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Portal Socialista > Privado: Contenido > Política > Gafas moradas > Sebastián Madrid / Vender la nostalgia de un privilegio: machosfera, agravio masculino y ultraderecha en el capitalismo digital
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Sebastián Madrid / Vender la nostalgia de un privilegio: machosfera, agravio masculino y ultraderecha en el capitalismo digital

28 agosto 2026
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19 Min de Lectura
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El machismo no nació en internet ni en las redes sociales, pero en los últimos 15 años encontró ahí una infraestructura que nunca había tenido: una escala de difusión sin precedentes, anonimato, circulación multiplataforma, permanencia del registro y, sobre todo, un sistema que premia la polémica. Cosas que antes se decían en el bar o en conversaciones cotidianas pasaron a circular en grupos de WhatsApp, organizarse en comunidades y difundirse abiertamente en redes. El insulto sexualizado pasó también a ser contenido que se produce, distribuye y monetiza.

Contenidos
  • Ya no hay que entrar a ninguna parte
  • El cuerpo como puerta de entrada
  • Un método que se paga
  • Lo que no cuestiona la machosfera
  • La contradicción que la machosfera ignora
  • La precariedad y el agravio existían antes
  • Qué queda por hacer
  • Notas

De ese traslado surgió lo que la literatura anglófona llama manosfera y que en América Latina circula como machosfera (1). La diferencia de nombre no es menor: la traducción latinoamericana pone el acento en el machismo como cultura previa y no en una novedad digital. Machosfera describe mejor lo que es: un repertorio antiguo con equipamiento nuevo que reivindica una masculinidad tradicional y relaciones de género jerárquicas, y promueve una cultura del éxito individual. Sus consecuencias todavía son insuficientemente conocidas. Es consumida principalmente por hombres adolescentes y jóvenes, pero su alcance va mucho más allá.

Estos espacios producen acoso coordinado contra mujeres (especialmente si ocupan el espacio público), circulación de imágenes íntimas sin consentimiento, insulto sexualizado como forma de zanjar una discusión, entre otras formas de violencia digital. Un estudio brasileño sobre grupos masculinistas de Telegram encuentra ahí neologismos que fusionan misoginia y anticomunismo (2). Otro estudio, sobre el ciberactivismo bolsonarista, muestra que las metáforas de penetración y virilidad ordenan incluso las disputas internas de la derecha, separando líderes fuertes de aquellos representados como débiles o sexualmente subordinados (3). Humillar sexualmente al adversario se transforma en una forma de hacer política.

Estas dinámicas pueden afectar las actitudes hacia las mujeres. Una investigación sueca que combinó encuesta y experimentos encontró que seguir a un mayor número de influencers masculinos se asociaba con niveles más altos de deshumanización de las mujeres, y que exponer a hombres a mensajes de amenaza a la masculinidad incrementaba la misoginia y la desconfianza hacia ellas, con efectos mayores entre quienes declaraban experiencias previas de rechazo afectivo (4). Una serie posterior de experimentos del mismo equipo mostró que la amenaza al estatus masculino producía enojo y, a través de ese enojo, mayor disposición a participar en comunidades masculinistas (5).

No hay que confundir promover con causar. No hay evidencia de que la machosfera convierta en agresores a hombres que no lo eran. La pregunta es otra: por qué tantos hombres encuentran ahí una explicación de sus vidas y quién gana con que la encuentren. Porque lo que estos espacios ofrecen no es solo odio. Es también una mercancía.

Ya no hay que entrar a ninguna parte

Hace casi diez años, un estudio pionero cartografió la manosfera anglosajona y mostró un ecosistema donde había que entrar para participar: foros y comunidades identificables —activistas por los derechos de los hombres, artistas de la seducción, hombres que se declaraban en huelga contra las mujeres, incels— unidos por un vocabulario de victimización masculina aunque divididos en objetivos y estrategias (6).

Una revisión reciente de esa cartografía describe lo que sus autores llaman neomanosfera: el desplazamiento desde aquellos foros hacia YouTube, TikTok, Instagram, Twitch y las aplicaciones de mensajería, donde el contenido se mezcla con fitness, emprendimiento, bienestar, estoicismo, consejos de pareja y superación personal (7). La frontera se volvió porosa. Ya no es necesario inscribirse para recibir esos contenidos. Es una red y el algoritmo funciona como distribuidor y conector. El material llega solo, entre una rutina de gimnasio y un video sobre cómo invertir los primeros ahorros.

No todo contenido masculino pertenece a este ecosistema, ni toda la audiencia de un influencer masculino comparte una ideología antifeminista, ni todo antifeminismo es de ultraderecha (8). Una investigación con adolescentes de cuatro escuelas londinenses analizó esto. Sus hallazgos mostraron cómo varios jóvenes rechazaban a Andrew Tate como figura extrema mientras daban por buenos componentes centrales de su repertorio —el humor sexista, la riqueza, la musculatura, la competencia y la autogestión empresarial de sí mismos (9). La adhesión no funciona por aceptación o rechazo integral, sino por selección: se toma lo que sirve y se descarta el resto.

Si estos contenidos formaran una identidad declarada, se sabría quién los consume y se podría discutir con ellos. Pero llegan hasta hombres que jamás se llamarían antifeministas y que, aun así, los vuelven a circular o les dan un like.

El cuerpo como puerta de entrada

En la machosfera, lo que se vende suele empezar por el cuerpo. Una investigación mexicana con adolescentes encontró que la mayoría de quienes respondieron su encuesta declaraba ver habitualmente cuerpos masculinos musculosos, imágenes de lujo y contenidos sexuales o de seducción (10). En su componente cualitativo, este mismo estudio muestra que las normas sobre provisión, dureza emocional y heterosexualidad ya existían en las familias y comunidades de esos chicos antes de cualquier contacto con redes sociales.

Las plataformas no inventaron los mandatos de la masculinidad, sino que les dieron imágenes, métricas y un lenguaje nuevo, los volvieron más atractivos y los convirtieron, para algunos hombres, en un refugio.

El cuerpo opera como puerta de entrada porque parece lo único que el neoliberalismo todavía deja bajo control propio. Un empleo estable no se consigue por disciplina personal, pero el cuerpo aparentemente sí. De ahí se pasa al estilo de vida completo, desde el sueño a la dieta.

A ese repertorio se suman el dinero rápido —trading, criptomonedas, apuestas, negocios sin capital ni credenciales— y el éxito con las mujeres, ofrecido por una vía que a primera vista parece lo contrario. El celibato administrado, el estoicismo entendido como técnica de dominio, el autocontrol para controlar otros cuerpos, principalmente de mujeres son variantes del mismo producto.

Un método que se paga

Parte de la literatura anglosajona usa una palabra para esto: grift. Esta palabra se refiere a la articulación entre inseguridad masculina, visibilidad algorítmica y extracción económica. Nombra una estafa y un modelo de negocios: se cobra por un método que no puede cumplir lo que promete.

Los casos brasileños muestran cómo opera este mecanismo. Un estudio sobre un canal de gran audiencia encuentra integrados en un mismo espacio el neoliberalismo, el antifeminismo, la victimización masculina y la proximidad con la derecha radical, con cursos pagos que convierten la masculinidad en un proyecto empresarial de automejoramiento (11). Otro estudio compara tres canales con estilos distintos —pretensión académica, humor, red pill explícita— y muestra que la misoginia se adapta al formato y se transforma en visualizaciones, publicidad, donaciones, asesorías y venta de productos (12).

La estructura se repite: un problema real, un culpable fácil, un método que se paga.

El problema es real. Los salarios no alcanzan para la vida que las redes sociales promueven, la vivienda resulta inaccesible, las relaciones sexoafectivas son inestables, el futuro no se deja planificar y se diluye en el presente incierto. Y hay un culpable ofrecido en sacrificio: las mujeres, el feminismo, las leyes que las protegen, el Estado que las financia. Un análisis de videos de dos figuras argentinas prominentes muestra cómo estos elementos aparecen juntos: familia tradicional, mérito individual, crítica al gasto público, ataque a los derechos trans y feministas (13). El feminismo aparece como amenaza moral y como privilegio financiado con impuestos: una injusticia que, en ese relato, reclama reparación.

El orden económico que produce esa incertidumbre queda fuera de la lista de culpables. Si entrara, el método dejaría de venderse y el problema se politizaría.

Lo que no cuestiona la machosfera

En la machosfera no se discute el ideal masculino que promueve. Tampoco la organización económica que vuelve ese ideal cada vez más difícil de alcanzar. El mandato de ser proveedor, autónomo, exitoso y sexualmente reconocido permanece intacto mientras se deshacen las condiciones materiales que alguna vez lo hicieron cumplible.

El negocio puede así reproducirse indefinidamente: el ideal nunca se alcanza, pero siempre parece estar a una compra de distancia. La frustración del «cliente» no arruina el producto: es el producto mismo.

Llamarla reacción tradicionalista la describe mal. Funciona más bien como una forma masculina de la razón neoliberal: el hombre como empresario de sí mismo, el fracaso como déficit personal, y la salida individual y pagada. También ayuda a explicar por qué algunos de estos espacios son furiosamente antifeministas sin ser conservadores en materia sexual. En algunos casos la restauración pasa por la familia tradicional; en otros, por una jerarquía sexual compatible con el mercado. Lo común es la recuperación del poder masculino.

La contradicción que la machosfera ignora

Hay un punto menos atendido en la literatura sobre machosfera. El agravio se estudia como fenómeno discursivo —sus metáforas, sus emociones, sus plataformas— y rara vez se lo contrasta con la posición que los hombres ocupan efectivamente, no cada uno de ellos, pero sí como conjunto.

Los hombres continúan en posiciones de poder y privilegio. En Chile, por ejemplo, siguen siendo mayoría en los cargos de dirección política y empresarial (14), participan del mercado laboral casi veinte puntos por sobre las mujeres (15), tienen un ingreso medio un cuarto más alto (16), dedican al trabajo doméstico y de cuidados dos horas menos al día (17) y son los principales perpetradores de violencia, en general, contra sí mismos y contra las mujeres, en particular (18). Esas desigualdades persisten mientras crece el discurso del agravio. La machosfera las omite.

La queja describe menos una pérdida general de posición que una pérdida de exclusividad. Lo que se erosionó fue el carácter incuestionado de ese poder, la evidencia de que las cosas eran así porque siempre habían sido así. La importancia de lo masculino porque sí. Perder el monopolio de un lugar se experimenta como despojo cuando ese lugar se daba por propio.

Eso permite ver qué se vende: la nostalgia de un privilegio, no una masculinidad destruida. Lo que circula es el resentimiento ante un lugar que dejó de darse por propio y ahora necesita justificarse. Un lugar, como diría Fabbri, basado en la extracción de los cuerpos femeninos (19).

La precariedad y el agravio existían antes

Conviene distinguir dos procesos que suelen mezclarse. La precariedad es anterior a la machosfera y tiene sus propias causas: desregulación laboral, plataformización, endeudamiento, retirada del Estado. El supuesto agravio también es anterior y responde a otro proceso como la deslegitimación pública del patriarcado y la legitimación de las demandas de mujeres y disidencias sexuales durante las últimas décadas.

La machosfera articula ambos procesos y convierte una inseguridad producida estructuralmente en pérdida de estatus masculino, desplazando la frustración desde el mercado hacia el feminismo. La ultraderecha realiza una operación equivalente en el terreno político. Ofrece restauración de la autoridad, la familia, la nación y las jerarquías, mientras se desentiende de su responsabilidad en la precarización de la vida.

Pero el vínculo entre machosfera y adhesión a la ultraderecha exige cautela. La literatura muestra asociaciones discursivas antes que prácticas. No hay evidencia de que consumir contenido manosférico se transforme en actitudes políticas de manera estable ni de que oriente el voto.

La mejor evidencia disponible viene de un panel austríaco de dos olas: la exposición a contenido sexista predijo mayor contacto posterior con contenido de ultraderecha y también a la inversa, aunque con menos fuerza. Esa exposición no produjo cambios en las actitudes ultraderechistas medidas y el estudio no midió voto (20). Sus propios autores hablan de una puerta estrecha, no de una ruta de radicalización.

Qué queda por hacer

La primera tarea es no confundir dimensiones. La machosfera no explica el giro masculino electoral hacia la derecha. Tanto ella como la ultraderecha se montan sobre un terreno que las precede y que tiene causas materiales y culturales propias. Combatirla solo en lo digital significa hacerlo en un terreno donde tiene ventaja estructural porque la controversia constituye su modelo de ingresos y puede ampliar sus audiencias.

La segunda es estratégica: disputar el espacio digital con contenido que apele a las emociones, use humor y conecte con las preocupaciones de los hombres que están experimentando la precariedad, y articular ese trabajo con organizaciones que existan fuera de la pantalla: sindicatos, federaciones de estudiantes, clubes deportivos.

La tercera es política y la izquierda la ha desatendido o comunicado mal. Si el agravio se alimenta de una inseguridad material real, hay que enfocarse en la inseguridad cotidiana: sueldos, arriendos, jornadas, cuidados, salud mental. Y hacerlo interpelando a los hombres que efectivamente existen —los de aplicación, turnos, trabajo esporádico y precario— y no a la figura del trabajador formal y sindicalizado que buena parte de nuestro lenguaje sigue presuponiendo.

Notas

(1) ONU Mujeres (2025). ¿Qué es la machoesfera y por qué debe importarnos?.

(2) Silva, B. C. de S. L. e y Chacham, A. S. (2024). De ‘merdalheres’ a ‘conservadias’: o discurso de ódio masculinista. Plural, 31(1), 252–275.

(3) Ramos, J. de S. (2023). Frouxonauro e cornoservadores: metáforas de virilidade masculina no ativismo digital da extrema direita brasileira. Sexualidad, Salud y Sociedad, (39), e22309.

(4) Renström, E.A. y Bäck, H. (2024). Manfluencers and Young Men’s Misogynistic Attitudes: The Role of Perceived Threats to Men’s Status. Sex Roles (90), 1787–1806.

(5) Renström, E. A. y Bäck, H. (2026). A threatened masculinity? The role of status threats and anger in misogynistic engagement. Group Processes & Intergroup Relations, 29(4), 535-558.

(6) Ging, D. (2019). Alphas, Betas, and Incels: theorizing the masculinities of the manosphere. Men and Masculinities, 22(4), 638–657.

(7) Gerrand, V., Ging, D., Roose, J. M. y Flood, M. (2025). Mapping the Neo-Manosphere(s): New Directions for Research. Men and Masculinities, 28(5), 443-464.

(8) Iñigo, A. (2026). Navigating the Manosphere: A Scoping Review of Research on Masculinist and Misogynist Online Spaces. The Journal of Men’s Studies, 34(1), 166-192.

(9) Milne, G. y Baker, S. (2025). From ‘villains’ to ‘idols’: exploring teenage boys’ conflicting attachments to manospheric masculinities. Gender and Education, 38(6), 576–597.

(10) Cala, M. J., Flores, R. y Koester, D. (2024). Social media and masculinity norms among adolescents: insights from Mexico. ALIGN / Mexfam.

(11) Ferreira, V. (2025). Machismos Virtuais: Discursos Masculinistas Em Canais Red Pill Brasileiros De YouTube. Ex Aequo – Revista Da Associação Portuguesa De Estudos Sobre As Mulheres, (51), 19–29.

(12) Wolff, C. S. y Betti, G. G. (2025). Alfas, red pills e outras polêmicas tragicômicas no YouTube. INTERthesis, (22), 1–25.

(13) Calafell Sala, N. (2026). El antifeminismo como dispositivo disciplinador y moralizante de las nuevas derechas: un estudio de caso argentino. Comunicación y Género, 8(2).

(14) PNUD Chile (2020). Nuevo Mapa del Poder y Género en Chile (1995-2018). Santiago: Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

(15) INE, Encuesta Nacional de Empleo, trimestre abril-junio 2025.

(16) INE, Encuesta Suplementaria de Ingresos 2024.

[17]: INE, Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo 2023.

(18) Subsecretaría de Prevención del Delito, Caracterización exploratoria de victimarios de femicidio en Chile, 2024–primer semestre 2025. Centro de Estudios y Análisis del Delito, víctimas de violencia intrafamiliar, 2025.

(19) Fabbri, L. (2021): La masculinidad como proyecto político extractivista. Una propuesta de re-conceptualización (pp. 27-43). En: L. Fabbri (Comp.) La masculinidad incómoda. Rosario: UNR Editores.

(20) Weiß, P., Koban, K. y Matthes, J. (2025). A narrow gateway from misogyny to the far right. Information, Communication & Society, 28(13), 2377–2395.

*Sebastián Madrid es investigador de Nodo XXI.

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