Cada vez que alguien intenta cambiar algo importante, aparece la misma respuesta: “siempre ha sido así”. Se repite cuando se habla de economía: “el capitalismo siempre ha existido”, “la propiedad privada es inherente al ser humano”; cuando se discute sobre el rol de las mujeres: “su lugar está en la casa”, “nació para criar”; o en temas de género y sexualidad: “el matrimonio es y siempre ha sido entre un hombre y una mujer”. Más que una simple frase, se trata de una forma de pensar que busca naturalizar prácticas e instituciones que, en realidad, son el resultado de procesos históricos. Al presentar el presente como algo inevitable, esta lógica no solo obstaculiza el cambio, sino que también bloquea la posibilidad de imaginar alternativas. En este escenario la esperanza deja de ser una consigna vacía e ingenua: se vuelve una herramienta para disputar el sentido de lo posible y abrir la idea de que el futuro puede ser distinto del mundo que hoy habitamos.
Si seguimos el rastro de esta forma de pensar, veremos que no es nueva. A lo largo de la historia, distintas ideas han buscado justificar el orden existente presentándolo como natural e inmutable. En la Política de Aristóteles, por ejemplo, se encuentra una defensa explícita de la esclavitud como parte del orden natural de las cosas [1].
De forma similar, Rousseau, en El contrato social y Discurso sobre el origen… logra plasmar la subordinación de las mujeres, la monogamia y la división sexual del trabajo como elementos naturales del orden social [2]. Incluso prácticas que hoy parecen impensables —como el trabajo infantil [3]— fueron durante mucho tiempo aceptadas bajo la misma lógica: si siempre han existido, entonces deben seguir existiendo. Dichas narrativas se han replicado con ligereza a lo largo de la historia, legitimando estructuras de poder que limitan nuestra capacidad de imaginar y construir un futuro distinto.
A pesar de ello, la historia demuestra que las instituciones, los roles, las normas y prácticas cambian constantemente, y lo que hoy parece ‘natural’ fue en algún momento impensable. Entonces, en efecto existe cierto espacio para el cambio, pero ¿qué lo moviliza?
Para entender de dónde surge esta posibilidad de cambio, es necesario detenerse en una ruptura clave de la filosofía: dejar de lado la pasividad del ser humano. De antaño que las visiones tanto idealistas como empiristas posicionaban a las personas como sentenciadas a sobrellevar fuerzas superiores a su voluntad.
El empirismo, si bien permite comprender cómo las experiencias moldean nuestras percepciones, tiende a situar al sujeto como receptor pasivo de impresiones sensibles, impotente a lo que sucede a su alrededor.
Por otro lado, el idealismo centra su atención en la racionalidad y la capacidad del sujeto para producir conocimiento, organizar y dar sentido a la realidad. Sin embargo, también plantea que la historia está guiada por un espíritu superior del cual el sujeto es únicamente un vehículo que se ve sobrepasado por la razón absoluta.
Una vez más, las cosas pasan y suceden porque así son y no hay nada que podamos hacer al respecto.
Cuando el pensamiento tiene estas raíces, no existe margen para cambiar nuestro entorno. Cuando la discusión se plantea en esos términos, difícilmente se puede hacer frente a la incertidumbre del futuro con proyectos conjuntos. Es precisamente en ese punto donde aparece la esperanza, no como un consuelo ingenuo, sino como una forma de intervenir en la realidad. Jorge Arrate, en el 25 capítulo de Diálogos por la izquierda, señala que la esperanza es la fuerza fundamental que necesita un movimiento para dar la lucha política. Es, en la práctica, como lo señaló Ernst Bloch en su célebre libro El principio esperanza.(1949),.pensar anticipadamente lo que “todavía no es«.
Mark Fisher comentaba en Realismo Capitalista que los términos en los que podemos imaginar un futuro distinto son determinados por el entorno político, cultural e incluso las condiciones de la salud mental de la sociedad. En este sentido ‘es más fácil imaginar un fin al mundo que un fin al capitalismo’, pues la atmósfera que cubre al capitalismo mismo lo autoafirma constantemente, instalando una visión monolítica sobre el sistema económico donde no puede haber una alternativa imaginable.
Así mismo, Francis Fukuyama declaraba luego de la caída del muro de Berlín que “La historia ha llegado a su fin”, haciendo referencia al detenimiento de la lucha política, del cambio social. Como si, desde ese momento, no existiera otra forma posible de organización social. Al parecer para Fukuyama la sociedad habría transitado —de manera desordenada y turbulenta— hacia la forma capitalista, considerada como la culminación armónica de la historia y, además, como un destino del cual no hay escapatoria. Dicho de otro modo, imaginar un futuro distinto deja de tener sentido, porque todo parecería ya decidido.
¿Cuáles son las fronteras de lo que se puede y no puede hacer?, ¿Hasta qué punto la humanidad es responsable de su propia historia y su destino? Para Marx, el ser humano es el productor pleno de su mundo social. Incluso aquellos fenómenos que parecen ajenos o naturales —como el precio de una mercancía cualquiera— están en realidad estrechamente ligados a las relaciones sociales que los generan. En consecuencia, se rompe con el idealismo y el empirismo al afirmar que no existe sujeto pasivo que recibe ideas o impresiones sensibles, sino un agente activo que transforma la realidad a través de la práctica material. El ser humano ya no vive sometido a la razón universal pues “(…) lo ideal no es sino lo material traspuesto y traducido en la cabeza del hombre”[4]. Y tampoco está amarrado a la configuración existente del mundo, ya que “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo” [5].
Así pues, Marx no solamente logró describir la ley del desarrollo de la historia humana y los mecanismos ocultos que mueven el actual modo de producción capitalista [6], sino que rompió con el paradigma del sujeto pasivo que había permeado la historia occidental hasta entonces. Colocó al ser humano en el centro de su propia historia y desmitificó los fenómenos sociales, políticos y económicos, mostrando que, así como en el pasado existieron instituciones y relaciones distintas, en el futuro podrían transformarse nuevamente. En otras palabras, nos devolvió la posibilidad de imaginar y creer en un porvenir diferente: nos devolvió la esperanza.
Silvia Federici reconoce en este sentido que si bien Marx tuvo falencias —y es bueno reconocerlo— al no incluir en su categoría de análisis a la mujer y su rol impuesto de la reproducción social del trabajo, su obra “ha contribuido enormemente al desarrollo del pensamiento feminista”[7] pues su concepción de la naturaleza humana (como producto de la práctica social y no como algo eterno) sirve para romper con la naturalización de la feminidad.
Es precisamente en la desmitificación del presente donde la esperanza adquiere su verdadero peso, dejando de ser un optimismo ingenuo para convertirse en una necesidad material. Sin embargo, el panorama actual nos muestra la cara más amarga de la atmósfera monolítica del realismo capitalista: un escenario marcado por la apatía política, la fragmentación electoral y la incapacidad de construir mayorías.
Frente a este repliegue, hoy se vuelve fundamental y urgente recuperar la esperanza. Pero no una esperanza abstracta o pasiva, sino aquella que se nutre de la redefinición marxista del ser humano como un sujeto histórico activo, capaz de transformar las condiciones materiales y, con ellas, la conciencia y la sociedad misma. Defender el ejercicio de la esperanza va en la misma línea que la virtualidad que señalaba Sartre [8] y Kirkwood [9]; la crítica del presente desde la capacidad de imaginar una dimensión de la existencia y la política que podría ser.
Debemos recordar que la esperanza se construye con realidad; es decir, para que exista, debe haber condiciones materiales y colectivas que la posibiliten. No brota del aislamiento, sino de la práctica compartida, de la creación de espacios de resistencia y del diseño de proyectos comunes que desafíen el sentido común impuesto. Transformar el mundo hoy significa, en primer lugar, disputar el derecho a imaginarlo distinto.
Reclamar esta perspectiva implica romper con la naturalización del presente y recuperar el convencimiento profundo de que, en algún momento de la historia de la sociedad —en un futuro inevitablemente construido por nuestras propias manos—, viviremos de otro modo. La historia no ha terminado; apenas espera que volvamos a reclamar nuestro rol como sus autores.
*André Picarte milita en el comunal Puente Alto del Frente Amplio y en la Base Estudiantil de la Universidad de Chile.
[1] “Con razón se puede suscitar esta cuestión y sostener que hay esclavos y hombres libres que lo son por obra de la naturaleza (…)” Política. De la esclavitud. libro primero, capítulo II.
[2] Véase en: DI TULLIO, Anabella L., “A la sombra de Rousseau: mujeres, naturaleza y política”, en Avances del Cesor, Año IX, N° 9, 2012, pp. 123-141.
[3] En Chile: https://www.memoriachilena.gob.cl/602/w3-article-95306.html
[4] Epílogo a la segunda edición alemana de 1873 del Tomo I de El Capital.
[5] XI Tesis sobre Feuerbach.
[6] F. Engels (1883) Discurso ante la tumba de Marx.
[7] Silvia Federici. (2018). El patriarcado del salario – 1a ed. Tinta Limón. p.7-8.
[8] Sartre, J.P. (1960). Lo Imaginario
[9] Julieta Kirkwood. (1986). Ser política en Chile: las feministas y los partidos.