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Portal Socialista > Contenido > Cultura > Escenarios y Pantallas > Soledad Sanhueza / “La hermanastra fea”: más allá de las fronteras patriarcales del reino de los ricos, buenos y hermosos
CulturaDestacadosEscenarios y Pantallas

Soledad Sanhueza / “La hermanastra fea”: más allá de las fronteras patriarcales del reino de los ricos, buenos y hermosos

6 marzo 2026
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8 Min de Lectura
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“Cenicienta” forma parte del repertorio de los cuentos infantiles que se les lee a las niñas desde pequeñas. Cuando decimos ese nombre, Cenicienta, su historia se nos viene a la mente (y a quienes rondamos o superamos los 40 también se nos viene a la mente la imagen de la película de Disney).

Un hombre rico que tenía una hermosa y bondadosa hija se casó en segundas nupcias con una mujer muy ambiciosa que, a su vez, tenía dos hijas ambiciosas y malvadas. El padre de la niña muere, y la madrastra y las hermanastras se quedan con los bienes de aquel hombre rico y obligan a la joven a hacer las labores del hogar y resolver todos sus caprichos. La apodan Cenicienta, pues su cara y ropas están siempre manchadas con las cenizas de la estufa y cocina. Al tiempo, el rey da un gran baile para que su hijo, el príncipe, encuentre una esposa. Las hermanastras asisten, pero a Cenicienta no se lo permiten: no tiene ropa, no está limpia y ellas no quieren que vaya. Es aquí donde la magia favorece a la belleza y la bondad: un hada madrina aparece y viste a Cenicienta con un hermoso vestido para el baile y además le crea un carruaje para que pueda asistir. La única advertencia es que a las 00:00 la magia se acabará y todo volverá a la normalidad. Cenicienta entra al baile y el príncipe de inmediato queda prendado de su belleza y gracia. Tanto así que, cuando ella tiene que huir antes de las 00:00 y pierde un zapato, el príncipe hace que todas las mujeres del reino se prueben el zapato para poder encontrarla y cuando la encuentra se casa con ella y son felices por siempre.

Una de las moralejas que se observa a simple vista en este cuento es que la maldad y la ambición no triunfan. Esa es la moraleja que más se ha explotado, de hecho. Pero hay muchas moralejas más a las que se les pone menos atención: 1) la mujer buena (hermosa, grácil, piadosa y buena) tiene como premio que el príncipe la escoja; 2) son los hombres los que escogen, las mujeres se exhiben y están alegremente disponibles para ser escogidas; 3) principalmente son los hombres ricos (que coincidentemente también son los atractivos) quienes escogen, y las mujeres esperan con ansias ser escogidas por ellos; 4) todo siempre vuelve a su cauce: las mujeres feas, ambiciosas, pobres en su origen, jamás podrán acceder y encantar al príncipe: solo una noble, mujer adinerada que, coincidentemente, siempre es bella, puede hacerlo. Pareciera ser que el dinero de la cuna es lo que entrega la belleza y que al mismo tiempo genera la atracción entre los personajes. Por mucho que Cenicienta lavara pisos y estuviera sucia, continuaba siendo noble. Las hermanastras, por mucho que tuvieran vestidos hermosos y fueran servidas por Cenicienta, continuaban siendo impostoras en su origen. Así las cosas, todas quisimos ser Cenicienta en esta historia.

Desde aquí en adelante, advierto a los lectores que se vienen altos niveles de spoiler, así que lean bajo su responsabilidad. Y si quieren ver la película, está disponible en MUBI.

La película “La hermanastra fea” (Emilie Bleachfeldt, 2005) se hace cargo de la última moraleja y aquí, creo yo, radica su crítica al patriarcado y también a la oculta rigidez de las clases sociales.

La película narra el cuento de la Cenicienta desde la perspectiva de una de las hermanastras: Elvira, quien es fea, gorda y ocultamente pobre, pero profundamente soñadora. Elvira lee los libros de poesía romántica que ha escrito el príncipe, y es así como se enamora de él. Ella se imagina hermosa, rubia, con bellos y caros vestidos y siendo elegida por el príncipe quien la toma en sus brazos y la lleva sobre su caballo. Por su parte, el príncipe está lejos de ser el hombre galante que imagina Elvira: lidera una pandilla de hombres adinerados, frívolos, torpes y ridículos, pero que tienen el poder de garantizar la buena o mala vida de una mujer.

En esta versión de la historia, Cenicienta, cuyo nombre es Agnes, es una mujer noble, hermosa, grácil, pero arruinada financieramente. Ella es completamente pragmática: entiende que el mundo en el que vive está construido para que las mujeres como ella tengan el mejor lugar que una mujer pueda tener. Desea recuperar su vida cómoda, se lo plantea como objetivo, y sabe que puede hacerlo. No busca el amor, no idealiza al príncipe, lo que busca es el matrimonio.

La madrastra, que también está en quiebra, sabe que la supervivencia de su familia no está completamente en sus manos: una mujer que ha enviudado dos veces, vieja y con dos hijas, no es lo suficientemente deseable para obtener grandes favores de los hombres y por lo tanto protección y comodidad. Pero ese futuro sí podría llegar a estar en las manos de su hija mayor, Elvira. Así, la madre trata de hacer realidad ese romántico deseo de Elvira de ser escogida por el príncipe, para que las tres puedan escapar de la pobreza. El gran problema es que, para que Elvira logre ser una mujer deseable para el hombre más rico y guapo del reino, tiene que vivir una metamorfosis que la lleva incluso a la deformidad: tiene que pasar por un entrenamiento, por procesos quirúrgicos absurdamente caros y dolorosos, dietas mortales y mutilaciones. Pero, al final, nada de esto es suficiente.

Cenicienta, solo siendo tal como es, consigue encantar al príncipe y convertirse en princesa. Elvira, por mucho que trate de imitar la belleza y la gracia de una mujer como Agnes, jamás lo logrará… Todos los ríos vuelven a su cauce.

La gran cuota de cordura en esta historia, la pone la hermanastra menor, Alma, quien al ver la dolorosa transformación de Elvira se androginiza y finalmente decide llevarla fuera de este reino en el que los ricos son los hermosos, donde ellos solo tienen que ser lo que son, y a quienes todos los demás tienen que asemejarse… No sé ustedes, pero yo reconozco al feminismo socialista como un lugar fuera de las fronteras de ese reino.

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