“La próxima vez que alguien quiera tocar rock me va a tener que pedir permiso a mí”. Un documental realizado para la televisión argentina de los años 2000 finalizaba con esta barbaridad dicha por Charly García en un camerino durante una conversación con un periodista. Reflejaba a todo lo ancho la filosofía —si se puede llamar así— detrás de Say no more. El músico argentino ya se encontraba completamente desconectado, sumergido en las aguas de una piscina que lo llevaron al colapso en junio de 2008, cuando volvió a protagonizar incidentes mayores en un hotel en Mendoza. Ese día Charly García fue internado, también llevado al hospital por la policía con la ropa ensangrentada y las manos esposadas. Creía ser el autor de las reglas de cómo debía ser el rock argentino.
Ese es el período que reconstituye el periodista chileno Sergio Cancino en su libro Charly García maravillizado (1995-2025) (Tucán Ediciones), una crónica documental, pero al mismo tiempo testimonial, que se lee de un paraguazo porque Charly García es un sujeto de estudio tan interesante como incomprensible, un artista como pocos en la vida de generaciones a las cuales pertenezco.
Como se plantea en ese mismo documental de TV, en un momento equis Charly García dejó de ser Charly García. No perdió su arte, pero sí parte o casi todo su genio musical. La obra maestra que había creado sin interrupciones desde que era un veinteañero con Sui Generis y que llegó a alcanzar una alta cima con los discos solista de los años 80, se había difuminado. Tal vez para siempre. Durante los 90 y los 2000 —el fin de semana largo y perdido, salvo por las excepciones de La hija de la lágrima e Influencia— aquella obra ya no fueron sus canciones sino él mismo: la persona, el personaje. Agotado el yacimiento de la música, Charly García había decidido convertirse en la obra, con sus arrebatos, sus desafíos a la cámara, sus golpizas en la vía pública, sus conciertos cada vez más erráticos, su departamento pintado de negro y grafiteado y el salto a la piscina desde el noveno piso de otro hotel mendocino. Algo de lucidez le quedaba ese día del año 2000 a Charly García: desde el balcón, primero tiró una piedra. Así reconoció la trayectoria correcta que él debía describir en el vuelo para no caer fuera del agua.
De vuelta a la pantalla de televisión, en un plano cerrado donde era posible detallar su rostro ajado, aquella frase, “la próxima vez que alguien quiera tocar rock me va a tener que pedir permiso a mí”, estaba dicha por Charly García con rabia, insatisfacción y frustración. Cuando vi la escena me reí porque solo los argentinos tienen esa cualidad de ser encantadores y exasperantes al mismo tiempo. Pero en el fondo se trataba de una persona infeliz, rodeada por la desgracia y con la necesidad de volver a ser.
Era un Charly García de cincuenta y tantos años. Muy distante y muy distinto al que llegó a Chile por primera vez en agosto de 1984 con 30 años. Dio cinco conciertos en el antiguo Teatro Gran Palace, una sala enorme en Huérfanos que contaba con 1.300 butacas. El músico estaba mostrando las canciones de Piano bar, su tercer disco, que iba a ser publicado muy pocos días después. Es el punto más alto de la llamada “trilogía clásica” que completan el confesional Yendo de la cama al living y el revolucionario Clics modernos (un famoso podcast argentino titulado “La canción sin fin” habla de cada uno de esos álbumes, canción por canción, desde lo musical, lo poético y lo contextual. Es altamente recomendable). (1)
Antes de encarar el segundo de esos cinco conciertos en el Gran Palace, Charly García apareció como invitado de Don Francisco en el programa “Noche de gigantes”. Ahí, el argentino tuvo que defenderse de la agresividad pasiva del animador y otros viejos vinagres sentados a su lado, que le cuestionaron su rumbo musical y su calidad. Él contestó con educación: “¿Crees que tu música va a perdurar en el tiempo o es una cosa pasajera?”, le preguntan. Y él responde: “Yo creo que hasta la semana que viene, sí”.
A inicios de ese mismo 1984 yo tenía 13 años. Me colé en la fiesta de cumpleaños del hermano mayor de un amigo del colegio. De pronto, en el minicomponente apareció una música que era una daga: el sonido irreal de una batería, la máquina de ritmos con que Charly García grabó Clics modernos en Nueva York y que bautizó como la Rucci. Luego, unos acordes de guitarra eléctrica desatados. Era “Nos siguen pegando abajo”. Me quedé de una pieza. Tuve que buscar a alguien que me calmara, que aplacara mi ansiedad, que me dijera qué mierda estábamos escuchando. “Es Charly García, un rockero argentino”.
Nunca me he olvidado ni de esa escena ni de esa frase que obtuve como respuesta precisa. Meses después vino el concierto del Gran Palace y otros amigos del colegio, unos pergenios de 12 y 13, se arrojaron a la noche del centro de Santiago bajo la vigilancia de una dictadura que había sufrido el primer levantamiento del país muy poco antes. Yo, en cambio, me tuve que quedar en casa, imposibilitado de ir con ellos. Fue triste.
Luego del Gran Palace, la serie de Charly García en los escenarios de Santiago continuó de la siguiente manera: un concierto en el Estadio Chile en 1985; otro más, en 1986, en el Velódromo del Estadio Nacional, para mí el mejor de todos; y luego, uno más, otra vez en el Estadio Chile, en 1987, cuando Charly García ya estaba presentando el material de Parte de la religión. Ese es un disco que en lo personal sumaría como cuarto título a aquellos tres clásicos. Para mí, su obra cumbre es en realidad una tetralogía.
Los 75 años de Charly García, que cumplió el 23 de octubre, han sido festejados a lo largo de todo 2026. En marzo pasado, David Lebón y Pedro Aznar dieron en el Arena Movistar un concierto con las canciones de Serú Girán. En octubre, en la Sala Metrónomo se presentó La Máquina de Hacer Pájaros con José Luis Fernández como su único integrante original. En ambos momentos quedó clara cierta idea: la música de Charly García estuvo siempre dotada de belleza, lucidez y contradicción. Sin considerar las secciones progresivas que presentaba La Máquina, canciones como “Ruta perdedora” y “Ah, te vi entre las luces”, y, sin la sofisticación exagerada de Serú, otras como “Cinema verité” o “Viernes 3 AM” podrían perfectamente haber sido parte de esa misma tetralogía insuperable.
La figura de Charly García, ahora la de un anciano muy prematuro en silla de ruedas, ha recibido ese reconocimiento impostergable. Desde 2023, la esquina de Walker Street y Cortlandt Alley de Manhattan donde el argentino fue retratado para la carátula de Clics modernos, se llama Charly García Corner. En 2024, un homenaje similar, aunque mucho más sencillo, instaló una placa en Huérfanos y Morandé, donde se encontraba el legendario Teatro Gran Palace: registra esos conciertos tan iniciáticos para la generación que fueron adolescentes en los años 80. Y este año, en Buenos Aires, cientos de personas se congregaron en Coronel Díaz y Santa Fe, donde Charly García tiene su famoso departamento y que es un lugar de peregrinación en el barrio de Palermo. La multitud le cantó por sus 75 años y con ayuda de dos personas, él se asomó al balcón, mirando las nuevas olas.
Nota
(1) Podcast La canción sin fin https://open.spotify.com/show/1F5TK1FMAcbiQljX8WSvU0
*Iñigo Díaz es periodista de cultura, especializado en música, cofundador y coeditor de MusicaPopular.cl (https://www.musicapopular.cl/).
SERÁ QUE NACÍ EN EL SUR – Mix Charly García
Concierto «Piano Bar» en Chile, 1985
https://www.youtube.com/watch?v=bg7ki3JIYgM&list=RDbg7ki3JIYgM&start_radio=1
Nos siguen pegando abajo
https://www.youtube.com/watch?v=jzO8x1pnbCk
Demoliendo hoteles
https://www.youtube.com/watch?v=Mm3IgrVsu24
La grasa de las capitales
https://www.youtube.com/watch?v=08nRZaZ6Cs8
No soy un extraño
https://www.youtube.com/watch?v=81FUY_H9vzU
Rezo por vos
https://www.youtube.com/watch?v=iTA75Z6E4eA
Promesas sobre el bidet
https://www.youtube.com/watch?v=7oMApe1k-o4
–Me preguntaron, el otro día… ¿qué hiciste vos en una dictadura? …Nada… Hice unos temitas…
–¿Cómo cuál?
–Como este…
