Era un lunes, lo recuerdo porque estaba solo en el bar. Era barman, mesero y cocinero. El reciente negocio no daba para más. Era un milagro si entraba algún comensal para atender. Generalmente aparecía algún Farías, González o Chandia a saludar, quien terminaba atendiendo la barra mientras yo improvisaba alguna tabla de quesos para la única pareja que se hubiera atrevido a entrar al solitario bar La Casa en el Aire, en la calle Antonia López de Bello, del barrio Bellavista.
Debió ser 1996 o 1997, no recuerdo con exactitud, ha pasado mucho tiempo. Ningún amigo aparecía y ya tenía una pareja furtiva de amantes escondidos, con un schop y una copa de vino, en una de las esquinas de la casa de adobe. Entonces salí a la calle, debió ser verano, porque recuerdo el calor. Desde la puerta de entrada divise a un personaje alto, flaco, caminando lentamente, dada su cojera que lo hacía realizar movimientos lentos y pausados para desplazarse.
Lo conocía, estaba seguro de aquello. Mi mente me devolvió al paisaje bogotano, de nubes oscuras y el frío de la tarde. Me acerqué a este cojo incognito, antes de que se alejara, e hice la pregunta más imbécil que se me pudo ocurrir: “Usted… ¿es usted?”, “así es… yo soy yo…”, me dijo, respondiendo con ironía mi estupidez. Entonces, al escuchar su voz, casi inentendible, supe quién era: “¿usted es Antonio Navarro Wolf, cierto?”, “justamente ese soy yo”.
Extasiado, o más bien agitado, lo invite a pasar, le explique que había estado exiliado en Colombia casi tres décadas y ahora tenía este bar para enfrentar el segundo exilio en la tierra que me vio nacer.
Entró jubiloso, me explicó lo aburrido que estaba, ya que era alcalde de la ciudad de Pasto, al sur de Colombia, y venía desde Australia, de una reunión de gestión municipal, y el avión hacia escala un día en Santiago, y simplemente había salido a caminar.
Le invite un pisco, pero no sour, ya que como barman de cócteles chilenos yo era un desastre. De un momento a otro, como llamados por la divina providencia, un par de conocidos, que también habían estado refugiados en el país cafetero, aparecieron a saludarme y sin poder creerlo se sentaron en la barra a escuchar a una leyenda viviente.
Antonio Navarro fue un guerrillero del movimiento 19 de abril, M19. Lideró el proceso de paz junto al comandante Carlos Pizarro, quien fue asesinado siendo candidato presidencial. Entonces tuvo que colocarse al frente de la organización, pronunciando unas palabras que serían la clave para culminar el proceso de desarme e incorporación a la vida política electoral que vendría después: “vamos a enterrar a Carlos en paz”.
Luego, durante el mismo proceso, un sicario le lanzó una granada, en un restaurante de la ciudad de Cali, mientras Navarro desayunaba. Producto del atentado le fue amputado un pie y, además, las esquirlas que cayeron en su cuello dañaron sus cuerdas locales, dejándolo con consecuencias en la articulación de palabras. Se salvó de milagro. Con las gestiones del premio nobel, Gabriel Garcia Márquez, lo trasladaron a Ciudad de México, donde amputaron su pie y le colocaron una prótesis de origen alemán, la cual tuvo que aprender a hacerla parte de su cuerpo, cosa que nunca evitó que caminara evidenciando una cojera.
Navarro Wolf era un sobreviviente. Heredó la candidatura presidencial de su amigo y compañero y obtuvo 750 mil votos, todo un récord para la izquierda en aquellos momentos, dada la guerra sucia que se perpetraba contra sus personeros por parte de grupos paramilitares, con el Ejército Nacional como cómplice y financiados por las grandes fortunas del país.
Como producto de este protagonismo, fue nombrado ministro de Salud en el gobierno liberal de Cesar Gaviria y, meses después, pasó a ser candidato a la Asamblea Constituyente por la Alianza Democrática M19, conquistando casi un millón de votos que lo colocaron en la copresidencia de la Asamblea que redactó uno de los textos constitucionales más progresistas de América Latina, el cual, hasta el día de hoy, rige los destinos de los colombianos.
Luego fue alcalde de su ciudad natal, Pasto, senador de la república y Gobernador del Departamento de Nariño. Aunque sus posiciones políticas se fueron moderando, hasta llegar a ser dirigente de un movimiento político de centro, como la Alianza Verde, su consecuencia con la paz y la democracia ha sido destacada por todos los sectores políticos.
Ese era, ni más ni menos, el personaje que tuve en la barra del añoso bar. Aquellos “chilombianos” que llegaron de casualidad al bar, rápidamente, me hicieron sacar las botellas de Ron Viejo de Caldas que atesoraba para cuando me daba la nostalgia bogotana, mientras Navarro Wolf comenzó a relatar sus viejas historias de la guerrilla. No quería hablar de su cargo de alcalde, tampoco de la contingencia política. Simbólicamente se volvió a colocar la pañoleta azulina de la guerrilla y recordó historias inverosímiles de su época clandestina. Confesó no haber sido un gran combatiente y solo haber estado en un par de confrontaciones armadas; luego fue apresado y torturado. Pero más allá de las historias trágicas, contaba los chascarros de un citadino tratando de sobrevivir en la ruralidad selvática donde operaba su columna guerrillera.
Vimos salir el sol. Fue una larga jornada. Desafortunadamente, no recuerdo con precisión ni una de sus anécdotas. Solo me quedó la imagen del guerrillero trastabillando al dejarlo en un taxi, por el exceso de alcohol y por su pie ortopédico que, a esta altura de la jornada, no le respondía. Debía llegar a su hotel, recoger su maleta y correr, metafóricamente, al aeropuerto. Supongo que no perdió el vuelo, sino con seguridad lo hubiéramos tenido una segunda noche sentado en la barra.
Años después, cuando se convirtió en senador, apareció en el bar una señora con un encargo. Me dijo que era asesora de Navarro en el parlamento. Me traía un libro acerca de la actualidad política colombiana, con una nota: “para mis amigos chilenos de La Casa en el Aire, recordando la mejor noche que tuve en Santiago”.
El 1 de noviembre de 2026, a los 78 años, falleció en Bogotá el cojo y guerrillero de la paz, Antonio Navarro Wolf. ¡¡¡Salud!!! Sus amigos chilenos, de una noche en Santiago, lo recordamos y quizás hoy podría ofrecerle un pisco sour, que por fin aprendí a hacerlo, aunque con la receta peruana.
*Hugo Cristian Fernández aún es propietario de un bar en el barrio Bellavista.
