopolizar las materias primas de todos los países de nuestra región.
EE. UU. vive hoy día un apetito insaciable por recursos naturales, lo que obedece a la competencia con China por la hegemonía global, país de notable crecimiento económico y desarrollo tecnológico. Lo que pretende Trump es recuperar presencia política y económica en los asuntos mundiales, obligando a los países de América Latina a eliminar todo compromiso con países no hemisféricos, en particular China, en cuanto a su participación en la propiedad de activos clave y, en cambio, obligarlos a favorecer las inversiones y las cadenas de suministros críticos hacia EE. UU. (minerales, tierras raras y petróleo).
Ese objetivo es explícito en la estrategia de seguridad 2025: “Negaremos a los competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales, en nuestro hemisferio”. Doctrina Monroe en el corolario Trump.
Así las cosas, la condición para entendimientos y alianzas con países del hemisferio “deben estar supeditados a la reducción de la influencia externa adversaria, desde el control de instalaciones militares, puertos e infraestructura clave hasta la compra de activos estratégicos ampliamente definidos”.
Ello ya había quedado en evidencia cuando Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, pidieron la salida de la empresa de capitales chinos, CK Hutchinson Holdings, del canal de Panamá, junto a la exigencia de retiro de Panamá del proyecto “la ruta de la seda” que previamente se había acordado con el gobierno chino. El gobierno panameño no resistió las presiones y aceptó las exigencias de Trump.
A esa presión se agregó posteriormente el condicionamiento de asistencia financiera estadounidense a Javier Milei para su programa de ajuste económico, a la exigencia de que Argentina redujera sus vínculos con China. Así lo dejaron en claro, tanto el secretario del Tesoro norteamericano, Scott Bessent, como el encargado para la región, Claver-Carone.
El comercio e inversiones sobre el cobre, el litio, el petróleo y las tierras raras, existentes en abundancia en nuestra región, intenta monopolizarlos EE. UU. para alimentar su industria militar y tecnológica, y recuperar su deteriorada industria. Y Trump no tiene inhibiciones en declararlo abiertamente.
El gobierno de EE. UU. centra entonces su atención en América Latina, pero en vez de anunciar una política de buena vecindad, opta por una diplomacia agresiva. Con la justificación de frenar la oferta de narcóticos y de impedir los procesos migratorios, busca apropiarse de nuestros recursos naturales. Y lo hace mediante la presión comercial o militar, y todo ello para recuperar el predominio estratégico ante China, su principal competidor internacional.
América Latina se encuentra en grave peligro
La amenaza militar estadounidense acosa también al presidente Petro de Colombia, con acusaciones similares a las de Maduro sobre narcotráfico; y, probablemente, se buscarán argumentos para atacar también a Cuba, país que Marco Rubio tiene en la mira desde que se instaló en el gobierno estadounidense.
Junto al plano militar y las amenazas belicistas se encuentran, además, cuestionamientos y acciones comunicacionales de Trump contra políticos de la región que no son de su afinidad y, en otros casos, están las agresiones arancelarias como forma de presión y debilitamiento de gobiernos que le disgustan, como los casos de México y Brasil.
Lamentablemente, el accionar de Trump encuentra una región muy dividida, con una CELAC inútil (como señala Petro), el desastre del “socialismo del siglo XXI”, una izquierda desconcertada y la emergencia mayoritaria de gobiernos de derecha, los que se han alineado de forma vergonzante con la política agresiva estadounidense.
Con el ataque a Venezuela y el secuestro de Maduro, el presidente Trump ha enviado una clara señal a los países de América Latina, exigiendo subordinación a su proyecto económico, político y militar de “América para los Estados Unidos”.
*Roberto Pizarro Hofer es economista y exdecano de la Facultad de Economía Política de la Universidad de Chile
