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Portal Socialista > Contenido > Política > Pensar la actualidad > Jorge Arrate / Pequeñas piedras arrojadas a la superficie de una laguna
DestacadosPensar la actualidadPolítica

Jorge Arrate / Pequeñas piedras arrojadas a la superficie de una laguna

16 enero 2026
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24 Min de Lectura
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Temo que la metáfora insinuada en el título pueda parecer irresponsable. Algunos pensarán que no están estos tiempos indecentes como para arrojar piedras a una laguna ya agitada. Yo pienso lo contrario: cuando los días son tormentosos, callar por temor a equivocarse suele ser una forma de resignación. Para enfrentarlos se requiere sinceridad y, a veces, un atrevimiento constructivo.

Contenidos
  • Derrota, contexto y una victoria que no celebramos
  • ¿Podría ser el Frente Amplio un partido “complejo”?
  • La complejidad requiere heterogeneidad y exploración de nuevos territorios

Cuando era niño nunca alcancé la destreza que deseaba en ese juego casi mágico de hacer rebotar piedras sobre el agua. Aunque la superficie estuviera quieta y las piedras fueran planas, ni muy livianas ni demasiado pesadas, como exigen leyes de la física que entonces yo desconocía, mis lanzamientos casi siempre terminaban en un hundimiento inmediato.

Uno de mis tíos, que de física tampoco sabía nada, poseía en cambio una habilidad notable. Lograba que los pedruscos saltaran varias veces antes de desaparecer. Cada rebote dibujaba una estela de círculos concéntricos que se expandían lentamente. Los niños quedábamos maravillados. “Los peñascazos se hunden”, nos decía. “Pero una buena piedrita, lanzada con fuerza y en el ángulo correcto, puede sobrevivir varios rebotes”.

¿Cuánta fuerza? ¿Qué ángulo? ¿Qué es exactamente una “buena piedrita”? No sé responder esas preguntas. Pero ahora, cuando se supone que estoy muy, muy lejos de ser niño (aunque gracias a cierto empeño he logrado no dejar de serlo del todo), me resulta menos difícil asumir algunos albures.

Invito a repensar lo que sabemos o creemos saber, convencido de que ese ejercicio puede fortalecer nuestra lucha política y social, y dar un sustento más sólido a las esperanzas. Con ese propósito arrojo estas pequeñas piedras. Es posible que algunas se hundan de inmediato. Me sostiene, sin embargo, la ilusión de que otras reboten, vuelvan a rebotar y, aun cuando finalmente sean tragadas por las aguas, dejen tras de sí la huella de sus estelas.

Derrota, contexto y una victoria que no celebramos

En un país y en un mundo como los actuales, nuestra derrota era una posibilidad real. Y, sin duda, duele. Sin embargo, incluso en la derrota conviene no despreciar aquello que, de manera menos estridente, puede tener el valor de una victoria.

Nunca fue fácil para nosotros, socialistas de distintos pelajes, comunistas de distintos pelajes, socialcristianos, autonomistas, revolucionarios, reformistas, rebeldes, en suma, la izquierda, avanzar hacia nuestros objetivos más nobles. La historia de nuestras luchas no es la de procesiones victoriosas sino la de avances trabajosos, retrocesos y nuevos comienzos. Por eso, desde un punto de vista racional, la derrota en la elección presidencial de diciembre de 2025 no debería sorprendernos del todo. Habitamos un mundo marcado por una deriva inquietante. Un liberal holandés, seguramente un buen padre de familia, que durante catorce años fue primer ministro de un país pacífico, ocupa hoy la secretaría general de la OTAN y ha anunciado hace pocas semanas que los europeos deben prepararse para una guerra peor que la que conocieron sus abuelos o incluso sus padres. No puedo permanecer indiferente ante esa advertencia. Mis hijos y mis nietos viven en Ámsterdam, una ciudad bellísima y casi siempre apacible. Y entonces me pregunto: ¿acaso los seres humanos hemos resuelto aceptar como una fatalidad inevitable vivir bajo la amenaza de la extinción?

Desde el bombardeo a Hiroshima y Nagasaki convivimos con la intimidación macabra de las armas nucleares. A esa sombra se ha sumado ahora otra amenaza no menos radical: la depredación acelerada de nuestro propio hábitat. Aprendices de brujos, hemos aprendido a vivir como si el riesgo extremo fuera parte natural del paisaje, como si la catástrofe pudiera seguir aplazándose indefinidamente.

Sobrevivimos también en un mundo donde la prédica más que centenaria de la democracia moderna, la llamada democracia liberal, entendida como un sistema imperfecto pero preferible a otros, parece haber hecho escasa mella en las grandes potencias dominantes. Ello es evidente en China y en Rusia, países de fuerte tradición autoritaria e imperial, pero también, y de manera cada vez más inquietante, en Estados Unidos, cuna y supuesto emblema de un liberalismo hoy degradado en términos de libertades, equilibrio de poderes y respeto por el derecho ajeno.

Allí Donald Trump hace y deshace. No porque padezca un desequilibrio mental, como a veces se enfatiza con ingenuidad y ligereza, sino porque su poder se nutre de y al mismo tiempo alimenta una embestida autoritaria de alcance global. Enfermo mental o no, tras él hay una corriente heterogénea, sostenida y elaborada por filósofos, historiadores, politólogos, ideólogos, publicistas, magnates, piratas financieros, operadores de alto nivel y otros corruptos, que ha alcanzado una proyección masiva. Más allá de sus diferencias, estas fuerzas coinciden al menos en una inclinación, abierta u oculta, por regímenes despóticos o autoritarios en desmedro de gobiernos democráticos identificados con el legado que heredamos, a fines del siglo XVIII, de la independencia estadounidense y de la Revolución Francesa.

Ese es el telón de fondo de nuestra derrota de diciembre de 2025, como también de otras derrotas recientes. No es un dato accesorio. Es un elemento indispensable para pensar el porvenir.

En las últimas semanas, militantes y analistas de izquierda han señalado múltiples causas que explicarían nuestro retroceso electoral y, aunque a veces se diferencian entre sí, convergen en importantes puntos básicos del diagnóstico. Es alentador, pero me inquieta que no se ha subrayado con suficiente énfasis el significado de ese 42 por ciento de votantes que, pese a las condiciones del país actual, al contexto global y al sentido maligno de la marea universal, respaldaron ideas de avanzada social y a su candidata.

Ese 42 por ciento no es un consuelo estadístico. Es la base más importante para escribir el futuro. Una mayoría sentenció, por ahora, nuestra derrota. Pero esa minoría sustantiva nos entregó, al mismo tiempo, una victoria, dolorosa, pero victoria al fin, cuya densidad política no debiéramos subestimar. La pregunta decisiva es qué hacemos con ella. Cómo se organiza y cómo se proyecta esa energía política en un contexto adverso, marcado por el avance del autoritarismo, la fragmentación social y la desafección democrática. Entonces, inevitablemente, aparece el problema del partido. No como una cuestión meramente administrativa o legal, sino como un problema estratégico y cultural de envergadura.

En momentos de repliegue, las formas de organización determinan en gran medida la capacidad de resistir, aprender, recomponerse e imaginar futuro. Por eso, más allá del análisis electoral y del contexto global, resulta ineludible preguntarse qué tipo de fuerza política queremos ser y qué tipo de partido puede hoy sostener, ampliar y renovar un proyecto transformador.

Con ese ánimo introduzco ahora algunas ideas sobre el Frente Amplio, casi todas en bruto, destinadas a alimentar una discusión indispensable.

¿Podría ser el Frente Amplio un partido “complejo”?

Pensar hoy al Frente Amplio exige ir más allá del balance electoral y del contexto global, y pensar sobre el tipo de fuerza política que aspiramos a construir.

En el capítulo inicial del libro Ideas de Frente (1) propuse orientar la energía del Frente Amplio, próximo a realizar su primer congreso, hacia el debate de tres cuestiones cardinales: qué partido queremos ser, qué democracia queremos construir y qué socialismo configura nuestro horizonte. En estas breves páginas me concentro en la primera de ellas.

Cuando aún existía la Plataforma Socialista, antes de la fusión que dio origen al Frente Amplio como organización única, tuvimos en una de nuestras asambleas un debate intenso y fértil acerca de qué tipo de entidad queríamos ser. O, quizás porque anticipábamos el rumbo de los acontecimientos, deseábamos crear junto a otras fuerzas con las que constatábamos grandes coincidencias. Crecer como Plataforma era una opción, pero implicaba aceptar y reproducir la fragmentación existente en una vasta izquierda que no se reconocía en los partidos históricos. Por fortuna, era claro para nosotros que el mejor aporte posible consistía en estimular fuerzas centrípetas y evitar el vértigo y los arrebatos de las centrífugas.

Ese debate nos llevó también a interrogar los modelos tradicionales de partido político. A menudo se los representa mediante figuras geométricas simples: un triángulo, una pirámide, niveles jerárquicos, vértices y bases. Es un esquema clásico, predominante en nuestro medio y consagrado por la legislación chilena, aplicada y supervisada por el Servel. Sin embargo, la capacidad de este modelo para expresar la riqueza y complejidad de la vida social contemporánea resulta, por decir lo menos, limitada.

Otras formulaciones conciben a una fuerza política como una red: un entramado de nudos relativamente autónomos, espacios de participación interconectados, articulados mediante mecanismos de coordinación que aseguren condiciones básicas de funcionamiento democrático.

En aquella discusión intenté ir un poco más allá e imaginar el partido como un árbol: una atalaya para mirar el horizonte, raíces profundas, un tronco común, ramas que se entrecruzan, brotes, flores, frutos y una sombra que cobija. Una imagen deliberadamente más compleja, más viva, menos reductible a esquemas formales.

Prefiero la idea de una fuerza política concebida como un espacio complejo y en expansión, frente al modelo empobrecedor que hoy predomina. Un modelo fundado en un entramado de leyes y reglamentos aplicados con rigor burocrático, cuyo objetivo principal es garantizar a la ciudadanía la correcta administración y gestión de los partidos, pero que deja en segundo plano aquello que debería ser central: el desarrollo amplio de las fuerzas políticas en la sociedad y el resguardo efectivo de su representatividad.

No se trata de desconocer la importancia de normas que regulen el funcionamiento partidario ni de minimizar la necesidad de transparencia y probidad. Se trata de advertir que, cuando ese marco legal se convierte en el molde exclusivo de lo que un partido puede ser, la política se empobrece. Sin una orientación deliberada en sentido contrario, los partidos corren el riesgo de transformarse en entes fantasmales: representaciones cada vez más tenues de clases o sectores sociales sometidos a cambios acelerados, cuerpos institucionales con almas en disolución o en subasta, organizaciones semiestatales concebidas más como parte de una élite gobernante que como expresión viva de la sociedad.

El resultado puede ser una política encapsulada, administrada por castas, desconectada de los conflictos reales y de las energías creativas que atraviesan la vida social. Es una deriva lamentable, porque los partidos políticos —los de izquierda, al menos— no debieran ser simples engranajes del aparato estatal, sino instituciones sociales, nacidas de la sociedad, insertas en ella y orientadas a transformarla.

Dicho esto, conviene ser claros. Ha sido un avance que los partidos reciban hoy financiamiento público, lo que contribuye, al menos en parte, a reducir la enorme desigualdad de recursos económicos y mediáticos que separa a la derecha, financiada además por el gran empresariado, del resto del arco político. Del mismo modo, fue valiosa en su momento la inscripción de Renovación Democrática y Convergencia Social y, posteriormente, del propio Frente Amplio como partido legal.

Pero el desafío del Frente Amplio consiste en atreverse a trazar un camino hacia una forma de partido que desborde el molde legal sin renunciar a él. Un partido que cumpla con las exigencias institucionales, pero que no se deje definir por ellas. Un tránsito desde un modelo simple y formal hacia uno complejo, flexible y mutable, capaz de adaptarse, aprender y reinventarse constantemente.

Si emprendemos ese camino, deberá ser necesariamente gradual. No solo para resguardar estructuras ya consolidadas, sino porque todo proceso de desarrollo partidario en la dirección aquí esbozada requiere tiempo, ensayo y corrección. Su fundamento es activar mecanismos que eviten que el Frente Amplio pierda su impulso original, social y contestatario, y que, por el contrario, generen nuevo discernimiento y mayor densidad política para proyectarse hacia viejas y nuevas direcciones, ampliando su arraigo en la sociedad.

La complejidad requiere heterogeneidad y exploración de nuevos territorios

La capacidad del Frente Amplio para recoger y articular diversas sensibilidades de izquierda ha sido uno de sus activos principales. Aunque esa heterogeneidad pueda requerir ajustes y reformulaciones, es una de las claves que nos permitió consolidarnos y crecer. Un partido complejo no aspira a la homogeneidad perfecta ni a la alineación mecánica de sus partes. Aspira, más bien, a acrisolar la diversidad, apropiándose de tensiones, cruces y superposiciones.

En el espacio político que imagino, las ramas no se ordenan como piezas de un rompecabezas. Se entrecruzan, a veces se rozan, incluso pueden estorbarse. No es desorden. Es la expresión natural de una organización viva. Esa es, por así decirlo, su condición de “código abierto”: la posibilidad permanente de incorporar nuevas experiencias, lenguajes y prácticas sin perder un tronco común. Esa cualidad es indispensable para aspirar a una forma de organización política capaz de innovar y de construir una identidad propia.

Avanzar en esa dirección permitiría reforzar una identidad más resplandeciente y atractiva que la actual, capaz de convocar a muchas y muchos que se sienten distantes de un tipo de política reducida a protocolos, procedimientos y rituales institucionales. Me refiero, en particular, a quienes desarrollan su acción colectiva fuera del triángulo constituido por La Moneda, el Congreso en Valparaíso y el Servel, ese espacio formal que, más allá de nuestras intenciones, tiende a superponerse y a invisibilizar expresiones elocuentes de la vida social.

Un partido que aspire a ser auténticamente distinto debiese ejercer su activismo en múltiples espacios y territorios. En regiones dotadas de capacidad real de decisión, en municipios creativos y bien gestionados, en organizaciones sociales, sindicatos, movimientos feministas, ecologistas y por el derecho a la vivienda, espacios culturales y artísticos, deporte, medios de comunicación alternativos. Es en esos universos donde se construye densidad social, se produce sentido y se disputa hegemonía.

Solo habitando activamente esos espacios un partido político puede ser algo más que una maquinaria electoral o un actor institucional. Puede convertirse en una fuerza social arraigada, capaz de dialogar con la vida cotidiana, de aprender de ella y de proyectarla políticamente. En esa dirección se juega buena parte de la posibilidad de que el Frente Amplio sea un partido original y con vocación transformadora duradera.

Inventar es redescubrir y agregar algo

Pensar un partido complejo y socialmente arraigado no es un ejercicio abstracto ni una invención que surge de la nada. Supone también volver sobre experiencias históricas, no para imitarlas, sino para interrogarlas desde el presente. En ese sentido, la trayectoria de Recabarren conserva una potencia inspiradora que conviene recuperar con cuidado y sin nostalgia.

El Partido Obrero Socialista que fundaron Recabarren y otros dirigentes populares surgió en un contexto social incomparablemente más precario que el nuestro. El movimiento obrero era decidido, pero frágil. Mucho más débil, en términos materiales y organizativos, que las fuerzas de las que hoy disponemos, incluso después de una derrota electoral. Sin embargo, aquella experiencia resulta iluminadora porque el partido no se concibió como una estructura aislada, sino como parte de un universo social más amplio.

Junto a los núcleos partidarios se impulsaron sindicatos, periódicos propios, centros culturales, bibliotecas y espacios de encuentro, las llamadas “filarmónicas”. La política no se agotaba en la competencia electoral ni en la representación parlamentaria. Se desplegaba en la cultura, en la organización del trabajo, en la solidaridad cotidiana y en la construcción de comunidad. Partido, movimiento social y vida cultural formaban un entramado inseparable.

La debilidad estructural de los trabajadores de la época obligaba a ese despliegue integral. Era necesario actuar simultáneamente en la esfera política, en la sindical, en la cultural, en la comunicacional y también en la acción solidaria. Las mancomunales expresaron de manera ejemplar esa lógica: verdaderos ecosistemas sociales que, más allá de sus adscripciones ideológicas, funcionaban como “casas del pueblo”, espacios donde se producía organización, conciencia y dignidad.

Desde esa experiencia cabe formular una pregunta inevitable, aunque incómoda: ¿es posible hoy, en un mundo profundamente distinto, concebir una forma de partido que vuelva a articular política, sociedad y cultura? ¿Un “partido mancomunal”, construido progresivamente sobre la base de organizaciones diversas, vinculadas entre sí, con reglas claras de funcionamiento, que incluya no solo actores sociales tradicionales, sino también protagonistas culturales y artísticos, experiencias cooperativas, iniciativas mutualistas y nuevas formas de asociación?

No se trata de copiar a Recabarren ni de trasladar mecánicamente su experiencia a otro tiempo. Se trata de redescubrir su método. De interrogar qué hay en esa forma de concebir la política que pueda iluminar el presente. Recabarren comprendió, por ejemplo, el enorme potencial de los municipios como espacios de organización y democratización. Hoy las municipalidades tienen un peso institucional, presupuestario y simbólico muy superior al de su época y ofrecen posibilidades aún poco exploradas de democracia participativa.

En comunas gobernadas por alcaldes del Frente Amplio o del Partido Comunista se han impulsado experiencias valiosas en esa dirección, algunas de ellas ampliamente reconocidas por la ciudadanía. No son modelos acabados, pero sí indicios de un camino posible: el de una política que se construye desde lo local, que dialoga con las necesidades concretas y que produce aprendizaje colectivo.

Una de las principales fortalezas del Frente Amplio, heredada de sus grupos fundadores, es su condición de vector de energía política creativa. Está en una posición privilegiada para rescatar y renovar pensamiento de izquierda, y para convocar a quienes mantienen un compromiso profundo con las transformaciones radicales que requiere Chile. Para ello necesita formas organizativas que no asfixien esa energía, sino que la canalicen, la multipliquen y la sostengan en el tiempo.

El Frente Amplio enfrenta hoy desafíos múltiples y simultáneos. Algunos son inmediatos y exigen responsabilidad institucional. Desde ya, debe gobernar hasta el último día del mandato del presidente Boric, honrando el compromiso asumido con la ciudadanía. Otros desafíos son de más largo aliento y no admiten postergación: consolidar su existencia como partido unificado, recuperar las mejores experiencias del movimiento popular del siglo XX e integrar creativamente las luchas sociales del primer cuarto del siglo XXI, en particular las del poderoso movimiento feminista, las estudiantiles, sindicales, por los derechos humanos, ecologistas y por el derecho a la vivienda.

No es una tarea simple. La domesticación política y la pérdida de significado social acechan siempre a las organizaciones populares. La experiencia reciente de movimientos generosos y promisorios en Europa y América Latina, que no lograron proyectar una energía transformadora duradera, debería servirnos de advertencia.

A ello se suma un factor decisivo de nuestra época: el desarrollo acelerado de las nuevas tecnologías, entre ellas la inteligencia artificial, cuyo impacto futuro es todavía incierto. No podemos ignorarlas ni limitarnos a reaccionar ante ellas. La pregunta es cómo ponerlas al servicio de un partido político complejo, democrático, participativo y emancipador. También aquí se abre un terreno de invención que apenas comenzamos a explorar.

Podría acumular muchas más preguntas. No tengo respuestas cerradas para la mayoría de ellas. Pero sí tengo la convicción de que pensar creativamente, pensar libremente y, todas las veces que sea necesario, poner en cuestión lo establecido, no es un lujo intelectual sino una necesidad política. En tiempos de repliegue, la audacia reflexiva es una forma de responsabilidad.

Por eso arrojo estas pequeñas piedras a la superficie de una laguna que sé que no es tranquila y que no lo será por mucho tiempo.

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