- 1. Por qué este debate y por qué ahora
- 2. El diagnóstico. Un cambio en la naturaleza del capitalismo
- 2.1. Del conflicto físico al conflicto algorítmico
- 2.2. La vieja disyuntiva, otra vez
- 2.3. El «general intellect» y lo que Marx anticipó
- 3. El robo. La IA se construyó sobre el trabajo de todos
- 4. El poder. Palantir y el rostro de la nueva oligarquía
- 5. La ideología. Curtis Yarvin y el programa contra la democracia
- 5.1. El programa
- 5.2. ¿Por qué importa un bloguero de San Francisco?
- 5.3. El desprecio por la dignidad humana
- 5.4. De la teoría a la operación
- 6. El círculo. Por qué todo esto es un solo proyecto
- 7. La voz inesperada. León XIV y Magnifica humanitas
- 7.1. La subsidiariedad tiene dos patas
- 7.2. El colonialismo de los datos
- 7.3. El límite. Para ellos, el Papa es un estorbo
- 8. El mapa de actores y el lugar vacío de la izquierda
- 9. Los peligros que debemos enfrentar
- 9.1. El peligro de llegar tarde
- 9.2. El peligro del paraíso convertido en infierno
- 9.3. El peligro de creer que sin amenaza habrá concesiones
- 10. Las tareas. Una agenda para la izquierda
- 10.1. Lo que la máquina no puede crear
- 10.2. Un impuesto global a la IA no es igual desde el norte que desde el sur global. Nuestra discrepancia con Bernie Sanders
- 10.3. Regular sin ser ingenuos
- 10.4. No pelear la guerra cultural que nos asignan, y volverse temibles
- 11. Conclusión. El fin de la moderación
Carta a la militancia del Frente Amplio
Compañeras y compañeros
1. Por qué este debate y por qué ahora
Mientras discutimos lo que ya pasó, en otra parte del mundo se está decidiendo lo que viene. Y se está decidiendo sin nosotros. Quiero proponerle al partido esa discusión, una que no está en la agenda urgente de la semana, que no mide en las encuestas y que, sin embargo, va a definir el siglo. Llevamos demasiado tiempo mirando hacia atrás, procesando las derrotas del siglo pasado. Hace falta hacerlo. Pero no podemos quedarnos solo ahí.
La inteligencia artificial va a ser, casi con seguridad, la tecnología más transformadora de la historia. Va a tocar la economía, la democracia, el trabajo y hasta la forma en que educamos y criamos a nuestros hijos. Siendo un hecho que la IA va a cambiar el mundo, porque eso ya está ocurriendo frente a nosotros, el dilema es el siguiente. Podríamos estar hablando de que el ser humano encontró una forma de resolver de manera eficiente uno de sus problemas más antiguos, el de tener que trabajar para comer. Eso debiera ser motivo de alegría y satisfacción. Sin embargo, no estamos seguros de que vaya a usarse para mejorarle la vida a nadie. Su rumbo lo están fijando un puñado de oligarcas tecnológicos, que pueden volverse todavía más ricos y poderosos de lo que ya son, hasta acumular un poder que haga imposible la democracia o que vuelva miserable la vida de otros, de personas que, despojadas de todo, no tendrían cómo dar vuelta esa situación. La pregunta, entonces, no es si la IA va a cambiar el mundo. La pregunta es quién va a ser su dueño, quién se va a beneficiar y quién va a salir perjudicado.
Hay además una distinción que tenemos que tener clara desde el principio, porque ordena todo lo que sigue. Una cosa es el debate sobre la inteligencia artificial como tecnología, donde caben posiciones éticas y prohumanas. Qué queremos y qué no queremos que esta tecnología haga por nosotros, qué cualidades humanas aceptamos que sean asistidas o reemplazadas y cuáles no, qué tareas de nuestra vida queremos hacer con ayuda de la máquina y cuáles queremos seguir haciendo solos. Otra cosa, distinta, es el debate sobre el control de la tecnología, sobre quién la posee y quién puede ejercer una especie de monopolio sobre ella. Hoy los dos debates van juntos, porque las mismas personas que son dueñas de la IA son las que fijan sus límites. Pero se pueden separar. Se podría regular sin desconcentrar la propiedad, y se podría democratizar la producción de IA sin poner un techo a lo que puede llegar a hacer. Esta carta se ubica, en un primer momento, en el segundo debate, en quién controla y quién monopoliza. Y ese debate no es nuevo ni es solo tecnológico. Es el mismo debate, viejo y delicado, sobre el control del agua, de la tierra, del aire y de los peces, y sobre la democracia misma. Quien concentra la máquina que procesa el saber de todos termina, tarde o temprano, disputando la propiedad de lo que sostiene la vida y la capacidad de los pueblos de gobernarse.
Hay una palabra más que atraviesa toda esta carta, y es soberanía. En Chacabuco y en Maipú se peleó para que en Chile no rigiera ninguna ley dictada fuera de nuestro territorio. Y después, durante doscientos años, hemos intentado construir una democracia para que las normas que nos rigen no solo salgan desde Chile, sino que las dicten todos los chilenos. Ese fue el objetivo declarado de nuestra independencia y esa ha sido la promesa de nuestra república. Hoy, digámoslo con todas sus letras, Silicon Valley tiene más poder sobre la vida cotidiana de los chilenos del que tuvo la Corona española. Ese es el tamaño del nudo. Y ese poder ni siquiera sabemos quién lo tiene ni en qué momento de nuestra vida lo ejerce. Así es que cuando esta carta habla de inteligencia artificial habla también y, quizás, sobre todo, de soberanía nacional y de soberanía popular, dos ideas que este debate nos obliga a revivir.
Digamos algo más. Hasta ahora, el debate sobre la IA ha sido un debate de cúpulas. Son empresarios y élites los que tienen posiciones éticas o geopolíticas sobre su uso y su control, y la voz disidente de mayor peso que ha aparecido no vino de los pueblos, vino del Papa, es decir, de otra cúpula, aunque de una muy distinta, como veremos. Se llega al extremo de que la discusión moral sobre estos sistemas ocurre dentro de las propias empresas, que contratan filósofos para escribir las constituciones de sus modelos. Hasta los límites éticos de la tecnología se están definiendo en privado. No ha habido nada parecido a un debate democrático sobre la IA. La única forma en que el pueblo se ha relacionado con ella es como usuario y como proveedor de sus datos. Y algo elemental que no hay que perder de vista, todo lo que la IA procesa lo crearon seres humanos. La IA no crea de la nada.
Siendo así, mi principal alerta no es la creación de la inteligencia artificial generativa, es lo peligroso que resulta esa creación dada la forma en que el mundo está organizado en este preciso momento. Un mundo donde las empresas transnacionales concentran muchísimo más poder que la mayoría de los Estados, donde apenas un puñado de Estados concentra la riqueza del planeta, y donde los pueblos llegan a este cruce desorganizados y sin instrumentos propios.
¿Y por qué esto es peligroso para la mayoría de los seres humanos? Lo es dado que la inmensa mayoría vive de su trabajo, de vender su tiempo y su capacidad a cambio de un sueldo. Es lo único que tiene. De ellos habla esta carta, de los trabajadores del mundo, de las personas que ya están privadas de tierra y de cualquier otro medio de producción, que solo pueden vender su fuerza de trabajo y que ahora podrían quedar privadas hasta de la posibilidad de venderla. Y cuando en estas páginas aparezca la expresión potenciales víctimas de la IA, léanla con una precisión que no es de estilo sino de fondo. La inteligencia artificial, en sí misma, podría no victimizar a nadie. De lo que esas personas pueden ser víctimas es de la IA controlada por monopolios, en un orden donde el ingreso depende del empleo y donde el agua, la tierra, la energía y las finanzas ya están en muy pocas manos. Los sistemas que hoy se desarrollan pueden hacer una parte creciente del trabajo humano, y sus dueños han declarado sin pudor que la idea es reemplazarlo. Si eso pasa en el orden que describo, el resultado podría no ser el ocio, sino la miseria. El peligro, más que la máquina, es la posición en que queda el que no es dueño de la máquina.
Lo segundo es que esa mayoría, hoy, no puede hacer casi nada, porque no está organizada en torno a este problema y no tiene un programa. El miedo difuso a la automatización existe, se palpa en cualquier conversación de sobremesa, pero el miedo difuso no negocia, no legisla y no asusta a nadie. Sin organización y sin programa, los trabajadores no son un actor frente a este problema.
Y lo tercero viene de lo anterior. Ya circulan propuestas de mediación, desde encíclicas hasta fondos que repartirían una parte de las ganancias. Pero una mediación necesita dos actores que puedan amenazarse el uno al otro. Y aquí hay uno solo. Mientras el pueblo no se organice con un programa propio y no se vuelva temible para los dueños de la tecnología, toda mediación va a ser un monólogo y toda concesión, una limosna. Sobre esto voy a volver, porque es lo que ordena todo lo demás.
Este problema tiene un rasgo que casi ningún otro tiene, la velocidad. La tecnología está haciendo que la tecnología avance más rápido, en una espiral que no para. Y esa aceleración deja poco tiempo para discutir. O discutimos esto ahora, o capaz que no alcancemos a discutir nada más. No estoy hablando de una curiosidad de la política internacional, sino de lo que puede ser el debate de la próxima década. Nadie podría decir si esto nos explota en la cara en veinte años, en tres meses, en tres días o en tres horas.
La provocación de fondo, para el partido, es simple. ¿Creemos que pueden reemplazar el trabajo de todos? Si la respuesta es que sí, y si el mundo no construye un modo de que los trabajadores accedan a la libertad y a la prosperidad sin ese trabajo, entonces ya no está en discusión que estamos ante la amenaza de un retroceso brutal en la vida de las mayorías. Y la pregunta que sigue es si estamos dispuestos a aceptar ese retroceso, si estamos dispuestos a aceptar la miseria. De cómo respondamos depende todo lo demás.
Todo orden social toleró ciertos niveles de acumulación y de desigualdad, y siempre esa desigualdad se sostuvo sobre algún grado de violencia. Pero el que dominaba tuvo que repartir siempre algo para su propia sobrevivencia, desde darle de comer al peón para que siguiera trabajando hasta pagarle al capataz para que siguiera ejerciendo la violencia por cuenta del patrón. No es casualidad que buena parte de las ideologías que dominaron cada época hayan sido justamente eso, maneras de mediar entre los dueños de las cosas y los que trabajan, para que la propiedad siguiera siendo posible. Lo particular de este momento es que esa necesidad podría terminarse, porque la desigualdad podría volverse absoluta. El amo esclavista necesitaba mantener vivo al esclavo. El señor feudal necesitaba a sus campesinos ocupados. El capitalismo fue el primer modo de producción donde el desempleo es estructural y no una desviación, donde la libertad consiste en trabajar o morirse de hambre. Y ahora se abre la posibilidad inversa, una donde la ocupación misma pase a ser la excepción. No digo que vaya a ocurrir. Expongo un diagnóstico que circula y que tiene antecedentes suficientes como para tomárselo en serio.
Esta carta no pretende agotar el tema ni entregar un programa cerrado, y tiene una humildad deliberada. No vengo a presentar una tesis original ni un hallazgo propio. Vengo a ordenar lo que ya está pasando, a poner nombres, a traducir un debate que otros están dando sin nosotros, y a dejarle a la militancia una hoja desde la cual discutir. Quiero instalar la discusión en el partido, ordenar el cuadro de actores que ya están jugando, nombrar los peligros y esbozar las tareas que tenemos por delante. La escribo convencido de que esta es una de esas materias en que la izquierda tiene algo propio que decir, algo que nadie más va a decir por nosotros.
2. El diagnóstico. Un cambio en la naturaleza del capitalismo
2.1. Del conflicto físico al conflicto algorítmico
Durante dos siglos el conflicto del mundo se midió en fuerza física, en ejércitos, en fronteras, en quién tenía más armas y en quién tenía más manos para sostener las armas. Hoy el conflicto es otro. Un software empezó a tomar decisiones por nosotros, a predecir lo que vamos a hacer, a razonar y cómo vamos actuar sin que medie ninguna mano humana. Un algoritmo ya reemplaza al radiólogo que leía la radiografía, al abogado que revisaba el contrato, al operador del call center que contestaba el teléfono.
Y en tal caso, ese algoritmo también precariza. Millones de personas en el mundo ya pueden decir, sin metáfora, que su jefe es una aplicación. O peor, que su jefe es una aplicación y que crean que no tienen jefe. Eso es lo que tenemos que nombrar. Y ojo, la oligarquía tecnológica ya lo está nombrando, mucho antes que nosotros, solo que lo nombra en función de su propio interés y no de los intereses del pueblo de Chile, que es lo que a nosotros nos convoca.
2.2. La vieja disyuntiva, otra vez
La sociedad oligárquica que ya existía se profundiza con el cambio tecnológico, y el capitalismo, incluso el chileno, ha ido cediendo terreno en cuán oligárquico está dispuesto a ponerse. La disyuntiva más vieja de nuestra tradición vuelve a estar vigente, porque según quién sea dueño de los medios de producción, y hoy los medios de producción más relevantes son las empresas tecnológicas y su software, podríamos terminar en la esclavización de las mayorías o, derechamente, en su reemplazo. No lo doy por seguro. Lo planteo como una posibilidad, con antecedentes que obligan a considerarla.
El capitalismo se basa en transformar el trabajo humano en mercancía. Compró el trabajo de hombres y mujeres libres para acumular plusvalor, el valor que el trabajador produce por encima de lo que recibe como salario, y para mantenerlo sin medios propios. Esa fue su lógica durante dos siglos. Lo inédito, lo que no había ocurrido nunca en la historia, es que ahora se puede pensar la producción de mercancías sin trabajo humano vivo. Pero la máquina sigue alimentándose de trabajo humano, solo que de trabajo pasado, de trabajo muerto, acumulado y objetivado. Lo que desaparece no es el trabajo humano como insumo histórico, sino el trabajador presente como mediación necesaria. Eso es un cambio en la naturaleza del capitalismo y nos obliga a pensar de nuevo.
2.3. El «general intellect» y lo que Marx anticipó
Marx anticipó esto, no como profeta sino como analista. En el Fragmento sobre las máquinas de los Grundrisse sostuvo que en cierta fase del capitalismo la riqueza dejaría de depender del trabajo inmediato del obrero y pasaría a depender de lo que llamó el “general intellect”, el saber social acumulado, la ciencia y la técnica de generaciones enteras objetivadas en la máquina como fuerza productiva directa, ya sueltas de cualquier trabajador individual.
Un modelo de lenguaje encaja bastante bien en esa descripción. Se entrena sobre el producto acumulado de la humanidad entera y lo devuelve convertido en capital, en una herramienta que pertenece a quien la posee. Y reactiva una contradicción que Marx ya había marcado, porque si la máquina produce sin trabajo humano proporcional, el tiempo de trabajo se vuelve una medida absurda del valor, y la pregunta por quién se queda con esa riqueza vuelve a estallar. La diferencia es política, y ahí está nuestra tarea. Marx leía esa tendencia como una posibilidad de emancipación, liberar tiempo, disolver la forma valor. La IA realmente existente hace lo contrario. Socializa la producción del saber, porque lo saca de todos, pero privatiza su captura, porque concentra la riqueza en muy pocas manos.
3. El robo. La IA se construyó sobre el trabajo de todos
Dejemos el plano abstracto y miremos el origen. La inteligencia artificial no salió de la nada. Los datos y el lenguaje que usan estas herramientas no aparecieron de golpe en la cabeza de Sam Altman ni en la imaginación de Elon Musk. La IA está construida sobre nuestra inteligencia colectiva, nuestros libros, nuestras canciones, nuestro arte, nuestro periodismo, nuestro código, nuestra investigación científica, nuestras conversaciones e imágenes acumuladas durante generaciones. Y no lo decimos solo nosotros. Lo reconoció el propio Altman, jefe de OpenAI, cuando admitió que sus modelos fueron entrenados sobre la experiencia, el conocimiento y los aprendizajes acumulados de la humanidad.
Hay acá una vuelta de tuerca que importa. Los modelos originales se entrenaron robándose todo lo que el ser humano había producido hasta ese momento. Pero desde que están abiertos al público, somos todos los que los seguimos entrenando cada día. La relación es simbiótica y desigual a la vez. Los usamos y nos usan. Cada vez que alguien le hace una pregunta le entrega creatividad y conocimiento que la máquina absorbe y devuelve convertidos en capacidad propia. Le estamos enseñando a nuestro reemplazo.
Un ejemplo ayuda a ver de qué hablo. Un investigador que hace diez años necesitaba un equipo universitario y un año entero para procesar datos públicos de educación hoy puede hacer ese mismo trabajo en una hora con una de estas herramientas. Mientras gana tiempo y dinero, cada consulta que hace entrena al modelo que tarde o temprano va a hacer ese trabajo sin él. Esa es la trampa. El conocimiento que es público y de todos termina capturado por quien es dueño de la máquina que lo procesa.
Por eso digo que se trata de un robo. En su mayor parte, los oligarcas tecnológicos alimentaron sus modelos con el conocimiento de la humanidad sin permiso, sin reconocimiento y sin compensación. El trabajo creativo de millones de personas, escritores, artistas, músicos, periodistas, profesores, científicos y ciudadanos comunes, fue esencialmente apropiado por algunas de las personas más ricas del planeta. Y si la IA se construyó sobre el conocimiento colectivo de la humanidad, la riqueza que genera tiene que beneficiar a la humanidad, no solo a Musk, no solo a Altman, no solo a Dario Amodei ni a los capitalistas de riesgo de Silicon Valley que ven en la IA la próxima gran máquina de fabricar fortunas.
En términos marxistas, si esto no se corrige, estas nuevas fuentes de riqueza arrastran un grave vicio de acumulación originaria, el mismo despojo de bienes comunes que estuvo en la cuna del capitalismo. Ese es, como veremos al final, el fundamento de por qué la corrección no puede ser tibia.
3.1. Las cifras de la concentración
Las cifras dan la razón de un modo casi obsceno, y son las que nosotros deberíamos estar repitiendo cada vez que salimos a defender nuestras ideas. Desde que Trump fue electo, los siete hombres más ricos de Estados Unidos, todos oligarcas de la gran tecnología, se hicieron más ricos. Mientras tanto, la gran mayoría de los estadounidenses vive de sueldo en sueldo. Y en paralelo, Meta despide a miles de trabajadores para reemplazarlos con inteligencia artificial.
La pregunta que cualquiera debería hacerse es directa. Si Mark Zuckerberg está dispuesto a despedir al diez por ciento de sus propios empleados, gente altamente calificada, ¿qué cabe esperar que haga su IA con el trabajador promedio?
3.2. La economía de la suscripción. Pagar sin poseer nunca nada
Hay en este robo una asimetría que retrata la época mejor que cualquier teoría. Para entrenar sus modelos, estas empresas se pasaron por encima de toda la propiedad intelectual del mundo, libros digitalizados sin permiso, prensa completa, obras de millones de autores que jamás fueron consultados ni compensados. Mientras tanto, en el Chile reciente, gente terminó presa por piratear un CD. La ley de propiedad es implacable hacia abajo y decorativa hacia arriba. Los mismos que se apropiaron de la creación de la humanidad entera sin pagar un peso son los que nos cobran una suscripción por acceder al resultado.
Y aparece acá un fenómeno más amplio, que redefine en silencio nuestra relación con la propiedad. Cada vez somos dueños de menos cosas. No somos dueños de la música que escuchamos ni de las películas que vemos, somos suscriptores. No somos dueños de los programas con que trabajamos, pagamos una cuota mensual que, si dejamos de pagar, nos deja sin nada. El fenómeno alcanzó incluso a los videojuegos, y fue un dirigente de la izquierda francesa, Jean-Luc Mélenchon, el que lo advirtió con más claridad cuando las grandes empresas anunciaron el fin de los discos físicos. Mañana, escribió, «pagarás sin poseer nunca nada, sin préstamo, sin reventa, sin garantía de conservar lo que se pagó«, y reclamó que los videojuegos son bienes culturales cuya legislación debe respetarse. Que un dirigente político pelee la propiedad hasta en los videojuegos es la señal de que la izquierda mundial empieza a entender dónde está la disputa.
En Chile conocemos esta lógica desde mucho antes de que existiera la IA, y por donde más duele, en la vivienda. A una generación entera la empujaron del sueño de la casa propia al arriendo perpetuo, a pagar toda la vida sin llegar a ser dueña de nada. Y no fue un accidente del mercado. La política de vivienda de las últimas décadas favoreció que los inmuebles se fueran concentrando en manos de inversionistas, de modo que cada año menos familias acceden a la propiedad, unos pocos acumulan más viviendas como multipropietarios, y una porción creciente del país arrienda o vive de allegada en la casa de otro. La economía de la suscripción, la de pagar sin poseer nunca nada, no es una novedad que nos trae la tecnología. Es la extensión a casi todo lo demás de una lógica que en Chile ya probamos con el techo.
Y con la inteligencia artificial la dependencia se vuelve todavía más íntima, porque usamos estas herramientas todos los días para trabajar y les entregamos, casi sin darnos cuenta, un retrato completo de nosotros mismos. Saben qué escribimos, qué preguntamos, qué nos preocupa, qué enfermedad tememos tener, qué pensamos de nuestro trabajo, cómo les hablamos a nuestros hijos. Nada de lo que guardan sobre nosotros nos pertenece, y todo lo que guardan sobre nosotros les sirve. Guardemos esta idea, porque cuando lleguemos al problema de la soberanía vamos a ver que la lógica del suscriptor no se detiene en las personas. También puede alcanzar a los Estados.
4. El poder. Palantir y el rostro de la nueva oligarquía
Para entender hasta dónde puede llegar esta concentración hay que mirar a la empresa que mejor encarna el proyecto, Palantir. Su nombre viene de las piedras mágicas de Tolkien, esas que le daban a quien las tenía el poder de ver lo mismo que veían sus enemigos. Sus empleados se llaman a sí mismos palantirianos y decoran sus oficinas con runas élficas. Suena a juego de niños hasta que uno revisa lo que hacen. Fundada después del 11 de septiembre de 2001 por Peter Thiel, que dice abiertamente no creer que la libertad y la democracia sean compatibles, Palantir desarrolló su tecnología de la mano de la CIA, que la financió a través de su brazo de inversión.
Hoy, esta empresa de Peter Thiel le entrega al ICE el software con que se identifica y localiza a migrantes para detenerlos y deportarlos, y a la vez participa del genocidio en Gaza. Retengan ese nombre, Thiel, porque va a volver a aparecer y va a cerrar un círculo por lo menos inquietante.
4.1. Alex Karp, o el espíritu de la época
El director ejecutivo de Palantir, Alex Karp, merece atención porque condensa el espíritu del momento. Doctor en filosofía alemana, alumno de Habermas, criado en un hogar progresista, con los años fue derivando hacia la visión de mundo de Thiel. Karp habla cada vez menos de defender la democracia liberal y cada vez más de defender a Occidente como entidad cultural. Dice que las guerras se ganan con tecnología. Y cuando sus amigos intelectuales le preguntan si no sería mejor un sistema de reglas donde todos fueran iguales, contesta con una frase que retrata la época. “Sí, claro, en teoría, pero en este mundo o somos nosotros o es China o es Rusia”.
Un hombre que controla el software de inteligencia militar más poderoso del planeta está diciendo que el mundo se reduce a dominar o ser dominado, y que la igualdad entre los pueblos es una linda teoría sin lugar en la realidad.
4.2. El manifiesto de Palantir
Palantir publicó hace poco lo que muchos describieron como su manifiesto, veintidós puntos sacados del libro de Karp, La república tecnológica. Ahí se sostiene que mientras algunas culturas produjeron avances vitales, otras siguen siendo disfuncionales y regresivas, y que Occidente debe resistir la tentación de un pluralismo vacío y hueco. Karp anuncia además que la era de la disuasión atómica está terminando y que empieza una nueva era de disuasión fundada en inteligencia artificial. La publicación generó rechazo, y una legisladora británica describió ese listado de veintidós puntos como los desvaríos de un supervillano.
Y cuando se les pregunta por su responsabilidad en los crímenes de guerra que pueda facilitar su tecnología, Palantir responde que esa es una pregunta para sus clientes militares, que son ellos los que definen el marco normativo. O sea, fabrican el arma pero la culpa siempre es de quien aprieta el gatillo. Esa es la moral de la empresa que mejor representa hacia dónde quieren llevar el mundo.
5. La ideología. Curtis Yarvin y el programa contra la democracia
No se trata de describir a villanos de película. Estoy diciendo algo más sobrio y más grave, que la esclavización o el reemplazo de poblaciones enteras hoy es técnicamente posible, que la decisión depende de unas pocas personas, y que existe una ideología dedicada a justificar que esas personas tengan ese poder. Esa ideología tiene autor, y se llama Curtis Yarvin.
Durante años publicó bajo el seudónimo de Mencius Moldbug, en la marginalidad de lo que él mismo bautizó como la Ilustración oscura. Parecía un excéntrico de internet. Hoy es uno de los pensadores contrarios a la democracia más influyentes de Estados Unidos, y quienes han estudiado su trayectoria coinciden en describir su efecto de la misma manera, que Yarvin corrió la ventana de Overton, es decir, que volvió decibles cosas que antes eran impronunciables.
5.1. El programa
Lo que propone Yarvin, en sencillo, es la liquidación de la democracia, de la Constitución y del Estado de derecho, y la transferencia del poder a lo que él llama un CEO en jefe, alguien como Steve Jobs o como Marc Andreessen, para convertir al gobierno, en sus propias palabras, en una corporación armada hasta los dientes y sumamente rentable. Ese régimen pondría en venta las escuelas públicas, destruiría las universidades, aboliría la prensa y encarcelaría a las poblaciones que él llama descivilizadas. Despediría en masa a los funcionarios públicos y cortaría la ayuda internacional y la inmigración.
Sobre el riesgo evidente de poner todo el poder en una sola persona, Yarvin tiene una respuesta de un cinismo escalofriante. Reconoce que, claro, si esa persona resulta un Hitler o un Stalin, simplemente habremos recreado el nazismo o el estalinismo. Lo reconoce y sigue adelante igual. Cuando le preguntan qué impediría que ese monarca gerente saqueara el país o esclavizara a su pueblo, responde que uno no saquea su propia casa, y cita a Luis XIV, el Estado soy yo, como si la historia de las dictaduras no existiera. Cómo si la democracia fuera un proyecto que a alguien se le ocurrió y no la solución que ha resultado más efectiva a un problema real.
5.2. ¿Por qué importa un bloguero de San Francisco?
Uno podría preguntarse por qué dedicarle espacio a un bloguero excéntrico. La respuesta es que dejó de ser marginal. Un asesor del propio gobierno de Trump le confesó al Washington Post que es un secreto a voces que todos los que están a cargo del diseño de políticas públicas en esa administración han leído a Yarvin. El vicepresidente J.D. Vance, que trabajó precisamente para un fondo de inversión de Peter Thiel, aludió a sus ideas al sugerir que un futuro gobierno debía despedir a todos y cada uno de los burócratas de nivel medio, a todos y cada uno de los funcionarios del Estado administrativo, para reemplazarlos con los suyos, e ignorar a la justicia si esta se oponía. Marc Andreessen, el mismo que invierte en estas empresas y asesora el desmantelamiento del Estado, cita a su buen amigo Yarvin sobre la necesidad de una figura tutelar que se haga cargo de la burocracia.
El senador demócrata Chris Murphy lo dijo con precisión, que el tipo no tiene una teoría coherente, y que solo da la casualidad de que dice en voz alta lo que un montón de republicanos se muere de ganas de escuchar. Hago muchas referencias a Estados Unidos, y es a propósito, porque es el país de origen de las empresas tecnológicas que hoy están conquistando el poder. Pero el fenómeno no es exclusivo de ellos, y por eso nos concierne.
5.3. El desprecio por la dignidad humana
Hay que entender hasta dónde llega el desprecio por la dignidad humana en este pensamiento, porque no se queda en lo abstracto. Yarvin propuso confinar a las poblaciones que considera marginales, y en su blog, en sus años de marginalidad, llegó a escribir sobre la posibilidad de convertirlas en biodiésel para los buses. Seamos justos con el contexto, porque no necesitamos exagerar nada. Él mismo presentó esa imagen como una provocación deliberada, un espanto que descartaba de inmediato. Lo revelador es lo que propuso en su lugar. Buscó algo que presentó como más civilizado, una alternativa, según sus propias palabras, humana al genocidio. Una vía que lograra el mismo resultado que el asesinato en masa, la remoción de los elementos indeseables de la sociedad, pero sin su estigma moral.
Léanlo de nuevo, despacio. Un hombre cuyas ideas inspiran a quienes hoy diseñan políticas públicas en la primera potencia del planeta busca, con todas sus letras, una manera de lograr el resultado del exterminio sin la mala fama del exterminio. Y suscribe lo que llama biodiversidad humana, la vieja idea, maquillada de ciencia, de que no todos los grupos humanos son igualmente inteligentes. Lo inquietante no es que exista gente que piense así, que siempre la hubo, sino que por primera vez la capacidad técnica de ejecutar algo de esa escala se vuelve concebible, y que el orden de magnitud que se contempla es de otra naturaleza que el de los exterminios del siglo veinte. Esto, aunque aparente ser ciencia ficción, es el clima intelectual de quienes mandan.
5.4. De la teoría a la operación
Sería un error leer todo esto como pura especulación de escritorio. Hay gente que ya está operando. El propio Yarvin propone que las naciones se fragmenten en un mosaico de mini Estados, cada uno con su soberano, al modo de las ciudades corporativas. Y eso ya tiene traducciones concretas, en proyectos de ciudades privadas y zonas con jurisdicción propia que buscan funcionar por fuera de los Estados existentes, como la experiencia de “Próspera” en Honduras. Estos proyectos andan buscando territorios donde asentarse y han tanteado a gobiernos en distintas partes del mundo, incluida nuestra región. El dato importa por una razón práctica. El desafío regulatorio es mucho más difícil justamente porque estos actores no están geolocalizados, no se limitan a cumplir las reglas de un Estado, y en algunos casos derechamente aspiran a construir sus propios pseudo Estados.
Y la operación ya llegó a nuestra región con nombre y apellido. A comienzos de junio de este año, Javier Milei publicó, junto a su ministro de Desregulación Federico Sturzenegger, una columna en el Financial Times ofreciendo a su país como territorio para la inteligencia artificial sin regulación. La tesis del texto es que Argentina invita a la IA a liberarse. El primer pilar que promete es mantener la IA sin regular para que se desarrolle libremente, lejos de lo que llama la mano mortal de una regulación prematura y mal comprendida, y defiende la creación de una figura jurídica nueva, sociedades operadas por agentes de inteligencia artificial o robots, con responsabilidad limitada, donde los accionistas humanos pueden participar, pero no son un requisito obligatorio. Vale la pena releer eso último. Ya no se trata solo de producir sin trabajadores, sino de constituir empresas sin personas. Para fundamentarlo, Milei comparó este momento con la fundación de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales en 1602, el invento de la responsabilidad limitada que, según él, desató todo el potencial del capitalismo, y ofreció a la Argentina como la sede de esa nueva era, para que Buenos Aires sea a la IA lo que Ámsterdam fue a la era de la navegación.
La columna apareció pocos días después de que Peter Thiel visitara la Casa Rosada y se reuniera con Javier Milei, su canciller y el equipo económico. Esa misma gira también lo trajo a Chile, donde fue recibido en La Moneda por José Antonio Kast. La reunión solo fue confirmada oficialmente después de que oficié a la Presidencia para preguntar si había existido. Luego presenté una solicitud por Ley de Transparencia para conocer su contenido. La Presidencia respondió que no existían actas ni registros del encuentro, pero agregó que, de existir, su divulgación podría afectar la seguridad nacional. Esa respuesta me llevó a oficiar a los veinticinco ministerios para saber si Peter Thiel o representantes de Palantir habían sostenido otras reuniones con el Estado chileno. El mismo Thiel de Palantir, el mismo que financió a Yarvin y llevó a J. D. Vance al Senado. El círculo que vengo describiendo no es una curiosidad norteamericana. Ya está tanteando el Cono Sur, y lo hace ofreciendo exactamente lo que Yarvin recomienda: jurisdicciones a la medida, personas jurídicas sin personas y Estados compitiendo entre sí por desregular.
¿Qué papel juegan gobiernos como el de Milei? Son peones. Un presidente que ofrece su país como zona franca para la tecnología de otros, que recibe al articulador del proyecto en su palacio de gobierno, y cuyos referentes intelectuales celebran en público a Estados Unidos como el mejor país que ha existido sobre la tierra (nuestro connacional Axel Kaiser), no está defendiendo el interés de su nación. La está inscribiendo, con entusiasmo de converso, en un proyecto ajeno, en una guerra que no es la nuestra y de la que, en mi opinión, el sur global solo puede sacar la peor parte.
6. El círculo. Por qué todo esto es un solo proyecto
Juntemos ahora los nombres, porque ahí está la trama y ahí está la ironía concreta que no podemos dejar pasar. Peter Thiel fundó Palantir, la empresa que le da el software al ICE para deportar migrantes. Peter Thiel financió la empresa de Curtis Yarvin. Peter Thiel donó quince millones de dólares a la campaña de Vance al Senado, la mayor donación a un candidato en la historia parlamentaria de Estados Unidos. Marc Andreessen invierte en estas compañías, asesora el desmantelamiento del Estado y promueve la lectura de Yarvin entre sus conocidos.
No son corrientes distintas que casualmente coinciden. Estamos hablando del mismo dinero, las mismas personas y el mismo proyecto. El proyecto de Palantir, con su nueva era de disuasión fundada en inteligencia artificial, y el programa de Yarvin, con su monarca corporativo y su liquidación de la democracia, son las dos caras de una misma moneda. Una pone la tecnología. La otra pone la ideología que justifica usarla para terminar con el autogobierno de los pueblos. Y subrayemos algo que muchos pasan por alto, que esta gente ya no le trabaja a Trump. Es al revés. Ellos son la punta de lanza que diseña el mundo que viene, el movimiento que llevó a Trump al poder les sirvió de vehículo, y ya alcanzaron la vicepresidencia de Estados Unidos.
6.1. El proyecto es imperial
Este proyecto es imperialista. Estos hombres constataron la decadencia geopolítica de Estados Unidos y se propusieron revertir, devolverle a su país el eje del mundo. Eso explica algo que de otro modo resulta incomprensible, que peleen con todos a la vez. Pelean con la izquierda que llaman woke, pelean con los demócratas de USA, pelean con la vieja derecha, y pelean incluso con el propio Silicon Valley de las aplicaciones, al que le reprochan haber puesto toda la inteligencia y la capacidad norteamericana en venderle productos irrelevantes a la gente, teléfonos, aplicaciones, mercancías, mientras China usaba la tecnología para construir poder. En su relato hay una autocrítica de superpotencia. Qué pasó con el Proyecto Manhattan, se preguntan, qué pasó con esa alianza entre la ingeniería, el capital y el Estado que ganó la Segunda Guerra Mundial. Reivindican a los padres fundadores como ingenieros, gente que experimentaba y construía, y quieren restaurar esa épica.
Su tesis es explícita: así como la bomba atómica, su creación y su uso, le dio a Estados Unidos setenta años de supremacía, la nueva bomba atómica son las armas autónomas dirigidas por inteligencia artificial, y la carrera ya está corriendo. En su cabeza, y subrayo que es su tesis y no la nuestra, quien controle la IA controlará el mundo en las próximas décadas, y si no la controla Estados Unidos la va a controlar China. Por eso lo comparan abiertamente con la carrera espacial y armamentista. Y por eso, mientras nosotros deliberamos si esto es bueno o malo, ellos avanzan, porque en su lógica la deliberación es una debilidad que el rival no se permite.
Esta clave imperial obliga a una precisión de vocabulario. En algún momento se instaló la idea de que hablar de imperialismo era anticuado, cosa de panfletos viejos. Corrijamos el malentendido. La palabra no pasó de moda porque el imperialismo se haya acabado, pasó de moda porque ganó, y los vencedores no necesitan que se nombre su victoria. Hoy, cuando la doctrina oficial de la potencia (llamada Donroe, en alusión a Donald Trump y Monroe) vuelve a hablar de esferas de influencia sobre nuestro continente y sus hombres más poderosos escriben planes para la supremacía mundial, no hay nada más vigente que volver a decir la palabra. Y esta clave explica también a nuestros vecinos. Los gobiernos que corren a ofrecerse, como el de Milei —y eventualmente el de Kast—, no son actores de esta guerra, son piezas en el tablero que los jugadores usan y descartan.
6.2. La soberanía suscrita
La lógica del suscriptor no se detiene en las personas. Pensemos qué significa para un Estado del sur global este nuevo orden. Cuando Chile compra aviones o tanques, compra algo que pasa a ser del Estado chileno, con toda la dependencia que ya supone, de por sí, comprarle a un proveedor extranjero. Pero lo que viene es distinto. Es la posibilidad de que la defensa del territorio, la vigilancia de las fronteras, el análisis epidemiológico o la seguridad interior dependan de una suscripción a sistemas que corren en servidores extranjeros, administrados por empresas privadas radicadas fuera de nuestra jurisdicción. No seríamos dueños ni siquiera de la herramienta, seríamos suscriptores de nuestra propia soberanía, con la posibilidad permanente de que nos corten el servicio.
El precedente existe y es elocuente. Buena parte de los conflictos del último medio siglo se explica por la pregunta de qué potencia repone tus balas. Siria dependió durante años del armamento ruso para sostener su guerra, al punto de que casi todo el material de su ejército era de fabricación rusa, y esa dependencia terminó definiendo su lugar en el mundo. Proyectemos eso a la era de los drones autónomos. Qué pasa el día en que nos digan que nuestro ejército, con todo respeto, ya no sirve de nada en el mundo que viene, y que lo razonable es firmar un tratado donde otro nos defiende, porque él tiene drones y nosotros no. Ese día no habremos perdido una guerra, habremos perdido la soberanía sin disparar un tiro, y habremos entrado en una condición que solo se puede llamar colonial, o de vasallaje, la de un Estado suscrito a la defensa de otro. No fue para eso que se pelearon Chacabuco y Maipú.
7. La voz inesperada. León XIV y Magnifica humanitas
Hay que conectar todo esto con algo que ocurrió en otro rincón del tablero. Magnifica humanitas es el título de la nueva encíclica del Papa León XIV, firmada el quince de mayo pasado, en el aniversario número ciento treinta y cinco de la Rerum novarum, y dedicada, según su propio subtítulo, a la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Un Papa levanta una bandera de resistencia frente a los poderes más importantes del planeta, las grandes corporaciones tecnológicas. Y el nombre encierra una ironía que no hay que forzar, porque mientras los oligarcas tecnológicos avanzan hacia una visión que reduce a las personas a datos prescindibles, la Iglesia titula su intervención invocando, justamente, una humanidad magnífica.
Para dimensionar lo que esto significa hay que recordar el antecedente, y no voy a suponer que todos lo conocen, porque no hay ninguna razón para que así sea. La Rerum novarum fue la carta con que León XIII metió a la Iglesia, en 1891, en el conflicto entre el capital y el trabajo que había desatado la revolución industrial. Estableció que el trabajador no puede ser tratado como una mercancía cualquiera, defendió el derecho a un salario justo y, sobre todo, el derecho a la asociación sindical, que es precisamente lo que convierte al obrero aislado en un problema serio para el capital. Criticó a la vez al socialismo revolucionario y al liberalismo económico extremo, y sostuvo que el Estado debe intervenir para proteger a los trabajadores y no puede abandonar a los pobres. Así como León XIII reclamó justicia en las condiciones del trabajo industrial, León XIV exige hoy respeto por la dignidad humana frente a una IA que se desarrolla sin reglas, que crece de manera acelerada en su capacidad de intervenir el mundo y de desplazar al ser humano del monopolio que ejerció sobre el trabajo intelectual a lo largo de la historia.
Esa encíclica no fue una declaración inofensiva. Obligó a las propias derechas a hacerse cargo de la cuestión social. En Chile, sectores conservadores cambiaron de posición en materias como la ley de habitaciones obreras y el descanso dominical a partir de su influencia. Esto explica además un fenómeno actual, el rechazo que estas posiciones generan en la ultraderecha. No es casual que figuras como Milei hayan llegado a señalar al Papa Francisco, no León XIV) como representante del mal, ni que los sectores más reaccionarios estén migrando hacia iglesias que se saltan estas encíclicas para ir directo a las escrituras, lo que les permite prescindir de cualquier doctrina sobre la dignidad del trabajo. Y se entiende por qué necesitan saltárselas, porque de esa doctrina se desprende algo que les resulta insoportable, que no se puede al mismo tiempo decirse cristiano y sostener que el Estado puede abandonar a los pobres.
7.1. La subsidiariedad tiene dos patas
Hay en la encíclica una jugada que la izquierda chilena no puede darse el lujo de no entender, y tiene que ver con una palabra que llevamos décadas combatiendo, la subsidiariedad. La encíclica le da al principio de subsidiariedad un lugar central, al punto que las primeras columnas de la derecha la celebraron precisamente por eso. La subsidiariedad, recuerda León XIV, sostiene que ninguna entidad superior puede aplastar aquello que es propio de las personas, las familias y las comunidades. Y entidades superiores son el Estado que todo lo absorbe, pero también la corporación tecnológica que todo lo registra y todo lo decide. El propio texto lo dice cuando advierte que la inteligencia artificial «no puede considerarse moralmente neutra». La subsidiariedad que se invocó durante medio siglo contra el Estado vale, con la misma fuerza, contra Palantir.
Hagamos acá una restitución intelectual que nos interesa. La izquierda chilena conoce la subsidiariedad casi solo a través de la lectura de Jaime Guzmán, que la convirtió en el fundamento del antiestatismo y la privatización. Pero esa lectura siempre fue con un ojo tapado, porque las grandes corporaciones ya existían cuando se escribió esa doctrina, y el principio siempre tuvo dos patas. Protege la iniciativa de las personas y las comunidades frente a toda entidad superior que pretenda reemplazarla, sea un ministerio o sea un monopolio. Guzmán nos mostró una sola pata, y durante cincuenta años nos hicieron discutir contra la mitad de un concepto. Recuperar la otra mitad no es hacerle una concesión al gremialismo, al contrario, es quitarle un arma que nunca fue enteramente suya.
Y hay algo más profundo todavía, que toca el fundamento mismo de la propiedad. La doctrina social de la Iglesia aceptó históricamente la propiedad privada bajo una condición, su función social. El razonamiento es este. Dios hizo el agua, la tierra, el alimento, los animales, los peces y el aire comunes a todos los hombres, y ningún cristiano puede creer que Dios quiso darles más tierra a unos y ninguna a otros. Occidente aceptó la propiedad privada porque se sostuvo que era la forma más eficiente de organizar esos bienes comunes para producir más bienestar para todos. Pero esa aceptación estuvo siempre condicionada. Si la propiedad privada, en vez de multiplicar el pan, significa hambre para algunos seres humanos, entonces queda sin fundamento, abolida en los propios designios que la justificaban. La encíclica llega a pedir perdón por los siglos en que la Iglesia toleró la esclavitud, y lo hace como argumento, porque la esclavitud fue precisamente eso, la privación total de un ser humano de todo lo que le fue dado en común, y por eso resultó siempre incompatible con el cristianismo, aunque tardaran siglos en admitirlo. La conclusión para nuestro tiempo se hace evidente. Si un puñado de hombres se vuelve dueño de todo, de la máquina, del saber, del agua y de la tierra, y esa propiedad condena a otros al hambre, esa propiedad pierde su justificación teológica y moral. Por eso lo digo con todas sus letras. La derecha chilena no podrá seguir rezando bajo el credo de la Iglesia mientras gobierna con el evangelio de Peter Thiel. Más temprano que tarde tendrá que elegir cuál de las dos profesa.
7.2. El colonialismo de los datos
La encíclica tiene además un pasaje que nos toca directamente como país del sur global, donde advierte que el colonialismo reaparece con un rostro inédito. Ya no se trata solo de dominar cuerpos y territorios, sino de apropiarse de los datos y transformar las vidas en información explotable. Los territorios con menos peso geopolítico están atravesados por una lógica de extracción donde los flujos sanitarios, los perfiles epidemiológicos, los mapas genéticos y los datos demográficos son las nuevas «tierras raras» del poder. Quien posee los datos de salud de poblaciones enteras, recopilados bajo el pretexto de la ayuda, la investigación o la innovación, tiene una palanca estructural sobre el futuro, puede anticipar crisis, orientar inversiones y decidir antes que nadie a quién se destinan medicamentos y protecciones, es decir, decidir quién y qué importa. Lo que el Papa plantea, en el fondo, es devolverles a los pueblos no solo los datos que los describen, sino la capacidad de decidir cómo se usan y para qué. Si no, dice, la era digital no será poscolonial sino derechamente colonial bajo otra forma. Es difícil encontrar una descripción más exacta del modelo de negocios que describí en la sección 4, y confirma que nuestra lectura de la soberanía suscrita no es una exageración nuestra, la está haciendo hasta el Vaticano.
7.3. El límite. Para ellos, el Papa es un estorbo
El punto más agudo de la encíclica es claro. Si la tecnología se convierte en el criterio último, dice León XIV, la persona humana corre el riesgo de quedar reducida a datos, a una pieza en una máquina o a una mercancía. Léanla despacio, esa frase, porque describe, a sabiendas, el modelo de negocios de Palantir y la antropología de Yarvin al mismo tiempo. Es un diálogo directo con ellos. Reducir a la persona a datos es, literalmente, lo que hace ese software. Tratar a poblaciones enteras como elementos indeseables a remover es, literalmente, lo que propone ese ideólogo. Por eso León XIV no les habla solo a los católicos, le habla a la humanidad entera.
Pero hay que entender cómo lo leen desde el otro lado, porque ahí se mide el problema. Para Thiel, Karp y los suyos, el Papa no es un enemigo, es un estorbo. Un enemigo se combate, un estorbo se rodea. En su lógica de guerra mundial, alguien que plantea preguntas sobre el bien y el mal es alguien que hace preguntas irrelevantes, porque el rival, dicen, está desarrollando estas capacidades sin preguntarse nada, y detenerse a deliberar es regalarle la carrera. Esa es la medida exacta de nuestro desafío. No basta con tener razón moral, hay que tener fuerza.
Y acá está el límite que como izquierda tenemos que nombrar, y que ya dejé planteado al comienzo. Una mediación necesita dos partes, y una encíclica solo pesa políticamente cuando existe una fuerza real y organizada entre la cual mediar. La Rerum novarum pudo mediar porque patrones y trabajadores se amenazaban mutuamente. Los obreros organizados en sindicatos y huelgas se habían vuelto un problema internacional para el capital, y el capital había respondido mandando a reprimir a sangre y fuego a los que se levantaban. Fue esa amenaza recíproca la que hizo que una parte del mundo reclamara un mediador, y por eso la socialdemocracia y la democracia cristiana fueron protagonistas del siglo veinte. Hoy no existe esa segunda parte. Sin una fuerza organizada de los trabajadores, la voz del Papa corre el riesgo de quedar como una opinión más, por valiosa que sea.
8. El mapa de actores y el lugar vacío de la izquierda
Llegamos al mapa de actores. Hay tres en escena. El primero son los dueños de la tecnología, instalados en Silicon Valley. Llamarlos simplemente burgueses sería quedarse corto, porque parecen algo más interesante y más peligroso que eso. Son una nueva oligarquía, o un sector que aspira a devenir oligarquía, aliado con la ultraderecha y en tensión con la oligarquía tradicional, y con el proyecto imperial que ya describí. Sirve acá una definición. El oligarca no es solo el muy rico, es el
que tiene tanto dinero que puede pagar por el servicio de mantener el régimen que lo enriquece, comprar un canal de televisión, aunque no le reporte ganancias, financiar filósofos y centros de estudio que le construyan el mundo a su medida. Eso es exactamente lo que están haciendo, con Yarvin escribiéndoles la justificación y Palantir construyéndoles las herramientas. Y no son meros sirvientes de Trump, más bien parece ser lo contrario.
El segundo actor es la Iglesia, que esta vez sorprendió y levantó la voz. Pero ya dijimos que su intervención solo cobra sentido si hay una amenaza real que enfrentar, como entendió León XIII en su momento. Una encíclica sin esa fuerza al frente vale poco. A menos que los católicos del mundo se organizaran en tan tal, cosa que se ve lejana.
El tercer actor es el que no está, y ese es el problema que quiero plantearle a nuestro partido. Es la inmensa mayoría, los que no son dueños de ninguna IA, los trabajadores del mundo, ese 99 % que hoy está desorganizado y mudo en este debate. La IA nos pilla a los pueblos del mundo sin sindicatos fuertes, sin centros de estudio, sin prensa propia, sin lugares donde dar esta discusión, sin organizaciones internacionales dedicadas al interés de quienes se ganan la vida con su trabajo. Las únicas banderas que quedan en pie son partidos pequeños, con un puñado de diputados en cada país. Esa ausencia es parte de la esencia del peligro que estamos describiendo.
Hay que distinguir dos cosas que suelen confundirse. Una es la ausencia de un actor social organizado, los trabajadores frente a la IA monopolizada, que hoy no existe como sujeto. Otra distinta es qué está diciendo la izquierda que sí existe, que es básicamente nada. Y seamos francos sobre nuestra propia condición. La izquierda corre hoy el riesgo de quedar reducida a una corriente de pensamiento, a una sensibilidad. La mejor manera de conjurar ese riesgo es asumir la tarea que esta carta propone, contribuir a articular a un sujeto que hoy no está articulado en torno a su propia situación frente a la IA.
Vale la pena notar una ironía histórica. Las predicciones más radicales que hicimos en nuestro momento más radical hoy van quedando en el centro del escritorio. La acumulación de riqueza que antes denunciábamos por significar bajos salarios hoy podría significar el retorno a formas de esclavitud, el fin de la democracia o, en su versión más extrema, el reemplazo de lo humano. Y no lo decimos solo nosotros, lo dice el Papa. Es la vieja idea de Marx según la cual el capitalismo engendra a su propio sepulturero, es decir, produce con su propio desarrollo la fuerza que va a terminar enterrándolo. Solo que ahora la contradicción ya no enfrenta a una clase contra otra dentro del sistema. Se vuelve existencial, porque lo que el sistema amenaza con enterrar ya no es a sus dueños, es el lugar de lo humano en la producción y, en el extremo, la posibilidad misma de que las mayorías vivan.
Y hay una idea que merece quedar subrayada aparte, porque es quizás la más amarga de toda esta carta. El fin del trabajo obligatorio, la posibilidad de que la humanidad produzca lo que necesita sin condenar a nadie a jornadas agotadoras, para beneficio de otros, fue durante siglos el sueño de todos los humanismos, el nuestro incluido. En otro orden sería la mejor noticia de la historia. En este, se presenta como una amenaza. La IA nos llega en un momento en que el agua, la tierra cultivable, los mares, los peces y las finanzas ya están acumulados en muy pocas manos, y por eso la promesa de la liberación del trabajo se nos aparece con el rostro de la miseria. Que la mejor noticia posible se viva como la peor es el retrato más preciso del orden social en que vivimos.
Nosotros estamos construyendo una posición desde la izquierda, lo que no impide articularnos con sectores que no son de izquierda pero que comparten ciertos mínimos, empezando por algo tan básico, y tan poco obvio, como que esto hay que regularlo.
8.1. Cómo nos encuentra esta ola. La responsabilidad de la derecha chilena
Hay que decir además cómo llega Chile a este momento, porque no llegamos así por casualidad. Durante medio siglo, la derecha chilena promovió sistemáticamente todo lo que hoy nos deja indefensos. Promovió la desintegración de América Latina, dejándonos sin ninguna institucionalidad regional con la cual enfrentar juntos a poderes que ningún país del sur puede enfrentar solo. Promovió la desorganización del pueblo, la destrucción del sindicato, de la junta de vecinos con poder real, de toda forma de asociación que no fuera el consumo. Promovió la supranacionalización de nuestra soberanía a través de tratados de libre comercio que le atan las manos al Estado frente al capital extranjero. Promovió la no regulación de las empresas tecnológicas que operan en Chile. Y promovió el adelgazamiento permanente del Estado, justo del único instrumento con que un pueblo puede negociar de igual a igual con una corporación planetaria.
El resultado es que nunca el pueblo de Chile estuvo peor preparado para un fenómeno de estas características. El incipiente pueblo organizado que Chile intentó construir durante el siglo veinte, con sus sindicatos, sus partidos de masas, sus cooperativas y su Estado en expansión, fue disuelto a propósito para convertir a los ciudadanos en un conjunto de consumidores hedonistas y aislados, cuya principal relación con la democracia es el Sernac, y que cambiaron el catolicismo por el neoliberalismo como religión. Es la vieja historia del becerro de oro contada de nuevo. Y no deja de ser una ironía que quienes se dicen defensores de la tradición cristiana hayan construido el orden social más idólatra de nuestra historia. Cuando la ola llegue con toda su fuerza, esa será la playa en la que nos encontrará, y conviene que cada chileno sepa quién la despejó.
8.2. La cuestión china
Queda un eje que esta carta deja a propósito abierto, y es China. El tablero estaría incompleto sin ella, y hay que hacer acá una corrección honesta a nuestro propio argumento. Dije que hoy no existe ningún polo temible frente a los dueños de la IA, y no es exacto. Sí existe uno, y es China. Los señores de Silicon Valley le temen a China, y ese miedo explica su desesperación armamentista, su discurso de guerra y su exigencia de que el Estado norteamericano les abra las puertas. Lo que hay que precisar es que ese polo temible no es el pueblo, no son los trabajadores organizados, es otro Estado, otra potencia con sus propios intereses. Que exista un contrapeso geopolítico no resuelve nuestro problema, porque una mediación entre dos de los países más poderosos del mundo no incluye a los pueblos del sur más que como territorio en disputa.
Reconozcamos, además, algo que incomoda a los dos lados de este debate. China no dejó la inteligencia artificial en manos de sus privados. El llamado plan IA Plus y el decimoquinto Plan Quinquenal ponen esta tecnología en el centro mismo de la planificación estatal, con la instrucción explícita de acelerar la autonomía tecnológica en todos los sectores, definida desde los máximos niveles del Estado. China es un modelo que debemos observar, al ser un Estado que no les cede a sus empresas privadas la definición estratégica de hacia dónde va el país, que decide qué debe y qué no debe hacer una compañía tecnológica en función de un proyecto nacional, y no al revés. Es exactamente lo que no ocurre en el resto del mundo, donde son los Altman y los Musk quienes les dictan la agenda a los Estados.
Pero el poder estatal sobre la tecnología no disolvió la contradicción que vengo describiendo, solo la reubicó. Quienes siguen el fenómeno de cerca constatan que la IA y la automatización están reequilibrando la renta a favor del capital y en contra del trabajo también en China, lo que supone un dilema evidente para un partido como el PC chino. El desempleo juvenil chino se mueve en niveles parecidos a los de la Unión Europea, 14,5% frente a 14,7, con la diferencia de que en China ese porcentaje habla de decenas de millones de jóvenes y no de la suma de unos cuantos países medianos. El presidente de JD.com, una de las mayores empresas de comercio electrónico del país, ya advirtió en público que los robots van a reemplazar tarde o temprano a sus setecientos mil repartidores. Y cuando Beijing fija para este año la meta de crecimiento más baja desde 1991 mientras se prepara para que unos trescientos millones de personas se jubilen en la próxima década, queda claro que el propio gobierno apuesta a la inteligencia artificial como motor de su economía en el mismo movimiento en que la automatización desplaza los puestos de entrada. Es la misma paradoja que vemos en Silicon Valley, pero administrada desde un Estado.
9. Los peligros que debemos enfrentar
9.1. El peligro de llegar tarde
El primer peligro es el de siempre, llegar tarde. Cuando la izquierda no aborda con claridad un dolor real, ese dolor no desaparece, y termina siendo capitalizado por sectores autoritarios que ofrecen respuestas simples y falsas a problemas complejos. Ya nos pasó con la seguridad y con la migración. Si dejamos que la angustia frente a la automatización y el reemplazo del trabajo la capitalice la derecha, esa angustia va a alimentar al mismo proyecto que la provoca.
9.2. El peligro del paraíso convertido en infierno
Un mundo donde la producción ya no necesita trabajo humano vivo es, al mismo tiempo, el paraíso y el infierno. El paraíso si esa abundancia se reparte y libera tiempo para todos. El infierno si quienes controlan la máquina deciden que las mayorías sobran. La misma tecnología puede ser la base de una sociedad emancipada o el instrumento de la oligarquía más cerrada de la historia, y lo que define cuál de las dos va a ser no es la técnica, es la política. El ser humano podría estar resolviendo, por fin, su problema más antiguo, el de tener que trabajar para comer. Y en vez de prepararnos para celebrarlo, lo vivimos como una catástrofe, porque en este orden la noticia de que el trabajo sobra se traduce en que las personas sobran.
9.3. El peligro de creer que sin amenaza habrá concesiones
Hay un peligro más sutil, creer que el capital se va a moderar solo. La historia dice lo contrario. Solo hubo socialdemocracia donde hubo una fuerza capaz de inquietar a los dueños del capital. En el siglo veinte eso fue posible porque al frente había una amenaza creíble. Sin amenaza no hay concesión. Y si los trabajadores no logran constituirse en una fuerza que se tome en serio, nadie les va a regalar nada. A lo más les van a ofrecer una condición de subsistencia, inclusive, y les van a pedir que den las gracias.
10. Las tareas. Una agenda para la izquierda
10.1. Lo que la máquina no puede crear
Hay cosas que la inteligencia artificial, por más poderosa que sea, no puede crear. No puede crear agua. No puede crear energía. No puede crear tierra cultivable. Puede procesar el conocimiento de la humanidad entera, pero no puede fabricar los bienes materiales básicos sobre los que se sostiene la vida. De ahí sale una disyuntiva que hay que instalar en el debate nacional. O controlamos la IA, o controlamos todo lo demás. Que el agua sea de todos, que la tierra cultivable sea de todos, que la energía sea de todos. Si los oligarcas se quedan con la máquina que produce el saber, entonces la soberanía sobre lo material, sobre lo que la máquina no puede inventar, tiene que volver a manos del pueblo.
Y tal vez es momento de abrir la discusión sobre la propiedad pública y comunitaria del agua, de los minerales, de la energía y de la tierra cultivable, es decir, sobre revertir el proceso de privatización de los bienes comunes que Chile lleva medio siglo profundizando. La radicalidad del cambio en el momento que vivimos, requiere radicalidad en las propuestas y respuestas también.
10.2. Un impuesto global a la IA no es igual desde el norte que desde el sur global. Nuestra discrepancia con Bernie Sanders
La segunda tarea es discutir en serio cómo el público recupera una parte de la riqueza que se construyó sobre el conocimiento colectivo. En el hemisferio norte ya hay propuestas en esa dirección que hay que conocer. Bernie Sanders anunció el Acta del Fondo Soberano de Riqueza de IA de Estados Unidos, una ley que le entregaría al público una participación directa en la propiedad de las mayores empresas de inteligencia artificial del país. El mecanismo es un impuesto único del cincuenta por ciento que no se paga sobre las ganancias de OpenAI, Anthropic, xAI y las demás, sino con algo mucho más valioso, las acciones mismas. La idea de fondo es elemental y por eso es poderosa. Cuando un recurso público genera riqueza, el público debería compartir esa riqueza.
Como dice Sanders, ponerles un impuesto a las acciones de estas empresas para que la IA beneficie a la humanidad no es radical. Lo verdaderamente radical es que siete personas concentren un billón de dólares mientras la mayoría no llega a fin de mes. Y acá se cierra el argumento que abrimos antes. Si estas fortunas arrastran un vicio de acumulación originaria, porque se levantaron sobre el despojo de un bien común, entonces una corrección a la altura no puede ser tibia. Ese es el fundamento de un impuesto tan alto.
El propio movimiento de las empresas confirma que esta discusión dejó de ser marginal. Según informó el Financial Times, OpenAI le propuso al gobierno de Estados Unidos entregarle una participación del cinco por ciento de su capital, hoy valorado en más de ochocientos cincuenta mil millones de dólares, y sugirió que las demás grandes empresas de IA hicieran lo mismo, en un vehículo inspirado en el fondo permanente de Alaska, ese que invierte la riqueza petrolera del estado y reparte dividendos entre sus residentes. Leamos bien la jugada. Cuando el propio Altman ofrece acciones al Estado para compartir los beneficios de la IA, reconoce dos cosas a la vez. Que la riqueza de estas empresas tiene un origen que obliga a compartirla, y que le teme más al escrutinio del gobierno que a la pérdida de un cinco por ciento. Que el dueño ofrezca una parte por iniciativa propia es la mejor prueba de que la parte se le puede exigir.
Pero acá tengo que plantear una discrepancia con el senador. El problema de su propuesta es a quién restituye. Su fondo soberano es de Estados Unidos y para Estados Unidos, y el modelo de Alaska reparte dividendos entre sus residentes. Es decir, la riqueza construida con el conocimiento acumulado de la humanidad entera, con los libros, la ciencia, el arte y las conversaciones de todos los pueblos del mundo, sería restituida a los ciudadanos de un solo país. Eso no corrige el despojo, lo nacionaliza. Y hay algo todavía más incómodo. Una IA estatizada por Estados Unidos no es lo contrario del proyecto imperial que describí, es perfectamente compatible con él. De hecho, que el Estado norteamericano se involucre, financie y se asocie con estas empresas es exactamente lo que Thiel y Karp le están pidiendo a la puerta de la Casa Blanca. El Proyecto Manhattan también fue una alianza entre el Estado, el capital y la ciencia, y acordémonos de qué produjo esa alianza y para quién. Produjo la bomba, produjo setenta años de supremacía, y para América Latina produjo la condición de patio trasero, la tutela, las intervenciones y los golpes de Estado con que esa supremacía se administró en nuestro continente. El bienestar del ciudadano norteamericano se ha financiado muchas veces con el saqueo y la tutela del resto del mundo, y nuestra propia historia, con un palacio de gobierno bombardeado de por medio, no nos deja olvidarlo.
Por eso, desde el sur, la posición no puede ser solamente antioligárquica, tiene que ser antioligárquica y antiimperialista a la vez. Y de ahí sale nuestra propuesta, que le ofrezco al debate de la militancia. Si la riqueza de la IA la produjo la humanidad completa, lo justo no sería un impuesto nacional sino un impuesto global a todas las inteligencias artificiales del mundo, cuya recaudación beneficie a los pueblos que produjeron ese conocimiento, es decir, a todos. Sé las preguntas que esto abre, dónde tributa, quién administra, con qué institucionalidad, y no las voy a resolver en una carta. Pero sí puedo decir por dónde empezar. América del Sur necesita construir una institucionalidad común que le permita negociar de igual a igual con las corporaciones tecnológicas planetarias, porque ningún país del sur, solo, puede sentarse a esa mesa frente a empresas más ricas que su propio producto interno. Esa es la versión de nuestro siglo de un viejo aprendizaje, que la integración no es un ideal romántico, es la condición mínima para tener soberanía.
10.3. Regular sin ser ingenuos
La tercera tarea exige una precisión que ya adelanté. No proponemos apagar la IA. Pero tampoco vamos a renunciar a tomar posiciones firmes por miedo a que nos traten de luditas. A veces vamos a tener que defender medidas que de entrada suenen así, y explicar por qué son coherentes con nuestra defensa de lo común. Antes de que existiera la IA, el capital ya se había apropiado del agua, de la tierra, de los animales, de los mares. Poner límites a esa apropiación nunca fue ludismo, fue defensa de lo que es de todos, y lo mismo vale ahora. Distinguir el debate sobre los límites de la tecnología del debate sobre quién la controla nos permite ser exigentes en lo segundo sin caer en el rechazo ciego a lo primero.
10.4. No pelear la guerra cultural que nos asignan, y volverse temibles
La cuarta tarea es no caer en la trampa. Yarvin les aconseja a los suyos dejar que la izquierda se agote en la guerra cultural mientras ellos construyen poder material. No les hagamos el favor. Sin abandonar ninguna conquista en materia de derechos y de dignidad, el centro de gravedad de nuestro proyecto tiene que volver a la pregunta por el poder, por la propiedad, por quién decide. Y de ahí sale la tarea más grande de todas, la que dejé enunciada al comienzo. Las personas del mundo que no son dueñas de ninguna IA, los trabajadores, tienen que organizar su posición hasta volverse temibles para los dueños de la IA. Solo entonces una mediación como la que insinúa la encíclica va a tener sentido, solo entonces habrá concesiones, solo entonces dejaremos de ser una columna de opinión. Es la vieja consigna, actualizada. Los trabajadores, en todos los países, tienen que unirse y constituirse en una fuerza, porque nadie va a defender por nosotros lo que es de todos.
11. Conclusión. El fin de la moderación
Durante doscientos años nos dijeron que la riqueza venía del esfuerzo individual, del mérito, del que madruga. Hoy las propias empresas que dominan la IA reconocen que su riqueza viene del trabajo acumulado de generaciones enteras de personas que jamás van a ver un peso de esa fortuna. Lo confesó Altman, lo advierte el Papa, lo anticipó Marx hace siglo y medio, y mientras tanto Yarvin y sus financistas escriben el manual para que el dueño de esa riqueza no tenga que rendirle cuentas a nadie nunca más.
Quiero cerrar esta carta con una reflexión sobre nosotros mismos. La izquierda del mundo ha vivido décadas de moderación. Esa moderación tiene explicaciones que conocemos de memoria, los fracasos de los socialismos reales, el agotamiento de los modelos que alguna vez señalamos con orgullo. No vengo a criticar esa moderación, vengo a cerrarla. Fue una respuesta pensada para un mundo determinado, el mundo que se enfriaba después de la Guerra Fría, un mundo de globalización donde la historia parecía terminada. Ese mundo se está acabando. En el que viene, la doctrina Monroe vuelve a ser documento oficial, los hombres más poderosos de la primera potencia tienen pretensiones imperiales declaradas, y a diferencia de cualquier época anterior, por primera vez tienen la capacidad técnica de privarnos de todo. Frente a eso, la moderación no puede seguir siendo un principio en si mismo, porque la amenaza es radical. Puede ser un resultado, si el análisis la recomienda, pero no un punto de partida. Y si nuestro debate arroja conclusiones radicales, como la propiedad común de la tierra del planeta o la propiedad pública del saber de la humanidad, vamos a tener que sostenerlas sin pedir permiso ni disculpas.
Hay un fundamento jurídico para esa radicalidad que cualquiera entiende, porque es uno de los principios más antiguos del derecho, la legítima defensa. Todos los sistemas jurídicos del mundo reconocen que quien es amenazado en su vida tiene derecho a defenderse. Si alguien acumula el poder suficiente para dejarte a ti y a tu familia sin comida, sin agua, sin tierra que trabajar, sin piedras con que levantar una casa y sin un lugar donde tengas derecho a dormir, el derecho a resistir esa amenaza deja de ser una abstracción de manual. Si un puñado de hombres acumula la capacidad de comprar un país entero, de reemplazar su trabajo, de suscribir su defensa y de privar a nuestros hijos del alimento, eso no es un modelo de negocios, es una amenaza, y las medidas que un pueblo tome para protegerse de esa amenaza, por radicales que suenen, son legítima defensa, y de paso son plenamente concordantes con la doctrina social de la Iglesia, como vimos, y con el sentimiento y la razón natural de cualquier padre y de cualquier madre, de cualquier mamífero.
La pregunta ya no es si la IA va a cambiar el mundo, porque eso ya está ocurriendo. La pregunta es quién va a ser su dueño y quién va a poder decidir sobre ella. Mientras siete hombres se reparten un billón de dólares construido con la inteligencia colectiva de toda la humanidad, y mientras sus ideólogos buscan una manera elegante de declarar prescindibles a millones de personas, llamar radical a quien propone que ese conocimiento de todos beneficie a todos es, sencillamente, el mayor cinismo de nuestra época.
Hace doscientos años, en Chacabuco y en Maipú, se peleó para que no rigiera en esta tierra ninguna ley dictada desde afuera. Esa pelea no terminó, solo cambió de forma, y hoy se llama soberanía sobre la tecnología, sobre los datos, sobre el agua, sobre la tierra y sobre el futuro. No quiero que la izquierda chilena sea la que llegó tarde a esta discusión. Quiero que sea la que la puso sobre la mesa primero, como los que hace un siglo pusieron sobre la mesa la cuestión obrera cuando nadie quería nombrarla. De eso se trata, en serio, tomarse el futuro en serio.
Queda abierta la discusión. Para eso se escriben las cartas a la militancia.