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Portal Socialista > Contenido > Política > Internacional > Juan Rodríguez Medina / Un papa ludita (o la gracia es no-saber)
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Juan Rodríguez Medina / Un papa ludita (o la gracia es no-saber)

12 junio 2026
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9 Min de Lectura
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Tiene razón León XIV cuando dice, en su encíclica Magnifica humanitas, que es equivocado equiparar la “inteligencia artificial” con la humana, porque la máquina solo imita y, claro, calcula más rápido y con más amplitud, pero es una potencia derivada del procesamiento de datos, no es el resultado de una experiencia, de un cuerpo, de alegrías y dolores, del amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad.

“Tampoco tienen una conciencia moral”, dice el papa sobre las máquinas, “no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias. Pueden imitar lenguajes, comportamientos, valoraciones; pueden simular empatía o comprensión, pero no conocen lo que producen, porque no residen en el horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que el ser humano se vuelve sabio”.

En esto último, creo, se equivoca León XIV, porque ese horizonte de sentido y sin sentido del que deriva o que es la vida humana no nos vuelve sabios, al contrario, nos hace conscientes de nuestra ignorancia, de nuestro no-saber, como le pasó a Sócrates.

No hay algo así como captar el sentido último de las cosas; de hecho, es eso, que hay un sentido último, lo que creen y pretenden imponer, de Platón a Palantir, aquellos que reducen la realidad a idea, imagen, información o dato, y que a partir de ahí fantasean con repúblicas filosóficas o tecnológicas en las que, claro, ellos, que pueden inteligir la esencia, mandan.

Es la máquina, la “IA”, y el Capital detrás de ella, la que es sabia, la que todo lo sabe, incluso si “alucina”. Nuestra gracia, lo digo como no creyente, es que podemos saber que no sabemos. Por eso la máquina no piensa.

Tampoco trabaja: desde la captura de nuestros datos a los repartidores o “socios” de plataformas, pasando por los etiquetadores de cosas que le dicen al robot que esto es una silla y esto otro es una mesa y por los niños extrayendo cobalto en minas del Congo, la máquina explota la fuerza humana, nos hace trabajar, como un gran jefe mecánico, el sueño de todo rey filósofo, de Trotsky a Hitler pasando por Hayek. Que, por lo demás, es lo que viene haciendo el Capital desde siempre: que las tecnologías sean un medio no para aliviar la vida de todos, sino para explotar más y mejor la fuerza física y mental del recurso humano.

Eso fue lo que denunciaron los luditas a comienzos del siglo XIX, en Gran Bretaña, cuando se pusieron a romper los telares mecánicos que estaban dejando sin trabajo a las personas. El nombre lo tomaron de Ned Ludd, un misterioso tipo que, dicen, en 1779 destruyó, furioso, dos máquinas de tejer. De ahí en más, cada vez que se encontraba un bastidor destruido se decía “Ludd debió de estar aquí”.

Con el tiempo, y hasta hoy, “ludismo” se volvió sinónimo de tecnofobia, pero, como hace notar Thomas Pynchon en “¿Está bien ser ludita?”, un ensayo de los años ochenta del siglo pasado, y un par de libros recientes —Blood in the Machine, de Brian Merchant, y Rebels Against the Future, de Kirkpatrick Sale—, los luditas no estaban contra las tecnologías, ni, en particular, en contra de máquinas tejedoras que de hecho existían desde el siglo XVI, sino contra su utilización por parte de los capitalistas para acumular riqueza en perjuicio de los artesanos y obreros, porque esa era la novedad en el siglo XIX.

En otras palabras, dice Pynchon, el ludismo fue lucha de clases antes de Marx y el marxismo, un intento de proteger la dignidad humana frente a la automatización capitalista.

Si el ludismo es una crítica de la tecnología como medio de sumisión, como herramienta de y para una sociedad de amos y esclavos, León XIV es ludita. No porque odie la “inteligencia artificial”, no por tecnófobo, tampoco, por supuesto, porque reivindique la lucha de clases, sí porque su cuestionamiento a la máquina digital, su llamado a “desarmar” la “IA”, está hecho desde la perspectiva de la dignidad humana: “Queremos identificar”, dice la encíclica, “nuevos caminos para el bien común y la promoción de una vida digna para todos”. En particular, agrega, porque el “poder tecnológico” adquiere un rostro “privado” que hace que sea aún más difícil conducirlo hacia el bien común.

La tecnología, cree el papa, no es ni buena ni mala, puede hacer tanto bien como mal, pero, advierte, tampoco es neutral, “porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza”. El asunto es, entonces, quién: quién gobierna, ¿un puñado de oligarcas que por la vía de los hechos privatizaron las tierras digitales comunes?, ¿o el pueblo (o, si se prefiere, la gente, la humanidad, los ciudadanos y ciudadanas, el démos)?

Para llevar a las tecnologías hacia el bien común, León XIV llama a iniciar un “discernimiento compartido”, a hacernos preguntas sobre el sentido de lo humano, sobre hacia donde vamos y hacia dónde queremos ir. O sea, a parar, no dejarnos llevar y decidir si seguimos y en qué dirección.

No lo dice el pontífice, pero detrás de esa sugerencia uno podría descubrir la fe en una democratización de las tecnologías. Y la democracia, no está de más recordarlo, parte del hecho, o de la gracia, de que no sabemos nada, de que nadie posee la verdad última, de que somos iguales y libres, y entonces toca deliberar, debatir, disentir, disputar, dialogar y, cuando no hay acuerdo, votar, con la conciencia de que lo elegido no es la verdad última y entonces siempre puede volver a examinarse.

A los reyes y sabios, en cambio, y a sus sabidurías, a sus tecnologías y lo que hacen con ellas, nadie los vota, o si han sido votados, después quieren perpetuarse, y por eso son una desgracia. 

Pynchon, en su ensayo de los ochenta (o sea, cuando los computadores aún eran promesa de horizontalidad y reparto), tenía fe en el milagro democrático, en que, en la era de la informática, se lograra, al fin, el acuerdo entre ludismo y tecnocracia.

Cuarenta años después, las cosas van en el sentido opuesto y la “IA”, al menos como lo conocemos, como la están desarrollando los leviatanes cibernéticos, revela el sentido que tiene lo humano para los sabios tecnojefes, reyes filósofos de la “república” digital: somos recurso para su enriquecimiento, material para sus juegos de poder.

“Le pregunté a Sam Altman, el creador de ChatGPT, qué iba a pasar con los empleos”, contó en una entrevista el economista Simon Johnson, Nobel de su área. “Me respondió: ‘Simon, no te preocupes. Tú y yo jugamos en otra galaxia. Seremos dioses’”.

Cabe plantearse, entonces, primero, si aún es posible el acuerdo entre tecnocracia y ludismo, o entre dioses y humanos, amos y esclavos, que auguraba Pynchon, y, segundo, si no es tiempo de volver al ludismo, quizás a uno prometeico, que les quite el fuego a los sabios dioses para repartirlo entre los ignorantes humanos.

En el siglo XIX, con gracia tal vez magnífica, seguro humana, Byron, el poeta británico, quien se opuso a la ley que establecía la pena de muerte para quienes rompieran máquinas, dijo: «¡Y abajo con todos los reyes, excepto el Rey Ludd!».

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