Esta mañana me enteré de la muerte del Indio Solari mientras tomaba mate en el balcón de mi departamento, en un barrio tranquilo de Boston. Vivo en Estados Unidos desde hace casi tres décadas y, sin embargo, me puse a llorar como si hubiera perdido a alguien íntimo.
Me sorprendió la intensidad de la tristeza. Después entendí que con la muerte del Indio no desaparece solamente una voz que, durante décadas, desnudó la maquinaria del poder, sino que se vuelve más frágil una parte de esa patria entrañable que traje conmigo cuando emigré a finales de los años noventa.
El primer disco que escuché de Patricio Rey y Los Redonditos de Ricota fue Oktubre. La primera vez que los vi en vivo fue en Cemento, en 1989. Desde entonces, sus canciones quedaron pegadas a los momentos importantes de mi vida. Recuerdo cada recital porque cada uno está asociado a una amistad, un amor, un nacimiento o una despedida.
Los recitales de Los Redondos nunca funcionaron como entretenimiento, sino como asambleas de los desamparados por el sistema, un lugar de rebeldía colectiva donde se construían amores y amistades. En esos recitales íbamos a encontrarnos con nuestros pares a cantar con el Indio que «vivir solo cuesta vida», como un mantra de resistencia comunitaria para quienes no encontrábamos nuestro lugar en el mundo que nos ofrecían.
La poesía del Indio Solari fue un refugio en la Argentina menemista. En esos años de individualismo, de privatización feroz y desempleo masivo, la banda funcionaba como un contra-discurso, como un dique de contención ante la inundación neoliberal. Frente a la cultura plástica y el corporativismo de la época, el Indio ofrecía una lírica críptica y profunda que demandaba pensar, que se resistía a la mercantilización.
El menemismo vendía un éxito falso, una ilusión de prosperidad; el Indio dejaba al descubierto la estructura del poder y sus coartadas estéticas. Sus versos no pedían permiso: simplemente existían como territorio de resistencia, como él mismo lo decía: “en la resistencia está todo el hidalgo valor de la vida”.
No solo las letras desafiaban esa época; también lo hacía la forma en que la banda elegía existir. Los Redondos practicaban una autogestión absoluta, sin intermediarios, sin concesiones a la lógica del espectáculo.
En 1999 me fui de Argentina. Me llevé un mundo quebrado para volver a armar en otra parte y el Indio estaba ahí, sus letras grabadas en la memoria, entrelazadas con experiencias afectivas que se convirtieron en mi verdadera bandera.
Muchas veces, encontrarse con otro argentino en el exterior y citar una frase del Indio era el verdadero consulado, la única embajada que importaba. Si me perdía en esa nueva experiencia cantaba para adentro, alentándome: «A brillar mi amor, vamos a brillar mi amor». Toda mi condición de expatriada se musicalizaba con el post-punk oscuro de Oktubre o con los viajes oníricos de Luzbelito. El Indio me ofrecía un idioma propio para seguir habitando mi país a la distancia.
Muchos años después comprendí que no era la primera persona de mi familia en construir una patria portátil. Antes lo había hecho mi abuela, aunque nunca lo hubiera formulado en esos términos.
Ella decía siempre: «Soy de Bolognano». Cuando yo era chica, imaginaba que debía tratarse de una ciudad importante. La nombraba con una convicción que me hacía pensar que ocupaba un lugar central en el mapa de Italia. Con el tiempo descubrí que Bolognano era apenas un pequeño pueblo entre montañas y viñedos. Pero también comprendí que estaba haciendo la pregunta equivocada. La importancia de Bolognano nunca había sido geográfica.
Mi abuela lo llamaba il paese. En italiano, la palabra puede significar tanto «pueblo» como «país». Esa ambigüedad me fascina. Porque para ella Bolognano era las dos cosas a la vez: el lugar donde había nacido y una patria emocional que siguió habitando incluso después de cruzar un océano.
Hay sitios que ocupan poco espacio en la geografía política y una enormidad en la memoria.
Las letras del Indio Solari terminaron convirtiéndose en un lugar al que podía volver, una geografía afectiva desde la cual habitar la distancia. Algo parecido a la idea de “la zona” de Juan José Saer: un espacio construido por la memoria y el lenguaje, más persistente que muchos lugares físicos.
El Indio cantó sobre los que quedan al margen, los que no encajan, «un tipo de la logia del culto de los desmañados». Esa identidad me dio también herramientas para habitar la extranjería sin sumirme en la nostalgia paralizante: no necesitaba otra nación que me reconociera, mi país también eran esas metáforas, ese lenguaje cifrado que solo entendían los nuestros. La poesía como pasaporte. La canción como territorio soberano.
Hoy, al enterarme de la muerte del Indio, sentí que una parte de ese mapa interior perdía nitidez. Como si desapareciera uno de los puntos cardinales que durante años me ayudaron a orientarme lejos de casa.
Mi abuela llevó a Bolognano consigo durante toda su vida. Yo hice algo parecido. Mi paese es un espacio sagrado, vasto, inconmensurable, donde suenan las canciones de Los Redondos.
Hay territorios que pueden atravesarse en veinte minutos. Otros ocupan toda una vida. Algunos, los verdaderamente importantes, nunca se terminan de habitar.
*María José Datel, argentina expatriada en Estados Unidos, es profesora en Letras y docente de la Universidad de Boston. Todavía cree en la revolución.