Tomás Yánzon, representante del movimiento de derecha Alternativa y excandidato a la consejería de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECh) por la Facultad de Derecho, señaló, en Radio Agricultura, que las dos listas que compitieron por la mesa de la Federación pretenderían usarla como “trampolín político”, cuando “debería, en teoría, representar a los estudiantes”. La entrevista que dio el 15 de mayo en el programa ¡Llegó la Hora! estuvo marcada por esa tónica: los militantes postulantes a cargos de representación estudiantil priorizan sus propias pretensiones de construir una carrera política, antes que representar los intereses del estudiantado. Por cierto, él estaría exento de estas pretensiones, aunque eso no evitó su derrota.
Podríamos dedicar todo un ensayo a contraargumentar esa tesis, pero me interesa señalar algo distinto, esperando que permita diagnosticar una situación que ocurre más bien en sectores de izquierda. Y es que este discurso que instala la sospecha sobre los partidos políticos, oponiendo sus intenciones a los intereses del estudiantado, no resulta tan ajeno a ese campus Juan Gómez Millas (JGM) de la Universidad de Chile que Yánzon pintó como tan distante y atrasado respecto del pluralismo civilizatorio de la Facultad de Derecho de la misma universidad, al que él orgullosamente declara contribuir.
El excandidato incurre en el error ingenuo de confundir el mundo de la izquierda independiente con el de la izquierda partidista, cuando afirma que el Consejo de Representantes de Centros de Estudiantes (CRECE) “estaba dirigido por el Partido Comunista y el Frente Amplio” (lo que además es falso). Lo que Yánzon desconoce es que ese mundo gomezmillano o “ñuñoíno” de la cancelación que tanto desprecia esgrime sus mismos argumentos contra los partidos políticos mencionados. No es extraño al campus JGM, más bien todo lo contrario, el lugar común del trampolín político.
Vampiros universitarios
El ambiente político universitario podría describirse como ese “Twitter de izquierda” del que hablaba Mark Fisher en su artículo “Salir del Castillo de Vampiros”. Lo que el teórico inglés veía con preocupación, principalmente en medios digitales, me parece, se ha trasladado a la lógica de las interacciones presenciales. Consiste en una atmósfera de resentimiento donde constantemente se busca señalar a alguien por una cualidad personal, haciendo del debate una culpabilización moral.
En el caso de Fisher, el problema que él percibía era que el concepto de clase quedaba fuera de todo análisis. En nuestro contexto, precisaría que lo que se excluye realmente son las lecturas estructurales de las problemáticas y de los malestares, ya que la clase sí aparece, pero descolgada del marco conceptual que permite abordarla críticamente. En la “caza de brujas” a la que asistimos frecuentemente, por ejemplo, en JGM, se han creado los complejos de “amarillo” (tibio, para quienes permanezcan ajenos a la jerga), de “aliade” (hombre hetero-cis que dice apoyar a las feministas solo para ser aceptado y quizás deseado), de “cuico”, entre muchos otros. Estos complejos responden justamente a la lógica de “la ‘izquierda’ pequeñoburguesa narcisista”, que torna las problemáticas (ideológicas, de clase, de género…), en asuntos individuales e identitarios (amarillos, cuicos, aliades…).
Así, aparece también el “complejo de militante” que interioriza y asume la culpa por los distintos señalamientos que se le hacen, como el del trampolín político, por el simple hecho de militar en un partido. Esta figura retórica es otra forma de decir que las dirigencias de partidos que buscan integrar, integran o han integrado la FECh son oportunistas, y sus intenciones egoístas y ajenas al movimiento estudiantil, solo por el hecho de ser militantes.
Lenin, en su célebre texto ¿Qué hacer?, ya había advertido esta clase de problemas cuando habló contra el “economismo”, reconociendo en el culto a la espontaneidad del movimiento obrero una infiltración de la ideología burguesa. Lo que expone sobre la farsa que constituye la emancipación de los obreros respecto de sus dirigentes socialistas se reproduce casi exactamente en el ámbito estudiantil. De esta manera, el discurso que opone a partidos y estudiantes se entona entre supuestos izquierdistas tal como lo hace la derecha.
La vida diaria universitaria en el campus JGM, así como los espacios de reflexión y deliberación, reiteran prejuiciosamente una y otra vez las etiquetas que describimos. Tras la rutina de las acusaciones correspondientes, la discusión asambleísta se vuelve una terapia grupal donde todos comparten sus angustias e indignación frente a las presiones de las autoridades locales, siendo cuestión de tiempo que la efervescencia de los afectos provoque el llamado, usualmente expresado con gran pasión, a alguna clase de protesta (los clásicos paros o los todavía no tan desahuciados “pasacampus”). Mark Fisher lo expuso fidedignamente en su “quinta ley del Castillo de Vampiros”:
Piensa como un liberal (porque eres uno). El trabajo del CV [Castillo de Vampiros] de avivar una furia reactiva consiste en señalar sin parar lo más obvio: el capitalismo se comporta como el capitalismo (¡no es muy agradable!), los aparatos represivos del Estado son represivos. ¡Hay que protestar! (Fisher, 2022, “Dentro del Castillo de Vampiros” para. 8).
Esto ha provocado varias cosas. Por un lado, y como es de esperar, que ciertas personas, incluidas las militantes de partidos, se abstengan de participar activamente en espacios de alta exposición pública, como asambleas, sea ya por miedo o por haber internalizado la conciencia culpabilizante y moralizante del discurso, renegando de su propia militancia. Y es, creo, lo que lleva a muchos y muchas jóvenes a rechazar o a abandonar inesperadamente la militancia en un partido, creyendo o diciendo creer que es por principios. En consecuencia, los partidos parecen ausentarse cuando las papas queman, por esconder sus banderas y sus relatos. Por otro lado, hace improbable que se elaboren relatos estructurales que politicen el movimiento estudiantil y que permitan articular su acción en torno a objetivos transformadores y transversales.
Una vez se ha esparcido la culpa entre estudiantes, señalando a todo quien corresponda por cada pecado en la lista; una vez purificado moralmente por completo el ambiente, solo queda lugar para los comentarios más insustanciales, meras apreciaciones de lo evidente sazonadas con algo de indignación. Lo máximo a lo que pueden aspirar es a exigir una mejor gestión de los recursos, pasando por patéticas súplicas de empatía a las autoridades locales. Esto, tras haber anulado toda crítica estructural, esencializando argumentos y posiciones, personalizando la política.
No obstante, lo más grave, a mi juicio, es que se ha desacreditado al partido como forma genuina de organización política, acusando que su único o principal propósito es servir al oportunismo. Esto solo hace a la base social descreer de la posibilidad de una herramienta poderosa abocada a la transformación social.
Los partidos y el oportunismo
El partido es tal vez la herramienta política para alcanzar el poder por definición. Y, por cierto, si hay algo en lo que las ideas de Lenin y las de Luxemburgo (e incluso las de Gramsci) coinciden, es en que el socialismo y el movimiento obrero debían trascender el lugar del trabajo para llegar al parlamento burgués. De ahí que Fisher diga que “el purismo se transforma en fatalismo”, puesto que, en la lógica del Castillo de Vampiros, “está bien protestar contra lo que hizo el parlamento, pero no entrar al parlamento o los medios masivos para intentar instrumentar cambios desde allí”.
Vale la pena acotar que el problema con la retórica del trampolín no es que señale hechos falsos de oportunismo, o que la política institucional no haya decepcionado nunca desde 1990. Todo esto es, en realidad, cierto. Dada la experiencia chilena en los gobiernos de la Concertación, sí nos habituamos a pensar que los políticos son oportunistas y los partidos, serviles al orden neoliberal. Aunque hay que decir que es por la discrepancia con estos partidos específicamente que aparece la necesidad de formar uno nuevo, expresada en la conformación del Frente Amplio. Como sea, pudiendo ser una retórica verdadera a posteriori (en determinadas circunstancias), permanece constantemente falsa en su condición a priori.
El problema de este tipo de juicios es que reprimen la verdadera razón por la cual se emiten: desplazar la crítica estructural a la acusación moral individual, y todavía más, desplazar la acción colectiva organizada a la (in)acción individual (des)organizada; sustituyendo la acción (efecto de la crítica) por la parálisis (efecto de la culpa). En resumen, es claro que el oportunismo es condenable, pero es craso error afirmar que es inherente a la organización partidista.
En todo caso, el oportunismo sí es un problema para la organización política de izquierda, ya sea el movimiento estudiantil en general o un partido en particular, pero por razones distintas. Siguiendo a Rosa Luxemburgo, “el oportunismo se muestra en aquellos que no pretenden conseguir más que resultados prácticos” (Luxemburgo, 2024, p. 79). El oportunismo que describe Luxemburgo rechaza la teoría y, por tanto, también los objetivos finales (transformadores) de largo plazo, prefiriendo resultados más inmediatos y de corto plazo. Esto tiene consecuencias directas en la acción y organización política, como lo delinea la pensadora alemana, en el caso de su análisis del movimiento obrero, pero creo que también se expresan en el movimiento estudiantil. A continuación, intentaré exponer algunas de estas consecuencias.
El Sísifo narciso
Como ya adelantamos, el relato (si podemos siquiera considerarlo tal) recalcitrantemente anti-partidos que logra hegemonizar, al menos aparentemente, el ambiente universitario es uno que se conforma con enarbolar los intereses más egoístas del estudiantado, ensimismando todo intento de organización estudiantil en las problemáticas locales e incapacitándola frente a los desafíos más ambiciosos y transversales. La falta de salas en las facultades o la calidad y cobertura de la alimentación cobran mucha más urgencia que la propia superación del modelo neoliberal de la educación superior (es decir, gratuidad universal, fin al CAE, nuevo modelo de financiamiento, integración en el modelo de desarrollo, etc.). De este modo, los centros de estudiantes o incluso las propias federaciones pasan a ser vistas como meros entes burocráticos de gestión y negociación, en lugar de ser orgánicas que faciliten la acción política. Su rol es solamente velar por el cumplimiento de reglamentos universitarios, y descuida la politización de su espacio representado.
Lo hemos visto en el cotidiano, cuando los centros de estudiantes cultivan popularidad organizando exitosos y “prendidos” carretes; pero, aún más, se expresa en los centenares de equipos y comisiones que se generan en un periodo de movilización local (usualmente la toma de una facultad, a lo sumo de un campus): mesas de negociación paralelas a los consejos de escuela y/o de facultad, a las delegaturas, etc., que se supone ya cumplen la función de negociar con las autoridades en representación de sus compañeros y compañeras. Aunque se dé el mejor escenario en estas movilizaciones, los problemas de infraestructura y financiamiento persisten e insisten, como los progresos y retrocesos constantes de derechos laborales en el llamado “trabajo de Sísifo” que Luxemburgo auguraba para la lucha sindical. Esto, por la sencilla razón de que este nivel de organización es impotente ante la estructura que se pretende (o no) transformar, más bien queda subsumida a ella, sin lograr ninguna ruptura. El eterno retorno de los paros o tomas de un mes en JGM es el paradigma de esta realidad.
Acá puede resultar prudente recordar a Gramsci, quien también objetó la espontaneidad en este caso exaltada por Georges Sorel o la política-pasión de Benedetto Croce. En resumidas cuentas, tanto Sorel como Croce rechazaban la planificación política, el primero, por considerarla utópica y reaccionaria, “la solución era abandonada al impulso de lo irracional” (Gramsci, 1999, p. 14). El mito soreliano encontraba su único asidero en la movilización; en la huelga general, puramente negativa y destructiva respecto del orden establecido, como expresión máxima de la acción sindical. La objeción de Gramsci es que la huelga general se comprende como actividad pasiva; es negativa porque sirve para destruir o detener el orden existente, pero no prevé una fase “activa y constructiva”. Sostiene, entonces, que un mito que solo incita a la destrucción deja a la voluntad colectiva en una “fase primitiva”. Sin un programa político que construya un nuevo orden, esa voluntad se disuelve rápidamente en una “infinidad de voluntades individuales”. Si no se puede organizar una “pasión permanente” a través de un partido con un programa, la política se reduce a resolver problemas inmediatos sin una meta transformadora, cayendo en lo que Luxemburgo llamó una “política de compensaciones” o de “toma y daca”. Para Gramsci, entonces, así como para Luxemburgo, la libertad consiste menos en la protesta que en la cristalización de la conciencia histórica en una organización, en un programa.
Esta insistencia en superar la movilización (esporádica, acontecimental) con organización (racional, permanente) vuelve a aparecer en la crítica de Kwame Turé a los movimientos de los 60y, nuevamente, creo, en el movimiento estudiantil chileno de los últimos años. Así, la movilización estudiantil no solo se vuelve cíclica y por lo tanto desgastante para los y las estudiantes, sino que además permanece narcisista, volcada sobre sus propios intereses locales, imposibilitada de articularse a nivel general con la FECh e incluso nacional con la CONFECH. Su repetitividad y narcisismo la fueron poco a poco despojando de sentido.
Militar como acto de esperanza
Es con este historial que llegamos a la elección de la FECh de los pasados 11 y 12 de mayo 2026. Sin embargo, mi preocupación es que la grata sorpresa que fue la abrumadora participación en las votaciones, llegando al 49,1%, el más alto porcentaje de quórum desde el 2011, se deba al llenado de ese vacío de sentido con la mera reacción a las amenazas del gobierno de Kast. Ya lo dijo Mark Fisher: para salir del Castillo de Vampiros no se puede solo protestar; hace falta construir. Y es que este gobierno nos ha dado, y seguirá dando, razones de sobra para protestar; el desafío está en mantener la participación del estudiantado en la Federación, esa organización permanente de la que hablaba Turé. Fisher teorizó una nueva solidaridad de izquierda y una nueva universalidad, lo que significa un tipo de subjetividad alternativa a la de la “subjetividad burguesa”, que no es otra que la constitución de la identidad individual por medio del consumo, incluso, del consumo de valores.
A mi juicio, como ya se insinuó más arriba, lo que se requiere es construir un nuevo gran relato, un mito, sobre la transformación estructural del sistema. Lo que tiene que hacer la izquierda es producir un nuevo sentido que supere la lógica moralizante y de consumo que alimenta al ego, que les dé a las personas una razón para organizarse.
Lo que consigue el Castillo de Vampiros fisheriano es transformar las categorías políticas antirracistas, antisexistas y anticapitalistas en categorías morales, internalizándolas, haciendo que la emoción predominante entre las llamadas izquierdas (partidistas y apartidistas) sea el miedo. Miedo a ser categorizado o, peor, descubierto como un “amarillo”, un “cuico”, un “aliade” o… un “oportunista”, etc. El relato alternativo y su forma comunitaria concreta debe sustituir el miedo por la esperanza. Esperanza de poder cambiar lo existente, que funcione como el pegamento de la nueva camaradería, que se permita la crítica y reflexión profundas y, por tanto, el desacuerdo. Donde el miedo instalaba sospecha ante la organización, la esperanza haría de ella algo necesario.
Ahora bien, para producir la esperanza no solo se requiere del mito en su dimensión más abstracta (ideología), sino de su versión concreta en el programa, en la organización. En tiempos donde, como argumentamos antes, lo reprimido es justamente la organización política y colectiva sin complejos, militar en el partido es, ante todo, un acto de esperanza.
Nota del autor: conozco el artículo de M. Fisher, “Salir del Castillo de Vampiros”, gracias al compañero Daniel Pasten, actual encargado de Formación de la Base Usach del Frente Estudiantil del Frente Amplio. Todo lo que se encuentra entre comillas en los párrafos donde me refiero a este texto remite a términos usados por Fisher.
Referencias
Breakthrough (1988, 21 de junio). NO JUSTICE, NO PEACE—The Black Liberation Movement 1968-1988: Interview with Kwame Turé [Entrevista]. Breakthrough, 22(1), 10–16.
Fisher, M. (2022, 10 de julio). Salir del Castillo de Vampiros. (P. Orellana, Trad.). Jacobin Lat. https://jacobinlat.com/2022/07/salir-del-castillo-de-vampiros/
Gramsci, A. (1999). Cuaderno 13 (XXX) 1932-1934. En V. Gerratana (Ed.), Cuadernos de la cárcel (1a ed., Vol. 5, pp. 11-92). Ediciones Era.
Lenin, V. I. (2010). ¿Qué hacer? Problemas candentes de nuestro movimiento. Ministerio del Poder Popular para la Comunicación y la Información.
Luxemburgo, R. (2024). ¿Reforma o revolución? y otros textos. Larga Marcha.
Universidad de Chile. (2026, 13 de mayo). Elecciones FECh 2026: Lista “Conectemos la Chile” vence con la mayor participación en 15 años. https://uchile.cl/noticias/240152/-elecciones-fech-lista-conectemos-la-chile-vence-con-alta-participacion
*Farid Jalilie Alamo es militante del Frente Estudiantil y consejero FECh por la Facultad de Ciencias Sociales.