El 4 de octubre tendrá lugar la primera vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil. Las elecciones en este país, por el tamaño y peso de Brasil en la región y en el mundo, son siempre importantes, pero en esta ocasión tienen un carácter particularmente decisivo porque lo que está en juego sobrepasa con mucho una simple renovación de autoridades nacionales.
Está muy presente el riesgo de que el bolsonarismo vuelva al poder en Brasil, lo que implicaría una grave regresión en las libertades y políticas sociales impulsadas por Lula y el gobierno del Partido de los Trabajadores (PT). Si algo caracterizó al bolsonarismo cuando gobernó, fue la persecución de las minorías y de opositores, el retroceso en conquistas sociales, la restricción de libertades, la gran regresión en materias medioambientales (quemas gigantescas en la amazonía para más terrenos agrícolas) y el fortalecimiento de un integrismo religioso proveniente de grupos evangélicos ultraconservadores y aliados de Bolsonaro. Pero, además, esta elección hay que mirarla desde una perspectiva más global que tiene que ver con la expansión de la ultraderecha en el hemisferio y que tuvo su impulso inicial en la primera victoria electoral de Trump, en el 2016. Después de un interregno de gobiernos progresistas, hoy las ultraderechas han ganado todas las elecciones del último tiempo, con algunos triunfos en los que la mano de la Casa Blanca ha sido muy evidente y visible, como los casos de Argentina y Colombia, en los que la cercanía con Trump les dio el impulso final para imponerse en elecciones que, de todas maneras, fueron estrechas. Trump quiere una América Latina totalmente alineada con sus políticas y las únicas resistencias son, por ahora, las dos grandes potencias regionales, Brasil y México.
Por eso, una derrota de Lula no solo ampliaría el espectro de gobiernos de ultraderecha en la región, sino que además permitiría a Trump continuar, con aún menos resistencia, la imposición de sus políticas de dominación que ahora se las conoce como la doctrina Donroe (una ampliación de lo que fue la doctrina Monroe). Así, Lula enfrenta no solo al hijo de Bolsonaro, sino también a la Casa Blanca de Trump y a otros gobiernos, como el de Argentina, que están interviniendo abiertamente en el proceso electoral en curso. El intento de enviar veedores del Departamento de Estado (que Lula, vetó) o el viaje de Milei para hacerse presente en el lanzamiento de la campaña de Bolsonaro son muestras de lo anterior.
El resultado electoral es de pronóstico muy incierto, si se consideran todas las encuestas del último tiempo. Las últimas están dando un empate técnico o Lula levemente arriba. En una primera vuelta, Lula aparece entre 4 y 6 puntos arriba, pero en segunda esto se estrecha a 1 o 2 puntos. Y la segunda vuelta se ve, por ahora al menos, como algo inevitable, porque Lula está lejos del 50%+1 que se requiere. Será entonces una elección muy estrecha y competitiva, como la anterior, con gran parte del electorado (más de un 85%) ya decidido en su intención de voto. Y será entonces ese 10%-12% de indecisos el que inclinará la balanza. Cualquier error en esta fase final puede ser fatal para cualquiera, y el tema clave que puede decidir el voto es la economía, en la que ha habido progresos importantes para sectores populares, pero donde hay también clases medias insatisfechas que han sido por largo tiempo “anti-Lula”.
Y es que Brasil es hoy un país altamente polarizado en sus opiniones. El Norte, más pobre, vota por Lula, el Sur, más rico, por Bolsonaro; las mujeres, por Lula, mayoritariamente, no así los hombres; y las clases medias y medias altas, por Bolsonaro, mientras los sectores populares favorecen a Lula. Este último está haciendo una gran campaña, con un diseño muy eficaz, es mucho mejor candidato que Bolsonaro hijo, y está apelando a la defensa de la soberanía y el progreso económico como ejes centrales de su campaña.
¿Alcanzará con esto? Lo cierto es que nadie se atreve a hacer un pronóstico definitivo antes de la primera vuelta y la distancia en esta primera vuelta será clave para ver cómo queda el desenlace de la segunda. Si Lula logra 5 o más puntos de ventaja en la primera vuelta, tiene buena opción; si es menos, se le hace más difícil porque varios candidatos menores son conservadores (y aquí los pactos para la segunda vuelta serán claves). El próximo 4 de octubre, sabremos.
*Boris Yopo H. es sociólogo, consultor internacional y exembajador.
