En medio de azoteas en La Habana que ahora son dormitorios y apagones cada vez más frecuentes, el bloqueo de petróleo impuesto por Estados Unidos a Cuba redefine lo cotidiano. Un centro cultural que es punto de distensión y comunidad para los jóvenes en el Vedado y el concierto de Silvia Pérez Cruz iluminan una isla que ante todo se niega a permanecer a oscuras.
“Así se tankean los apagones en el Vedado” tiene como título un reel publicado por la cuenta @viveelvedado en Instagram el 30 de junio de este año. En el video, que cuenta con más de 220 mil reproducciones, se puede ver a alrededor de cincuenta o más jóvenes cubanos bailando y cantando al son de la canción “Dichavate” en una de las salas de El Proyecto, un centro cultural que ha funcionado como espacio de encuentro y promoción de cultura en el barrio conocido como Vedado, en ciudad de La Habana. Capital de una isla que sufre con el incremento de los apagones desde fines de enero de este año, cuando el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, firmó una orden ejecutiva que, en sus palabras, consiste en “la imposición de gravámenes a los productos de los países que faciliten petróleo a Cuba y, por tanto, permitan que el régimen continúe su funcionamiento”.
Tankear, tanquear.
El registro del momento en que la popular canción de reparto —género cubano de música urbana— es gozada por aquellos jóvenes mientras bailan apretados, sonrientes, lanzando cerveza por el aire, puede ser un recordatorio de dos cosas: primero, que no hay bloqueo que apague por completo la luz del pueblo cubano; y segundo, que el reciente bloqueo de petróleo impuesto por Estados Unidos a Cuba repercute específicamente en esos mismos jóvenes que se reúnen para disfrutar un momento en colectividad y olvidar —por un par de horas— las dificultades cotidianas que suponen los apagones prolongados en La Habana y en toda la isla.
Con lo abstracto y amplio de las palabras “bloqueo” o “apagón”, que leemos con frecuencia y vemos en los titulares de noticias, es sencillo olvidar que las medidas impuestas por la potencia norteamericana a la isla caribeña tienen afectaciones directas en calidad de vida de millones de cubanas y cubanos. Aquellas palabras son mucho más que simples denominaciones establecidas para ciertas decisiones o consecuencias.
Un apagón es que no haya electricidad durante horas. Un apagón es que cientos de miles de pacientes en los hospitales no puedan ser atendidos. Un apagón es que refrigeradores, ventiladores y aires acondicionados se vuelvan inutilizables en un país donde abunda el calor y la humedad. Un apagón es que los habitantes de La Habana tengan que dormir en las azoteas de sus edificios para sobrellevar la noche. Un apagón es que Alexis Miján, un cubano de mediana edad, le cuente hace unos días a la BBC, desde la azotea de un edificio cercano al Capitolio, que “ya casi todo el edificio viene a dormir para acá” y que incluso “ya tienen distribuidos los lugares donde duerme cada vecino”.
Un bloqueo, específicamente el firmado por Trump el 29 de enero de este año, es que la industria agrícola cubana haya reducido su producción doméstica en un 60%, según informó en junio el Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos. Un bloqueo es que “la libreta de racionamiento está ahora raída”, según afirmó Helen Yaffe, profesora de Economía Política Latinoamericana en la Universidad de Glasgow. Un bloqueo es que Cuba se vea obligada a seguir importando el 80% de su pollo a Estados Unidos, manteniéndolo como “la proteína animal más asequible y accesible en la dieta cubana”. Un bloqueo, este bloqueo, impone que Cuba se quede “con un único socio comercial sin fricciones: el país que en este momento intenta desmantelar su gobierno”, afirmó Robert Muse, abogado especializado en leyes y regulaciones estadounidenses relativas a Cuba, en la revista Jacobin a inicios de este agosto.
Tankear, tanquear.
Los apagones y las distintas formas que adopta el bloqueo son más que un capricho imperialista estadounidense. Son el intento por desmantelar todo lo construido por un país soberano. Incluso la cotidianidad.
Hace pocos días la influencer alemana @absolutelyalissa, quien vive hace 8 años en La Habana y comparte su día a día en la isla, compartió una serie de fotos en su cuenta de Instagram en las que aborda sus experiencias personales a partir del bloqueo de petróleo en enero de este año. “Encontrarse con amigos ahora es extraño, todo el mundo está cansado, y cuando finalmente las personas se reúnen hay solo un tema de conversación: los apagones”, se lee en un texto junto a una foto de ella enrolando puros. “Son las pequeñas cosas: las tiendas de los barrios cierran, tu bar favorito reduce sus horas de atención y eventualmente cierra. Esas pequeñas y silenciosas pérdidas lentamente cambian a una sociedad entera”, escribe en un cuadro de texto junto a la foto de una calle de noche con sus luminarias apagadas.
Entonces es válido hacer y hacerse todas aquellas preguntas que tantas y tantos ya han planteado: ¿qué culpa tiene el pueblo cubano?; ¿cuál es el afán de Estados Unidos en persistir con sus bloqueos?; ¿por qué los países latinoamericanos observan como cómplices en silencio?
Ante esa pérdida de las pequeñas cosas cotidianas que supone el no tener electricidad ni combustible, una luz se encendió ante los ojos del mundo para iluminar a las y los cubanos: la cantante catalana Silvia Pérez Cruz realizó este pasado domingo 23 de agosto un concierto gratuito en la iglesia renacentista San Francisco el Nuevo, en La Habana Vieja.
Según reportó la Agencia EFE, llegaron cerca de 700 personas para repletar la imponente edificación construida entre 1608 y 1663. Así, en múltiples videos, se ve a la catalana de 43 años con un largo vestido blanco y sandalias rojas, acompañada de cuatro músicos en un pequeño círculo al medio del público.
El concierto se inició de día, con luz natural. Sin embargo, cuando se escondió el sol y todo quedó a oscuras, los músicos encendieron una decena de velas de plástico con baterías para iluminar de colores verdes y azules el espacio que ocupaba el “escenario”. La música nunca paró, los instrumentos no dejaron de sonar. Silvia Pérez Cruz y su público nunca dejaron de cantar.
“Creo que es el concierto más importante de toda la gira”, declaró la cantante a la Agencia EFE. “Cuando estás en una isla, en un momento así, que venga gente de fuera, hay algo de acto de amor, es como un abrazo. Tengo una relación íntima con esta isla, quiero cuidarla como yo sé, que es cantando”, enfatizó.
Luego del concierto las demostraciones de afecto y agradecimiento a la cantante se multiplicaron en redes sociales. Rosmery Recio, una joven artista cubana, compartió en su cuenta de Instagram (@rorecio__): “Gracias por elegir estar aquí cuando habría sido mucho más fácil mirar hacia otro lado. Cuba necesita más gestos así. Más puentes. Más encuentros. Más personas dispuestas a compartir, a tender la mano y a mirar esta isla con afecto”.
Tankear, tanquear.
*Maite Yáñez C. es periodista en formación de la Universidad de Chile.
