Cada 23 de abril, el Día del Libro nos convoca a celebrar la lectura como un acto de memoria, identidad y descubrimiento. En Chile, debería transformarse en una incitación a leer a quienes, desde la escritura, han logrado capturar lo invisible: emociones, silencios y mundos interiores.
Entre esas voces esenciales, destaca con una fuerza singular María Luisa Bombal. Su obra, breve pero intensamente luminosa, abrió caminos inéditos en la narrativa chilena y latinoamericana. En una época en que predominaban relatos realistas y miradas externas sobre la sociedad, Bombal se atrevió a explorar el territorio íntimo de la conciencia, los sueños y el deseo femenino.
En La última niebla (1934), la autora construye un universo en el que la frontera entre realidad y fantasía se vuelve porosa. La protagonista, atrapada en un matrimonio sin amor, encuentra en una experiencia ambigua —¿recuerdo, sueño o invención? — una forma de afirmación personal. La niebla, más que un elemento atmosférico, funciona como imagen de una subjetividad difusa, donde el deseo y la frustración se entrelazan: La niebla se estrecha, cada día más, contra la casa. Ya hizo desaparecer las araucarias cuyas ramas golpeaban la balaustrada de la terraza. Anoche soñé que, por entre rendijas de las puertas y ventanas, se infiltraba lentamente en la casa, en mi cuarto, y esfumaba el color de las paredes, los contornos de los muebles, y se entrelazaba a mis cabellos, y se me adhería al cuerpo y lo deshacía todo, todo… Bombal no ofrece certezas: su escritura sugiere, insinúa, desestabiliza, obligando al lector a habitar ese mismo estado de incertidumbre emocional.
Su obra La amortajada (1941) radicaliza esta exploración al situar la conciencia en un cuerpo muerto. Desde su ataúd, la protagonista revive episodios de su vida, reconstruyendo vínculos, culpas y afectos en una suerte de vigilia post mortem. Esta perspectiva rompe con la linealidad del tiempo y convierte la muerte en un espacio de lucidez: Tantos seres, tantas preocupaciones y pequeños estorbos físicos se interponían siempre entre ella y el secreto de una noche. Ahora, en cambio, no la turba ningún pensamiento inoportuno. Han trazado un círculo de silencio a su alrededor, y se ha detenido el latir de esa invisible arteria que le golpeaba con frecuencia tan rudamente la sien. Lo notable es cómo Bombal transforma una situación límite en una experiencia profundamente humana: la muerte no clausura, sino que revela. En ese tránsito, la protagonista alcanza una comprensión que le fue esquiva en vida, lo que otorga a la novela una dimensión muy vívida sobre la existencia y la memoria.
Textos como estos, junto al inolvidable relato El árbol, no solo marcaron un hito por su estilo poético y envolvente, sino también por su capacidad de situar a la mujer como sujeto de experiencia y no como figura secundaria. En sus páginas, la realidad se mezcla con lo onírico, el tiempo se diluye y las emociones adquieren una densidad casi palpable.
El talento de María Luisa Bombal reside precisamente en esa capacidad de decir lo indecible. Sus personajes habitan espacios de soledad, anhelo y búsqueda, en los que el lenguaje se vuelve sugerencia más que afirmación. Su obra dialoga así con corrientes posteriores como el realismo mágico y la narrativa introspectiva, posicionándola como una figura clave, aunque por años insuficientemente reconocida.
Recordar a María Luisa Bombal en el Día del Libro es, sin duda, un acto de justicia cultural: reconocer a una escritora que desafió las convenciones de su época y que, desde una aparente fragilidad, construyó una de las obras más potentes de la literatura chilena.
Junto a ella, el panorama literario nacional se enriquece con nombres fundamentales como Vicente Huidobro, cuya obra Altazor revolucionó el lenguaje poético; Gonzalo Rojas, con la intensidad lírica de Oscuro; Luis Alberto Heiremans, desde la dramaturgia con piezas como El abanderado; Mariano Latorre, pionero del criollismo con Zurzulita, novela en la que retrató la vida rural chilena; Baldomero Lillo, cuya narrativa social, especialmente en Subterra, expuso con crudeza la vida de los mineros; e Isabel Allende, quien ha llevado la narrativa chilena a escenarios globales con La casa de los espíritus. En tiempos más recientes, autoras como Alia Trabucco Zerán continúan ampliando las fronteras de la escritura con obras como La resta.
Asimismo, Chile ha inscrito su nombre en la historia literaria mundial a través de Gabriela Mistral y Pablo Neruda, cuyas obras —ya ampliamente leídas— siguen ofreciendo formas vigentes de pensar la intimidad, la historia, la política y el lenguaje desde la experiencia chilena.
Sin embargo, en medio de esa constelación de nombres, la voz de María Luisa Bombal sigue resonando con una particular intimidad. Leerla hoy es descubrir una escritura que no envejece, que sigue interrogando nuestras emociones más profundas y que nos recuerda que la literatura también habita en lo sutil, en lo apenas dicho.
Celebrar el Día del Libro es, entonces, volver a esas páginas que nos transforman. Y entre ellas, las de Bombal ocupan un lugar privilegiado: el de aquellas que, sin estridencia, logran quedarse para siempre en la conciencia de quienes las leen.*Ro Carrasco Meza es profesora de Castellano, PUC; politóloga, PUC; magíster en Gestión y Desarrollo Regional y Local, Universidad de Chile.