La compañía de mujeres, la presencia de mujeres, constituye un espacio sonoro y semántico sin el cual no hay eco para lo que somos.
Nicole Brossard (1)
Por allá por la mítica década de los 80 —yo tenía 20— en el patio de un monasterio, bajo unas palmeras, escuché claramente la palabra feminismo. ¡¡¿¿Quéééé??!! exclamó la mayoría de la audiencia (algunos guapos y combativos estudiantes de las universidades de la época) (2). Las chicas guardamos sorprendido silencio.
Yo recuerdo a Julieta Kirkwood sentada pierna encima, con su hermosa piel tostada y su serenidad despampanante. Me senté en primera fila, la escuché con atención y ya a la tercera frase me dije: soy feminista.
Julieta sonreía, como el sol poniéndose en la loma. Su primera frase fue: la discriminación de la mujer existe. La segunda fue algo así como: cada vez que ha existido opresión patriarcal ha existido resistencia organizada desde las mujeres. Y la tercera: durante las primeras décadas del siglo XX existieron feministas en Chile.
¡¡¿¿Qué??!! (esta vez la exclamación fue mía).
Su pelo ondeaba oscuro sobre sus hombros. Yo la miraba con asombro y expectación. Descubría la rueda y mi vida se enrumbaba decidida por un camino apasionante. Todo se me re-iluminaba. Mi cuerpo se estremecía de alegría, de sorpresa, de alivio. ¡Qué suerte la mía!
El feminismo soy yo, dijo alguna vez, más tarde, y yo entendí que cada una de nosotras era un ejemplo, una muestra de lo posible. Y ella lo había sido para mí. Sus palabras y también su presencia provocaron en mí esa respuesta. La feminista era yo y el feminismo éramos nosotras.
No era fácil, en esos tiempos de dictadura y resistencia, de vida y de muerte cotidiana, hablar de estas novedades. Los compañeros se sentían atacados, ofendidos, descalificados (no sé por qué). Las compañeras temían ser descalificadas por ellos. Las discusiones no terminaban nunca. El feminismo es una mano del imperialismo, ten cuidado, me dijo más de alguien.
Pero yo seguí a Julieta a ojos cerrados y abiertos.
Fui al Círculo, la casa que habían fundado en el Barrio Bellavista y ella me prestó un libro de Emma Goldman, la feminista anarquista del cambio de siglo, que yo devoré con fruición. Emma hablaba de la libertad sexual, de los anticonceptivos, de la independencia corporal de las mujeres ¡a principios del siglo XX! Eso recuerdo. Mientras, Julieta me hablaba, entre otras cosas, de la autonomía del propio cuerpo desde la cual nacía cualquier otra forma de independencia: partir del propio cuerpo es la primera toma de posesión de la propia libertad.
Allí, entre esos libros, cuerpos y conversas fragüé, en mi propia piel, en mi esqueleto, mi propia versión de los hechos.
Comprendí que nuestro cuerpo, nuestros cuerpos/nuestras vidas jugaban un papel clave en el escenario político en el que nos desenvolvíamos.
Límites, control, manejo, adiestramiento, disciplinamiento corporal y emocional… y también: lo erótico como poder, la memoria del cuerpo y la trasgresión de los paradigmas… Aprendí que eran aspectos ineludibles a la hora de ser mujeres y especialmente a la hora de ser resistencia organizada.
Me zambullí en la biblioteca del Círculo de Estudios de la Mujer, ávida por participar en ese diálogo centenario en que las protagonistas éramos de carne y huesos. Me zambullí en mi propio cuerpo intentando comprender la sinrazón de tantos dolores y magulladuras crónicas. Me zambullí en la memoria corporal propia y la de mis amigas buscando, a pies juntillas, respuestas a preguntas que casi no sabíamos formular.
En el intertanto mi bella Julieta se fue de este mundo, sumergida en el profundo misterio de las ausencias y me quedé sola en el jardín de lo soñado recién descubierto.
Para no esperar el equipo empecé sola. Y luego otras me acompañaron.
Feminarias. Bailando, escribiendo, charlando, inventando. En esos años no existía internet. Solo Fempress nos saciaba la sed en el desierto. Solo nosotras con nuestra radiante vitalidad y desparpajo. Mozas insolentes. Casa de los Colores.

Julieta nunca perdió la calma cuando mis compañeros universitarios respondían airados a sus intervenciones. Esa paz me cautivó. En minutos supe que estaba frente a un referente importantísimo para mí. Cuando tenga 40 años quiero ser así: hermosa, sabia, brillante, imperturbable, lúcida, serena, valiente, pensé. Ahora ya tengo 60 y algo, y todavía no soy como ella (aunque ya me falta menos).
Sí, he aprendido que una buena manera de hacerse feminista es conocer a algunas de ellas, verlas en acción, escucharlas, leerlas, amarlas. También creo que necesitamos liberar la expresión de nuestras emociones y nuestra creatividad sin fin, solas, juntas y revueltas, explorando más allá de los estereotipos que hemos aprendido, fortaleciéndonos allí, renombrando una existencia que reinventamos a nuestro favor. He aprendido a amar la belleza de cada mujer, de cada cuerpo de mujer, empezando por el mío. He aprendido a encontrar valor y coraje dentro de mi propio cuerpo y a enseñar a otras a encontrar el suyo también.
Recuerdo a Julieta esa tarde de enero, cuando ella llevó la sala de clases al patio. Ella fue presencia vital y visibilización de palabras y cuerpos. Ella fue el feminismo y yo le creí, cuando el cuerpo fue un río ayayay de bellas olas.
Notas
(1) Nicole Brossard. Memoria: holograma del deseo.Revista Feminaria 3 (1989): 7-9 (Argentina).
(2) La actividad aludida se trataba de una Escuela para Dirigentes Universitarios. Era el verano de 1982. Muchas actividades, en eso años, se realizaban en monasterios (locales facilitados por la Iglesia Católica). Los y las participantes pertenecían a todo el espectro político de la oposición. La autora formaba parte del grupo de dirigentxs que venía de la Universidad de Concepción.
Una versión anterior de este artículo fue publicada en el libro de Elena Águila, Des-cubrir la cultura. Una mirada feminista, Ediciones Con-spirando, Santiago de Chile, 2012. Disponible para descarga gratuita en https://conspirando.cl/libros-con-spirando/
*Carmen Durán es antropóloga y artivista feminista. Co-fundadora de la Casa de los Colores (algún año, en algún tiempo, en Concepción, Región del Biobío, Chile).