Todos estamos de acuerdo en algo: la plata debe gastarse bien. Y para esto es importante contar con ministerios ordenados y eficientes, en los cuales haya una cabeza que revise planes y programas para determinar directrices futuras que causen impacto en las personas. Nadie discute que la anterior administración fue muy débil y perdió una gran oportunidad de levantar temas cuya transversalidad es fundamental para generar identidad y pertenencia.
Hasta ahí vamos sermoneando como republicanos, codo a codo con ellos y la eficacia: se dice, se hace y se hace perfecto. Un mundo maravilloso es posible, como diría algún spot comercial.
Pero, así como los cristales se empañan con la saturación del aire, asimismo se opacan los discursos cuando las acciones aparecen vaciadas de contenido. Cualquier contenido que quisiéramos discutir, si no es ni siquiera enunciado, hace del diálogo algo imposible.
El ministro de las Culturas se erige en una especie de súper héroe de la reducción presupuestaria rebajando el presupuesto más de lo que le piden, como un apostador lanzando fichas “tus dos y dos más” sobre la mesa de juego.
Sin embargo, esto no es para nada lúdico o gracioso. Ni siquiera puede disfrazarse de responsable mientras se limite a duplicar una oferta de números negativos. ¿Cuáles serán las audiencias castigadas? ¿Qué tipo de creadores se verán restringidos? ¿Cuántos libros para nuestras bibliotecas regionales no serán adquiridos? ¿Qué cantidad de iniciativas pequeñas pero significativas para comunidades aisladas serán cortadas de raíz? ¿Cuáles personas que conforman una sociedad cuya riqueza y proyecciones está en su diversidad serán apartadas? ¿Existen criterios para este tijereteo?
Como ciudadano de a pie, uno asume que las y los ministros, si bien siguen las directrices de la presidencia, en la interna defienden su cartera pues han llegado a ella por su experticia y años de dedicación al tema. Pero al parecer para la derecha sigue vigente la desafortunada frase de la exministra Valdés: “un peso que se coloque en cultura es un peso que se deja de colocar en otro programa o necesidad de los ciudadanos”.
Una lástima que persista esta especie de complejo ante un aspecto primordial en la vida de las personas. Las experiencias intelectuales, estéticas y emocionales conectan con la esencia de lo humano y cristalizan en la interioridad de nuestra existencia. Lo que no sucede en cultura ahora queda como un vacío permanente.
*Beatriz García-Huidobro M. es escritora y editora. Pertenece al Colectivo Feminista de Autoras Chilenas (Auch!).