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Portal Socialista > Contenido > Política > Internacional > Simón Ramírez / Chile en la encrucijada: soberanía, hegemonía y dignidad en tiempos de “doctrina Donroe”
DestacadosInternacionalPolítica

Simón Ramírez / Chile en la encrucijada: soberanía, hegemonía y dignidad en tiempos de “doctrina Donroe”

6 marzo 2026
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10 Min de Lectura
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Los acontecimientos de los últimos meses han dado luces sobre el rol que tiene América Latina ante la disputa hegemónica global y, con ello, el rol que puede (o no) jugar Chile, según cómo se conduzca su política exterior. El país atraviesa una encrucijada y la polémica del cable submarino con China, que ha acompañado el último tramo del cambio de mando, es un ejemplo claro de esto.

Lejos de ser una situación aislada, más bien es sintomática de este dilema definitorio de nuestros tiempos: cómo conducir Chile y su política exterior en un mundo atravesado por una disputa hegemónica abierta entre Estados Unidos y China. Y, sobre todo, si esa conducción responderá a los intereses permanentes del Estado o a la subordinación ideológica a una internacional reaccionaria que hoy se cuadra servilmente en América Latina ante la doctrina del America First y las directrices emanadas desde la Casa Blanca.

Si en algún momento hubo algún tipo de duda sobre lo que estaba en juego en esta coyuntura, las declaraciones del embajador Brandon Judd despejaron cualquier ambigüedad. No solo ratificó y defendió sanciones unilaterales contra autoridades del Estado chileno, sino que fue más allá. Acusó a estas de haber autorizado “a sabiendas” acciones que socavan la seguridad regional. La gravedad de esa imputación es evidente: se acusa a ministros de la República de actuar conscientemente contra la seguridad de la región y de su propio pueblo. De pasada, aprovechó también de desacreditar al gobierno, ofender a autoridades de la República y declarar que Chile es muy soberano, pero que como soberanos que somos teníamos que saber que ciertas decisiones “iban a tener consecuencias”, si afectan, según su criterio, los intereses de Estados Unidos.

América First, la política de seguridad nacional estadounidense está por sobre las decisiones soberanas de Chile. Y si estas no se alinean, habrá costos, están avisados.

Que esa sea la posición de EE. UU., en realidad, no sorprende. Lo realmente sorprendente es que las nuevas autoridades asuman como propia esa posición, acepten el lugar subordinado de Chile y reconozcan en Estados Unidos y Trump a su patrón.

Si quisiéramos ser optimistas, podría pensarse que esta es una situación circunstancial o que quizás el ímpetu del embajador Judd y las sanciones firmadas de puño y letra por Marco Rubio debilitaron el espíritu patriótico del gobierno entrante. Pero lo cierto es que este compromiso con la política exterior norteamericana ha sido la posición permanente de Kast. Tuvo su anticipo en la invasión a Caracas y lo ratificó en última instancia en aquella abyecta declaración de la OPE tras el bombardeo a Irán perpetrado por Estados Unidos e Israel. Allí, apoyando a estos últimos, declararon ser aliados de todos quienes defienden la democracia y la libertad, omitiendo, por cierto, que Trump ha sido procesado por intento de golpe de Estado o que detrás del ataque a Irán están las presiones de Arabia Saudita, una monarquía absoluta cavernaria en términos de libertades individuales, e Israel, conducido por el gobierno genocida de Netanyahu.

La crítica a las posiciones de Kast no tiene que ver con una suerte de moralismo diplomático. Detrás de la defensa de nuestra soberanía está la dignidad de Chile y de buscar lo mejor para nuestro pueblo. Nuestro país tiene tradición, historia y objetivos permanentes en política exterior. Ha construido prestigio internacional sobre la base de la autonomía y el respeto al derecho internacional. Nunca ha primado el alineamiento, mucho menos la genuflexión ante intereses de potencias imperiales. Incluso en los momentos más polarizados de la Guerra Fría, Chile defendió esta autonomía. Salvador Allende, por ejemplo, buscó activamente integrar a Chile al Movimiento de Países No Alineados y en 1973 tenía previsto asistir a la Conferencia de Argel para profundizar esa inserción, cuestión que no llegó a realizarse debido al golpe de Estado. Esa tradición de autonomía estratégica es parte de nuestro patrimonio republicano.

En los tiempos que corren, la vocación imperialista de Estados Unidos ha vuelto a quedar al desnudo. El llamado “corolario Trump” de la doctrina Monroe lo ha dejado claro. El secretario de Estado, Marco Rubio, ha explicitado una visión del hemisferio occidental como zona de influencia exclusiva: “No vamos a permitir que el hemisferio occidental se convierta en base de operaciones de adversarios”, señaló hace unas semanas, y en la Conferencia de Seguridad de Munich le dijo a los países europeos, nostálgico de los imperios previos al orden mundial post II Guerra, que la misión de EE. UU. era “renovar y restaurar” ese orden y que estaban preparados para hacerlo con Europa o solos de ser necesario.

En la misma línea, Stephen Miller defendió la invasión a Venezuela planteando que Estados Unidos era una superpotencia y que se iba a comportar como tal, sin pedir disculpa alguna. Eso justificaba la invasión perpetrada, pues sería inaceptable que los “adversarios” de EE.UU. se enriquecieran con recursos naturales de su región (de la región de EE.UU.: América Latina), como estaba ocurriendo con el petróleo, expropiado de capitales norteamericanos, sus dueños “originales”. Kast, por cierto, apoyó la acción y también el discurso sobre ella.

Todo esto, sumado a las temerarias declaraciones del embajador Judd, aclaran la polémica del cable chino. No hay tal asunto de seguridad regional, simplemente se trata de no permitir la operación de los “adversarios” de EE. UU. en su zona de influencia. Mucho menos su enriquecimiento. Kast nuevamente asintió con docilidad.

Lo complejo es que, en paralelo a todo esto, China se ha convertido en el principal socio comercial de Chile. Un fortalecimiento del vínculo fuertemente impulsado por el gran empresariado y la derecha política chilena, asidua a los viajes all inclusive al gigante asiático auspiciados por el Partido Comunista Chino. El resultado de esto es conocido, hoy China es el principal destino de nuestras exportaciones, y lo es también en exportaciones particularmente sensibles: más del 50% del cobre y alrededor del 65% del carbonato de litio se exportan a ese mercado. Minerales estratégicos en la disputa geopolítica global, pues son materias primas clave para la industria de la Inteligencia Artificial y la electromovilidad. Volviendo a las palabras de Miller, literalmente, el principal adversario de EE. UU. se está “enriqueciendo” con recursos naturales de su “patio trasero”: Chile.

La incertidumbre que genera al país que el destino de la nación esté conducido por Kast, en este contexto, es tremenda. Durante la última década, se ha dedicado a consolidar sus vínculos con la ultraderecha global, ha participado activamente en todas y cada una de las conferencias conservadoras internacionales, hoy forma parte de un club político cuyo referente es precisamente Donald Trump y del cual todo indica que quiere hacer de Chile una sucursal. Este compromiso con la internacional reaccionaria se corona con su asistencia a “Shields of the America”, el encuentro partisano de la derecha continental, cuatro días antes del cambio de mando, y que ha sido bautizado, por personas no exactamente izquierdistas, como el excanciller Ignacio Walker, como un besamanos de Trump.

Las preguntas caen por su propio peso: ¿conducirá la política exterior chilena como una extensión de esa internacional reaccionaria o como jefe de Estado de un país con tradición diplomática propia?; ¿sacrificará la dignidad de Chile y el bienestar de sus habitantes por su fanatismo ideológico con este club político conservador global?

La historia latinoamericana está marcada por episodios donde la presión externa se combinó con actores internos dispuestos a alinearse sin matices. El America First no es solo un eslogan electoral y lo han dejado claro. Es una doctrina que asume que los intereses estadounidenses prevalecen sobre cualquier otra consideración en el hemisferio y, en particular, en nuestra región latinoamericana. Cuando esa doctrina se explicita con amenazas veladas o abiertas, la respuesta no puede ser el silencio. La decisión está en manos del nuevo gobierno. La historia juzgará si estuvo a la altura de la tradición republicana de Chile o si prefirió convertirse en pieza de una estrategia ajena.

*Simón Ramírez, sociólogo de profesión, es el secretario ejecutivo de la Dirección Nacional del Frente Amplio.

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