A las ocho y media de la mañana, un mensaje político llega al whatsapp.
Puede ser una declaración del Partido Socialista, un meme de Juan Gómez Millas, una columna que alguien recomienda leer antes de opinar. Hay dos respuestas rápidas, una corrección histórica, un audio que queda pendiente. Después entra la vida: el Metro, los niños, la primera reunión, un turno, una cuenta que venció, el correo marcado como urgente desde la noche anterior. La conversación se hunde lentamente bajo otros mensajes. No desaparece, solo queda abierta.
Quizás la política chilena se parezca hoy a esa ventana conservando lenguaje, memoria y conflicto, aunque perdió muchos de los lugares donde esas cosas podían encontrarse, demorarse y convertirse en una voluntad común.
En esta columna cierro una trilogía, y lo hago defendiendo dos tesis. La primera explica por qué el interregno puede durar: la coordinación infraestructural sustituye funcionalmente a la hegemonía. Y la segunda extrae la consecuencia política: habitar la fragmentación es una posición política, no una derrota administrada.
La fragmentación no designa una sociedad que dejó de funcionar. Designa una sociedad que funciona sin lograr reconocerse en su funcionamiento.
Antonio Gramsci llamó crisis orgánica al momento en que una clase dirigente conserva capacidad de mando, aunque pierde fuerza para presentar sus intereses como interés general. Las representaciones tradicionales se separan de los grupos que antes conducían, mientras los sectores subalternos todavía no consiguen construir una voluntad colectiva alternativa.
Conocemos la frase que describe el interregno: lo viejo muere, lo nuevo no termina de nacer y aparecen los fenómenos morbosos. La repetimos guardando una esperanza comprensible. Suponemos que el interregno es una sala de espera; que la dispersión anuncia una futura síntesis; que los monstruos son dolores de parto.
La pregunta menos consoladora es qué ocurre cuando el régimen que perdió capacidad para producir un mundo común mantiene intacta su capacidad para reproducirse.
Gramsci conocía la modernización desde arriba, la incorporación parcial de demandas subalternas y la conservación del mando sin irrupción popular. La llamó revolución pasiva. Nuestra época agrega una pieza: la coordinación infraestructural sustituye funcionalmente a la hegemonía.
El sistema no necesita convencernos de un destino compartido para procesar pagos, mover mercancías o clasificar riesgos. Le basta con que las redes permanezcan activas, los contratos sean ejecutables y los protocolos parezcan inevitables.
La palabra decisiva es funcionalmente.
La hegemonía realizaba dos trabajos. Integraba conductas y ofrecía una dirección que una sociedad podía discutir como propia. La infraestructura asume crecientemente el primero y deja vacante el segundo. Coordina sin producir pertenencia. Organiza la vida cotidiana sin explicar para qué vivimos juntos.
No reemplaza completamente a la hegemonía. Compra duración. Reduce la cantidad de acuerdo moral que una sociedad necesita para seguir operando.
El resultado tiene dos capas: orden en la capa operativa, interregno en la capa político-moral.
La sociología de sistemas describió hace décadas una sociedad integrada mediante códigos especializados y no mediante convicciones compartidas. Nosotros llamamos interregno a la vacante que esa integración deja.
La vacante no es una falla del software. Ninguna API produce un nosotros.
Esa contradicción es nuestra casa. Y ese espacio sin dirección común es también el lugar por donde la política todavía tiene espacio para entrar.
El gobierno de José Antonio Kast no refuta la primera tesis, la vuelve visible. El proyecto de Reconstrucción Nacional intenta asegurar determinadas condiciones tributarias más allá del ciclo político. Su propuesta original contemplaba una invariabilidad uniforme por veinticinco años. Durante su tramitación se presentó una fórmula escalonada: diez años para inversiones de cincuenta millones de dólares, quince años para las ubicadas entre cincuenta y trescientos cincuenta millones, y veinte años para las superiores a ese monto, junto con una tasa corporativa adicional para quienes se acogieran al régimen. Al cierre de esta columna, la Comisión de Hacienda tramitaba 365 indicaciones y la votación en Sala estaba agendada para mediados de julio. La discusión tributaria admite posiciones distintas. Una mayoría puede reducir impuestos, estimular la inversión y ofrecer certeza jurídica. El problema político comienza cuando una mayoría circunstancial busca limitar durante décadas la capacidad de decisión de las mayorías que vendrán.
La invariabilidad es la primera tesis escrita en lenguaje jurídico: blindar la capa operativa porque no se confía en ganar la político-moral.
La derecha entendió algo parecido en seguridad. Traducir miedo en demanda de orden fue una de sus principales operaciones políticas. La inseguridad se vive como una privatización cotidiana del riesgo: elegir por dónde caminar, organizar quién busca a los niños, pagar cámaras web, alarmas o uber y cambiarse de barrio, si se puede.
El hogar absorbe el miedo de la misma manera en que absorbe el cuidado.
La respuesta autoritaria ofrece protección mediante vigilancia, castigo y cierre. Puede contener, disciplinar y separar. Su dificultad está en reconstruir la confianza que permite compartir la calle. Protege fragmentos sin producir necesariamente sociedad.
La izquierda se equivocó cuando trató esa experiencia como una fabricación mediática, una desviación ideológica o un problema menor frente a las cuestiones sociales. El miedo también distribuye tiempo, territorio y libertad. Haberlo dejado sin traducción democrática facilitó que la derecha lo convirtiera en obediencia.
Una política socialista de seguridad necesita capacidad estatal, persecución eficaz del crimen organizado y recuperación de los espacios comunes. También necesita impedir que la protección pública se transforme en una administración permanente de personas sospechosas.
La seguridad forma parte de la infraestructura de una vida libre.
Chile ingresó en esta casa mediante una modernización sin emancipación.
La economía extractivista no fue sustituida por una economía digital, fue conectada a ella. Hoy, la minería, la pesca y la agroindustria conviven con el crédito, la nube y la inteligencia artificial.
La mina alimenta la transición energética. Las finanzas determinan qué proyectos encuentran capital. Las plataformas organizan la circulación. Las familias reciben buena parte de la incertidumbre que esas capas producen.
Chile no salió del extractivismo, solo lo conectó a la nube.
Los datos económicos más recientes permiten evitar dos exageraciones simétricas. Chile no enfrenta un derrumbe terminal, pero tampoco está ingresando sin fricción a un gran ciclo de prosperidad. El Informe de Política Monetaria de junio de 2026 redujo el rango de crecimiento previsto para este año a entre 1% y 1,75%, después de un primer trimestre débil explicado especialmente por minería, agricultura y pesca. Para 2027 elevó el rango a entre 2% y 3%, apoyado en mejores perspectivas de inversión. Hay capacidad de recuperación, junto con una estructura productiva que sigue encontrando dificultades para convertir inversión en aprendizaje, complejidad y trayectorias laborales densas.
Mi otrora compañero y hoy destacado economista, José Miguel Ahumada, ha insistido en que el desarrollo chileno requiere algo más que distribuir mejor el resultado de la matriz existente. Requiere una dirección productiva capaz de crear conocimiento, soberanía y trabajo de calidad. Casi medio siglo sin transformar de manera sustantiva nuestra estructura productiva ha dejado al país dependiendo de rentas que no alcanzan para sostener indefinidamente sus promesas sociales.
No podemos seguir financiando mínimos civilizatorios con superciclos extractivos.
La transformación digital tampoco ocurre en una dimensión inmaterial. En 2025, los centros de datos concentraron más de una quinta parte del valor mundial de los proyectos de inversión greenfield, con anuncios por más de 270 mil millones de dólares. La Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo advirtió que esas inversiones permanecen muy concentradas y que sus encadenamientos locales siguen siendo limitados.
La inteligencia artificial exige electricidad, agua y semiconductores. También servidores, refrigeración y cables submarinos. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos señala que casi la mitad de las inversiones en cables transpacíficos programadas para entrar en operación entre 2023 y 2025 fueron respaldadas por las grandes compañías tecnológicas. Esas firmas participan simultáneamente en la nube, los centros de datos y los modelos, acumulando control sobre varias capas de una misma infraestructura.
En Chile, el cable Humboldt vuelve literal la imagen. Su despliegue se proyectó para 2025 y 2026, con operación comercial prevista para 2027, conectando Sudamérica con
Australia y el Asia-Pacífico. La sociedad a cargo pertenece en partes iguales a Desarrollo País y Google. La pregunta ya no es si Chile estará conectado, sino qué capacidades nacionales, derechos públicos y relaciones productivas construiremos alrededor de esa conexión.
La economía digital parece liviana cuando se mira desde una pantalla. Vista desde abajo, pesa toneladas.
Una antigua socialista podría interrumpir esta lectura con la pregunta correcta: ¿quién controla los medios de producción?
Los medios conocidos permanecen: tierra, agua, minas, máquinas, fábricas, energía, puertos y redes de transporte. Junto a ellos adquirieron un peso estratégico la capacidad de cómputo, las plataformas y la propiedad intelectual.
Los datos aislados no producen gran cosa. Se vuelven fuerza productiva cuando se combinan con energía, conocimiento y trabajo humano. La pregunta más relevante no es quién tiene una planilla más grande. Es quién posee la infraestructura que transforma información en decisiones obligatorias para los demás
Nick Srnicek llamó capitalismo de plataformas a un régimen donde ciertas empresas actúan simultáneamente como productores, mercados y árbitros. Brett Christophers ha mostrado el peso creciente de la renta obtenida mediante el control de activos escasos y de las condiciones de acceso.
Siguen existiendo capital, trabajo, explotación y renta. Cambió la arquitectura desde donde se ejerce el mando.
La burguesía contemporánea reúne propiedad extractiva, poder financiero y control tecnológico en combinaciones variables. Los fondos adquieren viviendas, carreteras y empresas. Las tecnológicas financian energía y cables. Las compañías tradicionales acumulan datos y convierten sus operaciones en plataformas.
La propiedad ya no consiste solamente en poseer la fábrica. Consiste también en poseer las condiciones bajo las cuales otros pueden producir, circular y decidir.
Del otro lado, el proletariado tampoco desapareció con el obrero fabril. Sigue en la mina y en el puerto. Está en las bodegas y en el delivery. Está también frente a una pantalla. Analistas, técnicos y programadores venden su capacidad cognitiva dentro de organizaciones cuyos fines, procedimientos y resultados no controlan. La oficina no se volvió burguesa porque cambió el overol por una planilla de cálculo.
Erik Olin Wright describió las posiciones contradictorias ocupadas por quienes ejercen autoridad o control técnico sin poseer los medios que administran. Ahí vive buena parte de las capas profesionales contemporáneas: pueden transmitir el mando del capital, presentando decisiones políticas como necesidades técnicas, o convertir su conocimiento en capacidad pública, sindical y comunitaria.
La clase sigue existiendo como relación material. Lo que perdió fue su forma inmediata de reconocerse.
Personas sometidas a relaciones parecidas ya no comparten necesariamente fábrica, horario o sindicato. La fragmentación separa la experiencia de una subordinación que continúa siendo común.
Y el interregno es también, literalmente, la casa.
Julieta Kirkwood Bañados ayudó a la izquierda chilena a comprender que la democracia debía llegar al país y al hogar. La consigna “democracia en el país y en la casa”, levantada por el movimiento feminista durante la dictadura, ampliaba la pregunta socialista: el poder no terminaba en la fábrica, el Estado o el partido. También organizaba los cuerpos, el cuidado y el tiempo cotidiano.
Cuando el empleo fragmenta trayectorias, la familia administra la incertidumbre. Cuando el Estado no provee cuidados suficientes, el hogar los absorbe. Cuando el salario no alcanza, el hogar se endeuda.
Y cuando una persona enferma, envejece o pierde autonomía, alguien reorganiza su trabajo y su vida. Ese alguien continúa siendo, demasiadas veces, una mujer.
Nancy Fraser ha descrito esta contradicción: la acumulación capitalista depende de la reproducción social mientras deteriora las condiciones que permiten sostenerla. La casa entrega al mercado trabajo, descanso y disponibilidad sin recibir a cambio todo lo que necesita para seguir funcionando.
Una política de coordinación que no entra en la casa puede digitalizar el patriarcado con bastante eficiencia. Puede automatizar beneficios, mejorar turnos y conectar expedientes mientras una mujer sigue administrando gratuitamente la enfermedad, la niñez y la vejez.
Por eso una política socialista contemporánea debe disputar la producción y la reproducción de la vida. Ahí se encuentran el salario, el cuidado y el tiempo.
El trabajo conserva una dimensión que ninguna infraestructura ha reemplazado por completo: entrega ritmo, identidad y la sensación de ser necesario. Su pérdida puede vivirse como una expulsión simbólica de la sociedad.
Hannah Arendt distinguió la labor que sostiene la vida, el trabajo que construye un mundo durable y la acción mediante la cual las personas aparecen ante otras e inauguran algo común. Una sociedad que reduce la existencia a trabajar y consumir empobrece justamente esa capacidad de actuar.
La respuesta socialista a la automatización necesita disputar la propiedad de la tecnología, distribuir sus beneficios y reducir el tiempo sometido a la necesidad. Su horizonte no puede ser conservar cualquier empleo para que nadie se sienta superfluo. Debe construir una sociedad donde ninguna vida necesite demostrar su valor mediante la rentabilidad.
La emancipación material amplía el tiempo libre de necesidad. Y la libertad política comienza cuando ese tiempo permite actuar con otros.
El ciclo constitucional mostró que una sociedad puede producir demandas verdaderas sin constituir todavía la voluntad común capaz de transformarlas en un orden legítimo. Durante un tiempo se creyó que el texto haría el trabajo que la política no había conseguido hacer. Leer produciría comprensión; comprender produciría adhesión; la suma de adhesiones produciría pueblo.
La lectura no reemplaza la hegemonía.
El primer proyecto constitucional podía apoyarse como cierre del orden heredado y apertura de un nuevo trato. Era una decisión política defendible. Presentarlo como consecuencia evidente de una lectura correcta escondía problemas institucionales y confundía pedagogía con construcción de mayoría.
El pueblo no estaba dentro del PDF final final.
La Convención llevó consigo la fragmentación del país que debía procesar. Esa constatación no convierte en falsas las demandas de 2019. Enseña que ningún momento de irrupción constituye para siempre al sujeto que deberá sostener un nuevo orden. Durante algunas semanas, como habría dicho Jean-Paul Sartre, la serie se volvió grupo. Personas que compartían el metro, deuda y cansancio se miraron y actuaron juntas. Después volvieron a dispersarse.
El pueblo no es una sustancia almacenada dentro de un partido, una plaza o una Constitución. Es una capacidad política: la capacidad de reunirse alrededor de una interdependencia reconocida.
Mi segunda tesis toma aquí la posta: habitar la fragmentación es una posición política, no una derrota administrada.
Esta posición se define contra tres derivas.
La nostalgia espera que la gran síntesis recomponga los pedazos. La negación celebra la dispersión como si cada ruptura fuera una libertad. La administración renuncia a la dirección y se vuelve experta en gestionar fragmentos, tentación bastante natural entre quienes sabemos hacer dashboards.
Habitar toma en serio la primera tesis. Si la integración ya corre por sistemas que no elegimos y la dirección permanece abierta, nadie llegará desde afuera a ocuparla por nosotros.
Esa tarea tiene tres verbos: mantener, interrumpir y construir.
Mantener los lugares donde todavía se puede hablar, cuidar y decidir en común. Interrumpir los sistemas cuando transforman personas en perfiles de riesgo, usuarios cautivos o cuerpos descartables. Construir instituciones capaces de coordinar sin apropiarse completamente de la vida que coordinan.
Construir tiene al menos tres direcciones reconocibles: capacidad productiva sobre nuestros recursos estratégicos; tiempo y cuidados para sostener la vida; derechos públicos sobre los datos y las cajas negras que deciden sobre ella.
Mantener e interrumpir operan sobre la capa operativa. Construir trabaja en la vacante. La militancia cambia cuando deja de imaginarse únicamente como trabajo preparatorio para la casa definitiva. No siempre habrá partido habitable, sindicato u organización territorial donde regresar. Hay una izquierda dispersa que no dejó de pensar, pero perdió muchos de los lugares donde pensar con otros y está políticamente sin casa. Yo habito esa izquierda dispersa.
Si reconocemos esto entonces, la tarea consiste en construir lugares provisorios donde podamos reconocernos, discutir sin obedecer y actuar sin desaparecer. Lugares donde encontrarnos otra vez cuando el mundo vuelva a dispersarnos.
Si, puede ser un sindicato, una municipalidad o una publicación mínima. No necesitamos convertir cada experiencia en la miniatura del gran partido ausente. Necesitamos arquitecturas políticas adecuadas a una sociedad que ya no cabe en los planos heredados del siglo XX.
Diseñar una casa enorme puede ser relativamente fácil. Diseñar veinticinco metros cuadrados donde alguien viva bien obliga a pensar cada circulación, cada uso y cada relación.
No es menos arquitectura, muchas veces es más. Y si el interregno es la casa, también tendremos que aprender a recibirnos en ella.
La izquierda chilena requiere memoria, imaginación e institución. Separadas, se degradan. La memoria queda convertida en museo; la imaginación, en performance; la institución, en administración. Juntas podrían recuperar dirección.
Eso exige una relación entre socialistas, comunistas y frenteamplistas que no se agote en el pacto electoral ni en la vigilancia recíproca. Ninguna de esas tradiciones contiene por sí sola la totalidad que el país necesita. Todas poseen una parte de la experiencia, del lenguaje y de la capacidad histórica necesarias para intervenir.
En su última cuenta pública, Michelle Bachelet Jeria pidió a los demócratas progresistas “unidad en la acción y lealtad a los principios que nos convocan”. En su momento, esta frase estaba dirigida a una coalición de gobierno. Hoy puede leerse como una ética para quienes deben construir oposición, alternativa y futuro sin confundir unidad con silencio ni principios con pureza ceremonial.
Unidad en la acción significa producir capacidad común. Lealtad a los principios significa recordar para qué.
Yo vuelvo a caminar por la plaza, Baquedano, Italia, Dignidad. El mismo espacio guarda tres memorias que no consiguen resolverse en una sola palabra. Durante un tiempo creímos que aparecería una cuarta palabra capaz de reconciliarlas y devolver al lugar una identidad compartida.
Tal vez ese nombre no llegue.
La plaza de tres nombres es el interregno hecho territorio. La micro pasa, el semáforo cambia y la ciudad parece funcionar. La serie sube mirando su pantalla. Debajo de esa escena dispersa, todos dependen de la misma red, de la misma energía, del mismo recorrido y del trabajo de personas que probablemente nunca conocerán.
La fragmentación es la experiencia. La interdependencia es la estructura que se esconde debajo. Ahí puede volver a comenzar la política.
Al otro lado de la calle hay otra persona esperando. No aparece una multitud ni se recompone de golpe el sujeto histórico. Hay apenas un reconocimiento, la certeza pequeña de que el mundo común no desapareció por completo y de que todavía es posible llegar a él.
El orden operativo puede durar sin nosotros. La dirección, no.
No se deja de llegar tarde de una vez y para siempre. La tarea consiste en volver a llegar. Una y otra vez. Para no abandonarnos y dejarnos aparecer.